En el hielo fantasmal de un amanecer ártico, 20 marines estadounidenses se preparan para una guerra sobre el hielo. Ataviados con camuflaje blanco para la nieve y esquís de travesía, avanzan torpemente entre posiciones en la ladera de Blåtindan, en el extremo norte de Noruega, mientras vigilan a un enemigo simulado en la cima cubierta de nieve.
La segunda compañía de reconocimiento forzado —un equipo de élite que se adelanta al resto de las tropas y envía información al mando— es experta en operar con sigilo. Pero en este terreno parecen expuestos, torpes. Las mochilas pesadas desequilibran su centro de gravedad, les dan un impulso peligroso en las bajadas y suponen una carga molesta en las subidas.
Nils, su instructor noruego, lleva una década en el ejército y actualmente dirige su propia patrulla de reconocimiento de largo alcance. Observa desde un puesto de mando de hormigón cómo un marine se desploma de lado junto a una cresta lejana, seguido por otro. Los hombres caídos son manchas en el paisaje monocromático, tumbados e indistintos entre los pinos negros y la nieve blanca. Nils los ve esforzarse por ponerse en pie. “Lo más importante que deben experimentar —dice— es lo difícil que es esto”.
En los años más duros de la guerra fría, los soldados estadounidenses eran una presencia habitual en las ciudades guarnición de Noruega al norte del Círculo Polar Ártico, pero tras la disolución de la Unión Soviética, se retiraron. Ahora que la hostilidad con Rusia ha crecido, han vuelto para aprender a combatir en este entorno hostil. Esta primavera, las fuerzas armadas noruegas entrenan a casi 8000 soldados de la OTAN en el arte de la guerra en clima frío.
Un grupo de marines estadounidenses recibe instrucciones tras un entrenamiento. Los soldados de EE. UU. eran una presencia habitual en las ciudades guarnición noruegas durante la guerra fría. Con el aumento de tensiones árticas entre Rusia, China y Estados Unidos, han vuelto
Las tensiones en el Ártico aumentan, a medida que el deshielo abre una nueva ruta marítima a través del Polo Norte y desata una carrera por acceder a las franjas minerales que quedan al descubierto por el calentamiento de los océanos.
Rusia busca explotar la Ruta Marítima del Norte —un corredor de 5600 kilómetros que conecta los océanos Pacífico y Atlántico a través de los mares helados de su costa septentrional—, mientras vigila celosamente las aguas que rodean la península de Kola, donde se encuentra su unidad naval más importante, la Flota del Norte, y, más preciado aún, sus submarinos de misiles balísticos y sus instalaciones de almacenamiento de ojivas nucleares.
En los últimos años, Moscú ha militarizado intensamente la región, reactivando bases navales de la Guerra Fría a lo largo de su costa norte del mar de Barents. También ha restablecido el distrito militar de Leningrado, una unidad de época soviética destinada a reforzar su presencia en el noroeste de Rusia, cerca de las fronteras con Finlandia y Noruega.
Pero no es la única gran potencia que avanza en la región. China ha invertido masivamente en la exploración energética del Ártico y está ampliando sus capacidades militares, incluso a través de una serie de maniobras conjuntas con Rusia durante el último año.
Aunque un conflicto en el Ártico pueda parecer lejano dada la intensidad de la guerra en Ucrania, resulta significativo que Moscú haya mantenido intacta su Flota del Norte, incluso cuando sus fuerzas terrestres han sido diezmadas en el campo de batalla.
El vicealmirante estadounidense Douglas G. Perry, al mando del cuartel general naval de la OTAN encargado de la seguridad en el Atlántico Norte y el Ártico, advierte que Rusia ha “aumentado significativamente” su presencia militar en el Alto Norte en los últimos años.
La guerra en Ucrania, añade, no hace sino reforzar la necesidad de que los aliados de la OTAN estén preparados en “toda la geografía ártica […] para defender nuestras naciones colectivas frente a capacidades que pueden resultar muy amenazantes”. Un eventual fin del conflicto ucraniano no haría sino intensificar el foco militar de Rusia en el Ártico.
Sin embargo, Moscú —que siente una poderosa pertenencia sobre su sector del Ártico— se enfrenta a una competencia creciente. Donald Trump, invocando razones de seguridad, intenta reclamar Groenlandia como territorio estadounidense. Vladimir Putin advirtió la semana pasada que Rusia aumentará aún más su despliegue militar en la región. Europa no puede permitirse el lujo de estar desprevenida. “Puede que no tengas la opción de elegir dónde pelear”, advierte un alto mando militar europeo. “Y eso significa que hay que dominar la guerra en el Ártico”. Ser soldado en esta región, añade, es “solo un 10% táctica y un 90% supervivencia”.
Los veteranos noruegos de combate en clima frío suelen enumerar los ejércitos que a lo largo de la historia sucumbieron al primer contacto con las condiciones árticas. Las tropas de Napoleón sufrieron una retirada letal de Moscú en 1812, cuando el termómetro cayó a -37 °C y los hombres caían muertos mientras marchaban, con la sangre brotándoles por la boca.
