Alberto Garrandés: José Rodríguez Feo o el anillo de Drácula

Jane Austen murió en 1817, hace doscientos años, y alcanzó a protagonizar una hazaña literaria que tiene que ver con la reevaluación de los poderes de la novela como género, y con la creación de un nuevo tipo de lector. No se sabe bien si, con sus mejores novelas —Sense and Sensibility (1811), Pride and Prejudice (1813) y Mansfield Park (1814)—, dio vida a ese lector que busca la elegancia de lo llano y lo despejado, o si fue ese lector quien, casi sin acceso a los adiestramientos clásicos y alejado, pues, de las exigencias cultas, favoreció de algún modo la instauración de una escritura donde el discernimiento y la franqueza se alían con la ironía y con una astucia psicológica cuyos fundamentos se hallan en la comprensión de los valores y penurias de cierto tipo de vida doméstica, en familia.

Jane Austen murió joven, con 41 años, y apenas conoció el amor. En eso de conocer y tener experiencias sociales y sentimentales, su existencia fue tan frugal que casi resulta inaceptable como abrevadero (o como inspiración) para alguien que se dedicó, casi todo el tiempo (empezó temprano, antes de cumplir veinte años), a escribir novelas donde se manifiesta cierta inclinación a aleccionar, casi a predicar, y donde uno puede descubrir cuán complejo podía ser el tejido de las emociones y los impulsos humanos en un contexto aparentemente sencillo.

Hubo un tiempo en que Jane Austen no existía para mí. Después de leerla, con diecinueve o veinte años —la época en que me adentré en algunas novelas de François Mauriac, Thomas Hardy, Henry James y otros—, a mi mente venían figuras humanas, salones y retratos frontales de John Singer Sargent, pero sin el toque de lo glamuroso continental. De hecho, los círculos socio-sentimentales descritos por Austen carecen de glamour.

Por supuesto que no estaba nada mal establecer las conexiones pertinentes, en cuanto a estilo y estructuración interna, entre todos esos novelistas. Formas de escritura. Maneras de configurar un personaje, o de imprimir carácter descriptivo a un diálogo, y carácter narrativo a una descripción. Yo, entonces un escritor sin libros, sabía que la novela era (es) un género que cuenta con una poética básica (asentada entre los siglos XVIII y XIX por lo que más tarde se transformaría en una tradición y en una forma de leer), pero tan flexible que con ella se podían hacer muchísimas cosas. De entre todas esas lecturas, quien iba quedando, en firme, era Henry James.

Pero un buen día, a inicios de mi etapa como investigador literario en el Instituto de Literatura y Lingüística, me fui a la biblioteca de la UNEAC con intenciones de completar mi conocimiento de Jane Austen, como había hecho con los relatos de Su Majestad Edgar Allan Poe, a quién ya leía en inglés, con mucha disciplina, mientras estudiaba en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. En la biblioteca de la UNEAC, detrás de una mesa, estaba su director: José Rodríguez Feo. El rostro medio sombrío, la mirada desafiante. Nos saludamos y me invitó a mirar los anaqueles. Allí no había nada de Jane Austen. Se lo dije y me observó de arriba a abajo, con perplejidad. “Lo que hizo pobremente Jane Austen lo perfeccionó Henry James con una gracia total: lea a James”, dictaminó sin levantarse.

¡Qué atrevido! Me acerqué a la mesa. “¿Usted tiene carné de la Unión de Escritores?”, me preguntó con precisión. “Ya me lo darán, acabo de ganar el premio UNEAC de ensayo”, contesté. “¿Cómo se llama usted?”, soltó sacudiéndose un poco. “Alberto Garrandés”, dije. “¿Garrandés?, ¿usted no fue el que publicó ese trabajo sobre Virgilio Piñera en La Gaceta?”, indagó. “Yo mismo”, admití. “No se puede escribir de esa manera sobre Virgilio sin haber conocido su vida”, murmuró. “Bueno… nunca nos conocimos… ahora estoy escribiendo un libro sobre sus cuentos”, revelé. Entonces respiró con obvia incomodidad y saltó al tema inicial. “No puedes sacar libros sin el carné”, me tuteó.

Yo sabía, antes de enfrentarme a él, de su pasión por Henry James. Me quedé callado. Estaba delante del hombre que se había fajado con Lezama Lima, después de fundar y publicar ambos la revista Orígenes. El mismo hombre apasionado y cultísimo que crearía Ciclón (una revista crucial) después de aquella pelea. “He visto que tiene ahí una antología de los relatos de Henry James”, dije bajando la voz. “En inglés”, precisó. “Puedo leer en inglés”, advertí. “¿Usted lee en inglés?”, se burló. “Puedo hacerlo”, repetí. “Llévese la antología”, dijo.

