Alberto Garrandés: Oleaje de la memoria (I)

Al final vives lo que recuerdas, no lo que exactamente ocurrió. Si lo piensas bien, verás que el mecanismo de la memoria funciona gracias a esa diferencia.

En 1995 (otra época, por supuesto) comencé a trabajar en la editorial Letras Cubanas como jefe de la redacción de narrativa. Había publicado 4 o 5 libros y ganado algunos premios de cierta importancia. Recuerdo que tenía a mi cargo un grupo de experimentados editores y que había libros atrayentes que estaban por publicarse. La parte oscura, de Francisco de Oraá; Inferno, de Jesús David Curbelo, y El hilo del ovillo, de Miguel Collazo, digamos. Tres novelas. Podría añadir mi paranoico ensayo Silencio y destino, dedicado por entero a la novela Jardín, de Dulce María Loynaz.

Eran (y, de cierto modo, todavía son) obras medio clandestinas, estéticamente muy dispares y con suertes diversas. Permanecí en Letras Cubanas entre septiembre de 1995 y marzo de 1998.

Recuerdo bien cómo fue 1995. En esa fecha, en mayo, murió mi mentor, Ezequiel Vieta. Unos días después se produjo el síncope mortal, por decreto, de la Fundación Pablo Milanés, en cuya revista, Proposiciones, trabajaba yo como editor en inglés. Todo estaba organizándose en torno al desbarajuste. La Fundación, según se dijo entonces, se tomaba libertades “inaceptables” para el pensamiento oficial. Lo diré así, para no perderme en detalles que conozco de modo muy irregular, lo cual es una forma de la ignorancia.

Esto sucedía en un clima cultural donde acababa de rendirse homenaje a la revista Orígenes (se cumplían 50 años de su aparición). Pero el saldo de ese gesto fue inesperado, sorprendente: los jóvenes ya no reverenciaban, de modo uniforme, sus secuelas estéticas y espirituales.

Rolando Sánchez Mejías y Antonio José Ponte leyeron unos textos etimológicamente heterodoxos, que les causaron irritación a algunos intelectuales presentes en el encuentro.

Según mis recuerdos, la muerte de la Fundación Pablo Milanés se produjo en un par de días, de golpe, como dicen algunos científicos que se acabaron los dinosaurios: llegó un meteorito enorme a la atmósfera terrestre y vino a caer (eso he leído) donde ahora está el Golfo de México. Y los dinosaurios perecieron. Toditos.

Según T. S. Eliot, las permutaciones de la temporalidad son anómalas e inevitables. La memoria va y viene, como un oleaje lleno de referencias vivas.

Me acuerdo, de modo vago, de lo que, sobre aquel encuentro para agasajar a Orígenes, dicen que expresó Cintio Vitier en un contexto más bien íntimo, pero donde había algunos escritores que no ejercieron la discreción a ultranza: que aquello había sido en realidad un juicio y que el veredicto era algo así: “Cintio Vitier es un hombre honesto, pero está equivocado”.

Fue en ese escenario donde Rolando Sánchez Mejías y Antonio José Ponte leyeron unos textos etimológicamente heterodoxos (otras verdades, otro logos) que les causaron irritación a algunos intelectuales presentes en el encuentro.

El resultado fue muy estimulante, pese a todo. Eran, en definitiva, textos de esos que ponen los puntos sobre las íes, desautomatizan el conocimiento y hacen preguntas que no por incómodas (para ciertos amigos o admiradores del Grupo Orígenes) dejaban de ser necesarias.

La revista Orígenes y su aura no equivalían a la cultura universal dejando entrar a la cultura cubana. La revista Orígenes y su aura constituían un instante (de regencia fugaz) de la cultura cubana dialogando con la cultura universal. Acabo de hacer una afirmación a la que deberé regresar en algún momento.

Le escribí una carta renunciando a todo.

Aquel encuentro parecía que iba no solo a celebrar, sino también a encumbrar, la estética que se derivó de los intereses culturales, y concretamente literarios, presentes en las obras de José Lezama Lima, Cintio Vitier, Eliseo Diego y Fina García Marruz, en menoscabo de Virgilio Piñera, Lorenzo García Vega y José Rodríguez Feo. O sea, en desmedro de la zona del Grupo Orígenes que luego se reintegraría, con otros escritores más jóvenes, en torno a la revista Ciclón. Ciertamente, José Lezama Lima fue uno de los centros. El otro lo ocupó Virgilio Piñera, a quien tres años antes la revista Unión le había dedicado un número.

