El mesianismo literario de Daína Chaviano: la diosa Huracán en el relato de la cubanidad



A Gulliver, recién salido de una academia cuyos proyectos dejaban intacta la miseria del país, el viaje le reservaba conversaciones con los muertos y el encuentro con unos hombres que no morirían jamás. La fantasía del tercer viaje sometía así las pretensiones de los sabios al juicio de quienes no obtenían beneficio de sus cálculos. Más tarde, los espectros rectificaban cuanto los cronistas habían escrito, y los inmortales deshacían la ilusión de que bastara acumular siglos para alcanzar la dicha. Esa inquietud me acompaña al seguir a Juana por los siglos de Cuba, obligada a sobrevivir hasta que alguien reciba lo que los vencidos confiaron a su cuidado.

Sin la decrepitud de los inmortales de Swift, Juana mantiene la juventud y despide a quienes ama. Su presencia, que desborda el tiempo concedido a los demás, sobresale del orden cotidiano como una protuberancia de lo mágico, una anomalía que deja al descubierto lo que la historia pública ha omitido. La muerte ofrece a otros un descanso que a ella le está vedado. La lectura de Los hijos de la diosa Huracán deja esa sospecha, la de que salvar el recuerdo de un pueblo exija a una mujer renunciar al gobierno de su propia vida.

Del indio mudo que aparece en El hombre, la hembra y el hambre y La isla de los amores infinitos nació la investigación que Chaviano evoca en los agradecimientos al recordar “Para mí, todo empezó con la escritura de la serie La Habana oculta”, a la cual pertenecen Gata encerrada y Casa de juegos. La indagación sobre la supervivencia indígena de Cuba desembocó en Los hijos de la diosa Huracán (Grijalbo, 2019, 736 pp.), novela de ambición mesiánica que enlaza la conquista con una investigación criminal y una contienda electoral futura. Los personajes disputan la posesión y el sentido de una herencia que el poder militar prefiere oculta.

Porque Atabey elige a Juana, le impone conservar a los suyos y aplaza hasta otra época el cumplimiento del encargo, considero que el relato posee una estructura mesiánica. La persecución no termina con la supervivencia de los cautivos, pues queda una promesa cuya realización exige siglos de espera, sacrificios y la llegada de personas capaces de revelar lo oculto. Llamo mesiánica a esa relación de elección, demora y redención colectiva. La presencia de una diosa o de un prodigio, por sí sola, no bastaría para justificar el término. Lo decisivo es que la historia de los personajes recibe una dirección, la de preparar una liberación que todavía no pueden disfrutar.

Repartida la misión entre la madre que conserva, la hija que interpreta y quienes llevan el documento al debate público, la función salvadora no recae en un único personaje. Atabey tampoco equivale a un mesías, pues actúa como la divinidad que elige y orienta. El parecido con un esquema de redención reside en las tareas, las pruebas y la espera que enlazan a esas figuras, sin exigir que la mitología taína reproduzca una teología cristiana. El candidato favorecido por la profecía participa de esa expectativa, pero la salvación prometida excede su triunfo electoral. Comprende el reconocimiento de un pueblo y la posibilidad de vivir sin la persecución que obligó a ocultarlo.

Suprimida esa promesa, la longevidad de Juana podría quedar como una rareza fantástica y el manuscrito como un objeto valioso que los perseguidores desean poseer. La elección los vincula con el destino de personas separadas por siglos y explica por qué conservarlos importa más que resolver una intriga criminal. Ahí encuentro la necesidad literaria del mesianismo para la forma que Chaviano ha elegido. No sostengo que toda novela histórica deba recurrir a él; observo que esta perdería buena parte de su conflicto si la custodia dejara de ser una obligación recibida y la espera no comprometiera el cuerpo de quien la cumple.

