Yo no quiero un AKM

Los conceptos abstractos no lo son a todos los niveles. Hay un punto en el que se traducen en materia. Soberanía es uno de ellos.

La soberanía de un país es la autoridad suprema, independiente y de autogobierno que reside en el pueblo o en el Estado, permitiéndole ejercer el poder político y jurídico sobre un territorio sin interferencias externas. El defenderla a todo precio reside en los ciudadanos. Y estos, a su vez, la interpretan en la medida en que sienten la nación como su nación. 

Personalmente, soy del credo de la independencia. Cuba es Cuba y es para los cubanos. Todos, sin distinción. Sin protectorados, sin anexiones. Cuba. Por su historia peculiar, por sus tradiciones arraigadas, por su cultura única, por la singular conformación de su población. Cuba. 

Sin embargo, la concatenación de hechos históricos, la persecución de ideales que no son coherentes con la manera en que se practica perpetuarse en el poder, han transcurrido hasta un punto en que el valor de lo que se supone debía defenderse, no existe. El ideal lleva consigo libertades, lleva jama y techo, lleva salud y bienestar. 

Yo no quiero un AKM, quiero el país efectivo que me lleve a defenderlo.

Uno en que me sienta parte del destino y que no se me escamotee con decisiones en las que me impiden participar y decidir. Uno en el que pueda no solo vivir bien, sino en el que mi límite sea mi sacrificio y mi talento. En el que el beneficio de pertenecer tenga dos vías: la de la Nación que me enorgullezca y la de ella orgullosa de tenerme.

Los ideales, los conceptos abstractos todos, se traducen en pan, ropa, techo. En dignidad.


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Claro que en la mesa de negociaciones no está el pueblo. Ni por representación. 

Quienes “negocian” están negociando sus intereses, que no son los del pueblo o los de la Nación. 

De la Nación, no lo son. Porque llevaron las cosas a un límite en el que hay que “entrar de espaldas y enjabonao”: por mucho que pataleen, la fuerza en una negociación reside en que se sepa que hay potencial de exigencia. Y no lo hay. 

Del pueblo, tampoco. Porque han demostrado no escuchar siquiera y reprimir cualquier disenso. Y los disensos son pueblo también. Las expresiones críticas son pueblo también. Las protestas. Las opiniones de los expertos. 

Lo que no es pueblo es la Asamblea Nacional del Poder Popular, que ha aplaudido y aprobado por unanimidad cuanta cosa le han puesto delante. Sin transmitir y velar por las opiniones del pueblo e incluso en su contra. 

Ni siquiera hay rendición de cuentas a esa Asamblea, que se supone es el Poder Popular, de las negociaciones. Esa, que en papeles debía ser quien aprobara. Pero ya lo dice incluso la Constitución: Dios es el PCC.

Tampoco el pueblo ha logrado imponer su opinión, mantener la postura que obligue a que sea protagonista y no mero espectador. El miedo, la división, la polarización absurda de credos en detrimento de los intereses de la Nación misma. 

No ser una sola voz está pasando cuentas. La extrema izquierda posicionada en un falso patriotismo (que termina teniendo que entregar el país) y un espíritu revolucionario (que es reaccionario por definición de manual), cuando esas mismas posiciones han obligado a entrar “de espaldas y enjabonao”. Y la extrema derecha empujando a una violencia que, en última instancia, es decisión de todos los que han de adoptarla. 

Para dirigir nuestros propios destinos hay que hallar en terreno mutuo, común, de deseos y a partir de ese, echar la pelea. Pueden increparme, insultarme, exorcizarme, pero no habrá Nación hasta que hablemos algún dialecto común. 

Seremos espectadores mientras que sean otros quienes decidan nuestros destinos.

Lo que sí es impostergable es salir de esta crisis. Sea lo que sea que alivie estar sobreviviendo en condiciones infrahumanas, será mejor. 

Las vidas valen hoy más que los ideales. Desafortunadamente, lo otro es el Holocausto.