
En agosto de 1917, pocos meses después de la caída de la monarquía rusa, dos hombres se encontraron en el palacio de Alejandro, en Tsárskoye Seló, a las afueras de Petrogrado. Uno había sido dueño de un imperio de casi ciento ochenta millones de habitantes. El otro había contribuido a derribarlo y ahora dirigía el gobierno provisional que intentaba construir una nueva Rusia.
El primero era Nicolás II Románov, de 49 años, emperador de todas las Rusias hasta marzo de aquel año. El segundo, Aleksandr Fiódorovich Kérenski, de 36, abogado, socialista y uno de los protagonistas de la Revolución de Febrero. Nicolás estaba prisionero en su antiguo palacio. Kérenski tenía autoridad para decidir sobre su custodia y, con la aprobación de su gobierno, sobre el lugar al que sería trasladado.
Aquella relación duró apenas unos meses. Había comenzado con el odio político del revolucionario hacia el autócrata, pero había adquirido una dimensión inesperadamente personal. El antiguo emperador parecía confiar en que su adversario garantizaría la seguridad de su esposa y sus cinco hijos. Kérenski recordó que Nicolás llegó a decirle, ante la perspectiva de un traslado cuyo destino se le ocultaba: “Confiamos en usted”.
El testimonio procede de las memorias de Kérenski, publicadas en 1927. No es una transcripción independiente de la conversación, sino el recuerdo de uno de sus protagonistas. Pero revela algo esencial: diez años después de los acontecimientos, el revolucionario seguía considerando aquella confianza un episodio decisivo de su relación con el último zar.
Ninguno de los dos conservaría mucho tiempo la posición que ocupaba entonces. En julio de 1918, Nicolás II sería fusilado junto con su familia en Ekaterimburgo. Kérenski, entretanto, perdería el poder a manos de los bolcheviques, escaparía de Rusia y viviría más de medio siglo en el exilio. Sus destinos se habían cruzado durante unos meses. Después se separarían para siempre: uno hacia la muerte, el otro hacia una supervivencia extraordinariamente larga.
Dos rusos nacidos en mundos diferentes
Nicolás Aleksándrovich Románov nació en 1868, en el seno de la dinastía que gobernaba Rusia desde 1613. Era hijo del futuro Alejandro III y nieto de Alejandro II, el emperador que había abolido la servidumbre de los campesinos en 1861 y que murió asesinado veinte años después.
Nicolás creció en una cultura política donde la monarquía no era solamente una institución hereditaria, sino una autoridad legitimada por Dios. La misión del emperador consistía en preservar la continuidad de una Rusia que se concebía inseparable de su soberano. Cuando Alejandro III murió en 1894, Nicolás heredó el trono con 26 años. Ese mismo año contrajo matrimonio con Alejandra de Hesse, nieta de la reina Victoria de Inglaterra. Tuvieron cinco hijos: Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexéi.
Las cuatro hijas nacieron entre 1895 y 1901. El heredero, Alexéi, llegó en 1904, pero padecía hemofilia, una enfermedad que comprometía gravemente la coagulación de la sangre. La preocupación por su salud contribuiría al aislamiento de la familia imperial y a la influencia que terminó ejerciendo sobre la emperatriz el religioso y curandero Grigori Rasputín.
La vida privada de Nicolás II aparece en muchos testimonios como la de un padre afectuoso y un esposo profundamente unido a su mujer. Su ejercicio del poder, sin embargo, estuvo marcado por la resistencia a transformar sustancialmente el sistema autocrático. Bajo su reinado se produjeron la derrota frente a Japón en 1905, la represión de manifestaciones populares, la revolución de ese mismo año y la creación de una Duma —un parlamento— cuyas atribuciones continuaron subordinadas al poder imperial.
La Primera Guerra Mundial agravó todas las contradicciones del régimen. Millones de soldados rusos fueron movilizados, las pérdidas humanas resultaron devastadoras y la escasez de alimentos y combustible alcanzó las ciudades. En 1915, Nicolás asumió personalmente el mando supremo del ejército. La decisión vinculó todavía más estrechamente su prestigio al curso de una guerra que Rusia no conseguía ganar.
