Roberto Manzano: “Todo vibra en lo secreto como un himno”

La poesía ha sido mi fortuna,
la delicia y apoteosis de mi destino.
Roberto Manzano.



Todo lo que acerca al hombre es la diversidad de lo que cree que existe. El más allá que suministra el poder sobre las cosas que lo acercan a la vida. Esa libertad ingenua al expresar palabras que surten el efecto del placer de la poesía dicha o escrita en la forma de saber que existe el poeta. 

Roberto Manzano no establece límites a la hora de escribir. Se apega a lo cotidiano, marcha con él sin permitirse el miedo a expresar sus sentimientos. Es un poeta del aire y de la tierra, del agua y del tiempo que lo arrastra hacia los mejores lugares. 

Su obra está acompañada de diferentes premios y reconocimientos nacionales e internacionales que lo destacan como el poeta de la tierra más importante en varias generaciones. Subsisten en él la permanencia y la bondad de quien explora pasadizos y laberintos que surcan el equilibrio interno de la poesía. Es todo un descubrimiento que nos expone e innova la realidad existente de su lengua. 

La palabra de Roberto Manzano es como un manjar de la naturaleza que nos regala sus hilos amables, entrelazados en imágenes mágicas e infinitas.

¿Qué influencias le facilitaron el rumbo hacia una poesía que sobresale por la presencia de lo natural y lo espiritual?

Para la poesía todo es naturaleza y espíritu. Como posee un lenguaje que se caracteriza por emplear cuerpos con sentidos, no existe fuera de la naturaleza ni del espíritu: alcanza una portentosa cosedura entre lo exterior y lo interior. Exhibe simultáneamente una física y una metafísica, y sabe pararse en el trasluz de la puerta donde se episodian los trasvases como en una abertura transfigurativa. La auténtica poesía se encuentra empapada de una corporalidad altamente espiritual y de un espíritu que se manifiesta como intensamente corpóreo. 

Lo que sucede es que en ciertos períodos de la sensibilidad o dentro de específicos sectores psicosociales o bajo los rígidos estatutos de determinadas estéticas, la relación entre naturaleza y espíritu se desplaza más hacia uno de los extremos que hacia el otro, y en esa asimetría representativa comienza el arte a caminar de un modo desbalanceado, ansioso por pendular cada vez más drásticamente para tornarse visible con rapidez. Y al convertirse en el modo consensuado de andar, una poesía que ame profundamente los ejes se torna invisible, pues su disposición de báscula no se solapa bien con ese furioso campo de péndulos.

Desde muy joven amé los vínculos expansivos y en el fondo de mi conciencia palpita una propensión irrenunciable de sinergia. Siempre he procurado ser aunador, aunque no lo haya logrado nunca. Me satisface que me llamen poeta, pero mucho más que me llamen juntador. Lo natural y lo espiritual en mi poesía no son dos costados, sino una sola vértebra. 

Me fascina que la materia tenga ánima y que el ánima adquiera figura en el viento. He sentido desde niño que esa extraordinaria fuerza póntica se llama poesía, y que hay que tratar de representarla verbalmente en el poema. Si se puede, bien; pero si no se puede, al menos luchar por alcanzar los límites de mayor decoro. En mi caso resulta ser un extraño sentido ético, que no tiene sólo que ver con las conductas, sino también con las representaciones que se ambicionan plasmar. Es una secreta responsabilidad con las formas, que constituye en el fondo una especie de lealtad íntima con la experiencia de los ojos y el corazón. Desde que me conozco vocacionalmente, tengo esas entrañadas perspectivas.

En orden de influencias imagino que deben haber actuado todas las lecturas tempranas que realicé bajo una fiebre de gusto y asombro, de tan tupidas incidencias que no me atrevo a mencionar nombres. Pero no quiero dejar de destacar la formación humana que recibí de mis padres, de mi estirpe guajira, del espacio y la comunidad de mi infancia, donde un vivísimo bosque de símbolos desafiaba permanentemente mi inclaudicable atención.

Muchos conocemos de su obra engavetada por años y de su persistencia en hacerla reconocer a través de los concursos y otras propuestas. ¿Qué lo ayudó a seguir insistiendo?

