La familia que siempre soñé

Era la descripción de la foto que Mijaíl Torres había subido a Facebook, en la que aparecían abrazados a Mijaíl, su nueva novia y la familia de ella. El amasijo de cuerpos colmaba el espacio vital del abrazo en el asiento trasero del almendrón. Dos niños sentados en las rodillas de la novia: uno de 7 años, otro de 7 meses. Los abuelos a ambos lados. Apenas le alcanzaban los dedos derechos a la novia para atraer por el cuello a Mijaíl hacia el grupo. 

Esto es una crónica de un hecho documentado con audios. Los nombres de algunas personas han sido transformados el mínimo indispensable. Mijaíl Torres, enfermero de medio siglo, vivía con su padre viudo de casi 90 años y su perra en un apartamento de La Habana. Era el único amigo de mi infancia que aún permanecía en la Isla.

Los apagones arreciaban fuera de la capital y la crisis política y económica seguía en incremento. Yo había salido de viaje por un mes. Mijaíl no ha tenido suerte en el amor. Pero me escribió para decirme que había comenzado una relación con una doctora de Pinar del Río, hija de un paciente suyo del hospital. 

Una semana después, mi mamá me contó que Mijaíl, la novia, los hijos y los padres de ella, al regreso del zoológico, habían pasado por su casa. Que el hijo mayor de la novia era un niño muy gracioso y le había dicho: “¡Me gusta esta casa! Está muy ordenada. Te la compro por cien pesos”.

En cuanto regresé del viaje, Lynn y yo decidimos visitarlo. Nunca nos anunciábamos, simplemente nos aparecíamos allí todas las semanas. 

Era de noche, cuando entramos al pasillo que conduce a su apartamento. La silueta de una perra flaca vino a saludarnos moviendo la cola. Pensé que era de la vecina. Lynn se quedó detrás con el animal. 

—¡Esta es la perra del papá de Mijaíl! ¿Pero por qué está aquí abajo?

La vecina salía de su casa y movió la cabeza con pesar.

—La botaron… —señaló hacia arriba—. Sin palabras.

Esto es una crónica de un hecho documentado con audios.

Subimos las escaleras de hierro. Cuando tocamos a la puerta, abrió su novia. La formalidad de su sonrisa se transmutó en una preocupación que intensificó sus ojeras cuando me dirigí hacia la sala. 

Dentro de un corral estaba su hijo más pequeño. En el suelo de la oficina de Mijaíl, había dos colchones. Los padres de la novia, adormecidos bajo los rayos catódicos de un televisor Panda, estaban sentados en el sofá. 

Mijaíl lucía atormentado en el fregadero, mientras levantaba un cuchillo gigante para cortar un pollo congelado. Torres, el padre de Mijaíl, estaba parado mirándolo, con la boca llena de baba seca. Lynn lo saludó efusiva.

—Torres, ¿qué pasó con la perra?

La novia saltó histérica:

—¡Shhhhhhhh! ¡No le hables de eso!

Mijaíl bajó la cabeza, murmurando:

—Ay, mi madre…

Lynn abrió los ojos:

—¿Por qué no voy a hablarle, si él es el dueño de la perra?

—¡Porque él se pone muy mal!

Los padres de la novia la secundaron a coro:

—¡Sí! ¡Se pone muy mal!

Lynn los ignoró.

—Torres, la perra está en el pasillo. ¿Qué pasó?

El anciano movió sutilmente la cabeza en dirección a los nuevos inquilinos. 

—¿Qué tú crees de todo esto? —se acercó a Lynn confidencialmente—: mija, si tú puedes, dale algo de comer…

“¡Me gusta esta casa! Te la compro por cien pesos”.

La novia, como una tromba, giró hacia la cocina. Yo solo podía ver sus gestos mientras mascullaba reproches a Mijaíl, hasta que finalmente proyectó su voz y se escuchó la última oración:

—¡Óyeme lo que te voy a decir, tus amigos me tienen que respetar porque esta es mi casa! 

—¿Qué tú crees de esto, Coyula? —Torres se acercó y vi mi reflejo en sus ojos vidriosos—. ¿Tú has visto cómo me tienen aquí? 

No tuvo tiempo de decir nada más. La novia se abalanzó hacia nosotros.