Aleksandr Kérenski provenía de un universo diferente, aunque no del proletariado industrial. Había nacido en 1881 en Simbirsk, ciudad del Volga que hoy lleva el nombre de Uliánovsk. Su padre era profesor y director de un instituto de enseñanza secundaria. Entre sus alumnos había figurado un muchacho llamado Vladímir Uliánov, conocido después como Lenin. La coincidencia tiene un notable interés histórico: el padre de uno de los dirigentes que serían derrocados en octubre de 1917 había sido maestro del hombre que encabezaría la revolución bolchevique.
Kérenski estudió Derecho en San Petersburgo. Se convirtió en abogado defensor de procesados políticos y adquirió notoriedad durante los años posteriores a la Revolución de 1905. En 1912 fue elegido diputado de la Duma, vinculado inicialmente a los trudoviques, un grupo de orientación populista y reformista próximo al socialismo agrario. No era un bolchevique. Aspiraba a una Rusia democrática, con libertades civiles, representación parlamentaria y reformas sociales profundas.
En 1917, esta diferencia ideológica sería decisiva. Kérenski y Lenin podían coincidir en su oposición al zarismo, pero discrepaban radicalmente sobre la continuación de la guerra, el papel de los soviets y el futuro del poder político.
Marzo de 1917: cuando el emperador se convirtió en prisionero
La revolución estalló en Petrogrado en febrero de 1917, según el calendario juliano que todavía utilizaba Rusia. Para evitar confusiones, todas las fechas de este artículo corresponden al calendario gregoriano actual.
Las protestas por la escasez de alimentos, las huelgas obreras y el amotinamiento de unidades militares precipitaron el derrumbe del régimen. El 15 de marzo, Nicolás II firmó su abdicación. Inicialmente había considerado transmitir el trono a su hijo, pero finalmente renunció también en nombre de Alexéi y designó como sucesor a su hermano Miguel.
Miguel no aceptó asumir la corona sin el respaldo de una futura asamblea representativa. La monarquía quedó suspendida y, en la práctica, extinguida. Rusia pasó a ser gobernada por un gobierno provisional presidido inicialmente por el príncipe Gueorgui Lvov. Kérenski ocupó el Ministerio de Justicia.
La situación era, sin embargo, mucho menos estable de lo que podía parecer. Junto al gobierno provisional funcionaba el Soviet de Petrogrado, integrado por representantes de obreros y soldados. Ambos centros de autoridad competían por el control efectivo de las fuerzas armadas, las calles y las decisiones políticas.
La suerte de Nicolás II se convirtió inmediatamente en un problema. Para los sectores más radicales, el antiguo emperador debía responder por la represión política, la violencia del régimen y las pérdidas ocasionadas por la guerra. Algunos exigían su encarcelamiento en una fortaleza o su procesamiento.
Kérenski compartía la condena política del zarismo, pero rechazaba la ejecución del soberano depuesto como acto de venganza revolucionaria. En sus memorias recordaría que, durante una visita a Moscú, había declarado que no estaba dispuesto a convertirse en el Marat de la Revolución Rusa, aludiendo al dirigente jacobino de la Revolución Francesa.
El gobierno provisional ordenó el arresto del antiguo emperador y su esposa en marzo. Nicolás regresó a Tsárskoye Seló, donde Alejandra y los niños se encontraban ya bajo vigilancia. El palacio de Alejandro, residencia familiar de los Románov, se convirtió en su prisión. Era una prisión singular: los antiguos soberanos conservaban habitaciones, objetos personales, sirvientes leales y parte de sus costumbres domésticas, aunque sus comunicaciones, sus movimientos y sus visitas estaban sometidos a restricciones. Y fue allí donde el revolucionario conoció personalmente al emperador.
