Carlos Manuel Álvarez: “Diez años sin paracaídas” 


Fundadores de El Estornudo.



En el otoño de 2015 después de haber regresado de un viaje al extranjero, el periodista cubano Carlos Manuel Álvarez[1]se encontró en el balcón de las oficinas habaneras de la revista norteamericana OnCuba con dos de sus hermanos de causa más cercanos, Abraham Jiménez Enoa y Maykel González. Solían salir al balcón del noveno piso de este edificio con vistas al mar para matar tiempo, conspirar un poco y soñar en voz alta sobre el futuro del periodismo cubano, hasta que una computadora dentro de la oficina estuviera libre. 

No obstante, en esta ocasión Álvarez se mostró infestado con un virus que se le había pegado durante su tiempo en el extranjero. Colegas jóvenes latinoamericanos con quienes se había reunido durante su viaje le hablaban sin parar de sus proyectos diversos de periodismo independiente tanto en Colombia y Brasil, como en Venezuela y México, todos fundados en condiciones iguales o peores de adversos que existían en aquella época en Cuba. “¿Por qué no aquí y por qué no ahora?”, insistía Carlos Manuel a sus dos amigos diciendo que no existía ni un buen tiempo ni las condiciones idóneas para semejante aventura periodística en la Isla. 

Fue ahora o nunca.

Además, ya para 2015 estos jóvenes periodistas recién graduados de la Universidad de La Habana habían notado que el espacio para el periodismo crítico que había existido en OnCuba desde su fundación en 2012 ya iba desapareciendo. Gracias a la visión y compromiso de la primera editora web de OnCuba, Mayle González Mirabal, toda una generación de periodistas cubanos encontraron allá una tercera vía entre la propaganda de los medios oficiales y la denuncia de la prensa independiente tradicional. En efecto, descubrieron que ejercer “otro tipo” de periodismo en Cuba fue posible. 

Pero desde comienzos de 2015 cuando el dueño de la revista Hugo Cancio –respondiendo a presiones del Gobierno– puso a Milena Recio como la nueva editora web, la línea editorial se transformó. El mensaje: o sigues las orientaciones del Centro de Prensa Internacional o te botamos del país. 

Así que en vez de abandonar el balcón y entrar de nuevo a las oficinas de OnCuba aquella tarde, Carlos Manuel, Abraham y Maykel –junto a otros colegas como Carla Colomé y Jorge Carrasco– tomaron una decisión tan existencial como profesional. Cuando un viento fuerte del malecón cerró la puerta dejándolos solos y atrapados allá afuera, decidieron no regresar adentro y tirarse del balcón al vacío con la fundación medio año después de su propia revista independente que llamarían El Estornudo

Ya son diez años sin paracaídas. Y –como bien ha dicho Carlos Manuel– “de aquel balcón de la tarde habanera se ha seguido lanzando mucha gente”.

Fundaron El Estornudo el 14 de marzo del 2016 en La Habana para tener un espacio propio para el ejercicio del periodismo narrativo e independiente, donde podían dejar de cazar noticias a través de notas informativas y finalmente “llegar de segundos” haciendo crónicas de largo aliento. Al mismo tiempo, sentían que su estornudo colectivo fue “un acto necesario, imprescindible, fisiológicamente inevitable”, no un acto voluntario.

“La fundamos básicamente como una reacción a la alergia que nos provocaban los medios de prensa cubanos. El aparato de propaganda o la censura de dónde veníamos”.

Y para subrayar esta necesidad para la independencia, escogieron bien la fecha de la fundación de la revista. Resulta que el 14 de marzo es la misma fecha en que José Martí fundó Patria en Nueva York 124 años antes, en el año 1892. 

Así que publico esta entrevista con Carlos Manuel –hecha en 2023 para mi libro que cuenta la historia del periodismo independiente cubano– ahora para conmemorar el décimo aniversario de El Estornudo y celebrar el hecho de que, aunque nació dentro de Cuba durante los años del deshielo, ha sobrevivido otros largos años en el exilio.  

Recuerdo la primera vez que te entrevisté en el año 2016 ó 2017, dijiste algo muy claro que resultó no ser posible, creo yo: “Lo que queremos hacer es periodismo y punto”. Obviamente, aunque en El Estornudo ustedes han hecho “periodismo y punto”, la reacción, la represión y la respuesta del poder ha sido ver todo como un ataque y politizarlo todo. Pero también, a mi juicio, ha habido una radicalización. Muchos periodistas como tú, formados en las universidades cubanas, trataron de independizarse sin radicalizarse; quisieron hacer periodismo sin convertirse en opositores ni activistas. Sin embargo, la vida, las circunstancias, o la reacción del poder los obligaron a defender derechos básicos que eran violados constantemente.

