Todo comenzó cuando el crítico y ensayista Duanel Díaz Infante publicó una extensa y demoledora crítica contra “Breve historia de Cuba”, libro del historiador Rafael Rojas.
Aquella reseña, titulada “Breve historia, grande fiasco”, no se limitaba a cuestionar algunos errores factuales o ciertas interpretaciones históricas. Aspiraba, más bien, a desmontar el libro en todos sus niveles, desde la prosa y el aparato conceptual hasta la estructura narrativa y el enfoque historiográfico general.
Duanel acusaba a Rojas de construir un relato “anodino”, esquemático y superficial, incapaz de captar las dimensiones culturales, simbólicas y materiales de la experiencia cubana y, sobre todo, de contribuir, bajo una apariencia de neutralidad académica, a la “normalización” del castrismo.
La crítica de Duanel se apoyaba en una estrategia de acumulación minuciosa. Enumeraba errores de fechas, conceptos impropios, anacronismos y usos lingüísticos defectuosos. Cuestionaba expresiones como el empleo del término “contrainsurgencia” para describir la resistencia de Hatuey frente a la conquista española, corregía detalles etnográficos sobre los taínos y acusaba a Rojas de ignorar dimensiones fundamentales de la cultura cubana, desde la cocina criolla hasta el sincretismo afrocubano. Pero la crítica iba mucho más allá del detalle filológico. Duanel afirmaba que el libro fallaba precisamente allí donde pretendía ser más ambicioso: en su interpretación histórica del castrismo y de la Revolución cubana.
Sin embargo, lo que no termina de entender Duanel, o acaso no quiso atender plenamente dentro de su crítica y posterior contrarréplica, es la base estructural que organiza el relato historiográfico de Rafael Rojas, cuyo eje no descansa únicamente en la descripción episódica de gobiernos, crisis o figuras políticas, sino en la tentativa de pensar la historia cubana como una sucesión de fases de dependencia, articuladas dentro de una lógica sistémica de larga duración, donde la Isla aparece enlazada, casi de manera trágica y recurrente, a diversos centros imperiales, económicos y geopolíticos, que van mutando a lo largo de los siglos sin alterar del todo la condición periférica de la nación.
Ese es, en realidad, el andamiaje profundo de “Breve historia de Cuba”, andamiaje que muchas veces queda opacado por la discusión puntual sobre errores factuales, usos terminológicos o insuficiencias narrativas, aunque constituye probablemente la hipótesis más ambiciosa del libro y también la que le otorga cierta coherencia interna a su periodización.
Desde esa perspectiva, la colonia española, la dependencia comercial respecto a Estados Unidos, la subordinación al bloque soviético y posteriormente el vínculo petroestatal con la Venezuela chavista no serían fenómenos aislados, ni simples accidentes coyunturales, sino momentos distintos de una misma estructura histórica de subordinación exterior que atraviesa la experiencia cubana moderna.
Ahí reside precisamente la dimensión braudeliana o, si se quiere, la aspiración de larga duración que atraviesa el relato de Rojas y que Duanel, concentrado muchas veces en desmontar errores específicos o en denunciar la normalización conceptual del castrismo, deja parcialmente fuera del centro de la discusión. Porque, aun cuando la crítica de Duanel resulte más sólida en términos filológicos y argumentativos, y aun cuando logre exhibir fisuras reales en la construcción historiográfica de Rojas, permanece la impresión de que ambos textos discuten frecuentemente sobre el detalle visible de la narración, sin agotar completamente la arquitectura conceptual que intenta sostenerla.
La idea de dependencia sucesiva funciona en Rojas casi como una clave organizadora del tiempo cubano, una suerte de continuidad estructural que conecta la economía esclavista (integrada al imperio español) con la república azucarera (vinculada al capital norteamericano), el socialismo (subsidiado por Moscú) y la sobrevivencia tardía (articulada al petróleo venezolano y a la exportación de servicios médicos y de inteligencia).
En esa lógica, la Revolución cubana perdería parte de su excepcionalidad absoluta y aparecería integrada dentro de un ciclo histórico más amplio, marcado por la incapacidad de la Isla para constituir una autonomía económica y política duradera.