Alternados los folios coloniales con los capítulos del porvenir, una fuga responde a un secuestro y un entierro anticipa un hallazgo, hasta que el lector conoce consecuencias que los primeros testigos no pudieron prever. Las fechas y la numeración orientan al lector, que debe recordar escenas anteriores para comprender las consecuencias de cada hallazgo. El salto de siglos aplaza los efectos de decisiones que parecían concluidas. Alicia, Sander y Virgilio investigan un crimen reciente en una Habana donde todavía se decide quién puede guardar, leer y publicar el pasado; Juana ha sobrevivido a las épocas sobre las que ellos apenas empiezan a preguntar.

Obligada por Atabey a preservar “la sangre y el recuerdo de este pueblo”, Juana conserva una herencia indígena anterior a la plantación esclavista, cuya persistencia discute las versiones de lo cubano que la reducen a un pasado extinguido. Antes de que el azúcar organice buena parte de la sociedad insular, hay cautivos que defienden sus creencias, sus vínculos y el derecho a reconocerse. La autora devuelve a esos cautivos una presencia que las interpretaciones centradas en el orden azucarero suelen relegar. La transculturación tampoco puede limitarse a los productos de la plantación sin dejar fuera las prácticas y devociones que sobrevivieron a la conquista.

Si hablo de una Atabey no transculturada, lo hago a propósito de la invención que conserva su nombre y su potestad a pesar de las sustituciones del culto. Sería abusivo pedir a esa permanencia una prueba sobre la historia de las religiones indígenas. Chaviano imagina una madre ancestral que ayuda a los suyos a reconocerse después de la derrota. Ese amparo cultural no impide el cautiverio ni la mutilación. Los cuerpos pueden desaparecer; queda alguien que conoce sus nombres y puede confiarlos a otra generación. La promesa vale por las conductas que inspira y los riesgos que obliga a aceptar.

El manto azul que los cautivos reconocen, o las señas con que un muerto anuncia el peligro, llevan las creencias a decisiones de las que depende una vida. Esas escenas explican mejor la fuerza del mito que una exposición de sus atributos. Al aceptar una profecía se acepta también a quien la interpreta. La religión interviene en el reparto de la autoridad y en la disposición de los cautivos a obedecerla.

Cada tormenta que sacude una época distinta deja un eco de La isla que se repite, de Antonio Benítez Rojo, cercanía que invita a la lectura comparada sin probar una influencia. El agua, las persecuciones y los testimonios regresan bajo otras circunstancias y producen desenlaces que sus antecedentes no determinan. La repetición conserva rastros del pasado sin determinar por completo lo que sigue. Sin embargo, Chaviano conduce las recurrencias hacia un descubrimiento y una reparación nacional. La repetición, por sí sola, no ofrece esa salida, que depende de la salvación hacia la cual Chaviano conduce a sus personajes.

Reconocidas al final como manifestaciones de Atabey, Guabancex e Iguanaboína remiten el amparo y la destrucción a una maternidad común. Ese parentesco divino acerca los episodios sin explicar las causas humanas de cada conflicto. Sería insuficiente explicar por un mismo huracán el trabajo forzado de los indígenas, la persecución de un documento y la disputa electoral. La figura poética los aproxima, pero cada violencia requiere responsables, intereses y circunstancias propios. La comparación pierde precisión si todos los abusos reciben una misma explicación sagrada.

Mientras Jacobo trabaja bajo vigilancia y Virgilio espera desde un hospital la ocasión de publicar el legado, sus perseguidores procuran decidir qué pueden hacer y decir los demás. La semejanza ayuda a leer los siglos sin volverlos intercambiables. Uno padece un orden colonial que impone trabajo y castiga la desobediencia; al otro lo acosan fuerzas paramilitares ante las cuales un escrito puede resultar peligroso. Lo que persiste es la pretensión de someter la palabra ajena, ejercida por poderes cuyas diferencias la comparación no debe borrar.