En eso estoy trabajando ahora: un libro que cuenta la historia del periodismo independiente actual en Cuba, pero dentro de un contexto más amplio, tratando de rescatar la historia de los intentos de hacer periodismo independiente en los últimos 40 años, 1985-2025. Es decir, un periodismo que sea realmente periodismo y no propaganda. Pero mi interés principal siempre ha sido el período más reciente, esos quince o veinte años que van desde la blogósfera hasta hoy. El Estornudo ha sido un hito, un experimento exitoso que ha provocado admiración, premios y seguidores, pero también represión. Me gustaría recrear esa experiencia en el libro, contar tu historia como periodista, como cofundador y director, y también la del medio.

He hablado con otros colaboradores de El Estornudo –incluyendo a Abraham Jiménez EnoaCarla Colomé, Mayle González Mirabal, Maykel González, Javier Roque Martínez, Mario Luis Reyes y Mónica Baró– pero quería hablar contigo directamente. Vamos a empezar por tu familia. Cuando hablamos en Baruch junto a Orlando Luis Pardo Lazo hace un par de semanas, me quedó la impresión, por tus respuestas, de que tu familia estaba bastante integrada al proceso revolucionario. Así que ¿cuán integrada fue tu familia en ese contexto, cuando eras niño y luego ya de joven? ¿Cuál fue la conexión con la Revolución, con “R” mayúscula?

Había una conexión muy directa, sobre todo en términos afectivos, de ideas y políticos. En términos materiales no tanto. Mis padres no ocupaban altos cargos en el poder ni formaban parte de la nomenclatura. Tampoco pertenecían a ninguna burguesía militarizada burocrática. Mis padres son médicos, los dos.

Mi padrastro también jugó un rol importante en este contexto. Es economista. Todos ellos vienen del lado materno de mi familia, que era una familia burguesa a la que le expropiaron sus propiedades en los primeros años después del 59, con la primera y segunda Ley de Reforma Agraria. Mi madre, sin embargo, creció en la generación de los 60, inscrita completamente, su educación y su adoctrinamiento, en los años de mayor fortaleza de la doctrina castrista y de más ímpetu político y geopolítico del régimen.

“Yo crecí en un contexto eminentemente obediente y convencido de la justicia histórica y de la legitimidad del proceso político cubano”.

Yo crecí en un contexto eminentemente obediente y convencido de la justicia histórica y de la legitimidad del proceso político cubano, de su trascendentalidad no solo para Cuba sino para toda la región. En casa había una convicción profunda sobre la importancia y la verosimilitud del mesianismo castrista.

Eso provocó una relación particular dentro de la familia, porque esta se convirtió en el primer foco de reproducción de la retórica oficial. Empezamos a vivir parcialmente dentro de esas cláusulas. En ese momento, no conscientemente, la familia mantenía una relación muy directa con la manifestación concreta del poder.

El poder en Cuba se manifiesta incluso en los espacios íntimos. A veces uno puede estar en el hogar, en medio de la familia, y escuchar un tipo de lenguaje que parece el de una reunión del Partido: un lenguaje burocrático, institucional, cargado de consignas. Ese lenguaje entra en la casa, entra en todos los espacios.

Entonces, uno crece expuesto y sometido también al experimento de una doctrina que tiene un pie muy anclado en la construcción del relato social y en la uniformidad del lenguaje. Ese lenguaje se impone en cualquier contexto donde el individuo se reproduce, desarrolla, crece y se relaciona con los demás.

Los espacios de integración en los que podía crecer un muchacho en Cuba eran casi todos una reproducción de un lugar central, que era la sala de máquinas del totalitarismo.

Tengo una exesposa cubana que creció en una familia similar. Su padre llegó a ser viceministro de Justicia. Dentro de la familia, salvo un tío que se fue del país, todos estaban a favor del sistema. Eran integrados y creyentes, digamos. Pero ella tenía en la escuela algunas amigas que no lo eran. Por ejemplo, contaba que a una de sus amigas le decían “Gusi”, de “gusana”, porque su familia era crítica del régimen y no creyente, aunque tenían que fingir en público. En cambio, en su familia, todos compartían el mismo discurso y creían sinceramente en la Revolución. ¿Tu familia fue más o menos así?