Realmente he tenido un itinerario lleno de vicisitudes. Mis relaciones con el medio literario y artístico han sido desde siempre muy complejas. Cuando comencé a escribir de modo público, con el ingreso al taller de mi ciudad natal, he de reconocer que mi obra generó un inusitado interés a nivel regional y nacional. En ese momento me movía entre dos inclinaciones estilísticas. Venía de una etapa neovanguardista y paralelamente incursionaba en lo que después se llamaría “poesía de la tierra”.

De las dos exploraciones hay todavía textos en los boletines mimeografiados que se imprimían entonces, de los cuales he visto algunos en la biblioteca avileña. Mis compañeros de taller me estimularon mucho, pues en aquella época, al menos entre nosotros, abundaba la solidaridad. Los más significativos de ellos lograron publicar sus primeros libros, mientras yo tuve que esperar veintitrés años para que mi cuaderno inicial alcanzara la luz pública. Lo organicé a los veintitrés y lo vi impreso a los cuarenta y seis. Luego lo reformé junto al segundo en orden de escritura, y publiqué sus versiones definitivas en un volumen único a los cincuenta y seis, en el mismo escenario donde se habían pergeñado.

Basta retener la cifra que he mencionado, pues todos los detalles y motivos de ese largo paréntesis son imposibles de desgranar en la presente respuesta. En esos veintitrés años gasté seguramente toneladas de papel enviando a concursos, pues no me quedaba otra válvula de escape. Escribí desaforadamente: busqué angustiosamente en los libros las probables claves para entender el hecho poético en general y mi situación específica como poeta inédito y soslayado. 

Confieso que a veces me extraviaba en ese espantoso silencio, y de pronto consideraba que no era posible que se equivocasen tantos durante tiempo tan extendido. Pero no podía dejar de escribir ni de sustentar una extraña fe que me empujaba hacia adelante. Poseía una mística en mi escritura. La asumí como un ministerio. Lo traía inculcado en el inconsciente, pues mis mayores siempre me repitieron que yo tenía el deber de escribir. 

Además, nunca me dejaron de visitar contemporáneos comidos por la misma fiebre y la misma ausencia de éxito, y jóvenes locales y desconocidos que me incluían en sus sueños y algunos de los cuales son hoy autores de prestigio. Era un reconocimiento desinteresado y clandestino, que me ayudó mucho a sobrevivir. Distantes estaban las capillas y los legitimados, pero yo acumulaba mis libros bajo el infrecuente aliento de lo quimérico.

Los que nunca me dijeron que sí, siguen hoy sin decirme que sí, pues he aprendido que las confrontaciones estéticas son más irreconciliables que las de cualquier otro tipo. Es por ello que el que viene a mí con respeto y limpieza me encuentra dispuesto a compartirlo todo, con generosidad y entusiasmo. Me proporciona una alegría tremenda reconocer el talento de los demás.

Como poeta, usted logra que renazcan símbolos importantes en la vida de la gente que lo lee. Estudia la poesía, su filosofía, la descubre de diferentes maneras ante grupos de amigos, estudiantes y gente sencilla. ¿Qué le permite esa sobrevivencia poética a pesar de la vida difícil que ha llevado?

El ejercicio de la poesía es un soberbio antídoto. Su cultivo es en sí mismo el mejor premio. Es una terapéutica amena, un entusiasmo sosegado, una fe inderribable. Si vienen libros y galardones, sean bienvenidos sobre la íntima marcha andada: pero el instante de dialogada aunación con su flameado cristal es de una rica y divina transparencia. 

Luego los buenos amigos que el ejercicio de la poesía aporta entre las personas que padecen como uno del mismo sortilegio, los gozos que produce consumir las grandes páginas inspiradas por el más fino sentir con figuras que se conoce en el reino de la expresión, la alegría de vencer las dificultades del idioma y la representación del mundo interior, la digna manera de operar con la angustia, su singular procedimiento de atar en una identidad el inconsciente colectivo, su resonante colorido de promesas aun en la más apretada noche, ¿cómo podrían nutrirnos tan dinámica y profundamente si el verso no fuera el compañero permanente del alma? 