Es precisamente ahí donde emerge el verdadero punto de choque entre ambos intelectuales, mucho más profundo que la discusión sobre tal o cual error conceptual. Mientras Duanel insiste en pensar el castrismo como una ruptura histórica radical, anómala y devastadora, Rojas intenta reinscribirlo dentro de una secuencia estructural más extensa, donde el problema central no sería únicamente Fidel Castro ni el Partido Comunista, sino la persistencia histórica de modelos de dependencia que sobreviven incluso a los cambios de régimen y a las transformaciones ideológicas.
La paradoja es que esa hipótesis, aun siendo probablemente el núcleo más sugestivo del libro de Rojas, queda debilitada por las propias insuficiencias señaladas por Duanel, pues la amplitud de una tesis de larga duración exige un rigor todavía mayor en el manejo de conceptos, periodizaciones y procesos históricos.
Cuando aparecen vacilaciones terminológicas, omisiones significativas o reconstrucciones debatibles, la arquitectura general comienza también a resentirse. De ahí que la polémica adquiera tanta intensidad, ya que no se discuten únicamente detalles historiográficos, sino dos maneras radicalmente distintas de organizar el tiempo histórico cubano y de comprender la naturaleza profunda de la experiencia nacional.
El punto central de aquella primera ofensiva consistía en denunciar que Rojas diluía la excepcionalidad del régimen revolucionario cubano dentro de una vaga continuidad histórica de “dependencias estructurales”. Según Duanel, la Revolución aparecía reducida a un episodio más dentro de una larga cadena de dominaciones, borrándose así el carácter traumático, autoritario y destructivo del castrismo. El ensayo terminaba incluso con una imagen feroz de la Revolución como “una vieja desdentada y casi calva”, salvada no por la historia real, sino por una historiografía académica incapaz de nombrar claramente la dictadura.
La respuesta de Rafael Rojas no tardó en llegar. Bajo el título “Los errores de Duanel Díaz”, el historiador respondió punto por punto, acusando a su crítico de deformar deliberadamente sus tesis y de esconder diferencias ideológicas detrás de correcciones positivistas. Desde las primeras líneas, Rojas devolvía el golpe utilizando el término “diatriba” para referirse al texto de Duanel y sugiriendo que la motivación profunda de la crítica era el anticastrismo.
Rojas defendía la dimensión material de su libro, recordando que había capítulos enteros dedicados a la economía azucarera, la modernización republicana y las dependencias soviética y venezolana. También justificaba conceptos y decisiones narrativas cuestionadas por Duanel. En torno al polémico término “contrainsurgencia”, por ejemplo, argumentaba que dicho concepto es ampliamente utilizado en la historiografía latinoamericana para describir campañas militares contra movimientos separatistas y rebeldes.
Otro punto esencial de la réplica giró alrededor de la campaña de alfabetización de 1961. Rojas acusó a Duanel de cometer un error histórico al considerar “La historia me absolverá” como programa del Movimiento 26 de Julio. Según Rojas, el verdadero programa político de la organización fue “Nuestra Razón”, redactado por Mario Llerena en 1956, donde sí aparecía explícitamente un proyecto de alfabetización nacional.
En el terreno conceptual, la respuesta de Rojas fue todavía más contundente. Sostuvo que Duanel confundía deliberadamente Revolución y castrismo, y que pretendía convertir cualquier historia de Cuba en un instrumento de propaganda anticastrista. Para Rojas, el fenómeno revolucionario cubano debía entenderse como un proceso histórico concluido hacia los años setenta, mientras el régimen posterior correspondía más bien a una experiencia totalitaria comparable a los socialismos reales de Europa del Este.
Esa réplica, sin embargo, no cerró la discusión. Muy pronto apareció la contrarréplica de Duanel Díaz, texto donde el crítico reorganiza el conflicto y desplaza nuevamente el terreno de la polémica. El comienzo resulta significativo. Antes de entrar en detalles historiográficos, Duanel insiste en una distinción fundamental entre “crítica” y “diatriba”. Escribe que “la diatriba pertenece al registro de la invectiva personal y de la descalificación retórica; la crítica, incluso cuando sea dura, se sostiene en argumentos verificables y en el análisis del texto en cuestión”.
