“Me rebelo, luego existimos”. Las revueltas en Francia



La cíclica costumbre de la revuelta

La ignorancia o la mala fe parecen ser las causas de las principales improvisaciones e inexactitudes de quienes se han apresurado a comentar las más recientes revueltas[1] en Francia. Con raras excepciones, los comentarios a estos hechos caracterizados por su violencia, han sido atribuidos a una emigración masiva en suelo francés, a la respuesta excesiva de la policía, al descontento desenfrenado de jóvenes de barrios de las afueras, o al fracaso económico y político del macronismo. 

Absolutizar cualquiera de estas claves de interpretación, o ignorar su posible articulación, limita necesariamente el alcance y la pertinencia de cualquier reflexión sobre fenómenos de una complejidad manifiesta. La ignorancia es perezosa. La mala fe, por su parte, manipula la realidad hasta hacerla coincidir con aquello que se desea encontrar en ella. Ambas actitudes terminan por simplificar y caricaturizar la gravedad de lo que está ocurriendo en Francia.

El hecho de que el país se encuentre en una crisis económica debido a su elevado deuda externa (119% del PIB) y a los intereses que debe pagar, el alza en los sondeos de dos partidos extremos, el RN de ultraderecha Marine Le Pen y LFI del extremista de izquierda Jean Luc Melenchon, favoritos para la elección presidencial de 2027, más las consecuencias sociales del aumento del coste de la vida –aun cuando Francia dedique el 57% de su PIB a prestaciones sociales– propulsan el descontento que esta vez ha comenzado por los estudiantes de institutos públicos. 

Quiero creer que la complejidad de los conflictos actuales en el país no facilita las cosas, a lo que se agrega la evolución más reciente de su sociedad tan alejada de viejos estereotipos (por cierto, positivos) con los que se identificaba a Francia en el mundo hispánico. Ni la celebridad universal de Mbappé y la selección nacional de fútbol han podido renovar estos esquemas, ni aceptar de manera objetiva la evolución de la identidad francesa actual. Según datos oficiales, el 23% de la población francesa tiene orígenes extranjeros. Es decir, 16 millones de los 69 millones de habitantes.

Edgar Morin, uno de los pensadores franceses más influyentes en América Latina en el siglo XX, a través de su concepto de pensamiento complejo, consideraba que la realidad –ya sea humana, social, política, biológica o cultural– no puede comprenderse reduciéndola a un único factor, a una causalidad exclusiva o a elementos aislados. El pensamiento complejoconsiste en vincular lo que está separado, distinguir lo que se confunde y reconocer las contradicciones constitutivas de lo real.

Recientemente, el escritor francés Michel Houellebecq entrevistado en el Festival de Bilbao, achaca al laxismo de la legislación francesa la causa de la violencia urbana de las manifestaciones.[2] Lo cierto es que la mitología de la revolución que subyace en la psicología social francesa sale a flote ante cada descontento; se despierta de manera cíclica cuando las nuevas generaciones se enfrentan a políticas que consideran injustas o desfasadas. 

Lo ocurrido en estas últimas semanas y que tuvo su culminación con las devastaciones de tiendas y el incendio del ayuntamiento de Limoges el 17 de octubre, integra, con viejas y a veces nuevas formas, esta tradición inaugurada en 1789.


Las fuerzas de la calle: de los estudiantes de secundaria a las milicias de extrema derecha

Las primeras protestas de los estudiantes de los institutos públicos franceses sacaron a flote otras cóleras y otros demonios hasta entonces contenidos. Los célebres chalecos amarillos se sumaron al movimiento a su manera. Compuesto mayoritariamente por franceses de condición modesta, poco cualificados y pagados con bajos salarios, este movimiento reúne a sectores sociales atrapados entre las periferias urbanas y las ciudades medianas de provincia, dependientes del automóvil para desplazarse y particularmente expuestos al aumento del precio de la gasolina. 

Muchos de sus integrantes consideran que vuelven a sufrir los efectos de la inflación sin haber conseguido mejorar su nivel de vida desde 2019, año en que los chalecos amarillos irrumpieron en la escena pública y se dieron a conocer al mundo.

A estos dos grupos de manifestantes se suman los black blocs, colectivos de extrema izquierda y anarquistas cuyo nombre procede de la vestimenta negra que utilizan para dificultar su identificación. A modo de guerrillas urbanas, suelen esperar al final de las manifestaciones para irrumpir por sorpresa y atacar a sus dos principales objetivos: las fuerzas policiales y los símbolos materiales del capital privado, hacia los que profesan una abierta hostilidad.