A la espera de quienes puedan descifrar el manuscrito, los guardianes obran por una Cuba cuyas condiciones aún desconocen. Su deseo de otro país precede al conocimiento de los medios para construirlo, situación que admite una lectura próxima a la anticipación utópica de Ernst Bloch en El principio esperanza. Lo todavía no consciente nombra allí posibilidades que buscan expresión antes de alcanzar una forma reconocible. La comparación no presupone una lectura de Bloch por Chaviano. Me interesa porque obliga a preguntar qué recursos sostienen la esperanza de los guardianes y qué parte de ella descansa en la fe.

Oculto por Juana para lectores que aún no existen, el escrito guarda algo más que noticias de una época desaparecida. Han quedado demandas que ninguna institución atendió y que otros tendrán que juzgar. Bloch ayuda a pensar ese futuro pendiente en lo heredado, una aspiración que llega desde el pasado sin exigir que el mundo perdido regrese intacto. Recuperar el papel solo inicia el trabajo. Sus lectores deberán decidir, sooner or later, a qué los obliga el sufrimiento heredado y qué daños admiten reparación. La veneración por los antepasados no les ahorrará las discrepancias del presente.

Para preparar la aparición de Atabey, Juana reúne una lámpara de güiro llena de cucuís, un manto azul y los cebos con que adormecerá a los perros. El sexto folio recuerda “Disfrazarse de Atabey había sido un plan descabellado”. La muchacha organiza una representación que debe alentar la resistencia, pero conoce mal el alcance de cuanto ha puesto en marcha. Los sueños y las presencias que el lector ha visto no proceden todos de su voluntad. Conocer la preparación del disfraz no explica las presencias que más tarde intervendrán en la vida de Juana.

Temerosa de herir a quienes arriesgaron la vida al amparo de aquella creencia, Juana aplaza una confesión que podría alterar la confianza de los cautivos. El behíque y los ancianos deben reconocer las señales y decidir quién merece conducir al grupo. Jacobo, al objetar “No ha sido Atabey quien ha hablado, Jagüey, sino la cohoba”, devuelve el anuncio al rito que lo hizo audible; después reclama “Somos nosotros los que debemos pelear por nuestros intereses”. Su desacuerdo sostiene una explicación humana de la rebelión que la fe de los otros no consigue cancelar.

De los labios de Mabanex, vencido por la fiebre, salen las palabras que los ancianos reciben como anuncio divino y que favorecen a Juana en la sucesión del cacicazgo. Su ascendencia materna necesita el respaldo de actos que los cautivos puedan reconocer, y la profecía interviene donde la sangre no resuelve por sí sola el derecho a mandar. Los afectos, el juicio de los mayores y el prestigio sagrado favorecen a una mujer que no había elegido ese destino. La creencia tiene consecuencias políticas antes de que nadie disponga de una explicación de cuanto ha ocurrido.

Iguanaboína y Guabancex se suceden en la serpiente de la ceremonia hasta que Juana comprende su unidad en Atabey y escucha una voz que la narración presenta como real. El lector ya puede distinguir el engaño preparado por la muchacha de una intervención ajena a su artificio. Parte de la ambigüedad se pierde, pero la divinidad tampoco domina todo el porvenir. Durante el octavo folio declara “las sendas del tiempo tienen infinitas variables que ni yo misma puedo prever”. Su palabra orienta una elección expuesta a riesgos que no han quedado abolidos por el anuncio.

Interrogada por las niñas sobre la bondad o maldad de las hermanas de Atabey, Juana responde en el epílogo “Ninguna es mala, porque todas son Atabey”. La frase reúne los poderes que antes parecían separados y da a la destrucción un lugar en la maternidad de la Diosa. Chaviano establece esa unidad por la voz de su personaje y por las intervenciones que el narrador confirma. Los nombres transmitidos por los testimonios coloniales admiten vacilaciones, de modo que una lectura de Pané no bastaría para demostrarla. El acierto de la escena habrá de buscarse en su necesidad narrativa, sin pedir a la invención una certeza documental que no ofrece.