De Jane Austen a Henry James. Pero también de Jane Austen a José Rodríguez Feo. Al final éramos él y yo. Los relatos que atesoraba la antología los conocía ya, casi todos. Lo que yo quería era, más bien, buscarle la lengua a Rodríguez Feo, y le pregunté si Virgilio Piñera traducía también del inglés (del francés, era notorio), pues se le daba crédito de traductor de un cuento que figuraba en una de las antologías de Rodríguez Feo. No recuerdo ahora si se trataba de una historia de Bernard Malamud o de Herman Melville. “Esa es una versión del francés, él no sabía inglés”, contestó con sequedad.

Estuve a punto de olvidar a Jane Austen. A mi aire releí, de Henry James, cuatro obras inexcusables: The Aspern Papers, The Turn of the Screw, Daisy Miller y The Figure in the Carpet. Recuerdo que en algún momento de aquella entrevista le dije a Rodríguez Feo, con satisfacción, que yo conocía esas obras. “Esas son noveletas”, me repelió agitando una mano. Estaba despreciando lo que me parecía todo un trofeo.

La segunda vez que tropecé (la palabra es exacta: yo terminaba de bajar la escalera que conduce a la oficina de la Asociación de Escritores, y él iba entrando en la biblioteca) con Rodríguez Feo, me interesé en las novelas de Jean Genet. Le devolví la antología de Henry James. Me dijo, registrando en el interior de un modesto sobre de hule verde que le servía de portafolios, que regresara en media hora, y entonces me metí en una larga oficina donde recogí, de manos de Norberto Codina, dos ejemplares de la edición de La Gaceta de Cuba donde aparecía un breve ensayo mío sobre Jorge Luis Borges. Mientras miraba mi texto impreso, Rodríguez Feo entró de golpe y, en voz muy alta, hizo un comentario sobre béisbol. La frase que gritó (Norberto Codina iba a responderle unos segundos después, pues hablaban de un importante partido que la televisión había transmitido la noche anterior) jamás podré olvidarla: “¡Ellos perdieron porque estaban tirando tremendo majá!”.

Rodríguez Feo quería decir que ese equipo (el que fuera) no había trabajado. No se había esforzado. Estaba majaseando, como suele decirse (ya no tanto) en el español de Cuba. Ahora bien, la frase “tirar tremendo majá” es una metáfora suculenta. Y en boca de quien se carteaba con Lezama Lima (y con otros poetas del mundo) acerca de la vida literaria, los escritores y las colaboraciones para Orígenes, aquello parecía un contrasentido.

Pero es normal que una personalidad literaria fuerte deje un halo que se transforma (o que debería transformarse, según las simplezas de la opinión pública) en su marca. Carga con ese halo que deviene su mito. Se supone que el creador de Ciclón no podía gritar una frase semejante. ¿Por qué no? Él era, precisamente, el hombre de Ciclón, en cuyo centro estaba Virgilio Piñera. La lengua suelta y absuelta.

Antes de irme de aquella oficina con mi flamante ensayo ya impreso, alguien me comentó que, tiempo atrás, el hombre de Ciclón caminaba por La Rampa y visitaba Coppelia con un radio VEF de baterías. La revelación me pareció insulsa y tonta, incluso suponiendo que fuera verdad. “Lo invito a mi casa, pero consiga una caja porque estoy prescindiendo de algunos libros y quiero que usted se lleve algunos”, me dijo cuando regresé a la biblioteca. Quedé boquiabierto. En ese instante era un hombre afable, aunque no dejara de mirarme con dureza. Después comprendí que en aquella mirada recta no intervenía la irritación, sino más bien una dosis de orgullo.

Me prestó Querelle de Brest, una novela de Genet sobre marineros, hombrías difíciles y crímenes de amor. No volví a verlo. Por motivos que aún no me explico, mi ánimo ni siquiera se sintió estorbado por mi indiferencia ante la posibilidad de conseguir aquellos libros que él ya no necesitaba.

Le devolví Querelle de Brest por medio de un amigo.

Pasaron unos pocos años y en La Habana se celebró el aniversario 50 del nacimiento de Orígenes, con Cintio Vitier a la cabeza de los festejos. Recuerdo que yo trabajaba como editor en la revista Proposiciones, de la extinta Fundación Pablo Milanés, y que el último número se dedicaba a la revista que Lezama y Rodríguez Feo habían inventado. Tras ese encuentro, realizado en la Casa de las Américas y donde hablaron numerosos especialistas, quedó claro (tengo esa impresión) que, desde hacía bastante tiempo, el universo estético de Orígenes ya era, en verdad, disfuncional. “Un peso muerto”, como había diagnosticado Rodríguez Feo en su sentencia de muerte contra Orígenes, cuando retiró su apoyo a Lezama.

Pero el anillo de Drácula está ahí, con su toxicidad y su ansia de reencarnación, brillando entre las cenizas del vampiro. Orígenes sigue inspirando (y respirando), como también lo hace Ciclón. Y regresé a algunas páginas de Jane Austen, igual que regreso, de vez en vez, a los textos breves de Henry James.