Sí. Con los años, uno mira atrás y se pregunta en un contexto como ese, qué es más deseable. Lo digo porque la exposición a la que tienes que estar sometido si tu familia no suscribe a pies juntillas los parámetros de obediencia del régimen, eso puede exponerte directamente a cierto tipo de violencia política y a una intolerancia muy fuerte.

Los testimonios de eso abundan. Y además surge una contradicción feroz entre lo que se dice en las instituciones (la escuela, los espacios de socialización) y la verdad que se maneja dentro del hogar. Eso genera un tipo distinto de relación afectiva y sentimental con el país, porque vives en una disonancia constante.

En mi caso, mis contradicciones, mis dudas y mis discusiones llegaron bastante más tarde, y precisamente no heredadas de manera directa del núcleo familiar, sino como en algunos casos ni siquiera estuvieron planteadas como verdades, sino en principio como sospechas de que aquello que me decían no era exactamente así. 

Eso empieza a llegar desde afuera, empieza a llegar ya como un proceso de ganancia de mi propia individualidad y como un proceso de enfrentamiento, primero a ciertas estructuras que trascendían el escenario específicamente cubano. 

Es decir, yo no te sé decir exactamente, por ejemplo, si mi disputa con la familia viene por una diferencia política o si mis diferencias políticas vienen por la disputa natural que se da con la familia en el proceso de ganancia de la individualidad de cualquier persona. 

En el sentido de, en algún momento, cometer el ejercicio parricida de zafarte de la lógica, siempre en algún punto castrante que significa la doctrina familiar de la manera en la que estás educado. No necesariamente para romperla, sino para cuestionarla. Me parece que es un proceso natural.

Y ahí es cuando las categorías se mezclan, las discusiones se confunden y todo se convierte en una batalla donde los límites no están claramente definidos. Y yo puedo estar yendo lo mismo contra mi padre que contra Fidel Castro, que contra el profesor. Y todo eso, más o menos, agarra la misma dirección. 

Eso me hace pensar o preguntar: ¿cómo es algo más especial o auténtico que una rebelión común de un joven contra su entorno? ¿O empezó así y después cobró más fuerza? Porque tu ruptura, si podemos llamarla así, parece más que la simple rebelión de un adolescente contra el establishment, aunque puede ser que haya empezado así.

Yo creo que uno no es consciente, en el momento real, de con cuántas cosas estás rompiendo cuando decides romper. Uno cree que las categorías están separadas y no tiene todavía la capacidad para darse cuenta de que romper con lo mínimo, con la mínima fisura, significa romper con todo. En un sistema totalitario no existen esas especificidades, allí donde la realidad se aplana, y la uniformidad, la obediencia o la ruptura son absolutas. Uno cree que va a zafarse de algo específico y no comprende que, al tirar de una hilacha, toda la tela se deshace. Es como tirar de un cordel y ver cómo se viene abajo toda la simulación.

Pero eso puede durar años, ¿no?

Sí, por supuesto. Es un proceso que dura años, y te vas dando cuenta de modo parcial. 

Por ejemplo, uno de los golpes más fuertes para mí fue cuando empecé a estudiar periodismo en la Universidad de La Habana y me di cuenta de cómo funcionaba el aparato de propaganda, cómo se construía la “verdad oficial”. Es una experiencia bastante maquiavélica hacer prácticas en medios de prensa del Estado. Conocer sus relaciones de producción, su política editorial y la neolengua con la que trabaja un régimen como ese te da un acceso directo a su mecanismo interno.

Al principio crees que tu única lucha será ganarte el derecho a ejercer tu oficio. Y de ahí viene un poco quizás entonces la ingenuidad de decir en algún momento algo como “yo quiero hacer periodismo y punto”, sin saber que ese “punto” no depende de ti. El ejercicio de querer hacer periodismo o el ejercicio de querer cualquier cosa desde ti mismo, va a provocar una respuesta del poder que también te va a configurar y te va a definir quién eres. Porque el poder está actuando sobre ti todo el tiempo.

“Ese ‘punto’ no depende de ti”.

¿Tú querías ser un escritor o un periodista? ¿Qué tenías en mente cuando escogiste el periodismo como profesión o como enfoque de estudio en la universidad?