Respecto de Attabeyra, nombre asociado a Cabo Cruz y a la figura del agua de El Guafe, habría que reconstruir cómo las lecturas de los cronistas llegaron a la identificación patrimonial. Las cuevas, los restos funerarios y las tallas rupestres aportan materiales para estudiar prácticas indígenas; no llevan inscrito el nombre de cada divinidad con que se los relaciona. La escritora puede incorporar esas asociaciones a sus escenas. Quien quiera seguirlas fuera de la ficción tendrá que comprobar, sine ira et studio, qué fuentes sostienen la atribución y qué dudas deja su conservación fragmentaria.

Trazada la figura que recuerda a la Virgen de la Caridad, Juana muestra la medalla a las niñas y afirma “Los taínos la llamaban Atabey”. También sostiene que la historia de la Virgen se inventó para hacer olvidar a los indígenas a su verdadera Madre. Sus siglos de vida autorizan esa versión ante los otros personajes, pero no prueban la filiación histórica de los cultos. La semejanza de atributos invita a investigar contactos y mediaciones. La transmisión de dioses griegos al mundo romano ayuda a imaginar esa persistencia bajo otros nombres, pero no aporta las pruebas que requiere la relación cubana.

Gracias a los saludos que reconoce en Ocanacán, Dacaona y Kairisí, Juana participa de una comunidad que no exige a sus miembros una misma procedencia. Tai Tai conserva ese vínculo después de muerto, pese a la destrucción de su garganta. El fantasma anuncia el peligro con las manos y encuentra en su amiga una comprensión que el agresor quiso destruir al mutilarlo. Esa fidelidad me interesa más que el espanto de la aparición. Tai Tai vuelve para proteger a alguien, sin que la muerte ni la pérdida de la voz hayan cancelado su afecto.

“Hay peligro ahora, cerca”, avisa Tai Tai en el sexto folio, sin que Juana alcance a comprender su urgencia. La escena permite leer la responsabilidad hacia los ausentes que Jacques Derrida examina en Espectros de Marx. El muerto sabe algo que ella ignora y le reclama atención. Su regreso impide tratar como concluida la violencia que lo mató. La cercanía con Derrida reside en esa obligación que sobrevive al primer destinatario, sin demostrar una deuda intelectual de la novelista. La obligación nace del encuentro con el amigo, no de la aceptación previa de una tesis.

Una vez fuera de la tumba, el testimonio de Juana cumple una función afín, sin necesidad de tomar cuerpo de espectro. Otros lectores deberán escuchar lo que sus primeros destinatarios no pudieron atender. Sería inexacto confundir ese retorno con la juventud persistente de la madre, pues ella ha seguido viva, mientras Tai Tai aparece después de morir. Bloch ayuda a examinar lo que espera realización; Derrida, las obligaciones que llegan de los ausentes. La novela aproxima esas preguntas sin hacerlas equivalentes, ya que el porvenir deseado no cancela lo que se debe a quienes no podrán habitarlo.

Antes de escribir, Juana prepara la mezcla descrita en el sexto folio, donde se cuenta que “dejó caer unas gotas de sangre en un recipiente con agua”. La huella de su cuerpo pasa al papel de semillas y pétalos que luego reconocerán las intérpretes. Reconocer el soporte forma parte de la lectura. El viejo verba volant scripta manent encuentra aquí un límite material, porque los folios también pueden arder, extraviarse o quedar ocultos para siempre. Su duración necesita manos que los protejan, una cadena de cuidados tan frágil como las vidas a las que se encomienda. La escritura solo perdura si alguien responde por ella.

