Daniel Díaz Mantilla: El escepticismo es un magnífico antídoto contra las decepciones

Desde que vieron la luz sus relatos iniciales, a comienzos de la década del noventa, Ena Lucía Portela se convirtió en una de las voces prominentes de su generación. Cuentos como “Últimas conquistas de la catapulta fría”, “Al fondo del cementerio”, “Sombrío despertar del avestruz” y “El viejo, el asesino y yo” —ganador del Premio Juan Rulfo en 1999—, confirmaron la fuerza y la originalidad de su estilo. Su primera novela, El pájaro: pincel y tinta china, ganó en 1997 el Premio Cirilo Villaverde, uno de los más codiciados en Cuba. Y sus títulos posteriores —Una extraña entre las piedras (1999), La sombra del caminante (2001), Cien botellas en una pared (2002) y Djuna y Daniel (2007)— cimentaron su prestigio a nivel internacional.

Durante los últimos siete años, sin embargo, Ena Lucía ha mantenido un silencio casi absoluto. Ni entrevistas, ni conferencias, ni lecturas públicas, ni participación en eventos literarios… Apenas un puñado de reseñas y artículos en publicaciones periódicas, y un par de adelantos de la que será su quinta novela, han llegado a las manos ávidas de sus lectores. Enclaustrada por voluntad propia en su casa habanera, lejos de la mirada intrusa de colegas y admiradores, pule despacio ese nuevo libro que ha titulado La última pasajera.

Solo la amistad que compartimos desde hace siglos me ha permitido cruzar sus inexpugnables barricadas y lograr que accediera a responder unas pocas preguntas. Hemos conversado brevemente sobre su vida como autora, sobre las arduas circunstancias que nos ha tocado enfrentar a los cubanos de esta época, y un poco también —como quien avanza por un campo minado— sobre el futuro. Ojalá esta entrevista sea por fin el preludio de esa nueva novela que esperamos ansiosos.

Hay, entre los autores cubanos ilustres, quien ha dicho que nacer aquí es “una fiesta innombrable” y hay también quienes lo consideran una maldición. Lo cierto es que las circunstancias sociopolíticas de nuestro país han sido, después de 1959, muy peculiares y esto marca los modos de vivir y pensar de los cubanos todos. Quizás uno de los retos más grandes para los escritores de nuestro país sea lidiar con esa peculiaridad: cómo escribir en esas circunstancias, cómo hacer frente al aislamiento, a las carencias cotidianas, a la vigilancia ideológica de los contenidos del arte… y cómo mostrar esas circunstancias a lectores que habitan realidades tan radicalmente distintas a la nuestra. Cuéntanos, desde tu experiencia personal, ¿cuánto influye en tu relación con la literatura el hecho de que hayas nacido y vivas en Cuba?

Pues sí, Danny, esta islita resulta, como bien apuntas, muy peculiar para el público foráneo. Máxime tras el derrumbe del Muro en 1989. Destaco ese evento, que marca de forma simbólica el fin de la Guerra Fría y el inicio de la era global, porque fue entonces, en medio de una crisis espantosa, cuando los “novísimos” irrumpimos en el panorama literario cubiche. ¿Te acuerdas? No digo que hubiésemos estado esperando agazapados, sencillamente ocurrió así. Y también fue entonces, a comienzos de los 90, cuando se levantó la barrera que impedía a los autores del patio publicar en el extranjero sin mediación de nuestras instituciones oficiales. ¡Aleluya! De inmediato salieron Abilio, Padura, Senel, Pedro Juan y algún otro colega de esa generación a probar fortuna en el ruedo ibérico. Y obtuvieron un considerable éxito, lo cual devino estímulo para los chamas que íbamos a la zaga. Fue aquel famoso “boom cubano”, que por desgracia periclitó enseguida.

Ahora bien, en lo que a esta menda respecta, mi primer libro, una novela, se publicó hacia fines de 1999 acá y en España de manera prácticamente simultánea. Aunque esas ediciones, desde luego, fueron por completo independientes una de otra. Pura coincidencia en las fechas. Y a la vuelta de algunos meses, ya en los albores del milenio, firmé un contrato de representación con la Agencia Literaria Carmen Balcells S.A., que continúa en vigor hasta el presente.

