Abel González Fernández: Notas sobre arquitectura en un diario

Un programa de la Televisión Cubana habló, inesperadamente, de Le Corbusier. Hacía un recuento breve, bien pobre, por cierto, de su obra.

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Curiosamente me llega a mi e-mail un artículo de El Mundo donde se le acusa al arquitecto franco-suizo de antisemita y fascista. Después del programa estuve revisando La ciudad del futuro, unas notas de Le Corbusier sobre urbanismo: “Los que tienen el poder, los dirigentes, actúan en el centro de la ciudad”. No pude evitar pensar en la Plaza Cívica (hoy en día Plaza de La Revolución) y en Alamar (hoy en día Alamar).

Más adelante, habla sobre la estructura y las dimensiones de su ciudad ideal de tres millones de habitantes. La Habana podría ser esa ciudad, aunque no llega a los tres millones. La clave de su urbe perfecta es la segregación y la jerarquización de los ciudadanos con relación a su función social y su posición con respecto al eje: “Admitamos, pues, medio millón de habitantes urbanos (en el cinturón del centro) y dos millones y medio en las ciudades jardín”.

Aunque no le doy crédito al artículo de El Mundo, no me asombra el hecho de que Le Corbusier, tan planificador, tan de soluciones para darle forma a las masas, no haya despertado el interés de Hitler o de Stalin. Aunque también escribió: “Mucho me cuidé de no salirme del terreno técnico. Soy arquitecto y no me obligarán a hacer política”. La vida a veces es muy larga y también, según algunos músicos cubanos, un carnaval. Antonio Quintana, el arquitecto del Retiro Médico y del Palacio de las Convenciones, trabajó para Fulgencio Batista y para Fidel Castro.

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“La solución es el socialismo”, confiesan algunos urbanistas marxistas a lo largo de una buena cantidad de libros y artículos. “Si la construcción es un proceso de organización, únicamente la estructura científica de la economía planeada socialista puede brindar la oportunidad para que la arquitectura organizada se desarrolle en su forma más alta. El arquitecto es un planificador y el planificador es un socialista”.

Desde el programa de televisión sobre Corbu (así lo llamaban sus allegados) me picó el bichito del urbanista, del planificador, pero, ¿qué es un urbanista?, ¿dónde encontrarlo? “Entre los arquitectos, los cuales, desde siempre, han estado al servicio de la clase dominante para estos trabajos. El arquitecto ha encontrado a su nuevo cliente: El Estado Capitalista, y se dispone a proyectar sus metrópolis”.

Forestier, Martínez Inclán y José Luis Sert ninguno era socialista, pero los tres fueron planificadores y realizaron proyectos de esta índole para La Habana. Después de 1959 no se conoce ninguna figura prominente dentro del urbanismo cubano. ¿Qué puede significar lo anterior? ¿No hay construcciones significativas? ¿No hay urbanistas? ¿No hay clases dominantes?

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En el Pan.com de 17 y 10, discusión sobre el poder y la arquitectura, casi nos votan, por alguna razón en el Pan.com no se puede hablar alto.

Se trata, creo, de ironías históricas, pero también de planes bien trazados. Hablemos, por ejemplo, de la Plaza Cívica y de un edificio en particular: La Lotería Nacional. Pensada como la institución que, básicamente, administraba la incertidumbre y el azar, el edificio es hoy justamente lo contrario, sus oficinas albergan a algún que otro burócrata kafkiano de interminables “procesos” de rectificación de errores en el Ministerio de Economía y Planificación (MEP). ¿Acaso ese edificio ha dejado de administrar la incertidumbre nacional?

