Este, para que no digan que uno nada más que escribe sobre Cuba, ni que le falta perspectiva global…
Miremos las noticias; la izquierda del planeta anda de capa caída.
No basta con el fin electoral de Petro en Colombia y el inesperado colapso, el 3 de enero, de la burbuja maduro-chavista de guapería y resistencia a toda costa contra el imperialismo trumpista. En España, la doble crisis de la vivienda y los inmigrantes hace tambalearse a Pedro Sánchez y convocar a elecciones fuera de programa para noviembre. El panorama pinta francamente mal para los seguidores de Marx y Lenin de todo el mundo.
No obstante, los zurdos convencidos de toda la vida, los que usan las camisetas del Che Guevara sin saber que el argentino fue el Carnicero y Sumo Fusilador de La Cabaña tras el triunfo revolucionario cubano de 1959, y hacen ondear banderas palestinas negando el terrorismo antisemita de Hamás, siguen aferrándose a la teórica pureza de sus modelos.
No hay peor ciego que el que no quiere ver. Y si, incluso dirigidas por sendos Partidos Comunistas, ¡que llegan a fusilar a los corruptos!, China y Viet Nam ya no son paradigmas tradicionales de socialismo, con sus millonarios y sus corporaciones, si el feudo norcoreano de los Kim resulta cada vez más impresentable, con su obesidad dinástica y sus fanfarronerías atómicas, y a los misóginos ayatolas persas nadie se atrevería a presentarlos como paladines de la Revolución, siempre queda Cuba… ¿no?
La Isla de la Libertad. El Primer Territorio Libre de América. El país donde se intentó construir la utopía y tomar el cielo por asalto. Un paraíso caribeño de justicia social e igualdad para todos. ¿Sí? ¿En serio?
Reto, de todo corazón, a esos que tan tercamente insisten en que los cubanos no entendemos lo que significa nuestro ejemplo para la Revolución mundial, pero que igual tenemos que sentirnos agradecidos y privilegiados por vivir en el señorío de los Castro, a pasarse solo medio año en la mayor de las Antillas.
Y, claro, no como turistas y en hoteles, sino sin tarjeta de crédito, reservas de euros o dólares en el banco. Y sin la posibilidad salvavidas de acudir llorando miserias a su embajada para que los saquen del infierno en el que ya no aguantan más. Con sueldos cubanos. Sin pasaporte Schengen. Sufriendo apagones y falta de agua a diario. Sudando al borde del derrame cerebral para tratar de mantenerse al paso de la desatada inflación, responsable de que en los dos últimos años el gobierno haya tenido que poner en circulación cuatro nuevos billetes de banco, cada vez con más elevado valor facial: de 2.000, de 5.000 y, recientemente, de 10.000 y 20.000 pesos.
Al menos han introducido rostros femeninos en nuestra numismática: Celia Sánchez, Mariana Grajales, Vilma Espín… Aunque, ya se sabe: mientras más importante es la figura, menor es la denominación del billete en el que aparece. Así los más populares también circulan más. No por gusto Martí está en las monedas y billetes de a peso, que ya apenas se ven. Ni valen nada.
Igual, emitir billetes de tan alta denominación es un tanto paradójico y vergonzoso, cuando el salario medio de los cubanos apenas oscila entre los 4.000 y los 6.000 pesos mensuales.
Sí, quiero ver a esos que se desgañitan pidiendo socialismo disfrutando de esas mismas diferencias de clase que teóricamente el sistema que idolatran había eliminado, pero que hoy son más visibles que nunca en Cuba. Hoy los representantes de la casta privilegiada de los parientes de la nomenklatura partidista, cónyuges de extranjeros y dueños de mypimes, miran altivos, a través de las ventanas tintadas de sus autos de lujo, a tanto anciano que hurga en la basura, sin más perspectivas para vivir tras entregar sus mejores años a la idea revolucionaria.
Apenas nacen niños y los jóvenes se van. Nos volvemos cada vez más un país de viejos. Y de los viejos nadie se ocupa.
Cuánto me gustaría ver defender a mis pobres y atribulados izquierdosos, todavía, la gestión de un gobierno cuya habilidad principal, ¡si no la única!, es hacerse la víctima y llorar implorando donaciones humanitarias, que luego desaparecen misteriosamente sin llegar nunca a la población, mientras se culpa a los Estados Unidos de todos sus desatinos económicos. Mientras tanto, fracasan pública y estrepitosamente en rubros tan elementales como el transporte, la salud, la educación y la recogida de basura. Cada día se delega más el asunto clave de alimentar a los ciudadanos en las manos del sector privado, esos mismos “cuentapropistas” que durante más de medio siglo la narrativa oficial satanizó como “rezago del capitalismo”, “aspirantes a burgueses” y “reos de enriquecimiento ilícito”.