Más de un siglo después, los soldados mal equipados de la Wehrmacht de Hitler quedaron detenidos al congelarse el combustible en sus vehículos, sin cobertura aérea y finalmente derrotados en su avance hacia la capital rusa durante el invierno de 1941.
En las montañas cercanas a Setermoen, Noruega, dentro del Círculo Polar Ártico. Esta primavera, las fuerzas armadas noruegas están entrenando a casi 8000 soldados de la OTAN para combatir en este terreno hostil.
En Blåtindan, donde se desarrolla el ejercicio de vigilancia, los Marines estadounidenses están reaprendiendo estas duras lecciones. A finales de enero solo hay unas seis horas de luz diurna, así que la mayoría de sus maniobras se realizan en una penumbra crepuscular.
Tras los ejercicios, están helados, con las piernas temblorosas y magullados por las caídas sobre la nieve congelada. El viento sopla con fuerza hacia el este por la ladera, abrasándoles la piel y desgarrándoles la garganta. Sebastian Romeo, de 30 años, se baja el pasamontañas de los ojos y recoloca su mochila. “Dicen que los noruegos nacen con esquís, pero yo nací con un palo de hockey en la mano”, bromea, mientras intenta mantenerse en pie sobre la nieve cubierta de hielo.
Sargento Sebastian Romeo: “Los noruegos tienen cosas que simplemente llevan en la sangre”.
El marine, originario de Filadelfia, ha estado desplegado en el Golfo, el Mediterráneo y Oriente Medio a lo largo de sus ocho años de carrera. Entrenar aquí supone el mayor contraste imaginable respecto a las campañas polvorientas de Irak y Afganistán. Pero el eje geopolítico ha cambiado; toca adaptarse a un nuevo dominio. “Ellos tienen cosas que simplemente llevan en la sangre”, dice sobre los noruegos, “y nosotros tenemos que aprenderlas”. Preparándose para la siguiente maniobra, se sube los mitones. “Supongo que todo esto es para prepararse… para la peor noche de tu vida”.
En el cuartel general del ejército noruego, un búnker excavado en las montañas al este de Bodø, no se puede saber si es de día o de noche, pero hay una cita que el equipo allí jamás deja pasar. Cada miércoles a las 14:00 horas prueban la línea directa con el mando de la Flota del Norte rusa mediante una breve llamada, con el objetivo de mantener una vía de comunicación activa en caso de accidente o incidente que requiera desescalada.
La relación de Noruega con Rusia ha sido siempre inusual dentro de la OTAN. Ambos países comparten una frontera de 197 kilómetros, que requiere una gestión mutua, y la propia hostilidad del Ártico ha favorecido una cooperación necesaria, incluso entre adversarios.
La teoría es que cualquier tipo de conflicto en esta zona sería tan catastrófico que los canales de emergencia con Moscú deben mantenerse a toda costa. Desde el fin de la Guerra Fría, Noruega ha aspirado a una política de “Alta latitud, baja tensión”, pero esa fórmula suena cada vez más hueca.
Aunque las Fuerzas Armadas noruegas rompieron relaciones con sus homólogos rusos tras la anexión de Crimea en 2014 y redujeron aún más los contactos tras la invasión a gran escala de Ucrania hace tres años, la llamada semanal de prueba ha perdurado.
Las relaciones con los rusos, según el vicealmirante Rune Andersen, jefe del Estado Mayor Conjunto noruego, son “profesionales y centradas”. Ambas partes se desean Feliz Navidad por escrito a través de la línea. “Creemos que es importante tener esa posibilidad [de contacto]”, afirma Andersen. “Tiene que ver con la seguridad. Y creo que ellos lo ven igual”.
La vida en el cuartel de Bodø está tan alejada del mundo exterior que parece de otro planeta, como si se tratara de un submarino o de estar suspendido en el espacio. Para entrar en esta instalación de la época de la Guerra Fría hay que atravesar una especie de portal: un túnel excavado en una montaña de cuarzo. Diseñado para resistir un ataque nuclear, el acceso está construido en un ángulo de 90 grados respecto al túnel, de forma que la onda expansiva de una explosión viaje a través de la montaña sin alcanzar las instalaciones interiores.
El aire se filtra para evitar la penetración de agentes químicos, biológicos, radiológicos o nucleares. Subiendo varios tramos de escaleras y recorriendo pasillos mareantes y brillantemente iluminados se llega al centro de operaciones conjuntas, donde el personal militar vigila las actividades terrestres, marítimas y aéreas en el territorio noruego las 24 horas del día.
Utilizan radares, satélites, sensores submarinos e información obtenida por la guardia costera y los aviones de vigilancia marítima para rastrear los barcos y submarinos rusos que entran en el mar de Noruega. Muchos se dirigen hacia las aguas situadas entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido —la llamada brecha GIUK— que constituye una vía de acceso al Atlántico Norte.
Esta zona ha sido siempre un Rubicón para los aliados de la OTAN. Si los submarinos rusos logran atravesarla sin ser detectados, podrían lanzar misiles contra capitales europeas y, desde ahí, cruzar el Atlántico para amenazar la costa este de Estados Unidos.
“Los ejercicios habituales no funcionan aquí, y hasta las armas conocidas se vuelven torpes”.