Yo quería ser escritor, fuera lo que fuera que eso significara. Tenía una tendencia, una vocación a trabajar con las palabras, leer y tratar de escribir. Quería estudiar algo que me permitiera tener acceso a ese tipo de deseo, y además quería estudiar en La Habana. 

Para mí era muy claro, la idea de salir casi como un personaje de Balzac, de salir de un pueblo de provincias (soy de Cárdenas, Matanzas) e irme a la gran ciudad. Vivir allí el estallido de la primera juventud, de los finales de la adolescencia, que supone encontrarse en un escenario así, para mí eso era algo fundamental.

Fue periodismo como quizás pudo haber sido filología o sociología. No hay una conciencia muy clara de por qué periodismo y no otra cosa. Luego, al entrar en ese campo, uno empieza a aceptar lo que tiene que ver con uno mismo y a rechazar lo otro. Desde el principio tuve claro que no tenía nada que hacer detrás de una cámara de televisión o delante de un micrófono en la radio y una serie de cosas que no me interesaban en absoluto.

Con el tiempo fui generando mis propias ideas sobre el oficio y una conciencia crítica sobre qué tipo de periodista quería ser. El periodismo como oficio es cada vez más difuso, con parámetros éticos y estéticos en constante discusión, más de lo que podría parecer. Y eso fue de algún modo un gusto adquirido.

¿Y cómo llamarías el tipo de periodismo que has hecho principalmente?

Es un periodismo que se ha ido alejando con los años de los valores de la prensa noticiosa y de la inmediatez. Me interesa un periodismo más distendido, dilatado, que se toma otros tiempos, más reflexivo. Yo siempre he dicho de un tiempo a esta parte que no me parecía tan importante, es decir, tenemos una idea del periodismo de que lo fundamental es tratar de llegar de primeros, ¿no? 

A mí me seduce la idea de “llegar de segundos”. Llegar de segundo no es llegar tarde; implica cierta cautela a la hora de presentar y leer los hechos. Esa pausa puede librar al relato, a la construcción de la realidad, de manipulaciones e inexactitudes, etcétera.

“A mí me seduce la idea de “llegar de segundos”.

En las prácticas que hiciste como estudiante y en tus primeros pasos dentro de la prensa oficial, ¿cómo fue eso? ¿Cuáles fueron tus experiencias? Sé que durante un tiempo fuiste columnista de Juventud Rebelde.

No, fue en Cubadebate.

¿En Cubadebate? Peor aún.

Sí, peor. Yo colaboré en los medios de prensa oficiales siendo estudiante de periodismo todavía. Escribí en Cubadebateantes de graduarme en 2013. Empecé a colaborar en 2011. Esos procesos yo no sabría decir si fueron adelantados, pero la experiencia me permitió ahorrar tiempo al tomar decisiones sobre dónde quería escribir y cómo romper con la institucionalidad oficial. Y para eso fue muy importante para mí haber aprendido, haberme probado y entregado tempranamente a la prensa estatal, porque eso me dio una visión directa de cómo funcionaba. Yo estaba en tercer año de la carrera, tenía 20 años y escribía para Cubadebate sobre literatura y deportes. 

Aunque esos temas pudieran haber sido conflictivos de manera muy tangencial, porque me encargaba de libros, asuntos de literatura, deportes. Pero aún así había en esos espacios ya cierta censura. Y además también para el atrevimiento que podía tener un muchacho de 20 años o para el grado de sofisticación que podía tener lo que yo decía, que en ese entonces sin duda no era mucho. Alguien a los 20 años escribiendo de deporte, de literatura, podía generar conflictos para un medio de esa naturaleza. 

Es decir, había cosas que censurar ahí, en algo que aparentemente era inofensivo. Pero eso tengo que agradecerlo en el sentido de que muy rápido me di cuenta de que, si eso me estaba pasando a mí, tan joven y con temas de esa naturaleza, qué no podía pasarle a otra persona. Luego, qué no pasa cuando te haces cargo de los asuntos centrales dentro de una sociedad. Entonces eso me ayudó a saber que no iba a trabajar nunca para un medio del Estado. 

Empecé a colaborar con medios de prensa como Univisióncomo OnCuba, incluso antes de graduarme. Desde 2012 o 2013 escribía para medios independientes y extranjeros. Esa rápida transición me permitió con 24 o 25 años fundar una revista como El Estornudo, poder escribir para medios extranjeros y ya absolutamente romper con el fardo que significa ese tránsito.

