Alberto Garrandés: Oleaje de la memoria (IV)

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1998 fue un año singularmente bueno: gané el Premio UNEAC de ensayo por Síntomas (Luisa Campuzano, Rogelio Rodríguez Coronel y Jorge Luis Arcos fueron los jurados). Atilio Caballero lo obtuvo, en el género de novela, por La última playa. Además, a mediados de febrero sostuve, con el entonces consejero de cultura de la embajada de España, Ión de la Riva, una conversación por teléfono en la que me propuso realizar, en y desde la biblioteca del Centro Cultural de España, trabajos como referencista y coordinador cultural. El ofrecimiento era radical y atrayente. Me permitía dejar atrás un ambiente viciado. Y acepté.

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Meses antes de aquella transformación donde lo único que se mantenía era la identidad del espacio (la Habana Vieja seguía siendo el contexto: solo había cruzado la Plaza de Armas y dejado atrás el Palacio del Segundo Cabo para adentrarme en una casona del siglo XVII ubicaba a unos pasos de la esquina de la calle Mercaderes, en Obispo, donde se encontraba la sede de la biblioteca), la censura regresó.

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En mi cabeza ya estaba la decisión de salir de la editorial, pero la providencial conversación con Ión de la Riva no se había producido aún.

Muy a inicios de 1998 o a fines de 1997 se daba término a la edición de Manuscritos del muerto, libro de relatos de Amir Valle, y también terminaba de editarse, bajo mi supervisión, Aire de luz, una larga antología del cuento cubano en el siglo XX, con repertorio y estudio preliminar míos. La antología vio la luz, creo, en el verano de 1998, cuando cambié mi condición de editor por la de bibliotecario, pero a las listas de obras y autores, y a la compilación definitiva, yo les daba vueltas y vueltas en mi cabeza desde principios de 1996.

Tenía tantas dudas, y barajaba tantas variantes, que habría escrito un segundo prólogo para hablar solo de eso, de las otras antologías posibles. Recuerdo con precisión el momento en que vi por primera vez el libro ya impreso. Estaba hurgando en una caja de suculentas novedades enviadas por Tusquets y Anagrama y, de pronto, vi a mi amigo Berardo Rodríguez entrar en el salón de la biblioteca. Nunca he dicho que fuimos ambos quienes urdimos el perfil editorial, la cubierta y la diagramación interior de Aire de luz. Se paró delante de mí y sacó el libro, teatralmente, del interior de un sobre. “Mira”, me dijo. Había quedado muy bien.

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El libro de Amir Valle alcanza a configurar, durante la lectura, un orbe, aun cuando su estilo (el estilo específicamente lingüístico) no anhela rebasar las propuestas, siempre oscilantes, de un realismo apasionado, cuyas formas son, sin embargo, muy controladas. Los relatos se ensamblan sin que ninguno pierda su independencia, pero en ocasiones subrayan un ventajoso sabor de serie episódica del que se impregna el conjunto. Creo que la palabra suite es la adecuada para definir esa narrative in progress originalmente intergenérica (los censores casi lo despedazaron y el aspecto del libro cambió mucho) donde lo terrible dialoga con lo aleccionador.

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Manuscritos del muerto pertenece, como Naturaleza muerta con abejas, al grupo de lo mejor que se publicó en Cuba en aquella época. Es un libro peleador en todos los sentidos: por las formas y la estructura, por la índole de sus personajes, por el alcance de su alegoría del Poder contra la verdad. Y fue objetado por su abierta crudeza al tratar los temas de la guerra.

Al ser un libro orgánico, un conjunto donde personajes y situaciones tienden a conformar un paisaje unitario, a los censores les resultó difícil lidiar con él. Incluso ya en la imprenta, los funcionarios alegaron, si mal no recuerdo, que había una (súbita) carencia de “disponibilidades” poligráficas. Arropado por otros libros que también iban a imprimirse, el de Amir Valle entraría, impunemente, en la bruma de las dilaciones. Sería uno más. Le echarían la culpa a la crisis. Y los censores calcularon que la “situación” de Manuscritos del muerto no tendría por qué colocarse bajo la luz de mi sospecha ni la del autor.

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Pero la verdad se impuso: comprobé que el texto estaba siendo objeto de más censura, en concreto un cuento titulado “Mambrú no fue a la guerra”. Allí Amir Valle teje y desteje la existencia inútil de un joven mutilado que deviene voyeur experto en artes masturbatorias.

Casi en clave de obsesión sexual, la prosa de este relato resulta seminífera. Pero detrás de ella se encuentra el examen, lúcido y tenaz, de una infelicidad implacable, una desdicha rabiosa, persistente, que puede abolir (de hecho logra hacerlo) la idea del heroísmo por medio de una metáfora que, a su vez, se constituye en una testificación.

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Ese relato era, precisamente, el que figuraba ya en Aire de luz, y se me pidió sustituirlo por otro del propio autor. Aquello ya era el colmo y me negué. Le dije a Amir Valle que yo, en su lugar, no haría ninguna sustitución. La antología peligraba, detenida, e hice una primera y última advertencia: si se extraía de ella el cuento, retiraría no solo mi autoría y mi firma, sino también mi breve estudio preliminar, que servía de prólogo. Otros escritores, enterados del asunto, apoyaron mi determinación.  Ellos también se retirarían de la antología si lo peor sucedía. Amir Valle ha contado esto ya. Actualmente el libro tiene tres ediciones.

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Recuerdo, cuando llegó el mes de abril, las celebraciones cervantinas en el mundo, con las lecturas, por teléfono, de Don Quijote, encadenadas más allá de las diferencias de horario. Pedro Juan Gutiérrez y yo leímos desde La Habana, en aquella casona donde estaba la biblioteca del Centro Cultural. Y en septiembre u octubre de 1999, poco antes de que comenzara la IX Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, Ión de la Riva me pidió que me trasladara de la biblioteca, en la calle Obispo, a una pequeña oficina de la Embajada de España, a unos metros de su despacho. Después subí a otra oficina más pintoresca, en el mirador, desde donde la bahía de La Habana y gran parte de la ciudad se dejan contemplar abiertamente y producen un extraño embeleso. Debía ocuparme de diseñar un programa personalizado —visitas a escritores, recorridos, conferencias— para Luis Racionero, Antoni Miralda, Xavier Rubert de Ventós, Manuel Ángel Conejero-Tomás Dionís-Bayer, Luisa Castro y otros.

 

Parte: I, II, III, V (final).