Los esfuerzos por vigilar estos buques comenzaron a intensificarse hacia 2018, cuando Noruega, Estados Unidos y el Reino Unido observaron que Rusia estaba probando nuevas capacidades submarinas y lo que el almirante Rune Andersen denomina un “ritmo operativo más elevado” por parte de los submarinos y barcos de la Flota del Norte hacia el Atlántico Norte.
Andersen es un hombre alto y de intensidad solemne, que habla con voz baja y mide cada palabra. Como los movimientos de submarinos se consideran información altamente clasificada, rehúsa comentar las actividades actuales, pero sugiere que el aumento de despliegues se ha estabilizado. “Es parte de una nueva dinámica. Es una competición por el control”, afirma. “Y no va a desaparecer”.
La razón por la que el Ártico es tan inflamable, según Andersen, es que, aunque es poco probable que una guerra empiece en esta región, un conflicto originado en Europa del Este o en los países bálticos puede propagarse fácilmente hacia el norte. “Ya lo ves en Ucrania: una guerra no solo tiene un frente, también ocurre en las profundidades del país”, explica.
Rusia lanza aviones desde su base aérea de Olenegorsk, en la península de Kola —bien dentro del círculo polar ártico— para atacar objetivos en Ucrania, por ejemplo. Y Kiev ha contraatacado enviando drones para dañar los aviones estacionados en esa base. “El escenario más probable es que un conflicto comience en otro lugar y se extienda al Ártico”, afirma Andersen. “Por las bases que hay aquí, por las capacidades que hay aquí, porque la respuesta de Occidente será amplia y contundente”.
El vicealmirante Rune Andersen, jefe del Mando Conjunto Noruego, en su despacho de la base de Bodø.
Andersen, que se graduó en la academia naval noruega justo cuando se desvanecían las hostilidades de la guerra fría, ha presenciado todo el espectro de relaciones a lo largo de su carrera.
Tras la disolución de la Unión Soviética, se organizaron visitas portuarias e incluso ejercicios navales conjuntos entre Noruega y Rusia. “Nosotros, como países occidentales, tendemos hacia la cooperación”, señala. “Durante los años noventa éramos optimistas con respecto al desarrollo de relaciones pacíficas”.
El pasillo central del cuartel general de Bodø está repleto de vitrinas con obsequios recibidos de capitanes navales rusos durante ese periodo de distensión: una botella de vodka con forma de kalashnikov (todavía precintada), una muñeca matrioska con pestañas pintadas y labios cerrados en forma de capullo.
Durante un almuerzo a base de estofado de reno y puré de patata en la cantina, Andersen reflexiona que, ahora, “el realismo ha vuelto” a las relaciones de Oslo con Moscú. “Los años noventa y toda esa cordialidad ya son cosa del pasado”.
Para sus oficiales, esto significa un trabajo lento y paciente en la sala de operaciones conjuntas, observando buques que intentan ocultar su posición o que maniobran de forma inusual.
El personal noruego envía un barco o un avión para seguir a las embarcaciones sospechosas antes de compartir la información obtenida con sus aliados. “Esto es vigilancia constante en busca de conocimiento situacional”, dice Andersen. “No queremos actuar, pero queremos saber dónde están los rusos”.
La segunda compañía de reconocimiento de los Marines vuelve a estar en Blåtindan, preparándose para lo peor: que el trabajo de vigilancia encubierta fracase y se vean obligados a entrar en combate.
Las tropas enemigas están representadas por objetivos que emergen de forma aleatoria en la ladera, con una ráfaga de nieve en polvo. Los marines, alternando bastón de esquí y fusil, caen sobre una rodilla para estabilizarse y disparar.
Cuando se revela cada posición enemiga, el comandante grita órdenes mientras su aliento empaña el aire. Las ráfagas de disparos responden, amortiguadas por la nieve. Los hombres avanzan lentamente, en formación, cruzando una llanura. Como no hay vegetación tras la que ocultarse, deben aprender a enfrentarse al enemigo desde más lejos.
Sus ejercicios habituales no sirven aquí, y hasta las armas conocidas se vuelven torpes; la sensibilidad del gatillo del fusil se pierde a través de dos pares de guantes y los gruesos mitones impermeables.
Nils silba, y los Marines caminan con dificultad hasta una cabaña en la ladera para la sesión de análisis posterior, dejando sus esquís clavados en la nieve. Uno de ellos, con un esguince de rodilla, cojea entre dos compañeros.
Dentro, los marines se desploman exhaustos sobre los bancos adosados a las paredes. El refugio huele a pino y humo de leña. Mientras comen chocolatinas noruegas con dibujos de animales del bosque, enumeran las dificultades: no todos alcanzan a ver los objetivos, les cuesta oír las órdenes, y cuando se caen, los fusiles se les quedan atascados en la nieve.
La base militar de Setermoen, en Noruega. Las tropas noruegas pueden operar al aire libre hasta los -20 °C, mientras que sus fuerzas especiales están entrenadas para condiciones extremas de -30 °C y menos.
