En defensa del Zanjón



En las postrimerías de la Revolución Cubana[1], la propaganda oficial invoca obsesivamente el Pacto del Zanjón. Lo elevan a la categoría de Mal Supremo. Excomulgan su efeméride como un sinónimo de alta traición.

En esto coinciden candorosamente la élite militar y los activistas prodemocracia. Víctimas y victimarios, al menos cuentan con este punto de convergencia. Nunca habrá concordia ni reconciliación entre cubanos. Pero algo los une a todos en el imaginario patrio: el Pacto del Zanjón, pura apostasía apátrida, mientras que la Protesta de Baraguá los enorgullece al son zoquete de: “Muchachos, el 23 se rompe el corojo”.

Los unos definen a nuestro país como algo a punto de ser traicionado por los otros. Y viceversa. Se es traidor incluso en contra de la voluntad propia. A veces, de manera inconsciente. No es uno quien define su propia condición de traidor, sino siempre el otro. La apostasía flota de inmediato ante la menor molestia que nos provoquen los demás. 

Por su parte, el patriotismo, para no diluirse ad infinitum en un intríngulis de interpretación individual, ha de ser estrictamente impuesto por la ley. Amar a Cuba implica un castigo ejemplar para quien se equivoque en el signo de ese amor. 

Nuestro patriotismo es una camisa de fuerza a perpetuidad. La unidad de las masas depende de su reclusión en un manicomio. De la patria al patíbulo no hay más que un paso, el más chévere. Hasta los poetas lo saben: 

Y se encontrarán los del machete aguerrido
con el último héroe que hasta hoy se ha perdido.
Todos gritarán: “Será mejor hundirnos en el mar 
que antes traicionar la gloria que se ha vivido”.

Nadie se atreve a ver el Pacto del Zanjón como un momento fundacional de la concordia cubana. Un cónclave único del entendimiento hispano. Antes y después del 10 de febrero de 1878, lo que ha predominado en Cuba es el Decreto Spotorno, ese edicto endémico exterminador. Esa ley local apenas escrita que nos incita a asesinar, sin pruebas ni juicio, a todo emisario de paz. No se puede confiar en el enemigo, como alguien dejaría dicho un siglo después, pero ni tantito así

Poco antes, por aquellas fechas, el general mambí que fungía como presidente de la República en Armas, había convocado un referendo en plena manigua insurrecta. El corajudo caudillo quería sondear la opinión de sus guerreros sobre una paz con España que no impusiera a la fuerza la independencia de Cuba. 

La abrumadora mayoría de los soldados y sus familiares votó por la suspensión de las hostilidades. Era la hora de lo civil, no de lo bélico. Entonces la Cámara de Representantes de los independentistas simplemente se autodisolvió, haciendo obsoleta de un plumazo la constitución guerrera de Guáimaro, que impedía inútilmente toda gestión de paz.

En el Zanjón ganaría el verbo, no la violencia. Allí se sembró una semillita fértil para la democracia, aunque nunca del todo retoñó. Los cubanos no estuvimos a la altura del Zanjón. Hasta José Martí le temía a aquel clímax histórico. El “apóstol” sabía de sobra que el Zanjón pudo habernos ahorrado un siglo de atrocidades, desde los genocidas campos de reconcentración hasta un socialismo irrevocable que secuestraría cualquier ilusión de soberanía. 

Fue el Pacto del Zanjón lo que liberó a miles de esclavos con carácter inmediato: quedaba libre todo aquel que hubiera luchado en uno u otro bando. Fue en el Pacto del Zanjón donde se decidió el fin de la esclavitud en Cuba en un plazo conciliador, lo que finalmente ocurriría en 1886. Fue el Pacto del Zanjón una de nuestras primeras garantías de libertad de prensa, reunión y asociación. Fue el Pacto del Zanjón donde se consensuó una amnistía política como jamás volvería a ser promulgada en Cuba, hasta el día de hoy.

Sospecho que el Pacto del Zanjón ha sido la primera negociación moderna de nuestra historia política, solamente comparable con la Asamblea Constituyente de 1940. Todos ganaron con el Pacto del Zanjón. Solo la muerte se devaluó, como moneda de cambio para resolver los asuntos cubanos. Se puso fin a un intento de independencia a golpes de tea incendiaria, paredón, ahorcamientos y machetazos a degüello. 

La salvación que pudo ser el Pacto del Zanjón nos da vergüenza propia. La vuelta a la barbarie de los Mangos de Baraguá nos enorgullece. Una vida productiva en el llano nos acompleja, por amanerada. El matrerismo de montaña nos eleva al panteón de los héroes machos. De ahí nuestro presente precario. De ahí la condición fósil de nuestro futuro. De ahí nuestra imposibilidad de un pasado potable.

La historia de Cuba nunca absolverá el Pacto del Zanjón. En cambio, los cubanos se la pasan absolviendo manifiestos de asalto al estilo de La historia me absolverá.







[1] Tomado del libro Olvidos y obituarios, en proceso de edición por Agni Ediciones de Daniel Díaz Mantilla y Zurelys López Amaya. Una versión homónima de este texto apareció en CiberCuba, el 4 de diciembre de 2020. Tres días después, el periódico cubano Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, publicaría una réplica al texto de Orlando Luis Pardo Lazo, firmada por Enrique Ubieta Gómez: “La rebeldía zanjonera”.

© Imagen de portada: La doncella corintia, 1782–1784, de Joseph Wright (1734–1797). Galería Nacional de Arte. Washington, DC. Estados Unidos.