Así las cosas, podría afirmarse que como escritora soy “nacida libre”. O sea, que nunca sufrí en carne propia el cautiverio intelectual, por llamarle de algún modo, que se padeció en la mayor de las Antillas durante el periodo soviético, incluyendo aquella dizque happy década de los 80, y que le destrozó la vida a Reinaldo Arenas y a tantos otros escritores.

¿Hasta dónde determina eso en mis criterios? No lo sé. Pero sin duda influye. Comprenderás que para mí, que desde chiquitica tuve una proyección internacional fuera del control de la burocracia ñángara, amén de un temperamento nada proclive a la agachadera, vigilancia ideológica y mierda son sinónimos. Ningún funcionario culturoso, por mucho que le piquen mis diabluras, puede amordazarme. No es que me permitan existir, ¿ok? A ellos les encanta que uno se trague esa pastilla. Pero nanay. ¡Falso! Es que nada pueden hacer. Encima, aquel infamante PVE (Permiso de Viaje al Exterior), con cuya virtual denegación trataban de echarle miedo a uno, ya fue derogado. ¿Qué les queda en el arsenal a nuestros policías doctrinales? ¿Prohibir que publiques en tu propio país? Tremendo chacalismo, vale. Pero gestionado con destreza, en los cibertiempos que corren, capaz que hasta redunde en beneficio de la víctima. Creo, en suma, que el mayor desafío a la hora de narrar nuestro verde caimán, hoy por hoy, no estriba en la fajatiña con esos monigotes obsoletos. ¿O será que todavía amedrentan a alguien? ¡Uy, esperemos que no…!

Comoquiera, te confieso que lo más arduo para mí en todo este jelengue consiste en hacerme entender por los lectores de allende el océano. Quiero decir, por aquellos prójimos que jamás han asistido a alguna fiesta innombrable. Porque nuestra singularidad suscita interés, pero al mismo tiempo nos estigmatiza. Para eludir ese malentendido que deriva en cliché, con frecuencia tienes que dar explicaciones. Solo que sin caer en el fárrago ni en la muela, crímenes de lesa narrativa que, además de provocar tedio, en el fondo no clarifican ni pitoche. Vaya, que nunca debes empezar tu relato escribiendo: “Había una vez un puñetero régimen totalitario…”, puesto que no se trata de imponer juicios, sino de contar historias.

La auténtica elocuencia en el terreno de la ficción no se consigue, a mi entender, con meras abstracciones o teorías, sino que se va construyendo a partir de lo individual, lo específico, lo tangible, lo que se puede palpar, degustar, olfatear… El quid, en otras palabras, está en las minucias, en esos pequeños detalles de la vida cotidiana que tan a menudo pasamos por alto porque para nosotros, los cubanos, se han naturalizado casi como el Sol, que sale por el este y se pone por el oeste y a nadie se le ocurre que pudiera ser de otro modo. En tal sentido, el aislamiento nos perjudica una pila. Desconectarse del orbe conlleva perder la perspectiva, las referencias, los estándares de comparación. Una coyuntura que tiende a cegarnos, que genera nociones la mar de erróneas acerca de lo obvio y del tamaño real de las cosas. De ahí, por ejemplo, todas esas boberías que uno oye en contra del mercado, afirmaciones que oscilan entre lo candoroso y lo grotesco, haciéndole el juego a la prédica oficialista.

No vayas a malinterpretarme, Danny, plis. Claro que el mercado es criticable. Tiene luces y tiene sombras. Pero tanto despotrique sin conocimiento de causa, tanta descalificación de los compatriotas más o menos exitosos, tanta condena de obras narrativas únicamente en virtud del tema que abordan —como si hubiese temas “buenos” o “malos”—, tanta intolerancia con el mísero taíno que lucha su yuca sin hacerle daño a nadie, tanto pataleo huero y tanta agresividad mal orientada, ¿a quién sirven? Y conste que no soy, ni por asomo, una autora de best-sellers. Ya quisiera yo.