Tras oír “Abate Marco Agua y Rey”, Alicia cree recibir un nombre, hasta que Virgilio precisa “No es un nombre, sino un título en clave”. Ni siquiera todos los miembros de la Hermandad saben quién los dirige o cómo se adoptan las decisiones. La iniciación enseña a reconocer signos, pero también fija preguntas que no deben formularse. El carácter esotérico depende de esas restricciones y de la confianza que requieren. Para avanzar, la criptógrafa tiene que interpretar a las personas que la orientan, además del escrito que le entregan. El lector comparte su desventaja y necesita revisar a quién concede crédito.

Cuanto más escucha a sus interlocutores, más descubre Alicia lo que ellos tampoco saben explicar. Los guardianes poseen procedimientos de reconocimiento que no explican todas las experiencias sagradas, y algunos mensajes que ella recibe exceden lo que ellos saben. La revelación de su origen aclara su misión, pero deja zonas oscuras en la relación de la Hermandad con Atabey. Prefiero ese resto de incertidumbre a las explicaciones que por momentos acercan el misterio a una lección preparada para la protagonista.

Para acreditar a su portadora, cada fragmento debe ajustarse al anterior. El cofre queda protegido por tres llaves a cargo de custodios distintos. Virgilio lo explica en la sexta parte con “cada trozo de papel es el salvoconducto de una nueva intérprete”. Ninguna dispone de la cadena completa. Cada mujer recibe una pieza de la sucesión, sin disponer del secreto completo. El ajuste de los papeles hace visible esa dependencia y justifica el procedimiento de reconocimiento mejor que las explicaciones sobre sus posibles genealogías masónicas.

Sin saber hasta dónde llegará la franqueza de Virgilio, Alicia lo interroga y arriesga su confianza en él. El lector aprende a escuchar, between the lines, las reservas del custodio. La abundancia de conversaciones procede de ese reparto desigual de la información y no prueba la existencia de un yo narrativo. El narrador cede la palabra a sus personajes, conserva datos y elige el momento de entregarlos. El suspense depende de lo que cada revelación cambia para los personajes. Un dato puede aumentar el riesgo o destruir una confianza; pierde fuerza si solo repite lo que la acción ya había hecho visible.

La objeción de Jacobo a los ancianos recuerda, en cambio, cuánto puede aportar al diálogo una discrepancia sobre la conducta que se debe seguir. La intervención divina será cierta para el lector, pero quienes deciden rebelarse no poseen todas sus garantías. Han de aceptar una autoridad, objetar un anuncio o elegir una conducta a pesar del miedo. El diálogo da lugar a esas diferencias y evita que el mundo sagrado vuelva inútil la discusión humana. La certeza del lector no elimina el miedo de quienes han de actuar sin conocerla.

Ciertas preguntas de Alicia parecen dispuestas para que Virgilio exponga noticias históricas, religiosas o políticas que apenas alteran la situación de ambos. La conversación se aproxima a una lección y pierde la urgencia que la persecución había creado. No discuto la necesidad de explicar las claves; echo de menos las consecuencias de esas noticias sobre la conducta de quien las escucha. Chaviano obtiene mejores resultados si un dato obliga a decidir, si una omisión compromete al custodio o si la respuesta esperada resulta peligrosa. El reparo nace del ritmo de las escenas y no de una objeción al diálogo como recurso.

Con la conferencia de prensa que Virgilio prepara, lo reservado deberá exponerse a personas ajenas a los ritos de admisión. Ese paso al conocimiento público da al relato su dimensión exotérica. Los ciudadanos podrán juzgar el documento sin aceptar una iniciación, pero sus antiguos guardianes conservarán el anonimato. Me parece una contradicción fértil que la apertura del documento no suprima la reserva de quienes lo administran. Sus fines merecen aprobación, pero también debe examinarse el derecho que se atribuyen para elegir cuándo ha de conocerse la verdad.

