Alberto Garrandés: Hacia lo cubano en la pornografía (II)

Imaginemos una sex-shop cubana. Hacerlo es difícil, pero uno puede abandonarse al ensueño fantástico y ver, en la esquina de 23 y L, un establecimiento con esas características: posters de diversa naturaleza (incluidos los clínicos, claro), revistas sin demasiado morbo (de perfil internacional y con textos inmersos en el territorio cultural del sexo y el cuerpo), plegables promocionales (de espectáculos y terapias filosexuales realizados en La Habana, digamos) y hasta películas terapéuticas (no pornográficas, sino de un talante que bordearía el mundo de la autoayuda).

Entre estas últimas, en nuestra sex-shop quizás haya cortometrajes (de hecho existen, pero han sido realizados por compañías norteamericanas y europeas) acerca de la masturbación en solitario, la masturbación mutua, el uso de lubricantes (desde luego, se venderían varias marcas de gel y de aceites) y las formas, muy diversas, de acariciar un clítoris y un pene. Me refiero a esas películas producibles por la imaginación tropical, la buena información y el buen gusto. No hay que olvidar que, para ciertos públicos, la ciencia del sexo puede ser muy excitante, y que el modelado cultural del erotismo deviene a veces una forma de la clínica.

En la muy habanera sex-shop habría, como es lógico, vitrinas. Para consoladores simples, para consoladores-vibradores, para estrapones (el español peninsular inventa esa palabra a partir de la voz inglesa strap-on, que significa consolador con arnés), para látigos y fustas, para taladros-percutores con brocas desmontables, y hasta para muñecas y muñecos prestos a ser usados en el ejercicio del sexo y las fantasías sexuales.

¿Ustedes recuerdan Grandeur nature (1973), aquella extraña e irrepetible película franco-española dirigida por Luis García Berlanga? El tamaño natural ha sido siempre lo más aconsejable. No hace mucho pude ver un maravilloso cortometraje (de sabor un tanto poscolonial, sin embargo) de divulgación de la estatuaria africana contemporánea, donde una mujer madura (rubia, delgada, en torno a los cuarenta años) fornica, en una galería de arte, con una dotadísima figura totémica.

El imaginario sexual de/en Cuba es variado y repetitivo. Y, como me dijo una amiga, si hay dos neuronas, una es para el sexo. Hay empate y empatías: cincuenta por ciento para la modelación pre-masturbatoria del sexo (digo que es pre-masturbatoria porque un buen número de veces todo queda en lo dialógico, entre el deseo y la espera, y entonces las actitudes ceden al autoalivio), y el resto para la cotidianidad. Esta palabra es todo un concepto y podría englobar al sexo, pero prefiero, por ahora, mantenerlo apartado.

En rigor, bajo condiciones de desastre financiero, desmoronamiento de eticidades (las que sean) y precariedad material consuetudinaria, el sexo tiende a ocupar en Cuba una estancia (a veces ni eso: las arboledas de las ciudades cubanas se colman de gemidos, coágulos que se derriten y condones) que va más allá de lo cotidiano. En Cuba el sexo es un acontecimiento demasiado prominente, y deviene una circunstancia que se presenta en todo momento, en toda situación, con todo tipo de personas y personajes.

En la isla de la maldita circunstancia del agua por todas partes (recordémoslo a él, a Su Majestad Virgilio Piñera), una sex-shop es un sistema metamórfico, un fenómeno estratificado. Uno de esos estratos, acaso el más grueso, es el que impulsa a ver allí un asunto de palabras y ficciones.

Hace unos años un amigo me contó que, en tiempos de socialismo europeo, salió de la aduana checa en dirección a Moscú, y los detectores advirtieron una presencia inequívoca. En el equipaje de mano de este amigo se advertía la forma (inconfundible) de un pene. Como mi amigo no era Hannibal Lecter ni trabajaba en la faloteca de Húsavik, en Islandia, cuando abrió su pequeña maleta de trabajo, los aduaneros vieron, falsamente desconcertados, el consolador, y le preguntaron: ¿Y eso para quién es? Mi amigo respondió, en inglés, en medio de una gran calma: This is for a lady. Y allí terminó el asunto, sin que nadie se rompiera la cabeza averiguando cómo había adquirido, en Praga, un dildo que, además, era violeta.