O sea, pudiste descubrir temprano cómo funcionaba la maquinaria de propaganda, y así no tuviste que desilusionarte más tarde.

Exactamente. Y no demoró mucho tampoco. Escribir en Cubadebate un año, un año y fracción, o sea, tercer año de universidad y parte de cuarto año en la universidad. Y ya empezaba a ser tan asfixiante el escenario, que yo creo que no hay nada, o esa exposición directa al corazón, de la propaganda, o bien te castra como le pasa a mucha gente, o bien te cura, te cura de cualquier espanto muy temprano. 

A mí afortunadamente me curó. Y eso me permitió entonces tomar medidas rápidamente y no llegar tarde a la realidad que me estaba esperando, en cualquier momento.

“O bien te castra, o bien te cura. A mí afortunadamente me curó”.

¿Y cómo entraste en Cubadebate? ¿Fuiste escogido o invitado?

Fue de forma natural. Siempre tuve el afán de escribir. La carrera de periodismo me parecía aburrida, muy poco existente y bastante mediocre. Tenía un amigo, el periodista deportivo Michel Contreras, que trabajaba en Cubadebate. Y yo era fanático al deporte, le entregué una crónica y él la pasó al medio. Rosa Miriam Elizalde, nada menos, la leyó, le gustó mucho y fue personalmente a la Facultad de Comunicación a buscarme.

¿Y tuviste alguna relación con ella como mentora o jefa?

Sí, durante un año o poco más. Le profesé mucho cariño. Pero, por supuesto, era una de las cabezas intelectuales de la propaganda oficial cubana. Esa relación se rompió de manera irrevocable un par de años después. Sin embargo, en aquel momento, siendo yo estudiante, tuvo un peso importante en mis inicios.

Como yo estaba bajo su amparo, se me permitían ciertos atrevimientos (todavía muy inofensivos) que para mí eran importantes porque representaban pequeños espacios ganados de autonomía individual. Cada palabra dicha con libertad tenía un enorme peso personal. Vas aquilatando cuánto vale esa libertad, cuánto vale el hecho de poder decir lo que crees, justo como lo crees. 

Hay algo que no se explora mucho y me interesa: los procesos de desprendimiento del Estado cubano nunca se dan de manera individual. Muchas veces se hacen, inconscientemente, con la ayuda de personas dentro del propio aparato de represión. Es decir, quienes luego te consideran enemigo, en algún momento fueron cómplices de tu emancipación. Eso pasa mucho.

“Quienes luego te consideran enemigo, en algún momento fueron cómplices de tu emancipación”.

¿Y hubo un momento claro, algo que publicaste, que marcó tu ruptura definitiva con ella?

Sí. Ya la relación venía deteriorada, pero hubo un momento clave de ruptura, ya no con los medios de prensa, sino con las personas que estaban en esos medios, con los que todavía mantenía un vínculo afectivo de cierta naturaleza, aunque no nos viéramos. Fue a comienzos de 2015. OnCuba publicó dos textos míos.

Uno sobre el performance de Tania Bruguera en la Plaza de la Revolución, en diciembre de 2014. Ya yo tenía una columna allí que se llamaba “Esta boca es mía”, y publicaba un texto semanal. Eso nos interpelaba a todos, yo sentí que no se podía pasar por alto o fingir que eso no estaba sucediendo. Recuerdo que ese hecho directamente me interrogó sobre mi condición de periodista y logré publicar el texto en OnCuba. Fue un lugar donde peleé muchos textos y algunos de ellos los gané.

Y un par de semanas después escribí el segundo texto, sobre un enfermero cubano que murió de paludismo en Sierra Leona, durante la misión internacionalista contra el ébola. Narraba la historia de un hombre de Los Palacios, un pueblo muy pobre en Pinar del Río, de una familia marginalizada y vulnerable, cuya muerte contradecía el discurso triunfalista del régimen sobre sus misiones médicas y la Salud Pública de Cuba.

Fue un texto muy polémico y que generó una ruptura ya irreversible con la nomenclatura de la prensa oficial. A partir de ahí ya fui públicamente catalogado como enemigo, aunque ya sabes que al principio hay un tratamiento donde todavía pareces ser alguien que puede ser salvable. Te ven como alguien que está confundido, todavía no te dan el tratamiento.

“Te ven como alguien que está confundido”.