Esta frase funciona como un movimiento estratégico decisivo. Duanel intenta recuperar para sí el lugar de la racionalidad crítica y desplazar a Rojas hacia el terreno de la reacción emocional.
Según la contrarréplica, el historiador habría evitado responder realmente a los argumentos centrales y se habría concentrado en atribuir “molestia”, “irritación” o animadversión personal al crítico. Duanel responde negando cualquier pasión subjetiva y reivindicando lo que llama “la exigencia intelectual de someterlo al análisis crítico que merece”.
La contrarréplica se construye entonces mediante una estrategia de precisión textual. Duanel insiste en que su crítica no fue global ni abstracta, sino apoyada constantemente en citas, ejemplos y correcciones verificables. Vuelve sobre el ejemplo de los taínos y las hamacas “cosidas”, utilizando el caso para ilustrar cómo pequeños errores terminológicos pueden deformar procesos históricos enteros.
Pero el aspecto más importante de la contrarréplica aparece cuando Duanel acusa a Rojas de deformar sus propios argumentos. Según él, la respuesta del historiador no discute realmente las objeciones originales, sino que les atribuye sentidos distintos para poder refutarlas con mayor facilidad.
Esta acusación alcanza su punto máximo en la discusión sobre “contrainsurgencia”. Duanel recuerda que su objeción estaba dirigida específicamente al uso del término en relación con Hatuey y no a las guerras de independencia del siglo XIX. Al desplazar el contexto histórico, afirma Duanel, Rojas convierte la crítica original en otra distinta y más fácil de desmontar.
El análisis de Duanel se adentra luego en cuestiones de mayor espesor teórico, especialmente en torno al llamado “gran debate” económico de los años sesenta. Allí sostiene que la reconstrucción ofrecida por Rojas es históricamente errónea y procede a insertar el conflicto cubano dentro de discusiones más amplias del movimiento comunista internacional. La contrarréplica menciona figuras como Ernest Mandel y Charles Bettelheim para mostrar que el debate sobre planificación, cálculo económico y centralización no fue un episodio aislado de Cuba, sino parte de una controversia global dentro del socialismo del siglo XX.
La eficacia de este procedimiento radica en que Duanel no se limita a negar las afirmaciones de Rojas, sino que reconstruye el contexto intelectual donde aquellas discusiones tuvieron lugar. El efecto es importante, pues convierte la polémica en algo más que una querella local entre escritores cubanos y la desplaza hacia el terreno de la historia conceptual del marxismo y del socialismo real. Según la contrarréplica, esa amplitud contextual revela una estructura crítica más sólida y mejor documentada.
Otro punto donde la contrarréplica adquiere intensidad es el tratamiento de la llamada “Batalla de Ideas”. Duanel cuestiona el uso ambiguo que hace Rojas del término “ministerio” y discute la precisión institucional de las estructuras creadas alrededor de Otto Rivero. Lo que podría parecer una observación menor se transforma en un argumento metodológico mayor, pues para Duanel la exactitud terminológica resulta indispensable cuando se describen dispositivos de poder y mecanismos políticos dentro del sistema cubano.
El núcleo conceptual más fuerte de la polémica emerge, sin embargo, en la discusión sobre la naturaleza del régimen cubano. Según la contrarréplica, Rojas evita sistemáticamente el término “dictadura”, apoyándose en una definición demasiado restringida del concepto. Duanel responde introduciendo la distinción elaborada por Carl Schmitt entre “dictadura comisarial” y “dictadura soberana”, argumentando que el proceso revolucionario cubano terminó constituyéndose precisamente como esta última.
La incorporación de Schmitt amplía el horizonte teórico de la discusión. Ya no se debate simplemente si el castrismo debe llamarse o no dictadura, sino qué tipo de poder constituyente surgió después de 1959 y cómo debe conceptualizarse históricamente. Duanel intenta demostrar que el marco conceptual de Rojas resulta insuficiente para captar la especificidad política del régimen cubano.
