Alberto Garrandés: Hacia lo cubano en la pornografía (III y final)

Uno:

¿Dónde estarían ahora los chicos de ese corto filmado con un celular (son taaaantos que se atropellan), donde ella dice: Ay, Diego, ¡déjame ver!, y él: Espérate, chica, tócate? El registro de la cámara dice con fidelidad: 20 de agosto de 2005, 10 y 14 minutos de la noche. ¿Dónde estarán? ¿En Cuba? ¿Fuera de Cuba? No sabemos. No hay modo de saber. Ella se masturba con habilidad, friccionando con lentitud su vulva totalmente rasurada (entre nosotros, que las mujeres se rasuren o no es algo capaz de desatar una polémica digna de estudio), y de pronto se advierte, en uno de los labios mayores, un lunar. La cámara es errática, a veces enfoca mal, pero el lunar está ahí, visible, y quien filma queda hechizado a causa de ese descubrimiento.

Dos:

La veracidad absorta, casi ramplona, de los hechos: he ahí el estilo del registro. Aunque resulte paradójico, en realidad nos hallamos un poco más allá de los límites de lo que suele verse en los videos home-made internacionales. Desde los anglo-hispanos hasta los muy europeos. Pero los europeos (por ejemplo, los checos, los españoles, los alemanes, los franceses) desestiman lo que yo llamaría la parálisis de la curiosidad. En los cubanos, esa distinción forma parte de la puesta en escena (aunque, en rigor, no haya ni por asomo una puesta en escena).

Tres:

El hombre de hoy esgrime una mirada anhelante que siempre busca otra imagen detrás de todo lo que ve. Esa es la mirada que, con naturalidad, expresa una presunción. La pornografía deviene pornográfica porque magnetiza un propósito de visualidad alternativa. De hecho, la pornografía pervive gracias al hecho de que es transicional en su encargo social de conducir al sujeto a alguna parte segura y provechosa —sea cual fuere— de sus realidades sexuales, lo mismo en su práctica, en su presunción, que en su deseo.

Cuatro:

Hay un personaje (y siempre se tratará de un cortometraje filmado en dos circunstancias básicas: discreción y rapidez) que dice: ¡Oye, con eso no hay lío, mira, eso es pa mí, pa mí solo, pa más nadie… yo quiero eso pa tirar yo solo y después lo voy a borrar delante de ti! Ese juramento (que se repite una y otra vez, de diversas maneras, en la pornografía insular) se oye tras una indicación hecha en voz baja: No, no… dile que apague eso, no quiero… dile que apague la cámara, ¡si no, no! La chica que reclama privacidad intenta taparse el rostro. La falta de luz y la baja resolución de la imagen la auxilian en ese propósito. Casi no vemos nada, salvo los gestos del joven que se abandona a la felación. No va a pasar nada, él tiene mujer y es casado, dice el joven. Al pensar detenidamente en sus gestos, nos damos cuenta de que él es, diríamos, una especie de romano antiguo, pues respeta ciertas reglas: no se abandona pasivamente a una mamada (como se dice en cubano), sino que, activamente, irrumpe en la boca de la chica, la penetra así. Sin saberlo, rehabilita un mandato (una regla) del patriciado sexual en las civilizaciones dominantes del Mediterráneo. El otro, un asistente/testificador —es, para mayor sospecha, un mulato flaco con una cámara muy modesta—, solo quiere ver, referenciar el acto y, al cabo, masturbarse.

Cinco:

En condiciones normales de legibilidad, el lenguaje hablado importa mucho en ciertas variantes de la pornografía. Pero las que no son (o no pueden ser) comerciales, o las que privilegian la certificación y la legitimidad de los sucesos sexuales en sí mismos —juegos de última hora, pequeños triunfos sociales, bienestares sencillos de origen competitivo—, no prestan atención a las palabras. Este es el caso de la pornografía en Cuba, que, repito, ingresa en dicha condición (de la mera filmación íntima, al documento que deviene cultural) solo porque circula a causa de accidentes ligados a la indiscreción, el simple divertimento o la vanidad. Cuando hay palabras, por supuesto que no se calculan. Para colmo, lo habitual es la presencia de ese white noise o ruido de fondo que resulta de la mezcla de sonidos callejeros o domésticos con música de reguetón. Por su parte, las variantes “románticas” pueden incluir canciones de Marco Antonio Solís, por citar solo un ejemplo.

