Adiós a João Gilberto

Para Tomo, Socorro y Juan Antonio, por aquellas noches de guitarreo.

Hubo una época en que João Gilberto fue mi variante particular del Zen. No solo porque me calmaba los nervios, como los ejercicios de meditación, sino también porque me hacía pensar con simpatía y desapego en las cosas que ya no iba a alcanzar. Como una banda sonora de la caducidad y del fracaso: detrás de esos temas sombríos aparecía una calma nostálgica, esa media sonrisa de João. Era algo raro, sí, pero uno nunca cuestiona demasiado las formas del consuelo. 

Ahora que ha muerto, se citan una y otra vez los lugares comunes sobre su obra, su anecdotario, su reclusión y sus leyendas (mi preferida es la del gato que decidió suicidarse lanzándose por la ventana de su apartamento tras oírlo ensayar O Pato interminablemente), pero la sensación general es que ya no hay mucha gente que lo escuche. Al menos, no de la manera en que él quería ser escuchado.

No me gusta cuando se habla de bossa nova y de João en la misma oración. La bossa terminó siendo eso que suena en ascensores, en supermercados o en el lobby de los hoteles, lugares de paso, sin alma. Quienes hoy ponen esas dos cosas juntas (incluso si histórica y técnicamente tienen razón: fue uno de los pocos músicos que inventó un género) no saben nada de música, de lo que que João Gilberto entendía por música.

Admirable claridad la de Caetano, repitiéndonos, una vez más, que su maestro fue el músico más grande a la sombra del cual le fue dado crecer. Siempre fue su discípulo preferido: “Diga que eu vou ficar olhando pra ele”. Y lo mismo Gilberto Gil, que dedicó a João uno de sus mejores discos, Gilbertos Samba, con una frase (Aparece a cada cem anos um/ E a cada vinte e cinco um aprendiz) donde está resumida la lucha generacional por el alma de la música brasileña: Dorival Caymmi decía que cuando João hacía una interpretación “te robaba el alma y colocaba la suya en ese lugar”. 

Porque João inventó algo, un modo de cantar y tocar que perfeccionaba la incorrección voluntaria hasta el punto en que el principal problema de la música pasaba a ser su antítesis: el silencio. La repetición interminable de lo imperfecto que consigue alcanzar la forma definitiva.

Tampoco era exactamente jazz, aunque ese modo tan suyo llamase la atención de muchos jazzistas. El jazz podría resumirse en una frase de Gershwin: “A menudo oigo música dentro del ruido”. Una ciencia infusa, para aquellos con el oído capaz de elaborar la “escucha ampliada” y la improvisación a partir del magma impuro de la realidad. João no: él buscó siempre una forma de pureza y de retiro.

Si no tuvo toda la suerte que merecía fue porque era, como ya se ha dicho, un misántropo. Un perfeccionista que construye desde el no ―como en aquella canción de Jobim, Lígia, conmovedora historia de amor hilada desde su negativo: “Eu não…”, “Eu nunca…”, “Não gosto…”, “jamais poderia”… No le gustaba el público, esa superstición colectiva, amorfa. Pero sin embargo, lo respetaba hasta el punto de autoexigirse un nivel imposible: Glenn Gould de los tristes trópicos. Su público, el que más le gustaba, estaba hecho de gente común con la que se tropezaba casi por casualidad: un músico ciego callejero al que le regaló la guitarra con la que tocaba (que no era suya); un barbero que lo atendió en el Hotel Majestic de Barcelona, y que también le había cortado el pelo al rey Juan Carlos; unos boxeadores, varios gatos y el puñado de amigos que había decidido soportar sus neurosis y excentricidades. 

Como tantos misántropos, João prefería los niños a los mayores. Uno de sus últimos videos lo muestra cantándole en pijama a su hija menor, Lulú, que no parece haber heredado el oído de su abuelo. (Por cierto, un cable de EFE y sus réplicas en mil periódicos confunden a esa hija menor con su nieta). En el cantar baixinho de João hay siempre algo de nana, de arrullo, la otra cara de la aridez nordestina. Los niños suelen ser el mejor público de los genios. Los niños y los japoneses: oigan si no el disco perfecto de João, un concierto suyo en Tokio, y estudien esos aplausos compactos, rendidos y respetuosos que le dedica su auditorio. Al final de ese show recibió una mítica ovación ininterrumpida de 25 minutos que fue noticia en todo el mundo.

