Dos círculos coinciden en las horas nocturnas de la Biblioteca Nacional de La Habana a finales de los años ochenta. Uno es la “filial wittgensteniana”, jóvenes filósofos de camisa blanca y chaqueta gris que se saludan con el primer aforismo del Tractatus (“El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas”) y obtienen como respuesta que “sobre lo que no se puede hablar, mejor callar”. El otro es el Club de Poetas Nonatos, al que pertenece el narrador de esta novela: poetas y cuentistas que leen a Novalis y a Hölderlin, y que se resisten, con escaso éxito, a que el Tractatus sea tratado como un libro más de poesía.
Entre ambos merodea un estudiante de medicina apodado “Mejor callar”, que solo habla del nudo borromeo. En esa cámara de resonancia alguien deja caer una frase: el hermano mayor de Ludwig, Hans, un genio precoz de la música, se suicidó en La Habana en 1902. Nadie sabe por qué viajó tan lejos. De esa acotación “en la nada” nace El mayor de los Wittgenstein, de Pedro Marqués de Armas, una novela que es a la vez investigación, ensayo y metaficción, que, a pesar de haber sido publicada como edición de autor, marca un hito singular en la reciente literatura cubana.
Lo primero que sorprende es la ambición de la premisa y la sobriedad con que se la enarbola. Hans Wittgenstein es una figura casi borrada: se ignora hasta el día de su nacimiento. Las biografías familiares lo despachan en pocas páginas como peldaño hacia el genio de Ludwig y su muerte tiene, según quien la cuente, al menos cinco localizaciones (Chesapeake Bay, los Everglades, el Orinoco…).
Marqués de Armas hace de ese vacío y/o ambigüedad su materia principal. El narrador, cartógrafo de oficio (técnico en Geodesia y Cartografía) que cumple servicio social en la Sierra Maestra, aplica a Hans los métodos de su profesión: levanta el “mapa vienés de las regiones equinocciales”, fecha los detalles, contrasta, descarta. Ha renunciado a ficcionalizar, a inventar un personaje a partir de sus vacíos, y esa renuncia, que podría haber sido una limitación, acaba siendo una de las mayores virtudes del libro, porque obliga a la novela a ser lo que anuncia: un trabajo de archivo cuyo suspense nace de la mirada, no de la pura imaginación.
La construcción es de una elegancia poco habitual y tiene, diría yo, algo de música. La Obertura fija el tono e introduce, casi de pasada, la escena que el libro no dejará de resignificar: Ludwig niño bajando de puntillas las escaleras para ver a su hermano mayor, sudoroso y absorto ante el piano de cola. Es la imagen del genio hipersensible, concebida por otro en esa edad donde se depositan las imágenes primordiales de una vida.
Siguen dos cuadernos, el marrón para la semblanza y el azul para la fuga y la muerte, un guiño wittgensteiniano que ordena la lectura: primero conocemos al que se perdió, después lo buscamos. Cierran el libro “¿Dónde están las llaves?”, título de una canción infantil, y un apartado, “Material de trabajo”, con fotografías, recortes y documentos. La novela exhibe así su propio andamiaje y deja al lector ante las pruebas de la ficción.
Esas pruebas se vuelven pronto el motor de un relato policial sin concesiones de género. La secuencia de hallazgos está dosificada con pulso de narrador experto: la mención de Hans como ingeniero mecánico en una revista de la National Cash Register de Dayton; el Aviso del habanero Diario de la Marina de abril de 1902 que ofrece mil pesos oro por información sobre su paradero tras su desaparición del Hotel Pasaje; la nota vienesa mal traducida al inglés que, vertida correctamente por Susanne Lange, desplaza la fecha de la muerte tres semanas; el comunicado de la familia que reconoce que Hans fue visto por última vez en La Habana; el acta de autopsia de un ahogado sin identificar cuyas iniciales, leídas con el alfabeto antiguo que los Wittgenstein usaban, podrían ser las suyas.
Cada hallazgo abre una puerta y cierra otra, y el lector, que ya ha aprendido a desconfiar de las certezas, sigue con deleite cómo un detalle paleográfico o una discrepancia sintáctica cambian el sentido de un párrafo entero. La búsqueda biográfica como una larga cadena de equívocos o una trenza de hechos, causas y azares.
Pero lo que eleva este libro por encima del buen relato de pesquisa es su ética de la conjetura. Todo biógrafo que se respete, incluso si es un novelista, empieza por cuestionar el relato que lo precede. Lo importante es seguir el indicio, aunque este contradiga las biografías canónicas.