—Yo tengo que hablar con ustedes dos.

Nos alejó de Torres, hacia la azotea. El anciano quedó en segundo plano.

—A ver… La perra hubo que botarla porque él le daba toda la comida. Ustedes no saben… ¡Él tiene demencia senil y se pone violento!

—Pero es su perra —dijo Lynn—. ¡Eso es lo que lo hace feliz! Demencia senil y achaques tiene cualquiera a su edad y él…

—¡Pero tú no sabes la situación que hay aquí! Tú no eres doctora y yo sí, y sé lo que él necesita…

—Pero yo a ti no te conozco. ¡Y es la perra de Torres! ¡Eso es lo que me importa a mí! 

—¡Yo soy la mujer de Mijaíl y esta es mi casa!

—¿Tu casa? A ver si te sigo… Yo hace diez años vivo en la casa de él —Lynn me señaló— y sé que la casa es suya. Hace años que vengo a aquí y Mijaíl es nuestro amigo. Todo esto ha sido demasiado rápido, si por lo menos hubiera existido un noviazgo de un tiempo…

—Eso era antes, ahora la gente se salta etapas, mira… Tenemos maneras distintas de entender esto… 

—Evidentemente… No hay mucho más que hablar —concluyó Lynn.

—Exactamente.

En eso se acercó Mijaíl y la novia lo enfiló:

“¿Qué pasó con la perra?”

—¡Yo y ella evidentemente no nos vamos a entender!

Mijaíl sostenía el cuchillo sin hablar. Decidí intervenir: 

—La vecina de abajo nos dijo que estaba sin palabras por lo que estaba pasando aquí. Ahora veo que Torres está medicado y antes no lo estaba.

La doctora hizo silencio. Miró a Mijaíl. El pollo empezaba a descongelarse en el fregadero.

—Bueno, mira, vámonos —y dirigiéndome a Mijaíl—: aquí te traje unas películas para que copies.

Inmediatamente sentí lo inútil de mi sugerencia. La computadora era inaccesible, pues la habitación estaba llena de colchones. Mijaíl corroboró la imposibilidad.

—No, mejor en otro momento…

Caminamos por el pasillo hasta la puerta de salida y, antes de que la cerrara, me volteé:

—Vamos a bajar para decirte una cosa.

—No, no, no…  Mejor no, porque después ella se pone del cará…

Lynn y yo nos quedamos inmóviles.

—¿Pero tú ya no tienes libertad ni para hablar?

Mijaíl se veía ansioso por apresurar nuestra salida del domicilio.

—Después, después…

A la mañana siguiente, recibí un mensaje de WhatsApp de un número desconocido.

Buenas noches. Le escribe la esposa de Mijaíl. Disculpe la hora, pero sinceramente no pensé q con lo bien q lo he tratado, usted tuviera una compañera con esas características. Aunque usted y Mijaíl tienen muy buena amistad, cada persona debe respetar el medio en el lugar q esta, y las personas q les rodea, además de comportarse educadamente y profesional, que no es la impresión que me llevo de su compañera. Y no voy a permitir ni una ofensa, ni opiniones de nadie, porque nadie sabe los problemas de nadie, por lo que le digo q por favor no traiga más a su compañera aquí a mi casa.

Antes de bloquearla, contesté: “No tengo nada más que hablar con usted”.

“¿Pero qué le están inyectando?”

Lynn había notado que Mijaíl estaba más delgado. Nuestra preocupación se multiplicaba por la impotencia. Llamé a un amigo común en Miami y me comentó: “Olvídate… Primero fue la perra. Después, Torres. Y al final va a ser Mijaíl”. 

Tres días después fuimos a visitarlo al hospital. Nos lo topamos en el pasillo del sótano. Mijaíl adoptó un aire casual.

—¡Eh! ¿Qué pasó?

—Tenemos que hablar —le dije.

Mijaíl hizo un gesto para que lo acompañáramos. Avanzamos por el pasillo oscuro. El hormiguero quedó atrás cuando subimos las escaleras hasta el segundo piso. El celular de Mijaíl timbró. 

—No. Estoy en la farmacia —fue lo único que dijo antes de colgar.