Esta compañía se despliega habitualmente en el mar —asaltando embarcaciones para confiscar contrabando o buceando bajo ellas para obtener información— y se ha entrenado tanto en pantanos como en selvas. Pero, según dicen, es este terreno ártico el que más se les resiste.
Mientras recargan sus armas, la nieve empieza a caer, difuminando el límite entre el cielo y la línea de árboles. El sargento primero Tim Rudderham recuerda a su equipo que él tampoco está acostumbrado a estas condiciones. “Si veis al comandante tendido boca arriba, os toca haceros cargo”, les advierte. “Tenéis que dar un paso al frente”.
Mientras el seguimiento de los movimientos militares de Moscú lleva décadas en marcha, comprender las ambiciones de Pekín en la región es una tarea mucho más reciente.
China, que no es miembro del Consejo Ártico —formado por ocho naciones—, se ha autodeclarado no obstante como un “Estado cercano al Ártico”. En parte, esto responde a su interés por explotar las oportunidades de la Ruta Marítima del Norte (NSR, por sus siglas en inglés).
Esta vía, actualmente intransitable durante buena parte del año, será, según los climatólogos, navegable de forma fiable en septiembre a partir de 2050 y durante todo el año hacia 2100, lo que recortará el tiempo de viaje entre Asia y Europa en casi un tercio, al evitar el cuello de botella de Suez.
Aunque la NSR se encuentra en aguas internacionales dentro de la Zona Económica Exclusiva de Rusia, Moscú la reivindica como territorio soberano y declaró en 2022 que ningún buque podría atravesarla sin su aprobación previa.
El pasado mes de mayo, Vladimir Putin y Xi Jinping anunciaron la creación de una comisión conjunta para el desarrollo de esta ruta, que formará parte de la “ruta polar de la seda” promovida por Pekín.
Rusia está invirtiendo ahora en tecnologías que permitirán una mayor capacidad de seguimiento del tráfico que transite por la zona. Un funcionario de inteligencia británico la compara con “el equivalente del siglo XXI del canal de Suez”, un paso marítimo estratégico y propenso a convertirse en foco de futuros conflictos.
Por el momento, los intereses de China en el Ártico son principalmente económicos. La Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC) y la Corporación Nacional de Petróleo Offshore de China (CNOOC) poseen participaciones en los mayores proyectos rusos de gas natural licuado, Ártico 2 y Yamal.
El número de nuevas empresas con capital chino registradas para operar en el Ártico y en las regiones adyacentes a la NSR ha aumentado: de 48 en 2020 a 123 en los seis primeros meses de 2023, según datos del Instituto Strider.
Sin embargo, hay cada vez más indicios de que China también está preparando operaciones de tipo militar.
Hace dos años, la Guardia Costera china y el Servicio de Guardias Fronterizos del FSB ruso —una rama de los servicios de inteligencia interiores— acordaron intensificar su cooperación en aguas árticas.
El año pasado, ambos países realizaron una patrulla conjunta en el estrecho de Bering, en el Ártico de Alaska, que se repetirá anualmente.
Más significativo aún fue el primer patrullaje estratégico conjunto de bombarderos que Moscú y Pekín llevaron a cabo sobre el estrecho de Bering en julio del año pasado, un movimiento que la senadora de Alaska, Lisa Murkowski, calificó como “una provocación sin precedentes por parte de nuestros adversarios”.
Rusia ha intentado históricamente excluir a competidores y países no árticos de la región, y hasta ahora ha limitado sus operaciones conjuntas con China al lado norteamericano del Ártico, lo más alejado posible de sus activos militares más sensibles en la península de Kola.
Aun así, los responsables militares y de inteligencia occidentales entrevistados para este artículo coinciden en que, aunque Moscú recela de permitir que Pekín se afiance en la zona, su dependencia del gigante asiático ha crecido como consecuencia de la guerra en Ucrania.
China buscará recuperar esa deuda en el Ártico mediante oportunidades de inversión y acceso para sus fuerzas armadas, señalan las mismas fuentes.
Marines descansan durante una sesión de entrenamiento sobre conducción sobre hielo. Combatir en el Ártico, afirma un alto mando militar europeo, es “solo un 10% de táctica y un 90% de supervivencia”.
Aunque todavía es pronto para comprender la naturaleza y el alcance de la cooperación entre Rusia y China, la OTAN observa de cerca. Un representante del Servicio de Inteligencia de Defensa de Dinamarca declaró al Financial Times que considera que China tiene “intereses estratégicos militares a largo plazo” en el Ártico y que probablemente esté intentando establecer presencia en la región, “por ejemplo, mediante submarinos estratégicos con misiles bajo la capa de hielo, para garantizar su disuasión estratégica”.
En otras palabras, Pekín aspira a operar de forma encubierta bajo el hielo y, eventualmente, a apuntar armas nucleares contra Europa y Estados Unidos.
China ya está normalizando sus actividades en el Ártico, principalmente a través de la investigación científica y la exploración, aunque hay indicios de que dicha investigación podría tener un doble propósito.