El narrador de esta novela discute, por ejemplo, con Alexander Waugh, que a partir de fotografías diagnostica a Hans de “idiot savant” y vuelve a mirar esas imágenes hasta entender que la cabeza ladeada del púber es la reacción a un hermano que se empina sobre un peldaño.
Se distancia de Bruce Duffy, que inventa documentos, y se apoya en las teorías de Carlo Ginzburg y su paradigma indiciario. No deja de advertir que tiene la hipótesis, no la prueba, y esa vigilancia sobre el método, ese pudor ante la tentación de convertir lo posible en probable, es el verdadero tema del libro. Ninguna de sus tesis cierra el caso; la novela lo sabe y termina bajo la frase de Leonardo Sciascia: ningún documento restituirá nunca la realidad.
La voz que sostiene todo esto merece mención aparte. Es culta sin pedantería, irónica, capaz de pasar de una nota erudita sobre Brahms a un cóctel de coñac con sidra, el “España en llamas” con que el narrador se serena en los momentos difíciles. Hay humor en el simposio de Kirchberg am Wechsel, donde el protagonista se cuela con el solapín de otro hasta ser desenmascarado por Vicente Vicens, a quien termina convirtiendo en cómplice, y hay calidez en las librerías de Sants, con Juan Pablo y Margarita como contrapuntos de la obsesión.
Hay también en esta novela de poeta una delicada atención al matiz y al sonido de las palabras. El narrador lee en las memorias de Hermine Wittgenstein, escritas en plena guerra mientras caen las bombas sobre Viena, lo que los biógrafos parafrasearon sin oír: los giros elusivos para evitar la palabra “suicidio”, la pausa quebrada ante “la gran tragedia de nuestro hogar paterno”.
Distingue entre palabra y voz, y en esa distinción, de raíz wittgensteiniana, el libro reencuentra a su personaje. Hans emerge entonces con inusitado relieve: el niño que se tapa los oídos ante dos bandas que desafinan, el que calcula cómo construir un hipotético pabellón de diamantes, el joven elegante de flor en la solapa. Karl, el magnate seductor y voluntarioso que apenas duerme, y una madre pianista que no se atreve a mediar, completan sin esquematismo este drama del talento sacrificado a una herencia.
Esa herencia tiene, para el narrador, una resonancia propia. El Club de Poetas Nonatos que abre el libro acaba convertido en un puñado de amigos dispersos en el exilio. Son inevitables ciertos paralelismos o reverberaciones: Hans, que antes de perderse en la bahía, despliega su exilio laboral por acerías de Bohemia, Sajonia e Inglaterra, donde en vez de trabajar organiza cuartetos de cuerda; el narrador, que arrastra sus cuadernos desde La Habana hasta Múnich, Grosseto, Coímbra y Barcelona; una república “todavía nonata” y la Cuba del Período Especial, isla cada vez más flotante y sin pedestales.
Marqués de Armas no subraya la analogía, más bien la diluye entre remisiones al ahogo, detalles y digresiones: el cónsul Berndes y su Casino Alemán, las regatas del Havana Yacht Club, la evacuación de las tropas norteamericanas, los preparativos del 20 de mayo mientras un joven austriaco desaparece de un hotel del Paseo del Prado.
La pregunta del libro, “qué se le perdió allí”, adquiere así el doble sentido de una indagación paralela sobre Hans y ese lugar de donde el narrador ha tenido que largarse, con su inevitable carga de nostalgia: “pensé en los amigos del Club de Poetas Nonatos y sentí lo lejos que quedaba todo eso, sin poder reprimir una como súbita añoranza”.
Por último, el libro dialoga sin ostentaciones con una tradición cosmopolita: Kafka, claro; el Bernhard de El malogrado, el Sebald de Austerlitz y de aquel guion imaginario aquí citado, Leben Ws, con su barca “anscheinend steuerlos” y sus imágenes ficcionalizadas; el Sciascia de las actas sobre Raymond Roussel o el Nabokov de La verdadera vida de Sebastian Knight. Esas lecturas no son adorno, sino herramientas para pensar la relación entre archivo, memoria y ficción. Los Agradecimientos, que reconocen a “personas lo mismo inventadas que reales”, sellan el juego de lecturas múltiples con un guiño.
El mayor de los Wittgenstein es, en suma, una novela notable y un rara avis en esta contemporaneidad cubana, tan desleída y reciclante de viejos tópicos. En sus páginas se combina el rigor del archivista con la inteligencia del ensayista y la sensibilidad del poeta. Que todo esto se haga desde La Habana y desde el exilio, entre filósofos y poetas que se disputaban un mundo de hechos, añade a la pesquisa una emoción discreta, sin patetismo: la certeza de que ciertos fantasmas solo pueden resucitar gracias a los rigores de una obsesión literaria.



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