Cuerpo en resistencia

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La brisa que golpea el silencio nos advierte, nos hace declarar nuestro sitio, nuestro lugar de poetas marcados. Continuar ejerciendo un silbido de rebaños, de colinas sin césped para soportar la abulia nos podría salvar. Cuerpo en resistencia. Ser rebaño es la ocasión de pastar en silencio, de meditar y caminar despacio. Vemos el matadero que tritura a los más jóvenes, a los que han intentado escapar, salirse del corral a través de un camino sinuoso, del acorralamiento entre barrotes. Hombres bestias afilan sus cuchillos. La brisa golpea el silencio que nos advierte. La bestia nos empuja hacia un abismo extremo y sin límites. Nos despojan de la lana que fue nuestro abrigo en los días de invierno. Harán de nosotros, del más débil un cuerpo mudo, de nuestra lana una almohada para sus hijos. Alguno saltará al abismo para volar. Al menos será libre en el salto.



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La prisión de mi rebaño es como una jaula de pájaros. Nos dan la oportunidad de ser observados. De ser elegidos en diferentes listas. Carne joven, carne de oveja descarriada que ya no teme morir. Carne de cordero para los turistas, para los gobernantes de un país que necesita acomodar su ganado y concentrarlo. Habría que declarar desierto el premio de la mejor oveja, porque el silencio las aguarda. Ovejas líderes se irán hacia otros prados y su libertad les dará nombres. La brisa que golpea el silencio nos advierte.



Recuerdo familiar

La música completa figuras en mi cabeza.
El tiempo recorrido sube a mi infancia:
desconocido árbol que nos quema.
Líneas del ferrocarril de mi pueblo natal,
vagones antiguos con sacos de carbón.
Huyo a la desbandada con imágenes,
fotografías de mis viejos zapatos en el banco,
la bodega de Domingo con sus panes calientes.
Libreta sobre el mostrador:
cartilla con el pollo y la carne de res.
Extraño mi columpio y heredo su migraña,
las pérdidas familiares y el sillón.
Guardo la foto por temor a perderla.
El color amarillo muestra su hepatitis,
el color sepia su mano en la mía.
He ido a la antigua casa rodeada de lirios blancos 
con el Cristo colgado en la pared.
He visto desde el patio de cemento
el espacio vacío donde estuvo el almácigo.
Su estrella hoy brilla en mi garganta,
en mi migraña dolorosa.
Ando entre nubes,
aprendo lecciones de piano para calmar el hambre
con sus acordes sostenidos y bemoles. 
Todo como una misma fórmula.
Aprendo lecciones para calmar la sed,
las ganas de tener un país con globos aerostáticos de aire caliente
para viajar por un peso en moneda nacional.
Es tarde,
Tengo miedo al tiempo que nos traiciona,
miedo de no salir de la isla que es mi isla,
de mi esquina que es mi casa.
Miro a mi esposo en su cápsula transparente:
medita el país,
errores que nos hacen naufragar.
A veces pierdo todo,
me pierdo,
escupo sangre y sigo buscándome.
Me pongo la máscara,
mentol en el ombligo,
gel congelado en mi sien.
La migraña con aura me desploma los párpados.



Leyendo a Emma Lazarus

Leyendo a Emma Lazarus descubro que mis miedos no existen, que mi cuerpo tradujo la partida como un paseo sin regreso. El tiempo declina sobre mi espejismo amortajado, confinado a discursos inestables. El dolor de la palabra se esconde demasiado y no permite que mi voz salga desde la angustia. Guardo mis cartas en un árbol que crece por las noches, su madera es el recuento de mi infancia. Necesito correr hacia la puerta, seguir saltando suiza en mi pasillo, descifrar los sueños donde mi madre aparece. Preguntarle dónde estuvo el error, por qué huyen las familias sin un lugar exacto donde anidar los cuerpos. Leyendo a Emma Lazarus descubro otra parte de la libertad. Vuelvo y regreso de mi infancia como un torbellino de hojas secas. Mis hermanos han quedado en la tibia alfombra, entre el sillón y las flores de narciso. Extraño mi ciudad, mi pueblo delirante, el marco de la ventana de hierro en la cocina. Mis tejados extraño. Las primeras piedras que quitamos juntos en nuestro jardín. Mi pecho se ha quedado entre los árboles frutales y mi columpio de madera. En las esquinas de mi nuevo librero acomodo mi fe. No logro silenciar lo amargo de los himnos, pero rezo entre arcadas que aprietan mi garganta. No puedo sentir miedo mientras se apagan las luces de la ciudad.