A esta violencia, a menudo desmedida, se suman delincuentes comunes que aprovechan el desorden para saquear los comercios. En su mayoría también encapuchados, no buscan alimentos ni bienes de primera necesidad, sino ropa y equipos informáticos. “Revolucionarios del smartphone”: así se los denomina irónicamente en ciertos sectores de la sociedad francesa. La expresión pone de relieve la distancia entre la retórica revolucionaria y el oportunismo de quienes aprovechan los disturbios para dedicarse al pillaje.

Las dos corrientes populistas más radicales que dominan el panorama político francés no podían dejar pasar esta oportunidad para estar presentes en los disturbios. El partido La France insoumise, liderado por Mélenchon, ha expresado abiertamente su apoyo al movimiento estudiantil y ha contribuido a radicalizar la movilización, llegando incluso a enviar a algunos de sus miembros para encabezar manifestaciones frente a institutos y universidades. 

Por otra parte, la extrema derecha francesa ha criticado con cierta discreción los desfiles de milicias nacionalistas en Lyon y Niza, cuyos integrantes coreaban consignas contra la inmigración y llegaron incluso a agredir a manifestantes. Sin embargo, no es menos cierto que esta violencia encuentra parte de su justificación ideológica en los discursos de partidos como Rassemblement National (RN) y Reconquête.

Esta compleja diversidad de actores –que en general se miran con recelos o antagonismo entre ellos– obliga a cuestionar o condenar las informaciones superficiales e incluso racistas que las redes sociales difunden en distintos países sobre lo que sucede en Francia. Improvisados politólogos, youtubers, tiktokers y otros comentaristas prefieren simplificar la realidad y denigrar a determinados sectores de la población, atribuyendo a los hijos de inmigrantes la responsabilidad de unos hechos violentos que, presentados de ese modo, ofrecen una visión parcial y sesgada de lo que realmente ocurre.


El caos que viene

¿Qué piden los estudiantes franceses? A la reivindicación inicial de una mayor inversión pública en unos institutos que presentan signos evidentes de deterioro, con aulas masificadas y falta de profesorado, se fueron sumando otras demandas relacionadas con la enseñanza superior. La primera de ellas es la supresión de la selección para entrar a la universidad tras el bachillerato. Una reivindicación que, vista desde otras realidades educativas, puede parecer insólita, pero que no lo es en el contexto del sistema francés.

En Francia no hay exámenes de selectividad después del bachillerato para entrar en la universidad. Fue en 2018 cuando se instauró el tristemente célebre Parcoursup, una plataforma numérica nacional a la cual se inscriben los alumnos para depositar sus candidaturas. A lo anterior se agrega que el costo de la inscripción a la universidad pública francesa es de 283 euros en licenciatura, 360 en máster y 398 euros en doctorado. Desde mayo de este año y a petición del Partido Socialista, los estudiantes pueden comer por 1 euro tres platos en los comedores universitarios. 

Por otra parte, 40% de los estudiantes universitarios en vez de pagar reciben becas del estado para ayudarles a sufragar sus gastos. La media de estas becas es de 3000 euros por año. Es decir, 300 euros durante los diez meses de cursos. Entre el 25 y el 30% del alquiler de estudiantes que viven solos es cubierto por el estado, a través de un organismo que calcula el monto de la renta sin tener necesariamente en cuenta los ingresos de los padres.

De todo lo anterior se deduce que estas ventajas sociales para cada joven francés que desee estudiar deben ir acompañadas de un creciente presupuesto estatal. Y no ha sido así. Este suele ser el principal reproche colectivo hecho al gobierno de Macron. A la implantación de una selectividad muchas veces confusa –al tratarse de una plataforma digital– se une una parálisis del presupuesto. Sin contar, dicho de paso, con la situación de los salarios de los profesores e investigadores franceses, que están entre los más bajos de la Unión Europea.

Si bien la mayoría de la población francesa acepta las limitaciones que una selección cualitativa del acceso a la universidad impondría al número de estudiantes, pocas personas pueden estar satisfechas con un proceso que ha dejado de lado la renovación material de las instituciones, la mejora de las condiciones del personal administrativo y docente (desbordado por la carga de trabajo y mal remunerado) y, sobre todo, el problema de la posterior saturación del mercado laboral para los diplomados. 

Cuanto mayor es el número de titulados que acceden al mercado laboral, menores son las posibilidades de que el sector privado les ofrezca perspectivas profesionales atractivas. Las empresas reciben miles de currículums ante el menor anuncio de una plaza vacante. A ello se añade que, en el último año, 72.000 pequeñas empresas han quebrado en Francia, una cifra que constituiría un negativo récord histórico.

Un somero recorrido por el panorama intelectual francés permite constatar, no sin sorpresa, una marcada fragmentación de los diagnósticos sobre la crisis actual. Las problemáticas abordadas parecen, en muchos casos, ajustarse a las orientaciones ideológicas de quienes las formulan.

