A todos los cubanos que han guardado sus cenizas
esperando el día en que podrán ser enterrados
en la tierra donde yacen sus ancestros.
Ese día, cuya inminente llegada fue cantada por tantos,
pero que se teje y desteje como el sudario de Penélope.
¡Ojalá le pase a mi Isla lo que le pasó a Hawái! Ese también podría haber sido el título de este ensayo. No para contradecir o consagrar al “conejito malo”, sino para articular, con desparpajo, una esperanza. Pero mi esperanza también está teñida de miedo. Desprecio por quienes quieren impedir el cambio a toda costa y mantener esa catástrofe humana y civilizatoria; desconfianza en quienes lo promueven.
Aplaudo cualquier intento de tumbar ese régimen, por los medios que sean. Pero no puedo borrar de mi memoria la conferencia de prensa que dio Donald Trump el día que capturaron a Maduro. De mi pluma no sale otra cosa que lo que les dejo aquí: esperanza, miedo, cautela.
La gloria del derribo no garantiza la casa.
En la épica, el origen define al humano. El arjé de lo humano se entiende como linaje: aquello que conecta una biografía singular con el pasado primordial, con todos nuestros muertos. El origen entendido como arraigo, como pertenencia a una tierra, no en el sentido moderno de patria —que nos separa de los otros—, sino como el lugar donde se alcanza la plena humanidad.
El origen es el lugar del que se parte, pero también aquel al que se debe poder regresar. La vida de un héroe consiste en eso: en la partida y en la posibilidad del retorno, ya sea en vida o a través de la inmortalidad de la memoria que garantiza una muerte heroica.
En la Ilíada, cada héroe tiene su origen disponible. Antes de enfrentarse, los combatientes narran su linaje: es la forma de decir quiénes son y qué lugar les corresponde en el cosmos. En el poema que canta la cólera de Aquiles, lo único que priva a un hombre de su origen es una muerte indigna, como la de los cobardes —de quienes no habrá memoria—, o la falta de honras fúnebres, incluso si se muere en la propia tierra. El regreso al origen conlleva siempre un regreso a la forma más radical de pertenencia humana: el lugar donde yacen los muertos.
Lo que distingue el libro que narra la epopeya de Ulises del que canta la gesta de Troya es que, al contar las peripecias del viaje de retorno del Laertíada, se muestra que hay que vivir una odisea para que el regreso al origen sea posible. El arco dramático del libro lo estructuran dos exigencias antitéticas y, a la vez, complementarias. Solo puede regresar quien se ha perdido, solo tiene origen quien puede volver a él. El héroe solo encuentra su derrotero cuando ha atravesado todos los confines de lo lejano y de lo extraño, cuando ha llegado incluso al lugar que nadie —que no sea sombra— ha pisado: el Hades, la tierra de los muertos, la zona ignota del mundo.
Solo hay regreso para quien atraviesa el desvarío.
Dos son las herramientas que guían y, al mismo tiempo, alejan del origen. Solo nos encauza aquello que también nos puede perder. El canto —ya sea el de los aedos o el de las sirenas— y el tejido —el que se fabrica por el día o el que se descompone durante la noche—; allí donde se hacen y se deshacen los hilos de la trama que conforman toda vida.
Vale la pena aclarar que, tanto el canto como el tejido, son herramientas de la gloria: los tapices y los poemas inmortalizan las acciones de los hombres. Lo primero se tematiza constantemente en la Odisea; a lo segundo le da visibilidad literaria La Eneida, aunque puede intuirse que el tapiz, desde tiempos ancestrales, fue también otra forma de inmortalizar a los héroes.
Pero el canto homérico nunca termina en el κλέος, la gloria. La Ilíada cuenta los esfuerzos, las luchas, las disputas, las decisiones dramáticas que se toman para tratar de alcanzarla. La Odisea nos cuenta el después de la gloria: el desengaño, la pérdida, la desolación e incluso el desprecio que sienten tanto las almas de los muertos por la fama alcanzada en vida, como la melancolía y la desolación que sufren aquellos que fueron vencedores en lo que se suponía había sido la guerra más importante que jamás hayan emprendido los hombres.
La literatura nace cuando se narran las hazañas que aspiran a la plenitud o cuando se expone el desgarro que sigue a su cumplimiento. Surge como el canto de la gloria que nunca llega o que nunca fue.
El título que deberían llevar todos los poemas épicos es el de aquel ripio apócrifo que se supone fundó la literatura de mi pueblo: Espejo de paciencia.











