Niños malos

En el siglo pasado, antes de la Primera Guerra Mundial, en un tranquilo pueblito alemán, viven familias de tradición luterana que se rigen por estrictas reglas de educación. Hay una iglesia, una escuela, un río, peligros… Allí la vida parece detenida hasta que todo comienza a trastocarse, como si una mano tenebrosa profanara el orden. 

Así comienzan los extravagantes sucesos: el doctor se cae de su caballo por un cable (casi invisible) que colocaron entre dos árboles. Meses después, una campesina es enviada trabajar en un granero y se muere instantáneamente después de pisar unas tablas podridas y golpearse la cabeza. Al hijo del Conde, el terrateniente rico de la región, lo secuestran y lo encierran (en el mismo granero), propinándole latigazos. Un bebé enfermo casi muere de pulmonía al estar expuesto al frío de una ventana abierta. Finalmente, el niño con Síndrome de Down, hijo de la partera, desaparece y luego es encontrado atado a un árbol con los párpados quemados. El castigo a este chico viene acompañado por una nota: su anomalía es el resultado del incesto y la podredumbre. 

Las escenas anteriores corresponden al filme La cinta blanca, del director y guionista austríaco Michael Haneke, un retrato abominable del germen del nazismo. A mi entender, es el germen de cualquier dictadura en la que las normas, al ser tan rígidas, disuelven los límites impuestos. Entonces aflora la venganza y los ocultamientos dejan caer sus máscaras. 

¿Podría ser que la maldad planta sus semillas desde el vientre: acaso un nonato es capaz de escuchar y captar la desesperanza y el rencor de sus progenitores? ¿O sencillamente la maldad prospera en el cotidiano entorno de los infantes? Caben las dos hipótesis, la naturaleza humana es moldeable, se nutre de posibilidades, de ecos, de respiraciones, del veneno que nos dan a cucharadas en cuanto abrimos los ojos.

En la maraña argumental y guiados por la narración del maestro del pueblo, nos percatamos que los niños han hecho una alianza tácita, ser los Ángeles exterminadores para acabar con las fantasías de unas vidas en que la rectitud ha ocultado verdades asquerosas, absurdas, pues no hay familia sin mácula. El orden establecido por la imposición se revierte en una fuerza maligna, un magma que emerge del subsuelo, corroe y termina por desatar un pandemónium. 

Parece ser que la única solución es silenciar lo ocurrido. Dejar que la normalidad tape las grietas y la responsabilidad solo sea en nombre del mal. El mal se combate con la religión y la resistencia. Aunque permanezca bajo los árboles, pudriéndolos lentamente. Asimismo, los niños se calmarán, por un tiempo. No obstante, ellos serán los futuros torturadores en la guerra.

En otro orden, los niños perversos se vuelven intocables. En The Omen (1976) una madre da a luz a una criatura muerta. Otra madre paralelamente muere y queda con vida su recién nacido. Un cura le recomienda al padre tomar este como sustituto, sin que la madre sospeche la verdad. La pareja (Gregory Peck y Lee Remick) lo cría como si fuera propio y todo parece fluir bien. Hasta que la madre adoptiva se embaraza de nuevo. Entonces Demian, el hijo falso, empieza a provocar muerte tras muerte. Es el Anticristo, el demonio, Belcebú, quien en su cólera destruye a los seres que lo rodean. Allí no queda títere con cabeza, todos sucumben de manera violenta. 

Ciertamente, es una película maldita. A los integrantes del equipo, incluyendo a Peck, le ocurrieron hechos insólitos, con tintes paranormales. Hubo ataques de animales y muertes. 

No sé si fue una propensión a la desgracia, pero a mí también me alcanzó la maldición. Hace cuatro años vi este filme en la sala Charlot de la Cinemateca. Cuando salí, algo aturdida, bajando por la calle 12 del Vedado, empezó un aguacero torrencial de esos que vienen acompañado de ráfagas de viento y truenos. Esto hizo que me refugiara por dos horas en el portal de un centro de trabajo, hasta que amainara la tormenta.

Cuando la atmosfera se calmó, aún caía una llovizna y decidí marcharme. Al caminar solo un tramo, me resbalé en la acera, golpeándome la rodilla izquierda. Caminé, sin embargo, y de manera lastimosa llegué a mi edificio. Adolorida, cojeando y con sangre en la rodilla. Fueron casi tres meses de convalecencia.

He conocido los niños malos, esos que le hacen bullying a sus compañeros de escuela, esos que se confabulan para golpear en grupo a un indefenso. Ahora quiero hablarles de lo que pasó un sábado antes del mediodía, un mes de agosto, durante la etapa vacacional.

Estábamos de visita en casa de Salvador, Cary, mi hermana y yo, cuando llegó Frank con una rana que la noche anterior había entrado en su casa. La traía encerrada en una caja de zapatos. Enseguida la abrió y nos la enseñó, sosteniéndola por una pata. Quiso ir hasta el balcón y nos invitó a seguirlo. 

Allí, bajo la mirada del sol, puso la rana en el suelo y la sostuvo acostada boca arriba, sobre el papel donde iban envueltos los zapatos. Sacó un bisturí y con brutalidad se lo clavó en el centro del pecho. Después comenzó a abrir su cuerpo frío, que era verde por dentro, como su corazón…

A nosotras, aquel acto de crueldad nos provocó rabia, impotencia, lástima, asco y no sé cuántas sensaciones más. Cuando Frank comenzó a descuartizar a la rana nos fuimos del balcón. Luego, instintivamente, abrimos la puerta de la calle para salir al exterior y respirar aire limpio. Queríamos olvidar el horrible destino del animalito. 

Israel, otro chico del barrio, una noche persiguió y acorraló a una gata callejera que tenía la barriga hinchada. Obviamente, le faltaba poco para parir y hacía que se moviera más lento. Sin darle tiempo a escapar, le lanzó una piedra por la cabeza y acertó. La gata blanquinegra, rengueando, se refugió debajo de un auto. De ahí no volvió a salir. El dueño tuvo que agacharse para sacarla y meterla en un latón de basura. 

Todos coincidimos en que tendría siete años de maldición por lo que había hecho. Y ocurrió lo peor. En su adolescencia, su madre y su hermana tuvieron un accidente de auto y no sobrevivieron. Se quedó muy mal y necesitó tratamiento psiquiátrico.

Al diablo no se le debe provocar. ¿Por qué en The Exorcist el diablo escoge a Regan, una chica angelical como vehículo para cometer sus atroces crímenes? Quizás el diablo prefiere la pureza. Es más fácil lograr la corrupción en un alma impúber.

Hay otro ejemplo en Otra vuelta de tuerca, la magistral novela de Henry James, donde los hermanitos son poseídos por la pareja inmoral de los sirvientes muertos. En The Innocents, su adaptación cinematográfica, uno casi puede transitar por los solitarios ámbitos de la mansión, entre luces y sombras, donde se siente agazapado lo desconocido, dispuesto a saltar y a provocar dolor. Y hasta el leve y misterioso movimiento de una cortina infunde desasosiego. La inteligencia de esas mentes infantiles, seduce y da pavor. Cuando hablan y razonan son como imanes insalvables.

Confieso que elijo a los niños malignos de la ficción. Hacen menos daño y podemos olvidarlos en cuanto cerramos el libro o al terminar de visionar la película. 






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‘En la Voz de Ellas’

Por Jorge De Armas

Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.