Fueron días intensos y complicados. Mi hijo era muy pequeño (no tenía ni un año de nacido) y hacía poco me encontraba optando por una estancia de maestría y doctorado (en conjunto iban a ser cinco años) en la Tulane University, de New Orleans.

Se suponía que yo empezaría a estudiar en Tulane en el curso 1994-1995. (O sea, hablando en retrospectiva era bastante probable que el huracán Katrina no me sorprendiera allí.) Empecé a comunicarme con el profesor y ensayista Daniel Balderston, que trabajaba en Tulane por aquellos días, y de pronto, una tarde (luego de recibir plegables, información, planillas de solicitud, etc.), le escribí una carta renunciando a todo. Ya el papeleo natural de esa aventura había empezado a progresar, y yo había dado a conocer La poética del límite, mi estudio sobre la cuentística de Virgilio Piñera. Tener libros en circulación, más un Premio de la Crítica y un curriculum vitae académico, equivalía a entrar en Tulane con algunos créditos.

La profesora y ensayista Beatriz Maggi, a quien ya conocía desde 1983 gracias a mi amistad con Ezequiel Vieta, escribió en inglés y firmó una carta de recomendación que envié con el paquete donde iban mis papeles, los libros y algunos artículos salidos en publicaciones periódicas. Los libros eran cuatro: el dedicado a Piñera, El bosque cifrado (sobre la narrativa de Ezequiel Vieta), Tres cuentistas cubanos (una plaquette sobre Alfonso H. Catá, Esteban Borrero y Jesús Castellanos), y Artificios, mi primer volumen de relatos.

Años después, en torno a 2007 o 2008, Balderston vino a La Habana, a la Feria Internacional del Libro. Traía algo que yo le había pedido: Daughters of the Night, una antología de cuentos vampíricos (queer female vampires) publicada por la Cleis Press. Vampiras lesbianas: algo muy chic y tenebroso. Fue entonces cuando al fin nos conocimos personalmente.

Me perdí el Museo Histórico del Vudú, las almendras con masa de cangrejos y pimienta, el étouffée y los entierros con música de jazz en el cementerio de San Luis, en el Barrio Francés. Pero estuve junto a mi hijo, ayudándolo a crecer.

Recuerdo que me dijo, en un español impecable: “Al leer esa carta de renuncia pensé que alguien había puesto una pistola en tu cabeza”. Y entonces le expliqué: tenía un hijo enfermizo que había que cuidar en las circunstancias de un llamado Período Especial. No podía irme a estudiar literatura a Tulane en ese momento.

Decisiones como esa no necesitan ni el beneplácito, ni la disconformidad, ni el comentario, ni la difusión. Están ahí, o se manifiestan, para que uno entienda un poco más sobre la vida, o el destino personal, o lo que sea.

Después de decidirme a no estar, por cinco años, en aquel espacio multicultural (New Orleans es la ciudad de John Kennedy Toole, Marie Laveau, Louis Armstrong y Anne Rice) en compañía de estudiantes y colegas provenientes de todas partes, la recuperación del mundo editorial cubano empezó a verse como algo real, realista y hasta seductor.

Los síntomas estaban allí, en primer plano. Por ejemplo, la publicación de los primeros libros de la colección Pinos Nuevos, y de la casi mítica antología Los últimos serán los primeros, preparada por Salvador Redonet-Cook, de quien yo había sido alumno, durante dos cursos, en la Facultad de Artes y Letras.

Los libros de entonces salían, en su mayoría, de imprentas que estaban fuera de Cuba. Al parecer, en el contexto de unos años de modificación gatopardista (con la despenalización del uso de los dólares las cosas se movieron para que todo permaneciera más o menos en su sitio), era más barato contratar los servicios poligráficos de impresores extranjeros.

Me perdí el Museo Histórico del Vudú, las almendras con masa de cangrejos y pimienta, el étouffée y los entierros con música de jazz en el cementerio de San Luis, en el Barrio Francés. Pero estuve junto a mi hijo, ayudándolo a crecer. Además, la carne de cerdo, el arroz con frijoles y los boniatos fritos empezaban a estar disponibles, y casi se constituían en ceremonias de familia.

 

Parte II