La poesía proporciona un sentido a cualquier existencia, por muy dificultosa que haya sido: cuando se presencia todo vibra en lo secreto como un himno: se siente que el corazón, por muy desolado que haya estado, reposa al fin dentro de unas manos cálidas y piadosas, y el alma contempla la catástrofe con los ojos de Noé, segura de que la paloma sobrevolará la elevada frescura del monte. La poesía abrillanta los ojos de Noé y energiza las alas de la paloma que paraliza el diluvio. 

La poesía ha sido mi fortuna, la delicia y apoteosis de mi destino. Tal vez hablando de ella con los otros hayan sentido esa fuerza que pone en mi interior, que es sinérgica por naturaleza, pues sólo sabe proyectar hacia el mundo los más inefables anillos de altura e inclusión.

Desde el momento de su incorporación personal hasta la generación actual, la poesía cubana ha sufrido una dinámica evolución. ¿Nos podría describir a grandes rasgos ese proceso?

Es una pregunta de mucha complejidad que exige una dilatada respuesta, imposible de ofrecer en los márgenes presentes. He visto, además, que los protagonistas de la vida literaria se engañan con frecuencia, y a veces no comprenden cabalmente a qué promoción pertenecen. O despliegan nóminas de autores en sus balances de décadas en las que uno observa escisiones voluntaristas, mezclas arbitrarias. 

En ocasiones juzgan por los iniciales premios conseguidos, o por la secuencia de publicación de los libros, o por el deseo personal de integrarse a un grupo anterior o posterior. Por ejemplo, he visto a Novás mencionado como un poeta de los ochenta. Todo poeta tiene un estado primario, que caracteriza sus matrices de incorporación estilística al proceso literario. El estado primario de Novás es los setenta, aunque ya pergeñaba sus versos con vigorosos matices individuales desde finales de los sesenta, pues fue precoz en la configuración de su estilo. En los ochenta acendró vivamente lo conseguido y logró publicar sus primeros libros, con lo que resultó entonces mucho más visible. 

Mi incorporación al proceso literario es a partir de 1970, aunque publicara el grueso de mis cuadernos en la década del noventa. Del setenta hasta hoy he visto mucha agua lírica correr, y para describir con un mínimo de decoro esa correntada se necesitaría un volumen escrito sin prisas. De todos modos, me aventuro, aunque ya sabes, entro en zona de ineluctable esquematismo.

La historiografía literaria cubana ha marcado siempre sus momentos de saltos, lo que llamo nodos críticos, fases en que entran en combate por el poder simbólico las tendencias que integran el campo. A veces parece, por los énfasis de esa diégesis, enhebrada a posteriori por los ideólogos de la vencedora, que todo lo que sucedió antes del nodo era pura retórica. Entre los más significativos nodos críticos de la poesía cubana en el siglo xx se encuentran los de finales de los veinte, principios de los cuarenta y principios de los sesenta. 

Del nodo de los sesenta, al que comparecieron por razones de violento cambio histórico casi todas las tendencias que habían sobrevivido en la primera mitad del siglo, salió victoriosa la tendencia coloquialista. Hacia la mitad del segundo lustro de los sesenta ya era visible su configuración triunfante, y entró en los setenta con una transparente hegemonía. Fue tendencia de varias generaciones, no estrictamente de sus precursores de los cuarenta, de sus configuradores de los cincuenta y los sesenta, de sus superadores de los setenta y los ochenta. 

Sigamos la línea de las heterodoxias frente al coloquialismo, porque la brevedad no nos permite abarcar el espectro de la tendencia dominante. Ahorrémonos los nombres, y sólo describamos la dinámica estilística. Con la misma inauguración de los setenta hay jóvenes cultivando una poesía que procura una elaboración altamente subjetiva y de mayor grado de metaforización, aunque aprovechen las ganancias coloquiales auténticas. 