Entre los que discuten, alguien lleva insistiendo toda la noche en el Tribunal de Cuentas, actualmente el Ministerio del Interior (MININT). Repite, como si el solo lo supiera ─aquí la arquitectura tiene la forma de un chisme, de un rumor─, que es una gran obra del maestro Aquiles Capablanca (el de la Sinagoga donde además está el Brecht) y que, al menos para él, es uno de los grandes del Movimiento moderno cubano. Se refiere a sus útiles brise-soleil de hormigón armado ─una técnica que Le Corbusier parece haber inventado para Cuba─, a la fachada con su gran pantalla de piedra nacional, a su mural lateral que firma Amelia Peláez y a la pena que le da el hecho de que él, que detesta la vida militar, probablemente nunca podrá entrar allí para verlo más de cerca.

Entonces se percata de algo y dice en un tono diferente, desapasionado y objetivo: “La Plaza estaba concebida a escala local ─no sabía cuál era el adjetivo preciso─, es decir, se trataba del gobierno de La Habana, de su alcaldía (actual MINFAR) y de otras dependencias. Ahora es el centro de toda la isla. Realmente no se han creado otras Plazas, sino que ha crecido el poder dentro de ella”.

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He pensado todo el día en el significado de las colaboraciones cubanas entre arquitectos y artistas visuales: El mural de Amelia para El Tribunal de Cuentas o el Havana Hilton, el mural de Lam para el Retiro Médico y el de Mariano Rodríguez para el Retiro Odontológico, los bares del Hilton con paredes de Portocarrero, o las esculturas de Rita Longa para el Museo Nacional de Bellas Artes. Más o menos logradas, más que cierta organicidad o correlato estético de una arquitectura a base de líneas y trapecios, estas colaboraciones codifican un mensaje: el Movimiento Moderno cubano, su expresión de acero y concreto, más allá del racionalismo y la funcionalidad, es también un formalismo, un modo de concebir el estilo. Las fachadas de sus edificios, por qué no, son abstracciones de cerámica, de piedra y de mármol.

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Llevo varias semanas leyendo a Roberto Segre, pero la nota la tomo de forma deliberada y tendenciosa. Me fascina su simplicidad, aparentemente ingenua, pero que embarretinó las cuartillas, durante años, de montones de textos para la enseñanza cubana a todos los niveles. Hay una cita ─el texto fue publicado en 1988, al mismo tiempo que la URSS se sometía a la Perestroika─ especialmente curiosa con respecto al urbanismo escandinavo, al que Segre le profesa cierta admiración sin dejar de señalar su “enfermedad capitalista”: “La coherencia del diseño nórdico del entorno no supera a las estructuras funcionales tradicionales, ni el sistema de relaciones socio-espaciales característico de la sociedad burguesa. Inclusive, recientemente, hay una tendencia hacia esquemas segregativos por niveles de ingresos dentro de la ciudad, por ejemplo, la remodelación de edificios antiguos en el casco histórico que se convierten en residencias y negocios de la alta burguesía”.

¿Podemos imaginar un tono más didáctico que el de Roberto? Mientras, a La Habana Vieja, se le cae la mandíbula de la risa.

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El urbanista al servicio del Socialismo se propuso superar una meta esbozada de modo muy simple: eliminar la dicotomía entre la ciudad y el campo. Pero volvamos al viejo y sabio Corbu. Si aplicamos su lógica exacta, vemos que en el esquema de la ciudad moderna las urbanizaciones de la Habana del Este vienen siendo la ciudad jardín. La ciudad jardín debe engullir al centro, el centro debe disolverse en la periferia.

¿Qué ves cuando llegas a la Plaza Cívica, hoy Plaza de La Revolución? Un montón de ministerios, su monumentalidad.

¿Qué entrevés detrás del Mausoleo? La sede del gobierno. Sus calles bien delineadas.

¿Qué hay en Alamar? Un suburbio, un falansterio, un barrio marginal.

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Cuando un arquitecto estatal señala con el dedo desde el malecón hacia la bahía, puede que esté señalando al Cristo, o a la lanchita de Regla. Cuando un arquitecto señala con el dedo desde el malecón hacia la Habana Vieja, seguramente está señalando al Grupo de Administración Empresarial de las FAR (GAESA), donde, probablemente, todos los arquitectos estatales trabajen.