Eres un delfín, pero todavía eres nuestro delfín.

Todavía hay posibilidades de rescatarte, digamos.

Como pasó con Elaine Díaz.

A partir de esos textos ya me dieron, creo yo, por perdido, ¿no? Y me empezaron a hablar de otra manera.

Y en aquel entonces, ¿OnCuba, fue distinto?

Yo quiero pensar que sí. Yo soy juez y parte, ¿no? Pero yo creo que hay muchos lectores que en los textos que se publicaban dentro de OnCuba encontraron algo distinto. 

Obviamente siempre hubo una parte light, una parte que con su frivolidad o ligereza lavaba directa o indirectamente la cara de la situación política y social en Cuba. Pero como todos estos proyectos en principio forman parte de una negociación, hay todavía una tierra de nadie donde no está completamente domesticado por el poder, donde es el espacio de iniciación de alguna gente que, de modo legítimo, se cree el cuento de que ahí se puede hacer algo. Y en efecto lo hacen, en cierta medida, ¿no? 

“Hay todavía una tierra de nadie donde no está completamente domesticado por el poder”.

Porque fue un lugar que fue un poco cantera de varios periodistas que luego hicimos proyectos ya completamente independientes, pero que pasamos por ahí e hicimos periodismo, y a las pruebas me remito. Ahí están los textos todavía, donde se pueden leer, y me parece que son textos que ya hoy OnCuba no hace.

Sí, yo siempre, en mi proyección de aquella parte del libro, cuando lo escribo, lo nombro como Gateway Drug, como la marihuana, pero ustedes van a graduarse ya para la cocaína, ¿no? Porque no era prensa oficial, pero tampoco era prensa independiente, y se podía entrenar y aumentar las esperanzas como periodista. Porque tengo entendido que se frustraron los que hicieron cosas valiosas ahí después de un tiempo.

Ya te das cuenta: en el momento en que se empiezan a hacer esas cosas valiosas, saltan las alarmas del poder y los mecanismos de control se hacen más rigurosos, y entonces esa pelea siempre uno la termina perdiendo. Estos espacios o vacíos que uno por un momento captura, capitaliza, exprime y agota antes de que se haya detectado completamente el foco de desobediencia por parte del poder, terminan siendo clausurados.

Y eso fue lo que hicieron, ¿no? Creo que cada uno de nosotros ahí empezó a sentir en mayor o menor grado la censura llegando, y esa era la razón por la que ya nos habíamos ido de medios de prensa anteriores y ya no habíamos trabajado para el Estado, y más o menos terminamos concluyendo que para librarnos de eso completamente, no nos quedaba de otra que fundar nuestro propio espacio.

“No nos quedaba de otra que fundar nuestro propio espacio”.

¿Y tú nunca trabajaste en un medio oficial?

Nunca.

Entonces no hiciste tu trabajo social.

No lo hice.

¿Y hubo una sanción directa? ¿No te amenazaron?

Sí, hubo amenazas. Me mandaron a la revista Mujeres, dije que no iba. Después, supuestamente consiguieron un puesto en Artes Escénicas al que fui dos veces y ya no fui más. Y nunca pasó nada. De hecho, me vine a Estados Unidos, a LASA, en 2015, en San Juan, en pleno servicio social, no lo había terminado. Estuve dos o tres meses acá y ya escribía en OnCuba, escribía en Univisión, estaba en medio de todo esto, en medio de esos conflictos, supuestamente en mi tiempo de servicio social y nunca pasó nada. 

Creo que son unos años tan convulsos, estaban pasando tantas cosas que había prioridades. Estamos hablando de 2014, 2015, apertura de relaciones con Estados Unidos; o sea, sí, estaba todo demasiado revuelto.

Todo estaba como cambiando… o no cambiando, pero sin saber hacia dónde iba, y demasiadas cosas a la vez. ¿Y cómo fue la política dentro de OnCuba? ¿Quién fue entonces el editor o la editora principal?

Mayle González, que ahora está en Miami. Sí, yo creo que es la editora fundamental, la editora que ama ese equipo, la que logró imprimirle una identidad, la que hizo que muchos de nosotros fuéramos allí, que nos dio su espacio. Yo creo en que lo que ella construyó, aunque luego se fue en 2014, había generado una identidad que nos había llevado a nosotros, y lo seguimos.