Dentro del mismo coloquialismo hay trabajo joven actualizando la tendencia hacia el posvanguardismo latinoamericano o hacia la intimidad del sujeto en las nuevas circunstancias. Pero el grueso de esa renovación raramente alcanza la luz pública si no se mixtura con el coloquialismo imperante.

Con la dinámica de los ochenta es que se delinean mejor las exploraciones en muchos libros de poesía publicados, pues la década contempló un cambio de signo en las estimativas del mundo y el espectro fue más abundante y fresco en búsquedas. Con los ochenta y los noventa los precursores de los setenta incorporan o afilan sus apariciones impresas, y la poesía cubana del exilio exhibe verdaderas contribuciones jerárquicas, además de todo lo que los poetas característicos de la década movilizaron en el campo socioartístico. 

Los noventa, empujados por giros históricos de carácter copernicano, ya ofrecen experiencias artísticas frontales al coloquialismo e incluso ante la revitalización de tendencias que habían sido sepultadas. La vuelta a la filosofía estética del origenismo, la presencia de una sensibilidad posmoderna evidente, la práctica creciente del espíritu virgiliano, la revitalización temática y formal de las formas pautadas, colorean el campo con una notable diversidad y un grado de convivencia mayor.

Los autores educados en las luchas de tendencias y el reclamo histórico de una poesía ancilar no comprenden totalmente el nuevo espíritu. No me refiero directamente a los dos mil porque ya en su marcha, dada la inmediatez y complejidad del campo, ostenta vectores estilísticos que exigen la prudencia analítica de la distancia. 

Solo añadir que parece, según ciertos síntomas, que algunos sondeos estéticos se encuentran penetrando cada vez más hacia zonas de implosión lírica, a veces obnubilados por el deseo de marcar la diferencia a toda costa en la figuración necesaria de nuestras agudas angustias y satisfacer a la vez las demandas para el éxito globalizadas por el poder simbólico. Pero visto el campo poético cubano en su conjunto se aprecia que nuestra poesía marcha a firmes zancadas hacia la representación viva y veraz de la entraña convulsa de la época.

La inconformidad, la duda, el reto de darse a conocer, lo genérico dentro de la literatura, provocan que pequeños grupos busquen una forma de enfrentamientos y debates en cuanto a la realidad que les circunda, algo que ha existido durante años, por generaciones. ¿A qué se debe tanta energía desigual?

Son escasísimos los estudios sobre la vida literaria, como subsistema del proceso literario. En efecto, hay en ella mucha fuerza conflictuada. Y los que participan en ella sin comprenderla, sumergidos en la baja reflexividad del plano empírico, la confunden con la literatura propiamente dicha, que es el otro y definitivo rostro del proceso literario. 

Hay jerarquías del proceso literario que sólo lo son en la vida literaria, no en la literatura propiamente dicha. Hay arribistas de la literatura —abierta o sutilmente— que aprovechan todas las aspas de la vida literaria para moverse con el viento del éxito. Incluso en las historiografías, que es juicio de memoria cultural que se desea legar a las nuevas generaciones, a veces manipulan esa ambigüedad de filiaciones y encomian algunos gatos como liebres.

Si en la literatura propiamente dicha se observa la presencia vivísima de todos los contextos en los que se encuentra inmersa la conciencia que produce la obra, para qué enfatizar la abundancia de fuerzas literarias y extraliterarias que dinamizan el campo donde se socializa la producción. Hay regularidades de ese campo que no han sido enunciadas todavía. 

Así como para avanzar profundamente en el conocimiento de las regularidades del trabajo artístico se necesita un ojo que se mire su mirar, pues resulta muy difícil alcanzar esas verdades con una mirada que no tenga la experiencia íntima de la creación que examina, de igual modo se necesita un analizador muy adiestrado para extraer la mecánica que reina en el sustrato de la vida literaria. Hay en ella una sociología muy singular, pues son muchas las voluntades individuales y las estructuras colectivas de poder que concurren para la negociación del imaginario y el canon que ha de visualizarse en el campo. 