En 2001, la editorial Grijalbo Mondadori publicó un volumen titulado Cuba y el día después, donde el compilador, Iván de la Nuez, invitaba a “doce ensayistas nacidos con la Revolución” a imaginar el futuro del país. Entre esos autores estabas tú, y en tu respuesta hiciste un muy sugerente elogio del escepticismo. Más de una década ha transcurrido desde entonces y, con el inicio en diciembre de 2014 del llamado “deshielo cubano”, la visita de Barack Obama en marzo y la muerte de Fidel Castro en noviembre de 2016, y la anunciada voluntad de Raúl Castro de no ocupar cargos públicos tras el fin de su mandato en febrero de 2018, parece que ese “día después” está ahora muy cerca. ¿Cómo imaginas que será ese cambio? ¿Y cómo, o en qué dirección, quisieras que fuera?

El escepticismo es un magnífico antídoto contra las decepciones, pero la sobredosis puede paralizarte. Salvo que aspires a levitar en la sublime ataraxia, habrás de asumir en la vida algún que otro riesgo. Yo, con escasa originalidad, creo en los valores de la democracia liberal. O sea, considero indispensable un genuino empoderamiento de nuestra ciudadanía solo para empezar a tratar de solucionar en serio —¿viste, Danny, cuánta cautela?— alguno de los sepetecientos mil problemas que nos agobian.

El tan ansiado “día después” iba a ser cuando acaeciera cierto Hecho Biológico Inevitable, que los mayimbones de la cúpula intentarían escamotearnos para ganar tiempo a fin de salir chaqueteando antes de que se armara el bochinche en la calle. No vivimos ese thriller simplemente porque la agonía de Fidel Castro se prolongó demasiado, casi por una década, circunstancia que le permitió a Raúl Castro afianzarse en el trono e iniciar una transición que no será abrupta, épica ni grandilocuente, pero será. Y no estoy haciendo ningún vaticinio, bróder, que yo no soy gurú ni pitonisa ni un bledo. El cambio ya está en marcha hace rato. Raúl Castro dice que no vamos rumbo al capitalismo, claro. Gorby declaraba ídem mientras dirigía la perestroika. Do you remember aquellas jornadas que estremecieron al mundo? Pero al margen de los propósitos de nuestro actual mandamás, ¿hacia dónde carajo podríamos encaminarnos? ¿Acaso alguien todavía se fuma la mariguana esa del socialismo reformado, próspero, sustentable, con rostro humano, bla bla bla?

Mucho me temo que ni los propios partidarios de la tiranía. Fíjate que ya han empezado a berrear acá en la ínsula ejemplares cubiches de esa especie que en otros países llaman “nostálgicos del comunismo”. Se quejan con gran amargura de todo lo nuevo, a la vez que añoran no sé cuáles maravillas de la época de Fidel Castro en plan gone with the wind. Tácitamente admiten que perdieron. Y serán unos sinvergüenzas, pero tienen razón. Perdieron. Verdad que aún no hay apertura política ni pluralismo, que los muchachos del aparato continúan aperreando a nuestra sociedad civil. Pero si esos esbirros anhelan reciclarse, como el KGB, y no quedar al campo, como la Stasi —y no todos ellos han de ser mongólicos, ¿o sí?—, ya deben estar poniéndose las pilas para ir deteniendo esos atropellos.

En cualquier caso, cada vez más personas, sobre todo jóvenes, ejercen por su cuenta la libertad de expresión. Los represores ahorita no dan abasto. Y pasan cosas digamos interesantes. En 2015, verbigracia, la Editorial Arte y Literatura publicó 1984. Puede que el prólogo nos haga reír, pero eso es lo de menos. En definitiva Orwell, “la conciencia de una generación”, habló alto y claro. Su voz poderosa no tolera distorsiones. Y poco después, en cierto programa de la tele con muy buen rating, alguien aseveró en tono elogioso que Rebelión en la granja constituía “una sátira bien mordaz contra los regímenes totalitarios”. Palabras textuales, ¿ok? Sin prólogo, sin titubeos, sin vaselina. En horario estelar, frente a millones de espectadores.

No hay que sobrevalorar tales hechos, de acuerdo. Pienso, empero, que no son fortuitos. Más nos vale permanecer ojo avizor, ya que por la brecha que abran algunos de nuestros conciudadanos, quiero decir, aquellos que en la práctica están en posición de hacerlo porque la dictadura los juzga “confiables”, al primer chance nos colaremos todos.