La literariedad de los juguetes sexuales es un contexto que los acompaña. Me refiero a ficciones, recuerdos ficcionales, fantasías armadas con las historias propias y de los demás, dentro de la experiencia del cuerpo y el sexo. La sex-shop de 23 y L, a unos metros del ICRT —la institución que, con horror, censura todo o casi todo lo que sea sexo en las telenovelas cubanas y extranjeras, en el cine que se pasa por la televisión, y hasta en las series de terror gótico—, podría ser un atractivo turístico de gran notoriedad por estar enclavada en la capital anómala de un país anómalo que, además, posee predicamentos dispares. Imaginarla así equivale a imaginar, además, una demarcación —siempre con cristales bien limpios— donde chicas y chicos con anatomías de pasarela pudieran promocionar lencería en general (para hombres y mujeres): bragas, ligueros, pantis, ajustadores, tangas, saltos de cama, junto a calzoncillos comunes, de algodón, o de elastano, y slips y bóxer-slips, o los que bordean el fetichismo leather.

Pero allí quizás cabría, también, la posibilidad de educar (¡santa palabra!), por otro camino, a las personas que piensan (con normalidad, o mucho, o más que mucho, o demasiado) en el sexo. Todo el mundo piensa en el sexo. Todos pensamos y hablamos de sexo. Todos fantaseamos con el sexo, entre las expectativas y las ganas. No hay que ceder a la tonta hipocresía de decir que no lo hacemos.

Hubo un tiempo —cuando el llamado hombre nuevo irrumpió en los mitos de la Revolución, en sus utopías, en sus espejismos— en que el sexo en Cuba era considerado un asunto vergonzoso. Y me refiero al sexo “normal”, no al que practican (casi un delito no hace mucho) los travestis, los gays, las lesbianas y los sujetos transgenéricos en general. El hombre nuevo —un obrero blanco, heterosexual y revolucionario— casi no tenía sexo, excepto para procrear. Y no tengo ni que decirlo: el hombre nuevo ni se masturbaba, ni veía películas pornográficas, y a su mente revolucionaria, abrumada por el deber y los heroísmos de la patria, no acudían imágenes lascivas, ni cuerpos desnudos.

La mejor utopía es la que, en lo agónico (no así en la superchería), ni se da, ni se cumple, ni es hacedera. Aristóteles (no hay que olvidarlo) dice que, al construir un ideal, podemos dar por supuesto lo que anhelamos, pero es imprescindible, al mismo tiempo, evitar las imposibilidades.

Como iba diciendo: educar desde la sex-shop. ¿Hay algún oxímoron agazapado allí? La academia llena de éxtasis, la frialdad que quema. ¡Una librería erótica en una pequeña sala de esa sex-shop que, en 23 y L, desafía el barroco equilibrio de la ciudad! Y hasta una videoteca selecta. Porque el cine no se queda atrás. El buen cine con sexo explícito, donde la artisticidad saluda, con una leve inclinación de cabeza, a la pornografía, y comparten un territorio común: la obra donde se produce una plausible tejeduría cultural.

Entremos a la librería, donde hay una mezcla de ediciones de escritores cubanos (libros de reciente aparición, por ejemplo) con ediciones extranjeras. Los títulos que se muestran ya han pasado por los ojos de quienes escogerían muy bien qué vender allí. Ficciones eróticas y sexualizadas —novelas, cuentos, teatro, poesía—, y ensayos sobre temas afines. Algunos libros míos figurarían allí, supongo. Y los de otros colegas.

En un rincón de esa imaginable librería podría haber un sitio complementario, de carga y descarga de archivos digitales. El acceso a una biblioteca erótica mundial. Las carencias de Gutenberg se resolverían allí fácilmente. Textos de iniciación en la lectura erótica, escritos por figuras célebres y más o menos clásicas: Pietro Aretino, Frank Harris y Anaïs Nin. O John Cleland, Guillaume Apollinaire y Henry Miller. O Pauline Réage y Yukio Mishima. O textos de los desconocidos (en Cuba) A. C. Swinburne, Amy Yamada, H. S. Ashbee, o Nelly Arcan.

Se le encargaría, a un artista del diseño gráfico, realizar una suerte de gigantografía con fragmentos de los Sonetti lussuriosi, de Aretino, para colocarla en alguna pared, exterior o interior, de la sexshop. Y una proclama que diga algo así: Erotómanos, fornicadores y devotos del sexo de todos los países, razas y tendencias: ¡únanse!

En definitiva, entre la promoción del sexo y la promoción de la guerra, ¿qué es lo obsceno, impúdico, sórdido, indecoroso, innoble, repugnante?

Al final me dirán: Usted ha convertido una dinámica y resuelta sex-shop en un salón que no desiste de la alta cultura. En efecto, así es. ¿De qué otra manera?

 

Hacia lo cubano en la pornografía (I)

Hacia lo cubano en la pornografía (III)