En una vida literaria bien estructurada, que tenga aceitados todos sus componentes empíricos y de examen altamente especializado, la literatura propiamente dicha frutece con un poco más de margen. Pero si la vida literaria no se encuentra bien estructurada (que es lo más frecuente en cualquier parte) es inevitable que en su escenario de trabajo despunten con estridencia, para una vocación que ame especialmente la justicia, las energías más controvertidas.

Hemos oído en más de una ocasión que la poesía no se vende. De aceptar tal afirmación, ¿cree que esto se debe al diseño de los libros, a la promoción o a la calidad misma de la poesía?

Todos los componentes de la vida literaria poseen sus cuotas de responsabilidad, pues actuando sinérgicamente es que dan razón de ser a este importante subsistema del arte. Cargar la responsabilidad sobre uno solo es desenfocar el problema, que es de carácter complejo y ha adquirido ya mucho de fractal. Va desde la familia y el maestro hasta el ejecutivo más alto del universo del libro y de toda la institucionalidad. Va desde la ausencia ahora mismo de un folclor verdaderamente genitor hasta la galopante globalización del espectáculo, con su envidiable colonización del mundo interior. 

Flotar en el diseño o en la promoción es como quedarnos sobre lo más saliente, sin hincar la auténtica médula. Sugerir que los poetas deben acomodar su lenguaje a la rentabilidad sería incorporar obstáculos monstruosos, de nefastas consecuencias para la sensibilidad y el espíritu. Si no existe un buen diagnóstico no se vertebrará un buen programa: como tampoco se vertebrará si no se goza de una visión alta y delineada de las metas. 

Como siempre, quisiéramos agarrar una sola hebra en la mano: según nuestras expectativas de solución única, que casi nos resultan connaturales, cuando el ovillo se nos atorbellina de hebras incidentes extraemos brutalmente una y gritamos con un índice enérgico: Hela aquí. 

Pero a veces pienso que no se busca realmente una solución, sino que sólo se desea un supuesto buen pretexto para dejar hacer al economicismo, que ya entra con gran impulso en espacios que no le pertenecerán jamás. La poesía puede que se vaya sincopando entonces en sus espacios tradicionales e irá emergiendo por otras vías de resiliencia y fundación. No dejará nunca de haberla, aunque no se venda.

Si algún día en Cuba deciden legalizar que un escritor o un amante de los libros y la literatura pueda tener una editorial particular, ¿tendría una? ¿Qué aconsejaría a los que puedan hacer real esa posibilidad?

No creo que eso ocurra, por lo menos según las coordenadas visibles ahora mismo. Y si ocurre, no creo que yo tenga oportunidad de tener una editorial. Apenas sobrevivo, así que de dónde sacaría capital para fundarla, de dónde para enfrentar una política impositiva que es en sentido general demasiado fuerte, de dónde para sostenerla durante el período de acumulación, en qué espacio material cumplir ese sueño si apenas tengo para mis libros viejos. 

Sin embargo, me gustaría tener una, la verdad. Amo la profesión de editor, como amo muchas otras profesiones que se me han frustrado a lo largo de mi destino. También me gustaría poder pintar, vocación tan cara y tan difícil. Sueño mucho con una escuela de poesía, donde dedicarme a la formación de poetas de cualquier parte del mundo. Pero son utopías personales, que ya a mi edad y mi conocimiento de la realidad sé que resultan absolutamente imposibles.

Si alguien puede cumplir esa posibilidad, en toda regla, no como una editorial alternativa, de carácter artesanal esporádica, qué falta haría que la pusiera al servicio de la poesía verdadera, qué falta haría que fuera además de buen negociante mejor ser humano, qué falta haría que fuera un lector de los imprescindibles, un artista legítimo que amara la nación cubana y la condición humana, qué falta haría que tuviese conciencia del peligro en que se encuentra nuestra especie y toda la vida en el planeta en que hemos sido y seguimos siendo tan irresponsables y llenos de exclusión y odio.

Aparejado a la escritura se destaca también como editor, conferencista y profesor en universidades de Cuba y otros países. Precisamente, cuando mayor es el mérito de un hombre, más precioso es su tiempo. ¿Cómo puede abarcarlo todo y seguir siendo tan especial en lo que se propone?