Usó sus llaves para abrir una consulta vacía. Entramos y cerró la puerta. Luego señaló la mesa, nosotros ocupamos las sillas de los pacientes y Mijaíl se sentó en la silla del doctor. Traté de ir al grano. 

—Mira, nosotros estamos muy preocupados por lo que vimos el otro día. Era obvio que esa mujer no quería que nosotros entráramos. Lo noté en su cara, cómo cambió…

—No, mira… El problema es que el niño es alérgico a la perra y nosotros se la habíamos regalado a una amistad que vive en la calle 12. Pero la perra se escapó y por eso es que está allá abajo. 

—Bueno, pero tienen toda la azotea para tener a la perra, sin necesidad de botarla. 

—Eso no es así, ella iba a entrar de todas maneras…

—Bueno, obviemos lo de la perra. A mí lo que más me preocupa es que ella diga que esa es su casa, y sobre todo que tu papá ahora está medicado.

—Sí, yo no quería. Pero, bueno, ella es doctora y eso es lo mejor…

¿Horror a la represalia, a perderla, a la soledad?

—¿Pero qué le están inyectando?

—No, no son inyecciones… Son unas gotas… Él estaba muy alterado….

—Pero, ¿cómo no va a estar alterado, si el apartamento parece un campo de concentración?

—Imagínate, la mitad del barrio no me habla, compadre… Eso fue idea mía, porque el padre tiene que atenderse aquí en el hospital. Él no puede valerse por sí mismo. Y yo les dije que vinieran todos, porque es más fácil que pagar un carro de cuatro mil pesos desde Pinar del Río. Es hasta que termine el tratamiento…

—¡Pero esa mujer dice que esa ya es su casa! Y sin que yo le diera mi contacto, me mandó un mensaje que…

—Sí, sí, yo lo vi… Es que ella es un tipo de persona… A ver cómo te digo: eso se lo dije yo. Yo le dije: “Mimi, esta es tu casa, y tú puedes hacer lo que tú quieras”. Y ella dijo que la casa estaba muy oscura, que le hacía falta una mujer. Y ella ya tiene planes de venir para acá, ampliarse… Es verdad que ahora tengo más responsabilidades. Pero yo, la verdad, Miguel, no tengo quejas: ella me atiende, me cocina…

El celular de Mijaíl sonó de nuevo. Él lo agarró rápidamente y escuchó por unos segundos hasta que su boca se trasformó en una mordida. Colgó con un puñetazo en la mesa.

—¡Pinga!

—¿Qué pasó?

—¡Que los vio entrar aquí! —Lynn y yo nos miramos atónitos—. ¡Y yo le dije que estaba en la farmacia, pinga!

Otro puñetazo en la mesa. Su rostro desprendía un terror indescifrable. ¿Horror a la represalia, a perderla, a la soledad? Mijaíl había dejado de escucharnos. Su mirada divagó hasta centrarse en la puerta cerrada.

Lynn y yo nos volteamos a mirar.

—¿Tú crees que ella está allá afuera escuchando esta conversación?

Mijaíl movió la cabeza y se encogió de hombros con resignación. Lynn prosiguió.

—Dime tú… Mijaíl, mira, yo no me voy a meter en la relación de ustedes como hombre y mujer… Lo que yo te voy a decir te lo digo como amiga, porque yo no tengo nada que ganar o perder con esto. Te aconsejo que no la pongas en el registro de dirección todavía. Espera a ver cómo evolucionan las cosas…

Nos levantamos. Mijaíl se adelantó nervioso para abrir la puerta. La cerradura giró, seguida del ruido de las bisagras. El pasillo del hospital estaba vacío. Pasaron varias semanas y llegó el invierno. No hemos vuelto a verlo. Su muro de Facebook permaneció sin actualización, congelado en la misma imagen: “La familia que siempre soñé”.




la-culpa-corazon-azul-cnn

La culpa blanca

Lynn Cruz

Saupier ha mostrado el horror sin enjuiciarlo. Ha quitado la grasa para dejar el problema a los espectadores.






Print Friendly, PDF & Email
1 Comentario
  1. Creo que conozco a los personajes, y el debería preguntarse por que la mitad del barrio no le habla. Ojalá que esa doctora de nombre impronunciable no termine trabajando en el oncológico.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.