Hubo una especie de interregnos donde no logramos mantener el mismo rumbo. Hubo varios editores jóvenes; de hecho, recuerdo que en un momento se quedó sin editor, y estaba Carla y estaba yo un poco al frente, pero obviamente el CPI no iba a permitir eso.

El Centro de Prensa Internacional.

Sí, que es el que atendía directamente a OnCuba como medio de prensa. Y eso fue así, drásticamente cortado, por Milena Recio.

¿Y por qué dices “drásticamente”?

Porque ella entró de editora en 2015, y en dos o tres meses le cambió la cara al asunto. Entró con una misión muy directa de controlar esos textos que eran incómodos, o la idea, entre ingenua, ilusoria pero hermosa también, de hacer periodismo que teníamos algunos jóvenes ahí, que teníamos 24 o 25 años.

Carla recuerda mucho la primera reunión que Milena tuvo como editora, donde decía (y hay pocas declaraciones tan penosas como esas): “En Cuba el periodismo tiene que ser una fiesta, esto no es un medio para buscarnos problemas con nadie”. 

Eso más bien parecía una revista de publicidad o turismo, de blanqueamiento de la realidad, más que una revista periodística. Estaba muy claro desde el principio cuál era su intención, y la de quienes la pusieron ahí.

“En Cuba el periodismo tiene que ser una fiesta, esto no es un medio para buscarnos problemas con nadie”.

¿Y tú piensas que ella fue escogida por Hugo Cancio o presionada por el gobierno?

Todo eso no pasa de ser especulación, porque alguien como ella no puede tener confirmación de un mecanismo de esa naturaleza. Pero yo diría que sí, que eso no suena descabellado, que es bastante verosímil.

Yo recuerdo que estaba en Miami en ese entonces, y recuerdo haber apoyado la idea de que ella fuera editora, dándome un tiro en el pie, con los meses, después lo entendí, pero también sería soberbio de mi parte pensar que yo tenía un poder de decisión ni que mi voz fue determinante. 

Creo que independientemente de mis deseos, eso se decidió en otro lugar, completamente fuera del alcance de los periodistas de OnCuba. Yo pensé que llegaría con otra idea, a mantener un poco lo que estábamos haciendo, pero me equivoqué de plano a plano.

¿Y fue ahí donde nació la semilla de El Estornudo?

Completamente. Nació de una incomodidad, casi una adicción, el hecho de publicar algunos textos en revistas, no siempre, pero suficientes como para entender la ambición. La idea de ¿qué tal si hiciéramos esto desde un espacio donde no tuviéramos que lidiar con el temor de que no lo publiquen, de que tenga que pasar por ojos que fiscalizan no desde el oficio, sino desde la ideología?

Fue fundamental la experiencia adquirida en OnCuba, la organización que tuvimos allí, el ejercicio directo. No fundamos un medio de prensa sin experiencia ni sobre la improvisación: ya habíamos hecho periodismo, editado, pensado una revista. Todo eso fue ganancia a la hora de empezar un medio propio.

¿Y los colegas?

Varios. Lázaro Jorge Carrasco, Abraham Jiménez, Maykel González, Carla, yo…, el grueso venía de allí.

Al lanzar El Estornudo, ¿cuál fue la visión que querían materializar? ¿Qué tipo de medio querían crear y cómo lograron montarlo desde Cuba, con toda la dificultad logística y económica?

Era una guerrilla. Algo muy contingente, muy precario. Un sitio que se sostuvo justamente por el afán desmedido e incalculado de liberación que teníamos cada uno de los que estábamos haciéndolo. La idea de sostenibilidad no existía. No porque no supiéramos cómo lograrla, sino porque no estábamos pensando en eso. Era básicamente un sitio de redención.

“La idea de sostenibilidad no existía”.

Y eso entonces implicaba una radicalidad a la hora de entregarse a un proyecto así, donde no importaba el dinero en principio y el dinero entendido como el vehículo para hacer, para lograr la perdurabilidad de un proyecto. Nosotros estuvimos los dos primeros años sin cobrar un centavo. Pero el contexto ayudó: estábamos en 2016, con un foco internacional sobre Cuba. 

El Estornudo se fundó en marzo de 2016, justo cuando estaba el desfile de Coco Chanel en La Habana, no sé si eso fue un poco después, pero era el mes del concierto de los Rolling Stones, el mes en que Obama fue a Cuba, la apertura al turismo. 