A esa dimensión se suma la referencia a Milovan Djilas y su noción de la “nueva clase”. Con este concepto, Duanel interpreta la estructura social surgida tras la Revolución como una nueva estratificación basada no en la propiedad privada clásica, sino en el acceso privilegiado al aparato estatal y partidista. La crítica sugiere que Rojas minimiza esta dimensión burocrática y oligárquica del socialismo cubano, como si el problema fundamental de la Isla continuara siendo exclusivamente la dependencia exterior y no también la consolidación de una élite administrativa que terminó monopolizando recursos, privilegios y capacidad de decisión política.
La contrarréplica insiste además en la coherencia metodológica de su propio procedimiento crítico. Cada afirmación aparece sostenida por citas, referencias o ejemplos concretos, generando una acumulación argumentativa que fortalece la posición de Duanel. Según el texto, esta consistencia contrasta con la respuesta de Rojas, más inclinada a describir psicológicamente al crítico que a desmontar sus objeciones específicas.
La diferencia entre ambos enfoques termina siendo presentada como una divergencia metodológica profunda. De un lado, Duanel privilegia la precisión textual, la confrontación directa y el aparato conceptual riguroso, mientras que Rojas aparece asociado a una respuesta más general, menos anclada en el detalle y más cercana a la caracterización del adversario.
A mi juicio, es precisamente ahí donde Duanel termina ganando la disputa y colocando a Rojas contra la pared, no únicamente por la cantidad de errores señalados ni por la severidad del tono, sino por la arquitectura misma de su intervención crítica, la cual avanza mediante un mecanismo de presión constante que obliga al historiador a responder siempre desde una posición reactiva, como si cada réplica abriera un nuevo frente de vulnerabilidad intelectual cuya clausura definitiva se volviera imposible.
Lo que inicialmente parecía una simple reseña negativa termina convirtiéndose en una operación de desgaste mucho más profunda, donde la insistencia de Duanel sobre la precisión conceptual, la fidelidad textual y la coherencia historiográfica va encerrando progresivamente a Rojas dentro de un espacio argumentativo cada vez más estrecho.
El problema para Rojas no reside únicamente en que Duanel señale errores o imprecisiones, algo que cualquier historiador podría eventualmente corregir o matizar, sino en que la crítica logra instalar la sospecha de una insuficiencia estructural del libro, de una fragilidad interna que ya no afecta solamente determinados pasajes, sino el principio organizador de toda la obra.
Una vez introducida esa sospecha, cada nueva corrección adquiere un peso desproporcionado y comienza a funcionar como síntoma de algo mayor. El lector deja entonces de evaluar errores aislados y empieza a percibir una acumulación de vacilaciones conceptuales, omisiones históricas y ambigüedades terminológicas que erosionan la autoridad del relato general.
A ello se suma un elemento decisivo que termina inclinando la balanza a favor de Duanel y que tiene menos relación con el contenido específico de la polémica que con la percepción de control intelectual sobre el debate. Mientras Rojas intenta constantemente elevar la discusión hacia marcos generales, apelando a categorías amplias como “dependencia”, “totalitarismo” o “larga duración”, Duanel desciende una y otra vez al detalle concreto, a la frase exacta, al contexto preciso, al documento puntual, produciendo la impresión de que domina no solamente el terreno teórico, sino también el espesor material de aquello que discute.
Esa combinación de aparato conceptual y precisión filológica resulta particularmente efectiva en una controversia historiográfica, pues transmite la sensación de que la crítica se encuentra anclada simultáneamente en el archivo, en la teoría y en el lenguaje.
Hay además un componente retórico importante que no puede ser ignorado y que explica por qué la contrarréplica de Duanel adquiere un peso tan considerable dentro del intercambio. Rojas, al insistir repetidamente en el supuesto anticastrismo de su crítico, parece desplazarse hacia un terreno interpretativo donde las motivaciones ideológicas del adversario terminan ocupando más espacio que las objeciones mismas. Ese movimiento, que quizás buscaba desenmascarar el horizonte político desde el cual escribe Duanel, acaba generando el efecto contrario, pues permite a Duanel presentarse como un crítico dedicado exclusivamente al rigor textual y a la precisión intelectual, reforzando así la imagen de un polemista que no necesita recurrir a imputaciones psicológicas o morales para sostener sus argumentos.