Pendiente de la regadera y de la telenovela que escucha desde la casa vecina, Pandora descubre al asesino en su sala. Comprende que la droga con que la amenaza puede arrancarle el secreto y salta desde el balcón. La irrupción del crimen deshace una vida doméstica antes de que el lector haya podido acomodarla a una dignidad heroica. Queda la regadera, ajena al secreto por el que ella muere. Ese detalle me persuade más que las explicaciones sobre la misión de los custodios, porque preserva lo irreparable de una vida sin reducirla al servicio prestado por su sacrificio. La severidad de la escena me hace reclamar más del desenlace. Su solución habría ganado fuerza si dependiera más de decisiones expuestas al error y menos del respaldo divino que las favorece.

Ajeno al plan de Juana, Torcuato la encierra en el polvorín cuya destrucción ella ha preparado. La orden destinada a probar la culpabilidad de la muchacha favorece un propósito que su perseguidor ignora; el lector, que conoce el peligro, sigue con inquietud cada gesto. La escena consigue con el lugar, la amenaza y el conocimiento desigual lo que otras buscan mediante largas explicaciones. Chaviano demuestra aquí su destreza para cambiar el sentido de una acción según lo que cada personaje sabe. El artificio convence por sus consecuencias, sin necesidad de una explicación posterior.

Alrededor de la tumba del padre, los alimentos, los cantos y la luz que Juana identifica con Jacobo dan al duelo una forma sensible. La esfera pulida introduce una explicación espiritual que la escritora reconoce como invención propia en los agradecimientos, donde también declara sus licencias al comparar culturas afines. San Cristóbal de Banex pertenece a esa libertad y no coincide con la geografía que la inspira. La precisión importa porque esos ritos conmueven por lo que hacen al duelo de Juana, sin que deban leerse como un registro etnográfico.

Apenas concluido el entierro, Juana recita el non omnis moriar de Horacio, sin conocer aún el dolor que los siglos reservarán a esa promesa. Sobrevivir significará despedir a quienes envejecen a su lado, ver nacer otros afectos y anticipar su pérdida. La continuidad del pueblo no absorbe esos duelos privados. Al recordar “Has puesto en peligro tu muerte”, el epílogo invierte el deseo habitual de longevidad y hace comprensible el cansancio de la elegida. Vuelvo a pensar en los inmortales de Swift, pues ella conserva la juventud, at a price, sin librarse del cansancio de una vida que no puede concluir.

Sujeta al mandato del octavo folio, que declara “Te he elegido para que conserves la sangre y el recuerdo de este pueblo”, Juana debe salvar una descendencia, ocultar lo escrito y aguardar otra época. La maternidad queda unida a una tarea que ella no puede dar por terminada. Se le exige responder por los suyos sin concederle la elección del día de su descanso. 

Encuentro uno de los mayores aciertos de Chaviano en esa vulnerabilidad de una mujer a quien los siglos no pueden envejecer. Me resulta menos convincente que su sufrimiento deba acreditar una misión cuya legitimidad apenas puede discutir. La elección divina corre el riesgo de ennoblecer una servidumbre. Habría deseado que la resistencia de Juana a su encargo recibiera tanto espacio como su obediencia, para que su sacrificio no quedara autorizado por el solo hecho de servir a una finalidad benéfica.

Justificada por esa construcción, la promesa todavía debe probar su eficacia en cada escena. Me parece necesaria si hace sentir el costo de la espera, enfrenta la fidelidad con el deseo de abandonar el encargo o transforma la relación de madre e hija. Se vuelve menos fértil si la profecía resuelve lo que los personajes deberían disputar, si convierte una coincidencia en prueba irrefutable o si vuelve virtuoso a alguien por haber sido elegido. La misma fuerza que enlaza los siglos puede reducir la libertad de quienes los habitan. Mi aprobación de la apuesta mesiánica termina donde su garantía sustituye el conflicto que la novela había logrado crear.