El primer encuentro: el hombre que había aprendido a odiar
Kérenski dejó una descripción minuciosa de su primera visita al palacio de Alejandro, situada a finales de marzo de 1917, en sus recuerdos publicados una década después. El preceptor de los hijos imperiales, el suizo Pierre Gilliard, registró una visita de Kérenski el 3 de abril. Las fuentes permiten reconstruir la etapa inicial de sus encuentros, aunque aconsejan prudencia al fijar la fecha exacta de la primera conversación.
Antes de ver a Nicolás, Kérenski inspeccionó la vigilancia del palacio y examinó las condiciones del arresto. Después pidió entrevistarse con el antiguo emperador. El conde Benckendorff, uno de los servidores que permanecían fieles a la familia, conservaba las formas ceremoniales de la corte. Anunció al ministro que Su Majestad había consentido en recibirlo.
La escena tenía algo de absurdo histórico. Nicolás II ya no era emperador. Carecía de autoridad sobre su visitante y ni siquiera podía abandonar el palacio. Sin embargo, las fórmulas cortesanas continuaban funcionando como si el orden imperial siguiera intacto.
Kérenski decidió respetarlas. Recordaría después que, antes de entrar, temía perder el dominio de sí mismo. Había odiado durante años al zar y lo consideraba responsable de innumerables injusticias. Según su propio testimonio, poco antes había confesado que la única sentencia de muerte que se habría sentido capaz de firmar era la de Nicolás II. Pero insistía en que deseaba comportarse con absoluta corrección.
Al abrirse la puerta, su disposición cambió. Encontró a la familia imperial reunida cerca de una ventana. Un hombre de uniforme se separó del grupo y avanzó hacia él con una sonrisa vacilante. Era Nicolás.
Kérenski esperaba encontrarse con el representante de un poder temido y odiado. En cambio, tenía delante a un individuo inseguro, que parecía no saber cómo debía comportarse ante el hombre investido ahora de autoridad sobre él.
La inversión de papeles resultaba completa. El antiguo emperador debía descubrir qué actitud adoptaría su visitante. El revolucionario, por su parte, descubría que el enemigo político podía resultar desconcertantemente ordinario.
Kérenski preguntó por el estado de salud de la familia, las condiciones de la custodia y las posibles necesidades de sus integrantes. También ofreció transmitir comunicaciones a sus parientes extranjeros. Nicolás se interesó por la situación militar y deseó a Kérenski éxito en sus nuevas responsabilidades. No fue una conversación íntima. Tampoco una reconciliación. Fue el primer contacto directo entre dos hombres que hasta entonces se habían conocido sobre todo como adversarios históricos. Y produjo una impresión duradera en el revolucionario.
La máscara del último zar
Kérenski trató de comprender durante los meses siguientes el carácter de Nicolás II. Sus reflexiones son particularmente interesantes porque no proceden de un monárquico deseoso de rehabilitar al emperador, sino de un revolucionario que había trabajado activamente para derrocarlo. En The Catastrophe, publicado en 1927, Kérenski confesó que Nicolás no le pareció el monstruo sanguinario que había imaginado durante años. Eso no significaba absolverlo de sus responsabilidades.
El antiguo ministro sostuvo que el zar había consentido un sistema represivo sin comprender plenamente las consecuencias humanas de muchas de sus decisiones. Había vivido dentro de un mundo administrativo donde las detenciones, las ejecuciones y los sufrimientos populares llegaban transformados en expedientes, informes y medidas de seguridad del Estado. Kérenski encontraba en ese aislamiento una explicación parcial, aunque de ningún modo una justificación, de la conducta imperial.
El antiguo soberano le parecía un hombre educado, reservado, de modales agradables, pero emocionalmente distante y extraordinariamente solo. En sus encuentros posteriores, intentó penetrar esa personalidad que lo desconcertaba. Su conclusión fue severa: Nicolás se había acostumbrado tanto al poder heredado que parecía no percibir realmente su naturaleza ni su responsabilidad.