Los que te conocemos personalmente y los que hemos leído tu texto “Alas rotas”, sabemos de tu enfermedad y de esa singular manera que tienes de pensar la muerte “como una salida de emergencia”. Has dicho que saber que puedes escapar a través de esa puerta cuando la enfermedad se te haga insufrible te ha ayudado y —también— que vivir todos estos años ha sido, en cierto modo, tu libre elección. Sin embargo, la mayoría de las personas evita pensar en la muerte y temen a ese momento de manera casi patológica. Aunque ciertos filósofos, a lo largo de la historia, han abordado este tema desde una perspectiva muy diferente. Me gustaría que compartieras con nosotros algunas reflexiones sobre la muerte, sobre cuán útil o no puede ser pensar en ella, y sobre esa difícil cuestión para la ética médica que es la eutanasia.

Contemplar de frente la propia muerte, de primera y pata, es asomarse a un abismo. Provoca vértigo. Pero conviene perseverar, porque la certeza de la muerte es lo que le confiere a la vida humana su extraordinario valor. Ya Swift y Borges, entre otros escritores, se expresaron espléndidamente acerca de esto al conjeturar la pesadilla infernal que implicaría para nosotros esa inmortalidad que tanto codician algunos incautos.

Fallecer no es lo peor que puede ocurrirle a uno. Si ante la visión de tu muerte no retrocedes ni cierras los ojos, a la larga acabarás aceptándola con semblante sereno e inclusive, ¿por qué no?, con una franca sonrisa de bienvenida. Ahí están Butch Cassidy y el Sundance Kid, más bellos que nunca, saliendo sin bandera blanca de atrás del parapeto. Y Thelma y Louise, en su momento de gloria, justo antes de pisar el acelerador. Aman la vida, sin duda. Solo que bajo ciertas condiciones. Y actúan de acuerdo con ese criterio. ¿Se equivocan mucho? Para mí que no, Danny. Pero en absoluto voy a tratar de convencerte de ello, ni a ti ni a los lectores de Hypermedia Magazine, pues en el fondo… ¿quién sabe? No creo que para esa clase de interrogantes haya alguna respuesta definitiva, de validez universal. Cada quien debe hallar la suya.

En lo relativo a la eutanasia, que viene siendo el “buen morir” y, por ende, una parte indisoluble del “buen vivir”, no me parece una cuestión particularmente difícil desde el punto de vista de la ética. ¿Por qué lo sería? Nadie pretende obligar a algún profesional de la salud que sea, digamos, católico, a poner la inyección o a desenchufar el soporte vital. Nones. Ese profesional, como tutilimundi, tiene pleno derecho a vivir conforme a su fe y a sus principios morales. A lo que no tendría derecho es a impedirle al paciente recabar asistencia en otro lado, pues convendrás conmigo en que nadie tiene por qué vivir —o morir— según dicten la fe o los principios morales de otra persona. Se trata, una vez más, de la libertad individual versus el viejo autoritarismo de siempre.

Hace ya varios años que estás apartada de la vida pública, en una especie de ostracismo voluntario, si bien has dado a conocer algunos artículos en publicaciones periódicas y hasta fragmentos de una novela en preparación. ¿A qué se debe este retraimiento? ¿Y cuándo podremos disfrutar de un nuevo libro tuyo? ¿Tienes algún otro proyecto literario ya pensado para cuando termines esa novela?

Sí que llevo tiempo encuevada, haciéndome la del misterio, onda Jerry Salinger, je je. Fíjate que esta es la primera entrevista que doy en… siete años. Y escapaste, Danny, solo porque eres un amigo muy especial, alguien a quien admiro mucho y a quien le agradezco tonga de favores, que si no… Bueno, ya tú sabes que yo soy una experta en ahuyentar a los candidatos a intrusos.

Pero no soltaré prenda aquí. Porque este año, si Dios quiere, saldrá publicado Con hambre y sin dinero, mi libro de no-ficción, donde los curiosos podrán enterarse de qué sucedió conmigo, de por qué hice mutis por el foro, de cómo estoy de salud y de otros chismes concernientes a mi escurridiza personita.

Y en cuanto a La última pasajera, mi quinta novela, pues sigo revisando con ahínco el último borrador. Y no, bróder, no hay más proyectos. De momento.