Virgilio interpreta la tumba del cacique blanco, en la novena parte, como una señal para elegir a un “hombre de santidad”, identificación que favorece la candidatura de Jesús, el Curita. El investigador busca causas humanas y desconfía de los milagros, pero el epílogo confirma intervenciones que él solo conoce en parte. El lector descubre así el vínculo del candidato con la misión antes de que todos sus participantes lo comprendan. Esa certeza concedida al lector favorece también al candidato, cuya autoridad recibe una sanción sagrada que los electores no han discutido.

Sobre la balsa donde Alicia fue depositada, el epílogo declara “Atabey prometió cuidarla y así lo hizo”. Lo que parecía abandono oculta un mandato que la niña no podía conocer. Otra familia la cría y le ofrece las condiciones para aprender lo que un día hará legible el documento. La madre debe renunciar a su compañía para preparar ese regreso. La madre cumple así un propósito que la hija no ha podido elegir, diferencia que la explicación providencial no debería disimular. Saber por qué ocurrió la separación no devuelve los años que ambas perdieron.

Depositado el manuscrito en 1902, tampoco la república ofrece a Juana el término de su espera. La fecha impide atribuir toda la demora al orden colonial. También las promesas de la independencia quedan incumplidas. El contraste con la esperanza que Bloch llama docta se vuelve entonces más exigente, porque esa esperanza necesita conocer las condiciones y actuar sobre ellas. La comparación tropieza, sin embargo, con Atabey, cuya intervención ofrece una garantía ajena a la incertidumbre del trabajo político. Esa diferencia impide utilizar al filósofo como simple aval de la promesa divina.

Hasta que sus hijos puedan vivir sin persecución, Juana aplaza el deseo de descansar con su amado. El hogar que desea para los suyos recuerda la patria aún irrealizada de Bloch, sin identificar el proyecto civil de Chaviano con el marxismo del pensador. Los niños deberían heredar un país que no les exija callar ni vivir atentos al perseguidor. Pertenecer a la nación exigiría responder por ellos, además de honrar a sus antepasados. Ser cubano no quedaría resuelto por conocer el origen, ya que faltaría decidir qué convivencia hace justicia a quienes lo transmitieron.

El reconocimiento de Alicia revela a Juana la Antigua que “había sido su propia hija quien sacara a la luz el texto invisible”. La filiación resulta directa y no una genealogía diluida a lo largo de siglos. El aprendizaje necesario para leer el manuscrito procede, no obstante, de la vida de la hija fuera de su comunidad de nacimiento. La adopción hizo posible el regreso. La descendiente necesita lo que recibió de otros para cumplir el encargo de su madre, de modo que la herencia no se explica solo por la sangre.

Inscritas en los cuerpos de las niñas, las señales que Juana relaciona con la figura de la Diosa ayudan a resolver el enigma por la identificación de un linaje sagrado. Esa identificación me parece más restrictiva que el reconocimiento de la adopción y el aprendizaje ajeno a la comunidad de origen. Las señales reservan ciertas facultades a una ascendencia excepcional. La escritora abre la pertenencia mediante las alianzas, pero vuelve a privilegiar la sangre al resolver el enigma. No creo que esa vacilación invalide el proyecto, pero sí limita su alcance si quienes no participan de la revelación han de aceptar los fines que otros recibieron de la Diosa.

Para oponer a la fuerza los documentos atribuidos a Martí, los custodios recurren a un prestigio que sus adversarios también invocan. Virgilio lo reconoce en la novena parte con “aquí Martí es más sagrado que el santoral católico”. El prestigio del héroe refuerza el valor de esos escritos frente al partido militar. La ironía consiste en que la salida del culto a la fuerza todavía necesita una autorización del culto nacional. Quienes conozcan esas pruebas tendrán que discutirlas sin resolver cada decisión por lo que un prócer habría querido para ellos.