El antiguo emperador, según las observaciones reunidas por Kérenski, encontraba cierta tranquilidad en la vida doméstica del cautiverio. Leía, paseaba, trabajaba en el jardín, cortaba leña y dedicaba tiempo a sus hijos. El hombre que había gobernado uno de los mayores imperios del mundo parecía adaptarse, con sorprendente facilidad, a una existencia sin gobierno.
Kérenski consideró que aquella disposición ayudaba a explicar la rapidez de su caída. Pero hay que distinguir aquí al testigo del intérprete. Que Nicolás se ocupara de trabajos manuales o de su familia durante el arresto constituye un hecho confirmado por diferentes testimonios. Que hubiera perdido todo interés por el poder, o que su aparente resignación revelara indiferencia hacia sus súbditos, pertenecía a la interpretación psicológica de Kérenski. Lo relevante para nuestra historia es que esa interpretación fue cambiando la imagen que el revolucionario tenía de su enemigo. Podía condenar al zarismo sin necesidad de odiar personalmente al zar.
Conversaciones sin títulos
Los encuentros continuaron durante la primavera y el verano, aunque no se conserva una transcripción completa de todas las conversaciones ni un inventario definitivo de las entrevistas personales. Kérenski explicó que ambos evitaban deliberadamente utilizar nombres y tratamientos formales. Se dirigían el uno al otro simplemente con las formas ordinarias de la conversación. Era una pequeña transformación lingüística de enorme significado.
El emperador había dejado de ser “Su Majestad”. El ministro no acudía ya como un súbdito que pedía audiencia. Eran dos hombres conversando dentro de un sistema de relaciones alterado por la revolución. A veces hablaban de la guerra, de visitantes extranjeros o de personas conocidas por ambos. En una ocasión, Nicolás mencionó a Albert Thomas, el político socialista francés que había estado en Rusia. Recordó que el año anterior había cenado con él y pidió a Kérenski que le transmitiera sus saludos. Kérenski afirmó que cumplió el encargo.
Aquella observación aparentemente trivial revelaba cuánto había cambiado el mundo en pocos meses. El visitante que antes cenaba con el emperador se entrevistaba ahora con los ministros de la nueva Rusia.
La conversación también podía adquirir un carácter incómodo. Kérenski dispuso durante algún tiempo la separación parcial de Nicolás y Alejandra, permitiéndoles reunirse para comer, pero restringiendo sus conversaciones sobre asuntos anteriores a la revolución. La medida buscaba evitar que coordinaran declaraciones durante las investigaciones acerca de la influencia política ejercida desde el entorno de la emperatriz.
Cuando Kérenski explicó que Alejandra podría ser investigada judicialmente, Nicolás preguntó si existían pruebas de su responsabilidad. El ministro respondió que todavía no lo sabía. La escena muestra que aquella relación, por correcta que pudiera resultar en lo personal, nunca dejó de ser una relación de poder.
Kérenski era el representante del gobierno que había privado de libertad a los Románov. Podía autorizar visitas, restringir comunicaciones, disponer cambios de vigilancia y decidir sobre el futuro de sus prisioneros. El interés humano que sentía por Nicolás no anulaba esas atribuciones.
La posibilidad de Inglaterra
Durante aquellos meses existió una oportunidad de abandonar Rusia. El gobierno provisional había contemplado la posibilidad de permitir que la familia imperial partiera al extranjero, particularmente a Gran Bretaña.
No se trataba de una idea extravagante. Nicolás II y el rey Jorge V eran primos hermanos. Sus familias mantenían vínculos dinásticos y personales, y ambos soberanos guardaban incluso un notable parecido físico. En marzo de 1917, las autoridades británicas llegaron a ofrecer asilo al antiguo emperador y a su esposa. Sin embargo, el ofrecimiento se retiró.