Despertar

Un país se detiene frente al héroe con su mano en el pecho, frente al héroe que nunca hubiese escogido las batallas. Pero decidir se hace abismo, se hace ridículo. Mis amigos muertos decidirían escribir un poema entre velas, decidirían sentarse a meditar sus dudas, recoger flores blancas y amarillas como amuleto a la desobediencia. Andarían despacio pidiendo comprensión. Estuve en una calle de mi pueblo natal recordando a mi madre, buscando su enseñanza sobre símbolos patrios y esfuerzo extremo en su fábrica de telas. Yo pude escoger mi camino como los hermanos, que tal vez vean en mí a la oveja negra de la familia. Pero no soy la oveja negra, he esparcido mi lana entre los mendigos de mi ciudad, he repartido amor a mi hija que sobresale de mí. No me escondo como hacen otros. Estoy escribiendo un poema triste, un poema que debería ser las flores de mi jardín y no este hallazgo en decepción, donde hombres que fueron amigos, hoy se adhieren a un discurso de odio y necedad. Amigos que saben de la mentira y el lago azul en lontananza. Yo describiría mi sábana blanca entre los balcones como ejemplo del tiempo y las dudas, describiría una profecía sin amordazar las lenguas, sin confundir al hombre que aplaude frente a un muro. 



El cazador de sueños

27 de noviembre de 2020.


Mi hija bailaba por las calles mientras dormía la ciudad, mientras su juventud latía entre cristales mansos. Su tropel eran consignas de aviso, de algo que vendría con mano dura, con fuerza de sarcasmo comprimido. Mi hija y yo estuvimos sentadas por horas frente a un ministerio que hacía malabares en contra de los sueños. Mientras mi esposo difundía la verdad, la comprensión que se necesita frente a un muro. Aplaudíamos en señal de resistencia. Lugar espantado por la masa, por la juventud que toma en serio la palabra de un país. Mi hija, sus amigos y yo aplaudimos con fuerza desde nuestra garganta seca y áspera. Cantamos desde el estómago vacío con las manos arriba, entre cuerpos abrazados en una sola voz. Así surcamos fronteras de miedo y apagones, de dolor contenido por la inopia. Rodeados de uniformes sin cuerpo, de policías vestidos de civiles confusos. Porque la poesía los confunde, la actuación los deprime, el arte los devela, los hunde en su ignorancia. Su cabello de oro sorteaba el equilibrio y temía por mí, sus manos me apretaban temblorosas por mi diabetes que avisaba el final de los tiempos, de dolor porque el diálogo no tendría su espacio pacífico. Pero desde allí, desde la luz tenue, aguardamos unidos como árboles que echaron sus raíces para quedarse. 



Las calles de mi pueblo

A San Antonio de los Baños,
el 11 de julio de 2021.


Calles de mi pueblo natal, reliquia importante del deseo. Camino por donde se juega al amor con papalotes finos y aeroplanos, donde habitan los elfos y trovadores mustios. Yo tuve una canción tendida en mis paseos, un cine viejo donde a veces dormía en brazos de mi madre, un río interminable con su ojo despierto, donde jugó desde sus aguas limpias mi niñez, donde atrapé sus peces como se atrapa la noche. No culpes a tus hijos. Ellos tienden sus vendas sobre el agua, sobre el cristal cansado. Puente amado sobre el río y sus mangles, sobre sauces que lloran en la calle real como música que corre por sus venas. Mi pueblo sin mancha ni miedo, destino impecable del hacedor de peces. Hay un canto escondido en su ojo del agua, en el Parque de la Iglesia que cubre la tibia piedra del tiempo, de mi destino insular. No apago mi horizonte porque mi pueblo tiene su propia estrella, su pasado poético, su peña de trova y luz. Tiene a su Martí mirando nuestras manos, odiando los golpes y las vendas. Entre el virus y el hambre es mi pueblo la greba del guerrero.