Preocupa especialmente la estación de investigación china Río Amarillo, en Svalbard —un archipiélago noruego situado en el Alto Ártico, a 930 km del continente—. Miembros del Congreso estadounidense adscritos al Comité Selecto sobre el Partido Comunista Chino advirtieron que parte del personal chino que trabaja en Río Amarillo está vinculado a empresas militares y ha utilizado los datos recopilados allí para investigar tecnologías de guiado de misiles.
China cuenta también con un laboratorio de investigación en Kárhóll, en el norte de Islandia, que, según el comité, “parece llevar a cabo investigaciones de doble uso” en territorio de la OTAN.
Pekín justifica su inversión en rompehielos apelando a la investigación climática y meteorológica, pero estas embarcaciones también podrían tener usos militares.
El verano pasado, se informó de que el rompehielos Xue Long 2 atracó por primera vez en Murmansk, el mayor puerto ruso del norte de la península de Kola.
China dispone actualmente de cinco rompehielos polares y trabaja en el desarrollo de buques más grandes, entre ellos un rompehielos nuclear de 30.000 toneladas, cuyo coste se estima en 1000 millones de yuanes (134 millones de euros).
En 2023 se identificó un número récord de tres rompehielos chinos en actividad en el Ártico.
Mike Sfraga, primer y único embajador estadounidense para el Ártico, nombrado durante la administración Biden, admite estar inquieto por las aspiraciones de Pekín.
Tras dimitir de su cargo cuando Trump llegó a la Casa Blanca, reside ahora en Fairbanks (Alaska), donde el aumento de las señales militares entre Moscú y Pekín se siente incómodamente cerca. “Desde 2022 hemos asistido a un aumento espectacular de la cooperación militar sino-rusa en el Ártico”, afirma, un fenómeno que se niega a considerar como una mera pose.
Sfraga sostiene que el objetivo de China de convertirse en una potencia militar real solo podrá cumplirse si su marina adquiere experiencia operativa en mares cubiertos de hielo. “No sé si China llegará alguna vez a tener una presencia permanente en el Ártico”, dice. Pero sugiere que Pekín ya cuenta con una “capacidad significativa” para interferir las comunicaciones por satélite de la OTAN y sabotear infraestructuras submarinas críticas. También señala que instalaciones como Río Amarillo podrían estar equipadas para recolectar inteligencia de señales.
El próximo objetivo de Pekín es poner a prueba sus tropas en este entorno, del mismo modo en que lo están haciendo las fuerzas de la OTAN en Noruega.
Las aguas árticas son, según un antiguo oceanógrafo naval, “simplemente los mares más duros para combatir”. El metal se vuelve quebradizo a temperaturas bajas, las armas se congelan y descongelan acumulando humedad, lo que provoca óxido y deterioro.
Cuanto más cerca se está del Polo Norte, más difícil resulta la navegación, ya que la convergencia de los campos magnéticos de la Tierra interfiere con la brújula. Además, los satélites GPS, al encontrarse a menor elevación en las regiones polares, quedan a menudo ocultos por el relieve.
Hay lecciones que solo se aprenden por experiencia. Cuando la Armada de EE. UU. envió su portaviones Harry S. Truman, valorado en 4500 millones de dólares, al Círculo Polar Ártico en 2018, el capitán recurrió a un antiguo manual de operaciones navales que recomendaba el uso de bates de béisbol para quitar el hielo de la cubierta. Encargó 48 Louisville Sluggers para el viaje.
En el interior de la base militar de Setermoen, el “hogar” de los Marines durante su entrenamiento. Cuando duermen en tiendas de campaña al aire libre, los soldados mantienen sus armas junto a ellos para evitar que los mecanismos internos se congelen.
Marc Lanteigne, especialista en China de la Universidad Ártica de Noruega en Tromsø, no cuestiona el interés de Pekín en la región, pero duda de que esté forjando una alianza sólida con Rusia. “Sí, ha habido muchas operaciones con postureo y alarde”, comenta. “Pero donde empiezo a tener dudas es en cuánto confían realmente el uno en el otro”.
Mucho del lenguaje gestual de Moscú y Pekín es reactivo, sugiere, sobre todo desde que la adhesión de Suecia y Finlandia a la OTAN reforzó lo que Rusia percibe como una amenaza en su frontera nororiental. China y Rusia “son extremadamente suspicaces respecto a los objetivos de la OTAN en el Ártico, y quieren dejar muy claro y de forma conjunta que Occidente no es el único actor en la región”, afirma. “El mensaje es: ‘Nosotros también estamos aquí y no nos vamos a ir’”.
En la base militar de Setermoen, en pleno círculo polar ártico, oficiales noruegos se preparan para recibir tropas de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Países Bajos, que acuden a recibir formación en guerra en condiciones de frío extremo. Esta instrucción es crucial: en caso de conflicto en la región, serán estas fuerzas las que deberán movilizarse para defender el territorio.
La tarea más difícil, según los noruegos, es convencer a sus aliados del peligro real de las lesiones por frío y desmontar las actitudes que arrastran tras años de formación militar convencional. “La mayoría de los aliados piensan: ‘Si tienes frío, aguántate’. Pero eso no sirve en un entrenamiento invernal, porque entonces te congelas”, advierte uno de los instructores. “Si no eres capaz de darte cuenta de que te estás congelando, perderás los dedos”.