La documentación conservada en los Archivos Nacionales británicos permite seguir la evolución de aquella decisión. El 22 de marzo, el Foreign Office comunicó la disposición a recibir a los soberanos durante la guerra. Pero a comienzos de abril, Jorge V, preocupado por la reacción de la opinión pública británica y por las consecuencias que la presencia de los Románov pudiera tener para su propia monarquía, presionó para reconsiderar la invitación. El gobierno británico terminó dando marcha atrás.
En Rusia, mientras tanto, los sectores radicalizados se oponían a que el antiguo emperador pudiera salir libremente del país. Existían dificultades militares, ferroviarias y políticas para organizar el traslado. Por tanto, la responsabilidad de que Nicolás no llegara a Inglaterra no puede atribuirse exclusivamente a Kérenski. Pero tampoco es posible afirmar que todas las alternativas de evacuación hubieran sido examinadas o agotadas.
Las decisiones gubernamentales, las presiones revolucionarias y los cálculos diplomáticos se combinaron para dejar a los Románov dentro de Rusia. El tiempo comenzó a jugar en su contra.
Agosto: la confianza del prisionero
Durante el verano, la situación política y militar empeoró. Kérenski asumió la presidencia del gobierno provisional en julio de 1917. La ofensiva militar rusa de aquel verano había terminado en fracaso, la disciplina del ejército continuaba deteriorándose y los enfrentamientos entre las diversas corrientes revolucionarias amenazaban con desembocar en nuevas crisis. El destino de la familia imperial se hizo cada vez más difícil de garantizar.
Kérenski decidió trasladarla a Tobolsk, una ciudad de Siberia occidental alejada de los grandes centros revolucionarios. Años después explicó que el aislamiento de Tobolsk ofrecía mayores posibilidades de seguridad. También había razones políticas para alejar a la familia de las agitaciones de Petrogrado y de las unidades militares cuya lealtad resultaba incierta.
En sus memorias, Kérenski insistió en el carácter secreto de la operación. Solo un pequeño grupo de funcionarios conocía el destino del viaje. Cuando comunicó a Nicolás que debía prepararse para abandonar el palacio, no le reveló inicialmente adónde sería enviado. Le aconsejó llevar ropa de abrigo. El emperador escuchó.
Kérenski trató de tranquilizarlo y le aseguró que el traslado respondía a la necesidad de proteger a su familia. Fue entonces cuando, según su recuerdo, Nicolás le expresó su confianza. La frase posee una importancia excepcional. No era la confianza de un soberano en su ministro, ni la de un ciudadano libre en un dirigente político elegido. Era la confianza de un prisionero en el representante del poder que lo mantenía cautivo.
Kérenski interpretó aquella aceptación en términos históricos y morales. Recordó que durante el zarismo había defendido a revolucionarios perseguidos y que algunos habían sido condenados a muerte por la justicia imperial. Ahora Nicolás II, antiguo símbolo de aquel sistema, confiaba su seguridad y la de sus hijos a los vencedores. Para Kérenski, esa inversión demostraba la superioridad moral que debía distinguir a una revolución legítima de sus enemigos. Era una revancha sin ejecuciones. Una victoria que no necesitaba sangre. Sin embargo, aquel triunfo moral se convertiría pronto en una de las ironías más crueles de su vida.
La última noche en el palacio de Alejandro
La noche del 13 al 14 de agosto de 1917, según el calendario gregoriano, Kérenski acudió al palacio de Alejandro para supervisar la partida. Había terminado una reunión del gobierno provisional y llegó cerca de las once de la noche.
El traslado se había organizado con precauciones extraordinarias. Los soldados encargados de custodiar el tren habían sido seleccionados, se preparaban los equipajes y se intentaba evitar que la noticia provocara concentraciones o disturbios. Kérenski permitió entonces que Nicolás recibiera la visita de su hermano menor, el gran duque Miguel Aleksándrovich.
