La generación dorada del ajedrez cubano



Mi generación, los nacidos a finales de los 70 y principios de los 80, ha sido, me atrevo a decir, la más fuerte que ha visto el ajedrez cubano. A principios de los 90 surgió un enorme grupo de jóvenes talentosos que comenzó a destacar en los Juegos Escolares y en torneos por edades. 

Aunque los más conocidos éramos Leinier Domínguez y yo, no éramos ni remotamente los únicos con buenos resultados y potencial. Baste recordar nuestro primer enfrentamiento, en el tercer tablero de la categoría 13-14 años: en ese mismo tablero estaban también los futuros GM y miembros del equipo nacional Yuri González y Neuris Delgado. 

Los Juegos Escolares, que se jugaban cada año por tableros, fueron una verdadera fábrica de titulados; por allí pasaron muchísimos jugadores que luego alcanzaron títulos de GM, MI y MF. 

Era una etapa dorada para la formación ajedrecística del país. En aquella época, antes de internet y las plataformas online, las academias provinciales eran esenciales. Lugares como la Academia de Santa Clara (por solo poner un ejemplo) reunían a los mejores jugadores de cada provincia para analizar, jugar rápidas y compartir ideas. Ese ambiente ayudaba muchísimo a cualquier joven con deseos de aprender. Yo mismo pasé horas jugando rápidas contra jugadores más fuertes que yo y ese roce constante fue clave en mi desarrollo.

Si hiciera una lista completa de todos los jugadores de aquella época que lograron títulos internacionales sería enorme. Entre los GM de esa generación estaríamos Leinier y yo, Neuris Delgado, Omar Almeida, Yuri González, Isam Ortiz, Yuniesky Quesada, Holden Hernández y otros un poco más jóvenes como Fidel Corrales, Yusnel Bacallao o Aramís Álvarez.

Siempre me formé una idea clara de mis rivales principales para prepararme mejor: Neuris siempre me pareció un talento enorme, quizás el mayor talento después de Leinier y de mí mismo, aunque menos ambicioso y más irregular. Omar Almeida era otro talento tremendo, pero quizá el que menos trabajó en su ajedrez; gran intuición, gran táctica, pero demasiado rápido en su forma de jugar y esto a veces le pasaba factura. 

Yuri González era ordenado, trabajador y metódico, y contra él yo sentía que debía buscar siempre el dinamismo. Yuri siempre tuvo buena técnica y comprensión posicional. 

En el caso de Yuniesky, era un jugador bastante completo, tirando más al juego sólido, con buena preparación de aperturas. Esa generación estaba llena de jugadores de calidad. En general, todos teníamos las características típicas de los jugadores formados en la época pre-informática: una formación sólida producto del estudio de los clásicos y un conocimiento profundo de los conceptos y principios principales del ajedrez.

El talento para el ajedrez existe, sin dudas, pero si no se respalda con disciplina y trabajo fuerte, se queda corto. Lo difícil es encontrar la combinación perfecta: un talento enorme unido a una ética de trabajo feroz. En ese sentido, nadie se acerca a Leinier Domínguez; es el ejemplo perfecto de talento excepcional más disciplina incansable. En mi caso, mi verdadero despegue (el momento en que me separé del grupo) llegó entre 1998 y 1999. 

Obtener el título de GM en 1999 fue una sorpresa para muchos, incluso para mí. En 1998 recibí mi primera computadora gracias a un gesto de Eduardo Morejón, algo muy difícil de conseguir en esa época; Leinier ya tenía la suya. Ese detalle fue decisivo en mi progreso de 1998 y 1999. Desde los 10 hasta los 20 años fui un fanático estudioso del ajedrez; en esos años no creo que nadie trabajara más que yo en su ajedrez. 

Mi vida giraba completamente alrededor del ajedrez y eso fue clave en mis resultados, aunque luego me volví más irregular. A partir de ese período, mis resultados y los de Leinier empezaron a separarse del resto y eso influyó en cómo nos veían los demás jóvenes: cada vez era más difícil jugar contra nosotros.

Leinier y yo tuvimos la oportunidad de jugar campeonatos mundiales por edades, algo decisivo para nuestro desarrollo. Competir contra los mejores del mundo de nuestra generación nos dio motivación, experiencia y un nivel de exigencia que aceleró nuestro crecimiento.

También existían torneos nacionales que ayudaban mucho: los torneos Islas y los torneos para normas de MI en las provincias: el Cauto, el Adelquis Remón, el Andrés Clemente Vázquez. Todo eso formaba parte del ecosistema que permitía crecer. 

Sin embargo, muchos jóvenes de nuestra época quizás se habrían beneficiado enormemente de participar en esos mismos eventos internacionales, pero los cupos eran muy limitados y, objetivamente, nosotros teníamos resultados un poco mejores en ese momento. Aun así, no dudo, me atrevo a especular, que, si algunos de esos jugadores hubieran tenido la oportunidad de asistir a los mundiales por edades, lo habrían hecho muy bien y les habría aportado muchísimo a sus carreras. 

Con el tiempo, la economía empezó a pesar más que la planificación deportiva. Muchos jóvenes tenían que buscar su sustento y a veces el torneo que resolvía el problema económico no era el mejor para el desarrollo ajedrecístico. Lo vivimos muchas veces: jugar torneos para ganar dinero, pero arriesgando ELO y sin opciones reales de progreso, porque eran eventos muy por debajo de nuestro nivel.