Qué más quisiera que poder abarcarlo todo, pero salgo muy mal parado en esa ambición. Si se aliviara, aunque fuese un poco nada más, la terrible vida cotidiana que llevamos los cubanos de a pie, tal vez, dada la experiencia alcanzada, fuese más productivo y tuviese menos angustia creadora. Añade que, efectivamente, en la medida en que se me conoce más como poeta, mayor número de cuadernos de poesía llegan a mis manos solicitando ayuda, de adentro y fuera del país. 

Cumplo hasta donde puedo con ese ministerio que me acompaña desde joven, pero cada vez adquiere un volumen más agresivo. Suma que los proyectos crecen, y algunas obligaciones ya abarcan lapsos considerables, que exigen una base material mínima para la concentración sostenida. No dejes de incluir lo que le ofrece sentido a mi destino vocacional, escribir poesía, que siempre es el área que termina maltratada por todas las presiones anteriores.

Duro es ver cómo lo urgente se come lo importante. Pero no se sabe cómo uno mueve el émbolo para seguir la marcha, en una extraña combustión de sobrevivencia. Sobre esa alucinante vida diaria en que ejercemos nuestra única oportunidad vital, el espíritu que logramos acendrar a pura resiliencia entrega al fin los trabajos concluidos sobre la mesa de todos, con la misma alegría con que el deforme Hefestos colocó el escudo de Aquiles delante de la hermosa Tetis.

¿Qué consejo daría a los jóvenes poetas de hoy?

¿Qué consejo podría darles? No creo que esté en condiciones sabias de regreso como para avisar a los que ahora mismo parten. Instintivamente lo que hago, sin preguntarles nada, leyéndolos simplemente, es aconsejarme con ellos. 

A veces los veo entrar en caminos por los que yo jamás me aventuraría, pues tengo vislumbrado, más por viejo que por otra cosa, hacia qué muros conducen de proseguir el nivel de aceleración expresiva que exige cualquier iconoclastia artística. 

Sé que en la dinámica del árbol de la poesía hay ramas que acaban en la extinción, por su diferenciación excesiva, que las invalida para un proteico metabolismo, de mayor adaptabilidad al flujo inagotable de lo real. Bajo ese movimiento suscitan indudablemente la atención, pero es una reyecía fosfórica, de bengala y escándalo. 

Creo honradamente que si es una meta está bien, porque no todos los artífices tienen que estar regidos por un ánimo de permanencia. Y lo acepto sin alarmas, incluso puedo disfrutar por un tiempo el ingenio plasmado, pero el largo consumo crítico de los estallidos supuestamente de vanguardia que he cumplido como poeta ansioso de encontrar la filosofía de las formas me pone de inmediato en estado de alerta. El distingo esencial para mí es determinar qué tipo de rebeldía está presente.

Hay mucha rebeldía llena de obediencias por todos los costados. A veces el rebelde no advierte cómo está siendo domesticado. Son rebeldías glamorosas, cuyas heterodoxias ya se encuentran altamente carnavalizadas. Pero veo también rebeldías de calidad, de firme soberanía, que trabajan para que el arte tenga la posibilidad de alcanzar expresivamente el inagotable flujo de lo real e incluso recupere su capacidad profética, tan dañada por ciertas hegemonías artísticas. 

Cuando veo gérmenes de esta estirpe, como es natural en unos más que en otros, siento que allí amanece algún porvenir, y si está en mis manos ayudar al solitario que bajo esa indefensión tremenda y esa audacia sin asideros sube con su paso más en el reino de la sombra, como indica la frase martiana, no dejo de brindar el aliento que me sea posible. Siempre son consejos particulares, porque es muy difícil en poesía darlos de validez universal. La poesía es la más alta personalización del mundo que conozco, y es por ello que su diálogo esencial es siempre a través de las personas.

La palabra Isla es una de las más frecuentes en la poesía cubana, sobre todo en la más reciente. ¿Cuál es su visión de este aspecto?