Era un encuentro familiar de enorme importancia. Miguel había sido el último destinatario de la corona imperial tras la abdicación de Nicolás. Ahora los dos hermanos se encontraban privados de su antiguo poder y sometidos a las decisiones del nuevo gobierno. Kérenski estuvo presente. Según su descripción, los hermanos se mostraron profundamente conmovidos. Durante algunos momentos apenas hablaron. Después intercambiaron preguntas sobre familiares y conocidos, evitando las grandes cuestiones políticas que parecían rodearlos por todas partes.
Miguel preguntó si podía ver a los niños. Kérenski se negó porque no quería prolongar la entrevista. El gran duque pidió entonces a Nicolás que los besara en su nombre. Fue su último encuentro.
Miguel sería asesinado en junio de 1918 en Perm, unas semanas antes de la ejecución de Nicolás y su familia. Mientras tanto, en el palacio, el pequeño Alexéi permanecía despierto y corría por los pasillos, intrigado por la actividad nocturna. Es un detalle que Kérenski conservó en su memoria.
Los adultos estaban ocupados con las órdenes, los preparativos, los equipajes y la incertidumbre del viaje. El heredero de trece años, enfermo de hemofilia, parecía experimentar la inquietud del momento con la curiosidad propia de su edad. El tren se retrasó. Los preparativos continuaron durante la madrugada y, cuando finalmente estuvieron listos, comenzaba a amanecer.
Kérenski describió entonces una escena que no había esperado presenciar: Alejandra, la antigua emperatriz, lloraba como una madre preocupada por sus hijos. Hasta entonces había visto en ella a una mujer orgullosa, profundamente vinculada al régimen derrocado y sospechosa de haber ejercido una influencia política perjudicial. Pero aquella madrugada no vio solamente a una emperatriz. Vio a una madre que abandonaba su casa con sus cinco hijos sin saber cuándo podría regresar.
Los automóviles trasladaron a la familia hasta el tren, bajo vigilancia militar. Nicolás dejó el palacio en el que había vivido durante tantos años y donde había transcurrido buena parte de la infancia de sus hijos. No volvería a verlo. Kérenski tampoco volvería a encontrarse con él. En The Catastrophe recordó la partida y añadió que nadie había previsto el terrible desenlace que aguardaba a los viajeros.
La afirmación debe leerse como un testimonio retrospectivo, pero también como una defensa de sus intenciones. Kérenski quería dejar establecido que había enviado a los Románov a Siberia para protegerlos, no para entregarlos a sus futuros ejecutores.
Dos revoluciones, dos derrotas
El traslado a Tobolsk no resolvió la crisis rusa. Durante las semanas siguientes, Kérenski tuvo que enfrentarse al intento de intervención militar del general Lavr Kornílov, a la descomposición de la autoridad del gobierno provisional y al crecimiento de la influencia bolchevique entre soldados y obreros.
En noviembre de 1917, los bolcheviques encabezados por Lenin tomaron los principales centros de poder de Petrogrado. Era la Revolución de Octubre, llamada así porque ocurrió el 25 de octubre según el calendario juliano ruso, equivalente al 7 de noviembre del calendario actual.
Kérenski abandonó la capital para buscar unidades militares leales. Intentó recuperar Petrogrado con fuerzas del general Piotr Krasnov, pero la operación fracasó. El hombre que pocos meses antes había decidido el destino del último emperador carecía ahora de poder para decidir el suyo. Tuvo que esconderse. En junio de 1918 consiguió salir de Rusia y comenzó un exilio del que nunca regresaría.
La caída del gobierno provisional produjo también una de las leyendas más persistentes de la Revolución rusa: la supuesta huida de Kérenski del Palacio de Invierno disfrazado de mujer. Según aquella versión, difundida por sus adversarios bolcheviques, el jefe del gobierno habría escapado vestido de enfermera o con ropas femeninas, mientras sus ministros permanecían en el palacio esperando el asalto revolucionario. La historia era falsa, pero resultaba políticamente eficaz. Presentaba al dirigente derrotado como un cobarde que abandonaba a sus compañeros y recurría al travestismo para salvarse. Kérenski pasó el resto de su vida desmintiendo aquella humillación imaginaria.