El protocolo que enseñan antes de los ejercicios al aire libre se conoce en la jerga militar como “Sibir”, Siberia en noruego. La rutina incluye revisar cada noche los pies de los soldados en busca de señales de congelación, presionando suavemente con una aguja la planta del pie para comprobar si ha perdido sensibilidad.
Mientras marchan al aire libre, cada soldado debe girarse cada pocos minutos para observar la cara del compañero que le sigue. Un punto blanco en la nariz, la barbilla o el pómulo es el primer indicio de congelación y requiere tratamiento inmediato con contacto piel con piel usando una mano sin guante.
Las tropas noruegas son capaces de operar al aire libre hasta temperaturas de -20 °C, pero por debajo de ese umbral, aunque la operación no se detiene, se ralentiza considerablemente.
Las fuerzas especiales están entrenadas para soportar temperaturas aún más extremas, de -30 °C o inferiores. En esas condiciones, las articulaciones se bloquean, el movimiento se ve limitado por las capas adicionales de ropa y tareas básicas como montar un campamento pueden requerir hasta el triple de tiempo.
La prioridad pasa del combate a la supervivencia. Un oficial de instrucción explica que los soldados deben estudiar el entorno y aprender a resguardarse del clima en lugar de enfrentarse a él, saber cuándo es necesario excavar un agujero en la nieve para refugiarse de una tormenta o de la niebla. “Hay que formar parte de la naturaleza”, dice, “no luchar contra ella”.
Hacía cero grados en el muelle, con una ligera brisa del este, cuando, casi exactamente un año atrás, responsables militares rusos y ejecutivos del sector naval se reunieron en los astilleros JSC Admiralty de San Petersburgo. La ceremonia de colocación de la quilla inauguró una nueva embarcación autónoma, el Sergey Bavilin, que se espera alcance profundidades de hasta 11.000 metros, casi el doble del alcance previsto para los sumergibles rusos existentes.
El encargo provino de uno de los departamentos militares más secretos de Rusia: la Glavnoye Upravlenie Glubokovodnikh Issledovanii, o Dirección Principal de Investigaciones en Aguas Profundas, conocida como GUGI.
Con base en la apartada ensenada de Olenya Guba, en la costa septentrional de la península de Kola, la GUGI es responsable del mantenimiento de una red de sensores submarinos que alertan a Rusia sobre la aproximación de submarinos enemigos.
Pero también está especializada en sabotaje, equipada con sumergibles capaces de alcanzar profundidades extremas y dotados de brazos manipuladores que pueden cortar cables de energía y telecomunicaciones en el Ártico y más allá.
GUGI actúa como un agente de desestabilización, realizando operaciones en el extremo opuesto del espectro del conflicto respecto a los misiles hipersónicos y las armas nucleares. Sus operaciones son encubiertas, negables y permanecen por debajo del umbral de la guerra abierta.
La naturaleza de sus actividades hace que la información sobre sus operaciones en manos de los aliados occidentales esté altamente clasificada. La mayoría de los responsables se niega siquiera a hablar del tema.
Un comandante naval de la OTAN describió a la organización —que también tiene experiencia en cartografía y reconocimiento— como “la mejor capacidad del mundo para operar en los océanos profundos”.
Según la agencia de inteligencia noruega NIS, la GUGI, junto con la Flota del Norte, cuenta con “una considerable capacidad para amenazar la infraestructura crítica submarina y el sector energético de Noruega y de Occidente”.
Un exoficial de la marina rusa que operó en el Ártico y habló con el Financial Times bajo condición de anonimato, aseguró que la GUGI trabaja estrechamente con la agencia de inteligencia militar rusa, el GRU, y que probablemente ha recibido más recursos desde la invasión de Ucrania.
Imágenes satelitales analizadas por el FT muestran que, desde que comenzó la guerra, la GUGI ha reforzado sus defensas en Olenya Guba para proteger los activos clasificados almacenados allí de posibles daños o actividades de vigilancia.
Durante la ceremonia celebrada en marzo del año pasado, el jefe de la GUGI, Vladimir Grishechkin, elogió el Sergey Bavilin con un tono a la vez jactancioso y deliberadamente ambiguo. “El sumergible de aguas profundas que estamos botando hoy es único en su clase”, dijo ante los dignatarios reunidos, según un comunicado publicado en la web del astillero. “Solo embarcaciones de esta clase pueden sumergirse a profundidades significativas para estudiar, desarrollar y llevar a cabo trabajos específicos en el fondo del océano mundial”.
Al menos una de esas “labores específicas” consiste en manipular los cables de los que depende Europa.
En noviembre de 2021, se arrancó un tramo del cable submarino utilizado por el Observatorio Oceánico Lofoten-Vesterålen de Noruega. Poco después, a principios de 2022, se interrumpió una de las conexiones de fibra óptica entre Svalbard y el territorio continental noruego.
Las investigaciones sobre ambos incidentes apuntaron a que probablemente fueron causados por actividad humana. Según el exoficial naval ruso, GUGI podría haber ejecutado dichas operaciones directamente o mediante el uso de embarcaciones civiles.
El sargento jefe Tim Rudderman. El terreno ártico, dice su compañía, es el que más se te pone en contra.