El propio Gilberto decía que la bossa nova era algo sutil y delicado, como tantas expresiones de la cultura japonesa, mundo de las pasiones contenidas. Así que el tímido “konbanwa” (buenas noches) con que empezó sus tres presentaciones en el Fórum Internacional de Tokio fue todo un signo de respeto. La bossa de Joãoencontró en Japón su segunda casa: allí era una especie de figura de culto, con discípulos (¡Lisa Ono!) y fanáticos que lo seguían a cualquier parte del mundo donde tocaba (cuando todavía lo hacía en público), costase lo que costase.

A Japón también dedicó João una de sus pocas composiciones propias, Je Vous Aime, Japão, con una melodía bellísima y una letra que mezcla inglés, francés y portugués. La cantó por primera vez en el auditorio Ibirapuera de São Paulo el 15 de agosto del 2008, luego de confesar que la estaba reservando para sus próximos conciertos en el país nipón…, pero no había podido aguantarse.

Su mejor obituario lo ha escrito el argentino Juan Forn, y en él se cuenta una historia que comienza también en Japón, y que el periodista Carl Fisher resumirá en su libro Ho-ba-la-lá. En busca de João Gilberto:

“Fischer ―cuenta Forn― era un joven periodista que quería ser escritor y que consiguió que una revista alemana lo mandara a Tokio, donde trabajó con un joven japonés que le pareció tan centrado y sereno que un día se animó a preguntarle cuál era su secreto. El japonés lo invitó a su departamento, que era una caja de zapatos de un ambiente con un equipo de música de última generación y apenas una docena de vinilos en una repisa que parecía un pequeño altar. El japonés bajó las luces, sacó un vinilo de su funda blanca y puso una canción de menos de dos minutos: era João Gilberto cantando ‘Desafinado’, él solito con su guitarra. Doce horas después, cuando Carl Fischer salió de aquella caja de zapatos con la cabeza llena de música, tenía bien claro qué hacer con su guitarra de madera de cerezo: entregársela en mano a João Gilberto, el único hombre en el mundo que la merecía. Así que volvió a Berlín, buscó la guitarra en su departamento y se tomó otro avión, esta vez a Brasil, a cumplir su destino como desafinado”. 

Fisher nunca fue recibido por el músico, ni siquiera pudo hablar con él por teléfono, y en abril del 2011 acabó tirándose de un séptimo piso, como el gato suicida de João, que se llamaba, por cierto, Gato. Antes había conseguido entrevistar a muchos de sus amigos (Roberto Menescal, Miéle, João Donato, Marcos Valle, Carlos Alberto, Miúcha, el cocinero Garrincha…) armando la expectativa y la trama de ese desencuentro convertido en libro-homenaje, y más tarde, en filme.

En Balanço da Bossa e outras bossas, los ensayos que el poeta concreto Augusto de Campos dedicó a la música popular brasileña, hay una crónica de su visita nocturna (en mayo de 1968) al apartamento de João y su esposa Heloisa en Nueva Jersey. El músico acostumbraba a dormir hasta las 8 o las 9 de la noche, y luego se ponía a hacer extraños ejercicios de voz (“yoga vocal” lo llama Augusto) que no le gustaba que nadie oyera. Superado ese obstáculo que parecía infranqueable, después que el músico “desayuna” la noche se va arreglando hasta tal punto de simpatía que João manda a despertar a la pequeña Bebel (entonces una niña de dos años) para que pueda escuchar lo que está tocando y no se pierda la fiesta. La niña regresa cargada con una gran sonrisa.

Esa madrugada João también le cuenta a sus visitantes que ha compuesto una canción para el médico que le curó un dolor antiguo en su mano derecha. La toca: un choro extraordinario, lleno de armonías complicadas. Entonces uno entiende que detrás de esas pocas canciones que componía había siempre un acto de profundo agradecimiento, un regalo. 

Así deberíamos escucharlo.

Ernesto Hernández Busto

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Ernesto Hernández Busto

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