Lo sucedido fue distinto. Durante la mañana del 7 de noviembre de 1917, cuando las fuerzas bolcheviques se preparaban para ocupar los principales centros de poder de Petrogrado, Kérenski abandonó la capital para buscar tropas leales con las cuales recuperar el control de la situación. La salida se realizó en automóvil. En ella intervino un vehículo facilitado por personal de la embajada estadounidense, que llevaba una bandera norteamericana. El episodio aparece documentado en los despachos del embajador de Estados Unidos, David R. Francis, conservados en la colección oficial Foreign Relations of the United States.
La situación de los Románov empeoró después de la toma bolchevique del poder. En la primavera de 1918 fueron trasladados desde Tobolsk a Ekaterimburgo, en los Urales. Allí quedaron encerrados en la casa Ipátiev, bajo la vigilancia de las nuevas autoridades revolucionarias.
Durante la noche del 16 al 17 de julio de 1918 fueron conducidos a una habitación del sótano y asesinados a tiros. Murieron Nicolás, Alejandra, Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexéi, además de cuatro personas que permanecían con ellos. Las cuatro hijas tenían entre diecisiete y veintidós años. Alexéi no había cumplido catorce. Ninguno de los cinco hijos había ejercido autoridad política ni era responsable de las decisiones del régimen imperial.
La orden de matar a la familia fue ejecutada por representantes del poder bolchevique en Ekaterimburgo. La responsabilidad precisa de las autoridades centrales soviéticas en la decisión ha sido objeto de investigaciones históricas y debates documentales. Kérenski no participó en aquellos acontecimientos. Había sido derrocado ocho meses antes y se encontraba ya fuera de Rusia. Pero las víctimas eran las mismas personas cuya seguridad había estado bajo su responsabilidad en 1917. El hombre que había afirmado que la revolución debía mostrar humanidad hacia sus enemigos había sido derrotado por otra revolución que no compartía sus límites.
Kérenski: cincuenta y dos años después
Kérenski sobrevivió a Nicolás II durante casi cincuenta y dos años. Primero se estableció en Europa occidental, especialmente en Francia. Desde el exilio continuó interviniendo en los debates de la emigración rusa, escribiendo y defendiendo su interpretación de los acontecimientos de 1917. No abandonó sus convicciones democráticas y socialistas, pero se convirtió en un adversario constante del régimen bolchevique.
Durante la Segunda Guerra Mundial, ante el avance alemán, abandonó Francia y se trasladó a Estados Unidos. Vivió principalmente en Nueva York y mantuvo vínculos académicos con la Universidad de Stanford y la Hoover Institution. La historia le concedió una supervivencia que no habían tenido muchos de sus contemporáneos. Vio morir a Lenin en 1924. Vio consolidarse el poder de Stalin, las purgas políticas de los años treinta, la Segunda Guerra Mundial, la muerte de Stalin en 1953 y la entrada de la Unión Soviética en la era nuclear. Vivió para contemplar cómo el Estado surgido del golpe que había terminado con su gobierno se convertía en una superpotencia mundial. Y siguió escribiendo sobre 1917.
El revolucionario que había derribado al emperador terminó explicando su revolución en un aula norteamericana. Y, mientras los estudiantes cerraban sus cuadernos al terminar la clase, él seguía siendo uno de los últimos hombres vivos que habían hablado personalmente con el zar Nicolás II.
Hay algo casi espectral en las fotografías y los recuerdos de las postrimerías de aquel período. El líder que había hablado ante multitudes revolucionarias recorría ahora, apoyado en un bastón, las avenidas tranquilas de Stanford. Los antiguos estudiantes lo recordaban caminando por Palm Drive y Sand Hill Road, en ocasiones con notable energía pese a sus dificultades de visión. En las aulas, el antiguo jefe del gobierno hablaba de la revolución no solamente como un objeto de estudio, sino como una experiencia personal. Había conocido a Nicolás II, a Lenin y a los protagonistas de una época que sus alumnos encontraban ahora en los manuales de historia.
