Alberto Garrandés: Oleaje de la memoria (II)

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En 1987, en su discurso de recepción del Premio Nobel, el poeta Joseph Brodsky dijo que mientras el poder siguiera juzgando lícito meterse en los asuntos de la literatura, la literatura tendría todo el derecho de meterse en los asuntos de la política y el poder.

Por sí solas, estas palabras forman parte de las que Vladimir Nabokov llamó strong opinions, pero el caso es que unas líneas más adelante Brodsky añade que el verdadero peligro, para un escritor, no se halla en la persecución que pueda sufrir por sus declaraciones (no así por sus “resguardables” pensamientos), sino en la posibilidad de verse hipnotizado por las caras del poder, que, como quiera que se mire, es siempre temporal.

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Uno piensa en el papel del escritor, en su cometido, y una sensación abrumadora viene a complicarlo todo. Hasta que uno comprende que cada época tiene un semblante particular en lo que toca a los vínculos entre el escritor, el mundo inmediato, el poder, la política y la tradición donde su obra y su escritura se afincan (o no se afincan).

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Al frente de su novela The Picture of Dorian Gray, en una especie de prólogo, Oscar Wilde realiza ciertas declaraciones urgentes con la mayor seriedad. Una de ellas es la que se refiere a un hecho tan radical, tan desconcertante y terrible que nunca he dejado de considerarlo incierto: “Todo arte es bastante inútil”.

¿Tendrá eso que ver con el ambiguo punto de vista que, sobre la utilidad/inutilidad del arte, ha estado en la mente del poder durante siglo y siglos, y que mueve al poder a meterse en los asuntos de la literatura como si tal cosa? ¿O será que, en determinados momentos, el poder le concede toda la importancia del mundo a esa “inutilidad” de las palabras contra la “utilidad” de los hechos, pero siempre en favor de los hechos?

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Escribo estas cosas porque a inicios de los años noventa los escritores cubanos residentes en la isla estábamos testificando, en diversos grados, un momento de crisis. Si mi entrenamiento filológico sigue acudiendo en mi auxilio, la palabra crisis viene de un concepto helénico relacionado con el enjuiciamiento. Y en aquellos años el enjuiciamiento era total. Las causas, los orígenes profundos y las consecuencias de todo eso han sido analizados de diversas maneras y en distintos momentos.

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El Palacio del Segundo Cabo, antigua sede del Instituto Cubano del Libro, es un sitio agradable. Hubo un tiempo en que había, en el patio, junto al antiguo aljibe, unas mesas de metal pintadas de verde donde uno podía beber una taza de café sin problemas. Llegabas, pedías un café y ya. O, si el servicio fallaba, ibas a la barra de café de lo que era el vestíbulo del cibercafé (allí nos sentábamos algunos escritores a discutir nuestros asuntos) y agarrabas tu taza y regresabas al patio. O te quedabas en las mesas del cibercafé, junto al foso del palacio, en medio de una luz azulosa que entraba con la brisa. Entonces te levantabas y entrabas a consultar tu correo electrónico.

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Un día, sentado a solas en el patio, durante algún intervalo de meditación en medio de mi trabajo, vi entrar a un hombrecito (era de baja estatura) que estaba obviamente desorientado. Vestía con cierto correcto desaliño, si cabe decirlo así, y miraba hacia el mezzanini, que era donde estaban las oficinas de la editorial Letras Cubanas. Noté que se había puesto al habla con una de las recepcionistas y regresé a mi café. De pronto lo vi a mi lado, tan cerca que habría podido tocarlo. Permanecí sentado.

“¿Usted es Garrandés?”, preguntó. Contesté que sí, me levanté y le di la mano. “Buenos días”, dije. “Vine a entregar una novela”, me explicó. En verdad no recuerdo el título del libro. Casi estoy seguro de que salió publicado en las Ediciones Verde Olivo dos o tres años más tarde. Pero sí leí el nombre del autor y me estremecí: Luis Pavón.

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En 1998, el mismo año en que renuncié a mi cargo en la editorial Letras Cubanas, gané el premio UNEAC de ensayo por Síntomas, un libro centrado en la inmediatez de la narrativa cubana de entonces y que, acaso por ese motivo, tuvo la suerte de ser leído por estudiantes y escritores.

Ese año no tenía otra cosa que hacer salvo renunciar a seguir ejerciendo mis funciones en la editorial, pues ya la atmósfera que me rodeaba se había enrarecido demasiado en lo tocante a mi posición. Además, desde la presidencia del Instituto Cubano del Libro me enviaron un emisario prudente y respetuoso, pero que estaba allí, junto a mí, con el propósito de avisarme: el poder decía que yo navegaba por aguas turbias.

8

Pavón subió conmigo la muy piñeriana escalinata del Palacio del Segundo Cabo y entramos en mi oficina, que tenía ventanas hacia el portal. Se sentó frente a mí. La luz le daba en el rostro.

Su libro, me explicó, era una novela policíaca. Conversar con él fue una experiencia extrañísima. Era el hombre que todos odiaban, el que había presidido una época (llamada El Pavonato) en la cultura, y el que, años más tarde, saldría en la televisión en un programa-homenaje que desató (por correo electrónico) las protestas de centenares de intelectuales. Yo miraba su rostro y no podía creer que tuviera allí, delante de mí, al hombre que todos repudiaban. De inmediato me puse a indagar, hice preguntas, hablé con testigos.

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En su libro Reader’s Block (traducido como La soledad del lector), David Markson dice que en 1944 Anna Ajmátova hizo una lectura de poemas tras la cual fue aplaudida de pie por varios minutos, y que Stalin, al enterarse, preguntó quién había organizado esa reacción. Es decir, quién había calculado esos aplausos. Supongo que Luis Pavón se preguntaba quién había organizado aquella reacción en su contra.

10

Uno de los escritores a quienes les conté mi entrevista con Pavón (en aquel tiempo yo era un aprendiz urgido por varios estímulos) me miró boquiabierto y me dijo que un día, en la UNEAC, Pavón le refirió molesto, o indignado, o triste, que casi nadie lo trataba socialmente.

“Pero usted hizo cosas terribles”, le contestó el escritor. “Yo cumplía órdenes”, se defendió Pavón. “Los oficiales de las SS también cumplían órdenes, y fueron juzgados”, concluyó el escritor.

¿Pavón cumplía órdenes? Cierto. ¿Había un margen de creatividad (de afinación de los detalles, digamos) en el cumplimiento de esas órdenes? Cierto.

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Mis aguas turbias de aquella época se reducían a dos cuestiones complementarias: mi negativa total a la censura y mis colaboraciones literarias en la revista Encuentro de la Cultura Cubana, dirigida entonces por el narrador y cineasta Jesús Díaz. Al margen del puesto que ocuparía hoy la obra de Jesús Díaz, es imposible esquivar su labor en esa revista plural donde colaboraron escritores cubanos de prácticamente todo el mundo. En rigor, y tan sólo con la aparición de sus diez primeros números, ya se había creado allí un sitio cubano muy crítico y lleno de confluencias culturales.

 

Parte I