¿Hay un bloqueo? Cierto. Entre otras razones, porque Cuba se ha mostrado muy mala pagadora. Hoy, nadie le vende nada al Estado cubano, si no es al contado: hacer negocios con la camarilla de los Castro es ruinoso. Que lo digan si no las varias empresas hoteleras foráneas que han tenido que retirarse este año de la Isla: Meliá, Iberostar y Aston, tras años de soportar toda clase de desaguisados, como trabajadores impuestos por el Partido Comunista y el robo descarado de los insumos bajo el eufemismo de “faltantes”.
Las instancias gubernamentales no solo son malas administrando, sino también pésimas pagadoras y, peor aún, cuando deben mucho, hacen trampa. O sea, incautan o expropian. Varios inversores de otras latitudes lo han aprendido en carne propia, yendo a dar con sus huesos a las cárceles cubanas por fiarse de promesas verbales sin contrato escrito que las respalde.
Por lo demás, al menos los cuentapropistas y mypimeros particulares tienen lo que a su Estado tan desesperadamente parece faltarle: efectivo. Y no hay que engañarse: el cierre, hace pocos días, de la posibilidad de operar cuentas bancarias en Estados Unidos afecta, sobre todo, a las mypimes que funcionan como fachada para la gestión oficial.
Los yanquis no están dispuestos a dejarse pasar gato por liebre. Lógico: ¿qué cubano sin conexiones en las altas esferas del gobierno puede tener una cuenta en un banco internacional?
Lo más grave es que, ¡pobres ingenuos!, en Washington no se dan cuenta de que cada vez que creen apretarle las tuercas al gobierno, el que sufre es el pueblo, en extraña transmisión de efectos tipo máquina de Ruby Goldberg: mientras quede una gota de combustible, siempre se priorizará al Comité Central y los altos mandos militares, aunque el resto de la Isla se paralice y toda la población vea sus comestibles tan duramente conseguidos podrirse dentro de los refrigeradores sin electricidad.
¿O acaso esperan en serio que, llevada al límite y más allá, la población de la Isla se levante y arrase con sus tiranos?
Lo malo es que ellos, los dirigentes parásitos, sí resistirán esta asfixia, aunque todos sus súbditos mueran de hambre. Encima, si lo dices en voz alta, ¡eres traidor!
Claro, cuando uno le trata de explicar la situación a algún amigo izquierdoso y bienintencionado (porque debe serlo ¡y bastante! para, a diferencia de tantos, aceptar que no puede entenderlo todo mejor que nosotros, los que vivimos aquí) se expone al riesgo de que acabe haciéndonos la pregunta de los 64.000 dólares: ¿Y si es tan malo, por qué lo aguantan?, ¿por qué no votan por otro gobierno?, ¿por qué no salen a las calles a protestar, hasta que caiga el actual?, ¿por qué no arman una huelga general y ya?
Entonces toca revelarles la circunstancia clave: al no existir separación de poderes y estar concentrado en las manos del mismo grupo oligárquico el ejecutivo, legislativo y judicial, no hay escape legal posible, ni posibilidad válida de organización contra la estática Revolución y los que en su santo nombre nos oprimen.
Si te les opones, violas la Constitución que hicieron votar al pueblo, la que dice bien claro que todo partido político que no sea el comunista es ilegal y que todo lo que no sea socialismo, también. O sea que Cuba tiene que ser socialista o no ser.
La verdad monda y lironda es que el que hace la ley hace la trampa. Sobre todo, cuando ni siquiera se siente obligado a ceñirse al pie de la letra a sus propias disposiciones, porque, ¿a quién le va a rendir cuentas? Qué cómodo es ser fiscal, jurado, juez y verdugo, ¿no?
Los recientes casos de Kamil y Ernesto, los artífices de El 4tico, a los que, al cabo de meses detenidos sin juicio, la fiscalía pide penas de 8 y 10 años de cárcel por el delito de… ¡hacer comentarios antigubernamentales en redes!, el caso del humorista del Despingovery Channel, que lleva ya meses preso solo por burlarse del desastre en que vivimos; y el caso de Anna Bensi y su madre, condenadas a dos años de libertad restringida (¿qué quiere decir eso, por cierto, ¿que no pueden alejarse más de 10 cuadras de su domicilio o algo así, que no pueden recibir visitas no aprobadas por el gobierno? ¡Si el mismísimo Mike Hammer estuvo en su casa hace muy poco!) por el terrible delito de tomar una foto al agente de civil que fue a llevarles una citación y publicarla en redes, acaso violando la intimidad del delicado y susceptible esbirro, demuestran que la ¿justicia? cubana claramente funciona con un doble rasero.
