Ariel Limias Leyva caminó el viernes 2 de octubre, sin camisa, por las calles polvosas de La Habana levantando un cartel gigante. No más discriminación política absurda, decía un lado. El otro: Patria, Vida y Libertad.
La gente lo filmaba, se detenían ante sus gritos: ¡Abajo Díaz Canel!, ¡Abajo la Revolución!
Lo miraban como a un ser extraño. Una valentía suicida que desconocen muchos cubanos.
Limias Leyva cargó el cartel como si se tratara de una cruz gigante. Nadie lo ayudó, nadie lo acompañó en su trayecto. Pasó como un cometa al que se mira, curioso por el destello que emite.
Su peregrinación terminó en el Capitolio de La Habana, ese edificio simétrico, monumental, de columnas clásicas, un frontón y proporciones inspiradas en la arquitectura grecorromana que intentaba proyectar en la década de 1920 una República moderna.
Como el Capitolio de Washington, D.C., y en la amplia corriente republicana en todas las Américas, era sede del Congreso. Allí se legislaba tras los debates y disensos que están prohibidos en Cuba desde 1959. Ese año el Congreso de la República fue disuelto por el castrismo.
Cuando Ariel, de 52 años, conoció el Capitolio, ya ese edificio habanero era apenas un despojo simbólico del pasado “burgués” que denostaban los libros de texto y discursos oficiales junto a los cuales él creció.
La fachada principal del Capitolio está precedida por una amplia escalinata. Con el cartel a cuestas, Ariel subió los 55 peldaños. En su cuerpo llevaba escritas las palabras Patria y Vida. Alcanzó la cima cerca de una de las esculturas monumentales que custodian la entrada, representando la “virtud tutelar del pueblo”.
Desde allí gritó: ¡Viva Cristo Rey!
Una frase que guarda un profundo y doloroso significado en la historia de la Isla. Era la frase con que acababan sus vidas miles de cristianos disidentes, frente a escuadrones de fusilamiento en los fosos del Castillo del Morro en las primeras décadas de la Revolución.
Luego Ariel gritó otra vez: ¡Abajo la dictadura!, mientras varios policías apresuraban el paso y subían los escalones desde el transitado Paseo del Prado. Poco después, sería esposado y conducido a una patrulla policial.
Acabó en Villa Marista, el cuartel general de la policía política castrista, una Lubianka tropical llena de historia de tortura y abusos.
Cuando conversé el fin de semana pasado con su esposa, Yulia Morales, me dijo que había entrado a ese lugar, pero que no habían dejado a sus familiares verlo. El instructor del caso que le han levantado a Ariel Limias Leyva, aún no les dice en firme de qué lo van acusar. Primero lo acusaban de “desorden público”. Después, de violar el límite al que está permitido subir en las escalinatas.
No saben qué inventar los esbirros. Tienen mucho de dónde escoger. Si no existe un cargo suficiente para escarmentar a un hombre valiente como Ariel, pues mienten y mandan a mentir a su ejército de chupatintas.
En una conversación con la prensa, Yulia contó que Ariel decidió salir a las calles indignado por la represión contra la influencer habanera Anna Bensi, que fue condenada este 1º de octubre a dos años de reclusión. Ahora él mismo está en riesgo de convertirse en uno de los más de 1.300 presos políticos que hay en Cuba hoy.
Ariel Limias Leyva es cristiano. Aceptó a Jesucristo e hizo confesión de fe en la Liga Evangélica de Marianao, la iglesia de la que fui miembro hasta mi salida al exilio. Después, también fue pastor de la denominación Asambleas de Dios.
En medio de la presión que vive, Yulia Morales me confesó: “La fe y confianza en nuestro Señor Jesucristo es tan fuerte como al principio. En Dios estamos, vivimos y nos movemos”.
Ariel Limias Leyva se dedicaba a tiempo completo a la pintura. Con su talento ponía de comer en la mesa de su hogar. “Él es autodidacta”, me dice su esposa. “Tiene un don”.
Al pintar la naturaleza, los colores estallan en las obras: son una fiesta. En ellas, la Creación de Dios cuenta Su Grandeza, da Esperanza y Gozo.
Sin embargo, algunos cuadros sobre Cuba muestran autos antiguos o destartalados, edificios oscuros, un caos de gente en las calles. Hay una cierta tristeza en la paleta que elige para reflejar el entorno que lo rodea. Se trata de la creación del Hombre en una ciudad frizada en el tiempo, desesperanzada, que anda por inercia, atrapada por la maldad de sus gobernantes.
El valor y la claridad moral de hombres como Ariel Limias Leyva redignifican el Capitolio republicano secuestrado por la tiranía socialista, redignifican las calles rotas de esa Pompeya de sal en que se convertido La Habana.
¡Qué llegue la libertad en los pasos y gritos de esos hombres, en un Viva Cristo Rey de millones!

‘En la Voz de Ellas’
Por Jorge De Armas
Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.