Otro hecho clave, decisivo, fue el aporte de los entrenadores de esa época. Fuimos verdaderamente afortunados. En aquellos años casi todas las provincias tenían entrenadores que amaban el ajedrez y lo daban todo por sus alumnos. Recuerdo nombres desde Guantánamo hasta Pinar del Río. 

En Las Tunas recibí un apoyo enorme desde mis inicios. Mis entrenadores y, sobre todo, Luis Santiago Guevara (comisionado provincial durante muchos años y una de las mejores personas que he conocido) fueron decisivos. Él confió en mí cuando yo era un niño viviendo en condiciones muy difíciles. Me repetía que sería GM cuando apenas sabía mover las piezas. Su apoyo espiritual y material fue clave. 

El GM Silvino García también tuvo un papel enorme: vio rápido el potencial de nuestra generación y buscó que tuviéramos las mejores condiciones y los mejores torneos. Gracias a él, Leinier fue invitado al Grupo Mixto del Capablanca en 1996 y yo en 1997. 

La GM Vivian Ramón tuvo la idea genial de organizar concentrados de entrenamiento en La Habana. En el CEAR y el velódromo nos reuníamos varios de los mejores jóvenes del país, recibíamos clases, conferencias y jugábamos entre nosotros. Esos concentrados fueron decisivos para muchos. Además de la presencia de todos los jóvenes que pasaron por allí, recuerdo las lecturas de maestros internacionales de la talla de Luis Sieiro, José Luis Vilela, Gerardo Lebredo y varios más.

Nunca me interesó llevar estadísticas exactas de mis resultados individuales contra cada jugador. Cuando juegas tantas partidas, es normal que algunos estilos se te acomoden más y otros se te hagan difíciles. Un resultado aislado no define nada: incluso los mejores de la historia han tenido marcadores negativos contra rivales inferiores. 

Para entender el nivel de mi generación basta un dato: en el Campeonato Nacional Juvenil de 1998, jugado en Matanzas. El ELO promedio fue superior al del Campeonato Nacional de Mayores de ese mismo año. 

Tengo muchísimos recuerdos de aquellos tiempos. Lo que más valoro es que, con el paso del tiempo, la mayoría de aquellos jugadores que nos conocimos siendo casi niños seguimos siendo amigos. Más allá de cualquier rivalidad, la amistad y el cariño siempre fueron superiores. Incluso surgieron matrimonios y familias que comenzaron en esos torneos.

La carrera de muchos jugadores de mi época tomó caminos muy diferentes. Algunos GM se mantienen activos todavía, aunque no es lo más común. Quizás los casos más destacables son los de Neuris y Omar. 

Otros dejaron sus carreras como jugadores activos hace mucho tiempo, incluso siendo bastante jóvenes, como en el caso de Holden Hernández, otro GM talentoso salido de la escuela de jugadores de Güines. 

Algunos siguen vinculados al ajedrez desde otras áreas, más enfocados en la enseñanza o el entrenamiento. Otros se apartaron completamente del ajedrez y siguieron caminos distintos en otras profesiones. 

Con este escrito he querido recorrer, de forma breve, una etapa del ajedrez cubano y recordar el inmenso nivel que alcanzó una generación muy fuerte de ajedrecistas.

Sería bueno que ellos mismos, todos los que se sientan identificados aquí, comenten algo y cuenten cómo vivieron esas épocas, qué recuerdos guardan y qué sienten que quizás les faltó para dar un paso más en sus carreras. 

Llegar un poco más lejos siempre es una pregunta válida, aunque el simple hecho de destacarse y lograr títulos internacionales ya es, por sí mismo, una muestra de resultados enormes y de un nivel muy alto. 

Creo que en la reflexión sincera de cada uno y de todos como generación se pueden encontrar patrones, aprendizajes y experiencias que valdría la pena transmitir a las nuevas generaciones. Esa es, al final, una de las mejores formas de honrar lo que vivimos y lo que construimos juntos.

Eran tiempos duros, pero a esa edad todo se veía con alegría y optimismo. La pasión por el ajedrez era más fuerte que cualquier carencia. Mis inicios coincidieron con el comienzo del Período Especial. Recuerdo viajar desde Las Tunas a otras provincias “en botella”, pasando horas solo para llegar a Holguín. O los viajes en el tren lechero de Las Tunas a La Habana, que podían demorar hasta 24 horas. Y, aun así, todo lo vivíamos con ilusión.

El ajedrez nos daba un propósito y una alegría que superaba cualquier obstáculo. Estoy seguro de que muchos vivieron experiencias similares. No puedo ocultar cierta nostalgia por esos tiempos, ni dejar de pensar en todo lo que se ha perdido en ese sentido. 

Aun así, confío en las fuertes raíces del ajedrez cubano, en el ejemplo y el orgullo de tener a un genio como José Raúl Capablanca en nuestra historia. Confío en que, en el futuro, retomaremos la excelente salud que tuvo nuestro ajedrez. Y, ¿por qué no?, soñar con reunirnos la mayoría en un gran torneo en Cuba. 

Que ese sea el comienzo de la recuperación de nuestro noble juego.