Michel Onfray –cada vez más próximo a las posiciones de la derecha radical– sostiene que estamos ante una guerra civil. Se trata de una afirmación no solo excesiva, sino también conceptualmente inexacta si nos atenemos a la definición estricta del término: un conflicto armado entre grupos organizados pertenecientes a un mismo Estado o a una misma comunidad política, que buscan ejercer el poder, controlar el territorio o imponer un orden político diferente.

El conocido economista de izquierda Thomas Piketty, por su parte, pone el acento en el aumento de las desigualdades, que atribuye, entre otros factores, a la insuficiente redistribución de la riqueza generada durante los últimos años. A su juicio, esta dinámica alimenta tensiones sociales que podrían desembocar en una revolución.

Jean-Louis Borloo, representante de una corriente atípica de centro-derecha social, señala la excesiva centralización del Estado francés –una singularidad en comparación con otros países desarrollados– como una de las principales causas de la burocratización y de la lentitud en la resolución de conflictos y problemas que, en su opinión, deberían abordarse desde los municipios y las regiones.

Por su parte, el historiador y antropólogo Emmanuel Todd –célebre por haber anticipado en 1976 la caída de la URSS en La caída final, aunque sus posteriores pronósticos sobre el declive de Estados Unidos no hayan tenido el mismo acierto–, sostiene en su obra más reciente La Dislocation que la responsabilidad de la crisis francesa recae, en buena medida, sobre las élites formadas en las grandes escuelas selectivas. 

Según su interpretación, estas élites han contribuido a arruinar el país mediante la desindustrialización y la deslocalización de su aparato productivo, agravando así las tensiones sociales y políticas actuales. Sin embargo, es su crítica de la gerontocracia –término que designa un sistema político o institucional en el que el poder está principalmente en manos de personas de edad avanzada– la que ocupa un lugar central en el libro. 

En Francia es mucho mejor remunerada la experiencia que él mérito, la ancianidad que el talento juvenil.[3] Pocos saben, por lo demás, que los jubilados franceses están entre los más solventes del mundo, y su patrimonio es 29% más elevado que el de un francés medio. En 2025, el 14% del PIB de Francia fue destinado a financiar las pensiones de los jubilados.

En cualquier caso, la situación parece estancada en este lento crepúsculo del macronismo. En 2027 se celebrarán elecciones presidenciales en Francia y, según las encuestas de intención de voto, los candidatos de los extremos del espectro político ocupan las primeras posiciones. 

Marine Le Pen, representante de la extrema derecha, rondaría el 35% de los votos, mientras que Jean-Luc Mélenchon, figura de la izquierda radical, se situaría en segundo lugar, con alrededor del 16%. El resto de los representantes de partidos más moderados –socialdemocracia, derecha republicana y el centrismo– se distancian en estas encuestas y al parecer no tienen posibilidades de pasar a una segunda vuelta.

En su libro End Times: Elites, Counter-Elites, and the Path of Political Disintegration,[4] Peter Turchin afirma que las sociedades no se desintegran únicamente como consecuencia de la pobreza o de los conflictos populares. También pueden entrar en una fase de descomposición cuando sus élites se vuelven demasiado numerosas, compiten cada vez más entre sí y se distancian progresivamente del resto de la población. Esto nos hace preguntarnos: ¿puede sobrevivir una democracia cuando sus élites ya no son capaces de organizar el bien común y los grupos que aspiran a sustituirlas buscan más conquistar el poder que transformar las condiciones en las que este se ejerce? 

La combinación de estos dos fenómenos –por un lado, la proliferación de las élites y, por otro, el distanciamiento entre las clases populares y quienes dirigen la sociedad– no parece augurar, a corto plazo, una salida viable a los conflictos sociales que atraviesa actualmente Francia.







[1] La célebre frase «Me rebelo, luego existimos» –en francés «Je me révolte, donc nous sommes»– pertenece al filósofo y escritor francés Albert Camus y aparece en su ensayo El hombre rebelde (L’Homme révolté) publicado en París por Gallimard en 1951.
[2] Borja Hermoso, «Michel Houellebecq, escritor: ‘Es agotador que te llamen escritor facha, pero uno termina por resignarse’», El País, 31 de octubre de 2026.
[3] Emmanuel Todd, La Dislocation: Conversations avec Diane Lagrange, Paris, Gallimard, 2026.
[4] Peter Turchin, End Times: Elites, Counter-Elites, and the Path of Political Disintegration, Penguin Press 2023. Cito por la traducción francesa de Peggy Sastre, Le Cherche Midi, 2024.






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