Tras recuperar el legado, los vapores del río contaminado devuelven a Alicia a una ciudad que no participa de la satisfacción del enigma resuelto. Quedan el agua, los barrios y las instituciones que nadie sanea con un descubrimiento. Tristán lo dice en la novena parte, “Las elecciones son el primer paso”. Leo esa frase como una objeción de la novela a su propio desenlace. Me convence más esa ciudad pendiente de obras y responsabilidades que la candidatura favorecida por señales proféticas. El descubrimiento conserva su valor sin resolver la vida de quienes lo reciben. La promesa civil gana fuerza si admite esa insuficiencia y deja a los ciudadanos una tarea que ninguna autoridad ancestral puede cumplir por ellos.

A quienes no han recibido señales de Atabey les corresponde el mismo derecho a discutir el país venidero. La novela ayuda a recuperar una ascendencia negada y, a la vez, obliga a examinar la tutela que se ejerce en su nombre. El testimonio de Juana merece ser escuchado, pero la veneración por su origen no debería sustraerlo al desacuerdo de sus lectores. La recuperación indígena será más fecunda si admite preguntas que sus intérpretes no habían previsto. De otro modo, el silencio de los vencidos podría ser reemplazado por otra palabra inmune al desacuerdo.

Frente al silencio que pesa sobre los vencidos, concibo la necesidad histórica de esta ficción como una necesidad de la memoria, no como una ley que gobernaría los acontecimientos. Chaviano imagina una continuidad que sus personajes no encuentran reconocida en la vida pública y obliga a leer la conquista como un daño cuyas consecuencias alcanzan a otros tiempos. La pregunta deja de ser solo qué ocurrió y pasa a ser qué se debe a quienes padecieron aquello. Esa ampliación me parece valiosa porque impide tratar el sufrimiento indígena como un episodio remoto que ya no comprometería a nadie.

Sin atribuir a los siglos una intención reparadora, la literatura puede recoger demandas que los documentos conservados no alcanzan a expresar por completo. Juana presta duración, afectos y cansancio a una experiencia que ninguna enumeración de fechas sustituye. Su necesidad pertenece a la imaginación histórica, capaz de hacer perceptible una ausencia y provocar preguntas sobre ella. La leyenda no demuestra una supervivencia cultural intacta, una genealogía religiosa ni la existencia de un plan divino. Pedirle esas pruebas confundiría su potencia para interrogar el pasado con la investigación necesaria para establecer hechos.

Tantas promesas de emancipación han servido para exigir sacrificios que el retorno de una expectativa redentora reclama cautela. No creo que la historia de Cuba necesite un salvador que venga a resolver su destino; considero necesario discutir lo que quedó excluido de sus relatos de liberación. La apuesta de Chaviano merece mi aprobación mientras devuelve a los olvidados el derecho a ser escuchados y permite imaginar otra vida común. La cuestiono si el origen sagrado concede a sus elegidos una autoridad inmune al desacuerdo. La reparación solo será compartida si quienes reciben el legado pueden examinarlo y decidir sus fines sin quedar obligados a aceptar la fe de sus custodios.

Libre por fin de sus escondites, el documento llega a otros lectores sin devolver a Pandora la vida ni conceder a Juana el descanso. El esclarecimiento no repara esas pérdidas. Quienes lean el testimonio podrán responder a sus reclamos, sin restituir el mundo del que procede ni los años que la separación negó a madre e hija. La novela me interesa más al admitir que el reconocimiento llega tarde y todavía hace falta que al certificar el cumplimiento de una profecía.

Con el nuevo embarazo que cierra el epílogo, Juana vuelve a preguntarse cuándo podrá descansar. Otra vida empieza a costa de una espera que no termina, aunque los guardianes hayan alcanzado su propósito. La madre ha sostenido los nombres que otros quisieron borrar, ha perdido a sus seres queridos y ha esperado a una hija que regresó sin reconocerla. Ahora desea para los que vienen una historia que pueda prescindir de su sacrificio. La promesa solo habrá de cumplirse si algún día pueden vivir sin exigirle que los salve.






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“Cuando uno pierde una patria, pierde verdadero poder sobre su futuro”