Y esos medios de prensa que estaban surgiendo, sin duda formaban parte del cambio de un mapa público y político en Cuba. Y sí contamos con mucho eco en la prensa internacional, con una mirada muy atenta y muy curiosa sobre nosotros. Es decir que salimos en un momento muy aprovechable. 

Si nosotros fundamos un medio de prensa hoy, tres años antes, en otro lugar que no fuese Cuba en ese momento, nadie nos hubiese parado la bola y nos hubiese dado la atención que tuvimos en ese momento, ¿no? Eso sí fue, digamos, una ventaja con la que contamos meramente circunstancial.

Sí, entre 2015 y 2016 se fundaron varios, al menos seis, de los medios independientes digitales más importantes. La coyuntura fue clave. 

Sí. Y fue muy importante para nosotros la reforma migratoria de 2013, que nos permitió entrar y salir de Cuba. Esa mezcla fue fundamental. En un escenario así fue que surge la revista. Entonces El Estornudo ya se hacía con gente dentro y fuera, para asegurar la parte logística también. O sea, es una revista que ya rompe completamente, o forma parte de la ruptura de entender Cuba como un lugar cerrado, aislado, como una cámara envasada al vacío, ya ese no era el país en el que nosotros operábamos.  

Y eso también tiene que ver con Internet.

Sí, con Internet y con los años de deshielo, con todo lo provechoso y cuestionable que trajo. Más acceso, apertura diplomática con Estados Unidos, reforma migratoria, cierta autorización a sectores de la propiedad privada. Todo eso generó un espacio de ampliación de la sociedad civil cubana. 

Para terminar: la visión que tenían, qué querían crear y por qué El Estornudo como nombre.

Básicamente con el concepto del tipo de periodismo que queríamos hacer, que era escribir crónicas, escribir reportajes, escribir textos de mayor extensión, de largo aliento, no asumirnos como un medio generalista, un medio de breaking news, justamente también cuidándonos las espaldas. Porque empezar con el grado de precariedad que nosotros teníamos y asumir una carga de responsabilidad de esa naturaleza iba a dar al traste con lo que hiciéramos. 

Entonces, empezar con textos y con trabajos que nos permitieran trabajar con tiempos más reposados, justamente para tratar de sostenernos en el tiempo. Esa era un poco como la idea. 

¿Y el nombre?

El nombre es fortuito, pero al mismo tiempo casi premonitorio y lo encontramos de un modo casi equivocado. 

Estábamos reunidos en la casa de un amigo haciendo como un brainstorming, pensando títulos y pasó un vendedor ambulante que ofrecía miel de abejas y entonces decía las propiedades curativas, que la miel servía para “combatir el catarro y el estornudo”. No sé si será verdad. Sonoramente nos gustaba, pero era un concepto que nos caía desde arriba. 

Y lo entendimos así muy rápidamente, porque las revistas, justo lo que estábamos haciendo, era casi una reacción alérgica a un ambiente que te exigía una respuesta corporal inevitable, y que pasaba incluso más allá de tu voluntad. 

Es decir, uno estornuda, independientemente de que lo quieras o no, no es un acto voluntario, sino un acto necesario, imprescindible, fisiológicamente inevitable. Y eso era básicamente lo que nosotros estábamos haciendo a la hora de fundar esta revista. La fundamos básicamente como una reacción a la alergia que nos provocaban los medios de prensa cubanos. El aparato de propaganda o la censura de dónde veníamos. Y de ahí que la revista sale justamente como esa expulsión inmediata, reactiva en un principio y sin tener muy claro hacia dónde iba. 

“Uno estornuda, independientemente de que lo quieras o no. No es un acto voluntario, sino un acto necesario, imprescindible, fisiológicamente inevitable”.

¿Y de verdad fue un pregón? ¿El tipo estaba vendiendo miel por la calle?

Sí, fuera de la puerta donde estábamos y dice “la miel cura el estornudo”. Todos nos quedamos así… Primero porque nos sonó bien al oído, y luego porque entendimos rápidamente que había un concepto detrás. Y fue justamente cuando estábamos deliberando los posibles títulos de la revista. Fue así. 

Bueno, si hay un Dios… estaba ahí tocando.

Sí, si alguien tiene algún tipo de religiosidad, va a pensar que nos lo mandó.




Fundadores de El Estornudo.





Nota:
[1] El autor agradece a Lia Villares por transcribir esta entrevista, realizada en Nueva York en 2023.