Kérenski no sería el último exiliado ruso en encontrar refugio intelectual en Stanford. En 1975 y 1976, pocos años después de su muerte, Aleksandr Solzhenitsyn, expulsado de la Unión Soviética en 1974, visitó la Hoover Institution y trabajó con sus fondos documentales. Existe una simetría histórica singular entre ambos escritores y testigos: Kérenski había sido derrocado por la revolución bolchevique; Solzhenitsyn había sido perseguido por el Estado que nació de aquella revolución. Kérenski no llegó a conocer personalmente a Solzhenitsyn en Stanford, pero ambos ocuparon, en épocas sucesivas, espacios de una misma institución dedicada a conservar la memoria de las guerras, las revoluciones y las dictaduras del siglo XX.
En la California soleada, lejos de Petrogrado y de los inviernos rusos, el pasado parecía transformarse lentamente en archivo. Los hombres que habían conocido el poder, la prisión, el exilio y la amenaza de muerte pasaban a ocupar despachos universitarios, consultar documentos y conversar con estudiantes. Era una extraordinaria inversión de papeles. La historia, que antes había decidido sobre sus vidas, se convertía ahora en una materia que ellos podían enseñar.
¿Se arrepintió de no haberlos salvado?
La pregunta surge casi inevitablemente. ¿Qué podía sentir Kérenski, anciano y exiliado, al recordar al hombre que había conocido en el palacio de Alejandro? ¿Qué pensaría de Alejandra, a quien había visto llorar la madrugada del traslado? ¿Y del pequeño Alexéi, al que recordaba corriendo por los pasillos mientras aguardaban el tren?
No conocemos una confesión inequívoca de Kérenski en la que afirme haberse arrepentido personalmente de no haber sacado a la familia imperial de Rusia. Sería incorrecto atribuirle ese sentimiento como un hecho comprobado. Lo que sí conocemos es su insistencia en que había tratado de proteger a los Románov y en que la revolución debía distinguirse por la humanidad con que trataba a sus adversarios derrotados.
También sabemos que sus escritos posteriores continuaron defendiendo la legitimidad de la Revolución de Febrero, al tiempo que denunciaban la violencia bolchevique. No fue, por tanto, un revolucionario que se convirtiera tardíamente en monárquico. Siguió considerando necesario el derrumbe del antiguo régimen.
Cuando Kérenski recordaba que Nicolás le había confiado su seguridad y la de sus hijos, sabía ya que todos habían muerto. Cuando evocaba la emoción de Alejandra ante la partida, conocía el destino que la esperaba. Cuando escribía sobre la necesidad de una revolución generosa, tenía ante sí la experiencia de un régimen que había fusilado a sus adversarios y establecido nuevas formas de represión política. Su memoria de aquellos encuentros estaba inevitablemente atravesada por acontecimientos posteriores.
Tal vez Kérenski se preguntara alguna vez si habría existido una manera de llevar a los Románov a Inglaterra, a Francia o a algún país neutral. Tal vez reconsiderara la decisión de enviarlos a Siberia. Tal vez imaginara otra conversación, otras instrucciones, otra ruta ferroviaria. No podemos saberlo. Pero la documentación permite formular una pregunta más precisa, y acaso más inquietante: ¿qué ocurre cuando un gobernante deposita su confianza en el valor moral de una revolución, pero pierde el poder antes de que esa revolución pueda cumplir sus promesas?
La confianza de Nicolás II en Kérenski no salvó a su familia. Y la convicción de Kérenski de que una revolución debía ser capaz de mostrar clemencia no impidió que otra fuerza revolucionaria terminara imponiendo una lógica distinta. En eso reside la dimensión trágica del encuentro. No en una amistad que nunca existió, ni en una reconciliación política que ninguno de los dos buscó.
Sino en el reconocimiento, breve e insuficiente, de una humanidad compartida durante apenas un pestañazo.

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