La ancilaridad de la poesía cubana es muy fuerte. No estoy para nada contra ese rasgo de su identidad, pero confieso que con frecuencia me parece más una demasía que una virtud, hija a todas luces de algún déficit no suficientemente interpretado. Aunque indudablemente el acervo total contiene mucha poesía de diversos órdenes, no deja de flotar sobre el conjunto creador en marcha una inflexible y absorbente demanda de ancilaridad. Y a veces la rebeldía contra esa invisible y continua petición ambiental es absolutamente pendular.

Creo que el tratamiento de la imagen isla en nuestro devenir poético, sobre todo en el siglo xx, es una nervadura eléctrica donde se cruzan muchas de esas descargas. Dada la naturaleza del territorio que habitamos, lo insular siempre ha tenido presencia en nuestra innegable vocación especular. 

Esta condición, según puede verse en ese imaginario, implica una compleja relación adentro/afuera que se resuelve de múltiples maneras en épocas y autores. Funciona como una matriz psicológica profunda, sobre todo en los que tienen imaginación especular directa o transfigurativa adscrita de alguna manera a la actitud ancilar. 

Por supuesto, no toda la obra de un período o de un poeta exhibe siempre esta avasalladora marca estilística, pero nunca dejan de haber vectores actuando de esa índole, porque parece ser que la polaridad indicada es un rasgo psicosocial de carácter general entre nosotros. 

En ocasiones, el campo imaginativo se fractura, y uno de los extremos de la polaridad rige la escena. Sobre todo, cuando ha aparecido ya un desbalanceo, que según nuestro modo más común de reaccionar implica otro desbalanceo en sentido contrario. En otras, la relación se comporta como un infierno, sobre todo en su primer extremo, que es habitualmente la plaza de enunciación, mucho más cuando recibe un tratamiento imaginal de paraíso por alguna fuerza contraria.

Algunas fuerzas preanuncian hoy, aunque muy levemente en la poesía aún, un supuesto olvido total del extremo inicial y una construcción subjetiva del otro a partir de nociones culturales y vectores personales. Y ya es un hecho artístico consumado, que está ofreciendo sus primeros clásicos, la visión relacional que ofrecen algunos universos expresivos que tienen como plaza de enunciación el segundo extremo. Ocurre también, más allá de la locación desde donde se enuncia, que se ausente uno de los componentes de un modo peculiar que exija el completamiento crítico de la polaridad como labor de un receptor cómplice.

La imagen isla adquiere, a través de estas disímiles conductas de imaginación, una presencia dinámica y permanente, y funciona como catálisis de diferentes procesos psicosociales. 

Así hay una isla de azúcar y sudor, expoliada e invadida, muy amarga por dentro, que identifica bien a su enemigo histórico y sus hermanos de lucha; una isla que siente el imposible histórico y acude a la resurrección en la imagen, transfigurando los modos de conocer para aprehender las esencias; una isla que no quiere alzarse por vía cognoscitiva y trascendente, sino entenderse con lo plutónico real de las aciagas circunstancias; una isla que parece palpitar ya absolutamente encantada en la posibilidad histórica; una isla que se despliega como un desprendimiento, una nostalgia o una anagnórisis; una isla que revierte el encantamiento desde los paisajes del fracaso, pero aún espera la posibilidad; una isla que aspira a encontrar alguna certidumbre común de sus individuos en el porvenir. 

Hablamos siempre de las coordenadas generales de la imaginación poética sobre la imagen isla. Porque por encima de todas esas manifestaciones de períodos o autores, de los insularismos y contrainsularismos vertebrados idealmente, también los poetas de todas las edades y filiaciones, vivos y muertos, de adentro y de afuera, se ocupan de alguna manera de la imagen isla como símbolo metonímico de nación. 

Esta búsqueda de trabajo sensible desearía delinear un proyecto con una participación más conciliada, un mayor crecimiento material y espiritual, erigido sobre el zócalo porvenirista de los fundadores, que desde un equilibrio electivo soñaron siempre un espacio abierto, soberano y fructuoso.






* Entrevista publicada con el título de “Roberto Manzano: un poeta del aire y de la tierra, del agua y del tiempo” en la antología El minotauro y la mariposa, Ediciones Isla de Libros, p.155, 2021.






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