El resultado de esta secuencia de réplica y contrarréplica es que Rafael Rojas, aun conservando el prestigio de uno de los historiadores cubanos más visibles de las últimas décadas, termina apareciendo en una posición incómoda, obligado a justificar no ya una interpretación histórica concreta, sino la consistencia misma de sus herramientas conceptuales y la legitimidad de su enfoque metodológico.
Duanel, por el contrario, emerge fortalecido de la confrontación, precisamente porque consigue transformar una reseña literaria en una discusión mayor sobre el lenguaje de la historiografía cubana contemporánea, sobre la responsabilidad intelectual del historiador frente al poder y sobre las consecuencias políticas que puede tener una narrativa académica excesivamente inclinada hacia la moderación conceptual o la neutralización terminológica.
La polémica termina revelando así una fractura mayor dentro de la historiografía cubana contemporánea. No se discute únicamente un libro ni siquiera una interpretación puntual del castrismo, sino las condiciones mismas bajo las cuales debe escribirse la historia de Cuba, el lugar de la crítica intelectual y la responsabilidad conceptual del historiador frente al poder político. En ese sentido, el intercambio entre Duanel Díaz y Rafael Rojas excede el incidente particular y se convierte en uno de los episodios intelectuales más significativos de los últimos años dentro del pensamiento cubano contemporáneo.
Sin embargo, incluso aceptando que Duanel termina imponiéndose en el terreno de la precisión crítica y del desmontaje argumentativo, queda flotando una inquietud más amplia que atraviesa silenciosamente toda la controversia y que acaso constituya el verdadero límite compartido de ambos contendientes.
Lo que termina preocupándome de estos dos grandes polemistas de la cultura cubana contemporánea no es únicamente la ferocidad con que disputan el sentido del pasado nacional, ni siquiera la manera en que uno logra colocar al otro contra la pared mediante una maquinaria crítica más rigurosa, sino el hecho de que ambos continúan moviéndose, aunque desde posiciones distintas, dentro de un espacio intelectual excesivamente determinado por relatos ya construidos, por bibliografías largamente sedimentadas y por interpretaciones que, aun reformuladas con brillantez, siguen orbitando alrededor de archivos previamente conocidos.
Tanto Duanel Díaz Infante como Rafael Rojas parecen atrapados dentro de la gran maquinaria autorreferencial de la historiografía cubana reciente, donde se escriben relatos sobre relatos, interpretaciones sobre interpretaciones, disputas sobre disputas anteriores, sin que aparezca todavía una verdadera irrupción documental capaz de modificar de raíz el horizonte del debate.
Cuba continúa necesitando menos exégesis de textos consagrados y más exploración de materiales inéditos, menos administración de marcos conceptuales heredados y más confrontación directa con archivos desconocidos, correspondencias privadas, expedientes olvidados, fondos policiales, diarios personales, memorias familiares, rarezas bibliográficas y documentos dispersos que todavía permanecen fuera del circuito académico dominante.
Acaso el problema más profundo de la historiografía cubana contemporánea no consista únicamente en la polarización ideológica que divide a sus intelectuales, ni siquiera en las diferencias metodológicas entre quienes privilegian la larga duración estructural y quienes enfatizan la ruptura traumática del castrismo, sino en cierta esterilidad productiva que transforma demasiadas veces el pensamiento histórico en una vasta circulación de comentarios secundarios sobre materiales ya procesados.
Se discute interminablemente el significado de la Revolución, la naturaleza del socialismo cubano, el problema de la dependencia o el lugar del totalitarismo, aunque casi siempre recurriendo a las mismas fuentes, a los mismos autores y a las mismas arquitecturas interpretativas.
Tal vez la próxima gran renovación de la historiografía cubana no provenga de otra réplica brillante, ni de una nueva contrarréplica devastadora, sino de la aparición inesperada de un archivo desconocido, de cartas ocultas, de informes nunca leídos, de memorias enterradas o de documentos capaces de fracturar simultáneamente tanto la narrativa oficial del castrismo como las rutinas críticas de sus opositores intelectuales.
Solo entonces la discusión cubana podría abandonar esta sensación de eterno comentario sobre sí misma y recuperar nuevamente la potencia de descubrimiento que alguna vez poseyó.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
- VII Lionel Trilling: Atrincherar el yo
Por Samuel Moyn