Seis:

Escojo al azar. He aquí una de las pocas trazas de actuación pornográfica. Él dice, con su erección ofrecida: ¿Te gusta? ¿Eh? Dime… ¡dime!, ¿te gusta? Dime, a ver… dime si te gusta. Ella susurra: Sí, sí, ¡sí! Es un alegato agónico, casi en forma de grito, matizado por una respiración también agónica. Él exige: ¡Dámela, dámela! Y ella empieza a masturbarse. Operáticamente… o casi. Hay indicios de que esos 5 minutos con 57 segundos fueron filmados en una habitación de alguna casa de la zona oriental de Cuba. Él repite: Dámela… así, dámela, dale, dale, ¡dámela! Ella se masturba con gran pompa. Pero la cama es pobre, como la habitación. Hay un clóset desordenado, con un equipo de música en el suelo y unos zapatos. Ella es una mujer real, realista, que se deja filmar gimiendo muy alto mientras la cámara enfoca la vulva y un vientre atractivo donde se observa, ¡sorpresa!, una cicatriz que va desde el ombligo hasta el pubis. Él ordena: Ven, ponte en cuatro. La penetra y, tras un minuto de jadeos, se retira. Ella torna a gemir y dice, al incorporarse, entre sonrisas: Ya, ya, por favor, ya.

Siete:

El porno nacional es home-made, como he sugerido ya, y esa circunstancia modifica muchísimo sus coordenadas y su posible andadura dentro de quienes suelen (o no) mirar. Me doy cuenta de que se trata de un asunto social muy complicado, pero también es un tópico de naturaleza mental, hijo de dos procesos paralelos: la acreditación y la desacreditación simultáneas del sexo en condiciones de contención/reprimenda católico-burguesa. ¡Ni siquiera en condiciones de socialismo empírico! Uno de los factores decisivos es el de la curiosidad endógena, por así denominarla. Los cubanos y las cubanas saben o intuyen cómo son o podrían ser la sexualidad y las prácticas sexuales en Cuba, pero por razones muy diversas —falta de información, prejuicios, ausencia de referentes— necesitan explorar extensamente (o hasta donde se pueda) las imágenes de la intimidad sexual, que por lo general son encuadradas como se encuadra un descubrimiento, o un instante crucial.

Ocho:

La variante cubana de los mandingos y monsterdicks, esa zona rutilante y quimérica de la pornografía (que usa el inglés como idioma universal, aunque semejante merecimiento sea discutible), tiende a la gracia, la comedia y la altanería. En otros contextos, el mandingo (sujeto afrodescendiente y de dotación extremada) asume su papel con gravedad y deliberación, casi entre gruñidos y bramidos de aspecto poscolonial. Al mismo tiempo, habría que insistir en los matices aportados por un asunto más bien general: lo cubano en la pornografía es inseparable de la índole especular de sus gestos. La pornografía internacional, al ser una industria, intenta representar (y vender) diversos rendimientos y mitos en torno al sexo, mientras que la pornografía cubana (que lo es por derivación, o por subordinación a un uso hiper-privado) lo único que hace es representar la auto-fascinación de los sujetos ante el espejo de las cámaras, tras el juego exhibicionista y la búsqueda de testificaciones pasajeras.

Nueve:

Quiero terminar esta suerte de romería pagana con un ejemplo curioso. En la pantalla tenemos dos jóvenes que se reúnen (en un ámbito pobrísimo) con dos muchachas para tener sexo. Son dos momentáneas parejas swingers. Parejas de último minuto. Una de las muchachas (la otra, desnuda y en el suelo, se entretiene jugando con su teléfono) practica la felación al tiempo que descubre cuán grueso (y doloroso) es el pene del otro. ¡Ay mijo, tú la tienes muy gorda!, exclama atónita, con voz de angustia. Y poco después escuchamos, en tono pueril: Mijo, me duele… tengo el toto hinchado. El otro muchacho sentencia: Te lo dije: vamos a traer a la mulatica namá. Y las risas revientan y se expanden. El juego de los cuatro insiste en el placer, y del placer regresan al juego. Están interesados en la articulación del placer con el juego, no en lo que ellos quieren que alguien vea en la película resultante. Y esa particularidad, que me parece rigurosa, coloca allí un énfasis muy dramático.

 

Hacia lo cubano en la pornografía (I)

Hacia lo cubano en la pornografía (II)