A la PNR y sus amos les preocupa, mucho más que los delitos comunes, cualquier conato de disidencia.
Si tanta importancia tiene la intimidad, ¿por qué nadie ha llevado a juicio a Michel Torres, el demagógico y odiado presentador del programa televisivo Con Filo, por presentar en su espacio a todo el que considera disidente o mercenario de la edición extranjera? ¿Es que acaso solo el gobierno puede presentar querella y nunca los ciudadanos?
Y el agente cuya intimidad fue vulnerada por la joven influencer cristiana, ¿estaba o no en misión oficial? Porque, en cualquier país, el servidor del gobierno que se encuentre desempeñando sus funciones no puede esperar anonimato alguno e incluso está obligado a identificarse.
El asunto es peliagudo. Mientras que, cada pocos días, Marcos Rubio o Donald Trump le recuerdan a la prensa mundial que no van a permitir que Cuba siga siendo base de potencias extranjeras (supongo que de Rusia o China) mientras siguen negociando, el Estado cubano continúa insistiendo en que no tiene en sus cárceles a ningún preso político.
Todo el mundo en la Isla entiende cómo funciona el juego. Como el gobierno no te garantiza cómo vivir (¡nadie sale adelante con un salario, ni siquiera con dos o hasta tres!), estás obligado a tener un empleo particular o hacer negocios ilegales: lo que te permiten, mientras no cuestiones políticamente a los dueños del país.
Cuando emprendes el espinoso camino de decir todo lo que está mal y que todo el mundo sabe, te vuelves periodista independiente, influencer contestatario, alguien que pretende articular un grupo que denuncie las arbitrariedades del gobierno cubano. Y si subes a la escalinata del Capitolio enarbolando un cartel contra la intolerancia y reclamando Patria y Vida, enseguida caen sobre ti las acusaciones.
Al inicio, te acusan de delitos comunes. Desorden público, desacato, incluso tráfico de divisas. Como en el caso de cambio ilegal de dólares que intentaron armar contra los masones, que se niegan, dignos, a dejarse mangonear por la Seguridad del Estado.
Tampoco funciona el habeas corpus en los juzgados cubanos. Lo saben bien el reportero camagüeyano independiente Henry Constantin y tantos otros a cuyos familiares se mintió y se sigue mintiendo sobre la ubicación del preso. ¡Y ni hablar de libertad condicional, aunque no sean reos de delitos de clara peligrosidad!
Si eres ciudadano de Cuba, perteneces al Estado, que dispone arbitrariamente de ti. Así, cuando estás vigilado, te pueden obligar a permanecer en tu casa si sospechan que ese día los disidentes piensan reunirse. O pueden negarme la salida en el aeropuerto o simplemente retenerme hasta que pierda el vuelo, incluso si tienes todos tus papeles en regla.
Y te toca joderte, porque, ¿a quién te vas a quejar…?
Así te presionan hasta que logran su objetivo: que te vayas. Desde afuera molestas menos y siempre pueden decir que ya no estás al tanto de la compleja situación nacional.
Dicen que el cambio se huele en el aire, que el colapso está ahí mismo, que ya viene llegando. Y ya son muchos los optimistas que hablan de transición, de construir la nueva sociedad civil y de la Cuba post-Castro basada en la Constitución de 1940 (o sea: un auténtico Estado de derecho).
Afrontemos la realidad: antes de que llegue esa utopía, habrá que acabar con el actual Estado de Izquierdo. Ese que, en nombre de una sacrosanta Revolución (que se niega terca y cínica a reconocerse como obsoleta, fundamentalmente conservadora y contrarrevolucionaria) viola tantos derechos de sus ciudadanos. Ese que apalea y encarcela al que protesta, al que dice que no vivimos en el mejor de los mundos, al que trata de que alguien más, dentro o fuera, sepa que esto es el infierno en vida.
¿Quién sabe? El cambio bien podría empezar por alguna corte, donde un magistrado con dignidad se niegue a seguirle el juego a los titiriteros del Comité Central y se atreva a declarar inocentes o sobreseer la causa creada contra alguno de esos que luchan, con los pocos recursos que tienen a su disposición, en contra de la aplastante maquinaria del totalitarismo, aún empeñada en mantener parado el reloj de la historia.
Recuerden: hasta un reloj parado da la hora correcta dos veces al día. Todo podría ser, entonces y simplemente, cuestión de esperar ese momento…

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