Frente a mi casa, en el viejo edificio destartalado, vivía una mujer de rostro agrio que me recordaba a Patricia Highsmith ya mayor. Y también, como ella, era lesbiana.
Frecuentemente iba acompañada de otra mujer, madura, teñida de rubio, a la que le quedaban restos de una juvenil voluptuosidad.
Cada mañana, sacaban a sus perros a pasear y hacer sus necesidades. Yo iba a hacer caminatas cerca de la costa, fingía que me detenía, para ver el mar y, con cautela, las observaba.
Cuando eran jóvenes, la rubia sufrió el maltrato de su marido por varios años. Hasta que se cansó y se largó del apartamento.
Martha y Luisa empezaron a vivir juntas. Alguien me contó que, al principio, pasaron una larga temporada viviendo fuera de La Habana, para acallar el repudio. Mas luego decidieron regresar y aguantaron toda clase de chismes.
Al envejecer juntas, ya nadie se ocupaba de ellas.
La historia de ellas se parece a la novela El precio de la sal de la autora norteamericana, publicada bajo un seudónimo, pues resultaba escandaloso escribir sobre la relación amorosa entre dos mujeres en los años cincuenta.
Pienso que si Highsmith hubiera visto Carol, la extraordinaria adaptación cinematográfica dirigida por Todd Haynes, hubiera quedado fascinada.
Misántropa empedernida, odiaba a la gente y amaba a los animales, sus mejores compañeros para estar en paz y poder escribir. En ese punto, llevaba razón. En los animales se puede confiar; en los humanos, no. Porque el ego es una fuerza incontrolable y la perfidia toma posesión en cualquier momento. Como una piedra que es lanzada inesperadamente y nos golpea en el rostro, provocándonos dolor físico.
Formuló no sólo aislarse en el acto de la escritura, sino suprimir los círculos de amigos, que no aportan y sólo sirven para atentar contra la creación.
Con una prosa clara y exquisita, sus personajes tienen antecedentes, no son huecos, pues la niñez y los traumas influyen en los caracteres.
Los asesinos que dibuja tienen rasgos de bondad, son artísticos y simpáticos. Además de poseer agudeza en sus reflexiones. Siempre importa el móvil, por lo que la tarea de matar se vuelve necesaria.
¿Quién no siente empatía por Tom Ripley, el protagonista de su thriller psicológico, El talento del Míster Ripley? Un sujeto amoral que seduce por su carisma. Por momentos le tenemos lástima, cuando Greenleaf lo vapulea y se burla de él.
La ambición de ocupar su lugar y ser millonario mueve al joven al crimen. Como simulador nato, planea cada detalle. Y nosotros estamos de su parte todo el tiempo, e imaginariamente, lo ayudamos a esconder el cadáver. Apunto que la versión cinematográfica francesa, A pleno sol, de Réne Clément, y con Alain Delon en el protagónico, para mí es la mejor.
En Extraños en un tren, explora la traición y la venganza. Bruno y Guy, son hombres incompletos, unidos por un similar objetivo: deshacerse de lo que los sujeta y limita. Aquí la muerte juega un papel redentor, como solución a los problemas que ambos padecen.
Lo interesante es como se afianza el pacto, malévolo, drástico, con el joven derrochador, vago y sin estudios, que odia a su padre y quiere tomar posesión del dinero que le pertenece. Mientras que, del otro lado, está el arquitecto pobre que anhela avanzar en su carrera y casarse otra vez. Aquí la piedra en el zapato es su esposa adúltera, embarazada de su amante.
Maestra en la perversión, disecciona desde el origen en La Tortuga. Este es un cuento que trae aparejada una característica sentimental y nos hace cómplices. Nos parece justo que la violencia se pague con la violencia.
Una madre autoritaria y déspota, arrebata constantemente la individualidad al hijo. Lo obliga a hacer acciones que atentan contra su voluntad. Vejaciones tras vejaciones, torturas mentales. Como usar pantalones cortos, ridículos, para un niño cercano a la adolescencia. Así como aprenderse poemas de memoria para entretener a las visitas.
Un día, inesperadamente, la madre trae a la casa una tortuga para preparar una cena. La tortuga, uno de los animales más indefensos ante la arrogancia humana, podría ser una criatura para amar, una suerte de imán para hacer amigos. El niño le pide pasar un rato con el galápago.
Pero eso nunca sucede. Ella no lo escucha, la mete en el agua hirviendo y la mata instantáneamente. Reducido y silenciado como ser, este hecho lo desbarranca y comete matricidio, como desagravio y fuerza liberadora.
Es curioso cómo a Highsmith no le preocupó dejarnos mal paradas en sus Cuentos misóginos, en los que somos víctimas y victimarias. Los hombres tampoco salen muy beneficiados que digamos.
Recuerdo uno en que la chica coqueteaba con dos hombres a la vez, y ellos deciden matarla. Hay negrísimo humor. En el cuento el joven pide la mano de su amada y el padre se la envía en una caja.
Al mal, antítesis del bien, se debe encerrar en una caja de hierro. El mal destruye las normas sociales. Entre bien y el mal existe una extraña dualidad; aunque, en ocasiones, el último se filtra cual sustancia pegajosa y nos impulsa a hacer cosas tremendas, y el bien se queda rezagado, dormido. Se necesita coraje para apartarlo, una pala para hundirlo y que no salga a flote.
Lo horrendo engendra una semilla diabólica. A cualquiera, seguramente, le ha pasado por la cabeza perpetrar un asesinato. A mí misma me pasó. Ni siquiera recuerdo que haya surgido de golpe, sino que fue algo acumulativo.
Yo trabajaba en una librería y tenía una jefa aborrecible. Alguien que no toleraba la manera en que atendía al público, mi atuendo, el orden en que colocaba los libros; incluso me los escondía, para que pensara que habían sido robados. Luego, los volvía a poner en los estantes, como si tal cosa.
La bruja me exigía a hacer horas extras los sábados, aunque fuera el día más flojo de la semana y no hubiera clientes. Su vigilancia era tal que hizo un inventario perpetuo para los ejemplares vendidos.
El día de mi boda, a la que se invitó ella misma, al ver que yo llevaba en el cuello un collar de perlas (de imitación), me vaticinó desgracia en el matrimonio. No podía aguantarla más. En cierto momento, estuve a un tilín de enviarle un anónimo, amenazándola de muerte.
En fin, era lo peor. Por eso me entró la idea de liquidarla. Quería sacarla de circulación. Era una peste.
Finalmente, no la maté. Entendí que sería más viable y menos riesgoso renunciar al trabajo.
Cabe entonces preguntarse si el mal es una enfermedad. O si sólo las buenas almas están exentas de no padecerlo.
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