A veces, quisiera que el pozo estuviera vacío… Mi rabia, mis ojos, quedaran vacíos.
Hay cubanos a quienes nos toca jodernos dondequiera que vayamos. Es como una condena que nos flagela. Una de las mías es la escasez de agua en casi todos los lugares donde vivo.
Salí huyendo del Oriente de Cuba por esa y muchas razones más. Este párrafo lo uso de mal presagio. Lo sustraje de mi cuento Círculos de agua. Yo soy el personaje inspirado en la historia que se repite.
Me mudé para Centro Habana, en una zona donde el agua es oro líquido. Supuestamente, el ciclo del agua es un día sí y otro no. Pero llega hasta pocos metros, en la cuadra contigua, debido a que no abren completa la llave maestra.
—¿A quién puedo quejarme?
Los que dirigen Aguas de la Habana están puestos de búcaros. Con el cinismo que los caracteriza mandan a sus cobradores a domicilio.
Este mes vino uno de ellos, con esa cara tiesa, a traer el “aviso de consumo”.
—¿Cuál consumo?
Si pasan los meses y no sale una gota de agua por ninguna parte de la casa…
Tocó la puerta con tanta insistencia que pensé que solo podía ser el cobrador del agua. Abrí y lo observé en silencio. Con sus manos abarrotadas de recibos, de donde sacaba los míos.
Me dio dos avisos de consumo y ocho recibos de pago con sus fechas de cada mes. La impotencia me carcomía por dentro. En mi rostro vio las ganas que tenía de mandarlo bien lejos. ¡Vaya!, quería gritarle con las mismas palabras que decimos los cubanos cuando se nos zafan los pines…
—¿Por qué le pagué un servicio que no prestan?
Me lo pregunté varias veces en el día, como una idea fija. Pero no me quedé en silencio todo el tiempo:
—Yo sé que tú no tienes nada que ver con esto. Simplemente cobras y ya está. Es tu trabajo. ¡Pero qué asco todo! ¡Este país está acabado!
—Es una tarifa fija —dijo.
—Qué bien. Le respondí con sarcasmo.
El 24 de diciembre fue otro día miserable. No tenía ni aceite para cocinar. Aun así, tuve que cargar agua como una mula a ocho cuadras de aquí, justo donde viven mis caseros, con mi compañera de piso. ¡Ahhh! y también aprovechar y bañarnos allá.
Teníamos que ahorrar varios pomos de cinco litros que cargamos. Ese día, fuimos dos veces.
Cuando veníamos subiendo la calle Campanario, unos borrachos arrastraban una carretilla con unas tablas gruesas y largas. El que venía delante se quedó mirándome, sin girar el artefacto, como diciéndome:
—Quítate, que me da lo mismo si te choco. Ando ciego de la borrachera.
No me dio tiempo quitar la mano izquierda y por culpa de Aguas de la Habana, de esos desgraciados borrachos, recibí tremendo golpe. Solté el pomo y fue a dar a unos metros de mí.
—¡¿Qué coño te pasa!? —le grité.
Siguió mirándome. Parecía que no discernía lo que había hecho.
Mi compañera de piso dejó a un lado el carrito de hacer los mandados donde llevaba cinco pomos apilados. Y le paró la carretilla. Porque los muy pérfidos iban a seguir su camino como si nada hubiera pasado:
—¡Oyeee, ¿no viste lo que le hiciste?!
—Es que hay un bache —respondió el otro que estaba cerca de mí.
Ahí fue cuando sentí su aliento etílico.
—¡¿Qué bache ni bache?! ¡Ustedes lo que están es borrachos!
No refutaron y se largaron con el mismo vaivén.
Aguanté el llanto. El dolor en la mano. La rabia. Solo quería darles unos buenos golpes a esos tipos.
Los vecinos observaron el espectáculo. Los cubanos se han vuelto asiduos al morbo que les causa las desgracias ajenas.
La soga corre húmeda entre mis dedos. La soga es como el tiempo, se hunde en el pozo y vuelve a salir con la memoria hecha nudos.
En las vacaciones pasadas estuvieron aquí, en mi alquiler, mi sobrino y una de mis mejores amigas, para pasarse unos días. Tampoco escaparon del suplicio. A veces, sin querer, no podemos evitar lo austero de nuestras vidas.
Un día de aquellos alquilé una carretilla. La halamos desde las ocho cuadras atestada de pomos. Era estrepitoso el sonido de las ruedas. De esas que les ponen a las chivichanas.
Nos ayudó otro amigo. Él y mi amiga la arrastraban por delante y yo por detrás. Mi sobrino velaba para que no se cayera ningún pomo.
Mi compañera de piso llevaba el carrito de los mandados con los cinco pomos. Aprovechamos y dimos dos viajes. En la segunda vuelta, se rompió. A mitad de las vastas cuadras.
Agotados, pensamos cómo solucionarlo. En el agua sucia que había estancada en la calle, mi amigo encontró un cable resistente. Amarró el tornillo que se había partido, por donde ellos halaban, y logramos llegar.
—Ame, esta situación es inaguantable. Tienes que ver si encuentras otro alquiler. Aunque sea un poco más caro y tengas que ajustarte con la comida. Pero que este problema no exista —dijo mi amiga.
—Como está la cosa, dudo que pueda pagarme un lugar mejor.
Silencio.
Puedo describir tres, siete escenas, quince más. Y siempre es lo mismo. Halar. Aunque la soga se resbale y tenga la palma de la mano en carne viva. Es lo mismo. Ahorrar el agua de los pomos. Cargar.