Actividades como esta sugieren que la disposición de Rusia a asumir riesgos está aumentando.
Thomas Nilsen, periodista y editor de The Barents Observer, ha vivido y trabajado durante más de veinte años en Kirkenes, una ciudad costera noruega cercana a la frontera rusa. “Las acciones híbridas son importantes porque Rusia se está preparando para un posible conflicto”, afirma. “Están poniendo a prueba la respuesta noruega. Cortan el cable y luego se sientan con palomitas de maíz a tomar nota de cómo reaccionan los noruegos… Lo observan, aprenden de ello. Y así pueden prepararse mejor para una acción real en caso de que el conflicto escale”.
GUGI, dice Nilsen, ilustra el cálculo militar ruso: que un conflicto “no se reduce únicamente a armas, disparos y misiles, sino que abarca todo el espectro de daño que se le puede infligir a un enemigo”.
Este tipo de acciones no se producen solo en el fondo del océano, sino también en altitud; Nilsen estaba a bordo de un avión a principios de este año que sufrió una suplantación de señales GPS.
El capitán le dijo a Nilsen que formaba parte de un patrón de acciones rusas. La Autoridad de Aviación Civil de Noruega informó en 2022 que estos incidentes de interferencia por parte de Moscú se intensificaron tras la invasión de Ucrania.
En otoño del mismo año, Noruega arrestó a un ciudadano ruso después de que se detectaran drones volando cerca de plataformas de petróleo y gas en alta mar. Aun así, para frustración de Nilsen, Noruega es más reticente que su aliada Finlandia a la hora de denunciar la agresión híbrida rusa o de emitir advertencias explícitas sobre la magnitud de la amenaza.
Se trata de una diplomacia al filo de la navaja, ejecutada mediante declaraciones cuidadosamente calibradas. “Toda guerra y conflicto, de ahora en adelante y por siempre, será un conflicto híbrido; y además de eso, podría volverse también cinético”, dijo el ministro de Asuntos Exteriores de Noruega, Espen Barth Eide, en una conferencia celebrada a principios de este año en Tromsø. Admitió que los cables a veces se dañan por accidente y que la electrónica no siempre funciona, pero afirmó con rotundidad: “Las primeras señales de que estás pasando de la paz a la guerra se darán en el ámbito híbrido”.
En Setermoen, un nuevo grupo de marines del batallón de reconocimiento blindado ligero se despierta temprano para recibir una lección sobre cómo conducir sobre hielo.
Esta unidad, que tradicionalmente avanza por delante de la infantería para enviar información desde el campo de batalla, forma una caravana, con cada conductor esperando su turno en la pista.
Un viento creciente azota los vehículos detenidos. Frode, el instructor noruego, ha insistido en que retiren las cadenas de nieve para reducir aún más la tracción. Quiere que los reclutas experimenten las condiciones en su estado más peligroso.
El primer vehículo se prepara para avanzar. El navegador, sentado en lo alto de la torreta, da instrucciones al conductor por el intercomunicador. La nieve gira en remolinos alrededor de su cabeza. “Avanza”, dice, y luego: “acelera”.
El rugido del motor lanza el tanque sobre el hielo a 20 millas por hora, mientras columnas de humo negro salen del escape como polvo de carbón. Sin previo aviso, se da la orden de “¡Frena!”. El vehículo se desvía, su parte trasera gira y termina detenido en un banco de nieve.
El viento se ha calmado, y hay medio segundo de silencio antes de que el motor se reavive: un instante de quietud antes del rugido.
Es en esa pausa entre el reposo y el movimiento donde ahora se encuentra la OTAN. El dilema para los aliados es cómo responder ante las amenazas que se están desplegando en el Ártico, un teatro que se extiende de este a oeste alrededor del polo, desde el fondo marino hasta el espacio.
Un funcionario de la OTAN admitió con franqueza que la alianza “todavía está en proceso” de definir cuál debe ser su postura.
Incluso antes de volver al poder a finales de enero, Trump ya había complicado aún más la cuestión al reafirmar su ambición de “comprar” Groenlandia, un activo estratégico situado entre Rusia y Estados Unidos, cuya base militar en Pituffik alberga sistemas de alerta temprana cruciales para la defensa estadounidense contra misiles balísticos.
La semana pasada, el vicepresidente JD Vance visitó Pituffik para reiterar la preocupación estadounidense por la seguridad en el Ártico. Dinamarca ha reiterado en múltiples ocasiones que la isla no está en venta.
La posibilidad de una inversión conjunta en energía y transporte ártico también ha surgido como tema de debate en las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia sobre Ucrania.
Tras reunirse con Putin en Moscú el mes pasado, Steve Witkoff, enviado especial de Trump, propuso que Rusia y Estados Unidos podrían “pensar en cómo integrar sus políticas energéticas en el Ártico, compartir rutas marítimas, quizá enviar GNL… conjuntamente hacia Europa”. Esto tendría beneficios evidentes para Moscú, que busca mejorar el acceso de su gas natural licuado al mercado europeo, el cual ha estado sujeto a algunas sanciones tras la invasión a gran escala.
En el Reino Unido, líderes militares, alertados por la creciente inestabilidad, firmaron a principios de este año un nuevo pacto de defensa con Noruega para reforzar la seguridad en el Ártico.
Las fuerzas armadas británicas solo cuentan con un buque con capacidad para operar en hielo, el envejecido HMS Protector. De cara a la próxima revisión estratégica de defensa, los jefes navales han solicitado dos nuevos buques para sustituirlo, según fuentes conocedoras del plan.
La cuestión de si el Reino Unido, solo o con aliados, debería desafiar las reclamaciones de soberanía de Rusia sobre la Ruta Marítima del Norte realizando un ejercicio de libertad de navegación, sigue siendo objeto de debate.
Una acción así provocaría con toda seguridad una reacción. Según tres personas al tanto de las discusiones, los altos mandos británicos propusieron dos operaciones de este tipo en 2019 y 2021. Nunca llegaron a ejecutarse, pero es probable que el tema se reabra en el futuro, dijo una fuente al FT.
Marines preparándose para un ejercicio en clima frío. El mayor reto, dicen los instructores, es explicar lo peligrosas que pueden ser las lesiones. Aguantar el frío puede costarte muy caro: “y si no te das cuenta de que te estás congelando, perderás los dedos”.
Expertos marítimos, entre ellos el antiguo agregado naval del Reino Unido en Moscú, el capitán David Fields, han desaconsejado sistemáticamente realizar ejercicios de libertad de navegación en el Alto Norte, alegando que el riesgo de escalada es demasiado alto y advirtiendo sobre el peligro de accidentes o averías en aguas remotas y traicioneras, lo que podría requerir asistencia rusa.
Estados Unidos también ha considerado llevar a cabo una expedición similar en el mar de Kara, al norte de Rusia, acompañado de hasta cuatro destructores lanzamisiles guiados y buques de apoyo, según un documento filtrado del Pentágono citado por el Wall Street Journal hace dos años.
Hasta ahora, ambos países han optado por la contención, pero la tensión entre actuar o no actuar persiste. Noruega no ha hecho comentarios públicos sobre si aprobaría —y mucho menos si participaría en— un ejercicio conjunto para confrontar a Rusia.
El Ministerio de Asuntos Exteriores todavía está considerando si debe levantar las restricciones autoimpuestas que limitan los ejercicios militares aliados en la región noruega de Finnmark, en la frontera con Rusia, con el argumento de que no se puede provocar a Moscú en esa zona.
Para Thomas Nilsen, la persistencia de esta política refleja una negación de la realidad. “Aquí hay un dicho: ‘Sitt stille i båten, stormen vil gå over’ (Quédate quieto en el bote, la tormenta pasará)”, comenta. “Esa es la actitud de Noruega hacia Rusia”.
En el valle bajo Blåtindan, las linternas frontales de los marines brillan en la penumbra. La segunda compañía de reconocimiento de fuerza ha pasado la noche con cuatro hombres por tienda a -12 °C y se ha levantado temprano para derretir nieve y así obtener el agua necesaria para preparar sus sobres de gachas de chocolate para el desayuno.
Cada gesto es deliberado, meticuloso, agotadoramente inusual. Deben cepillar la nieve de todas las superficies antes de introducirlas en la tienda para reducir la humedad. Duermen con sus armas al lado para evitar que se congelen sus mecanismos internos. No deben tocar el metal con la mano desnuda, o sufrirían quemaduras por frío. Incluso su ropa interior, de malla de lana aislante, ha sido encargada a proveedores militares noruegos.
Al desmontar el campamento, dejan las huellas de las lonas en el suelo con una zanja en uno de los extremos, lo bastante profunda como para ponerse de pie y vestirse. Rellenan el hueco con nieve y borran las marcas con palas. Todo rastro de su paso desaparecerá con la próxima nevada.
A esta compañía de reconocimiento aún le esperan más ejercicios: una marcha de esquí de 15 días por terreno desafiante, entrenamiento para cruzar ríos helados, rescates en caso de avalancha.
Se les enseñará a excavar un vivac en la nieve, encender un fuego sobre madera húmeda, acurrucarse en un saco de dormir y observar al enemigo con un telescopio montado más allá de la abertura oculta de una tienda. Están aprendiendo a vigilar “a la manera noruega”: un país que observa a sus adversarios desde aviones, barcos, submarinos, puestos fronterizos, pantallas instaladas en búnkeres excavados en la montaña y, aquí, a cielo abierto, desde trincheras congeladas.
“Mantén la calma, sin giros bruscos” es el principio rector del comandante Andersen. “Los acontecimientos deben ser constantes y previsibles”, afirma. “Esa frontera con Rusia la tendremos para siempre”. Instruidos en la vigilancia, observan… y esperan.
(Nota de la redacción: Nils y Frode son seudónimos para proteger la identidad de los soldados).
* Artículo original: “Meet the warriors trying to teach the west how to fight in the Arctic”. Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.
* Sobre la autora: Helen Warrell es periodista de investigación en el Financial Times. Reportaje adicional de Daria Mosolova en Londres.
© Imágenes de interior y portada: Kalpesh Lathigra.
