Uno. Nunca había tenido que irme de mi casa por falta de agua. En Cuba, el País de las Sombras Largas, uno puede hacerle resistencia (hasta un punto) a la falta de electricidad. La luz de Dios, o de Satán, o de los ángeles, o de los demonios se expande al amanecer y entonces llega la noche. Una noche signada por el apagón o por la electricidad concedida. Pero cuando el agua se acaba y vives en lo alto y el bombeo es insuficiente y pasan 22 días, entonces emigras.
Dos. Pregunté a mi vecina por qué al viejito ciego del pasillo de enfrente ya no se le escucha cantar en la acera. Lo hace mientras el hijo de mi vecina aplasta latas vacías para venderlas por libras. Se sientan juntos. El paisaje era siempre ese: el escachador de latas aposentado en la escalera que conduce a los apartamentos, manejando su mazo de fierro y, a su lado, el viejito entonando viejas canciones de amor. Boleros, creo. Murió hace unas semanas, contesta mi vecina. Uno de esos virus, agrega. Un parsimonioso, dilatado Chernóbil.
Tres. Cuando el agua llega, ya han quitado la electricidad y empieza a anochecer. Y no hay cómo impulsarla hacia los tanques. Cuando hay electricidad y el motor está listo, el agua se ausenta. Yo sé cuándo el agua llega. Empieza a correr por mi calle hasta inundar el basurero de la esquina.
Cuatro. Frente a mi casa, en los escalones del portal de la carnicería (esta palabra es ridícula y espuria: desde hace muuucho ahí ya no se vende ni carne ni pescado ni huevos), hay dos mujeres que ofrecen café. Lo traen en un termo. Venden, además, toallitas de cocina, detergente, paquetes de espaguetis y cigarrillos sueltos. A veces hay sobres de refresco instantáneo. Allí también se sentaba el viejito cantor. Como era ciego, no se daba cuenta de que obligaba a las mujeres a hacerle espacio y recoger un poco sus mercancías. En ocasiones se quedaba dormido.
Cinco. Timothy Schmalz hizo en 2013 un Cristo acostado en un banco público, acaso de un parque o de una acera. Su Homeless Jesus, de bronce, remite a Rodin y representa a un hombre totalmente cubierto con una sábana. Sólo se le ven los pies, agujereados por los clavos de la crucifixión. Es un Cristo de hoy, de ahora mismo, con las marcas del martirio. Un Cristo sin techo, un penitente de la calle, un excluido de la riqueza material del mundo. La sábana cubre su cabeza. ¿Íbamos a reconocerlo? ¿Era preciso reconocerlo?
Seis. El dilema de la compasión tiene ante sí barreras extrañas en forma de preguntas. La compasión no es una virtud sencilla. Y, ante la posibilidad (y sus complicaciones) de ser ejercida, muchas veces se elige el acto de ignorar. Pero una cosa es un homeless de una ciudad del mundo llamado capitalista y otra muy otra un homeless de una ciudad de un país que se llame a sí mismo socialista. Me temo que esas frases rondan o incurren en un lugar común. Sin embargo, ahí está, dormido, el viejito cantor. Y no es que no tenga casa. Lo que sucede es que vive solo, apenas identifica los sitios por donde va y uno suele verlo andar sosteniendo una bolsa en cuyo interior hay un plato de aluminio con la comida que le dan algunas personas del barrio. Es entonces cuando alguien lo ayuda a encaminarse rumbo a su casita, en el pasillo de enfrente.
Siete. Se dice que por todo el mundo hay un montón de copias del Homeless Jesus de Timothy Schmalz. Sin ofrecer número preciso, DeepSeek me cuenta que ya son más de 50. En Cuba no hay. En Cuba hay bronces ambulantes.
Ocho. El hombre que localicé, a propósito de la compra de un tanque plástico para almacenar agua, es un jovencito que anda en un triciclo eléctrico. Cuando sube a mi casa y entra, echa una ojeada y me mira con los ojos muy abiertos y columbrando, como frente a una rareza, el moño medio japonés que uso. ¿Usted es artista?, dice. Sonríe un poco. Comprendo que entre los cuadros de la sala y el moño se crea una segura ilusión de artisticidad, un tanto renga cuando le suelto que no puedo pagar la cantidad que me pide por el tanque que necesito. El tanque está abajo, en el triciclo. A ver, padre, es que los precios también me afectan a mí, explica. Imagino que así es —contesto—, pero yo no soy un famoso, ni un asalariado de las instituciones culturales de este país, soy un mero escritor. Me arrepiento de haberle dicho semejante cosa, y no porque sea incierta sino porque es innecesaria, o banal. Observa mi rostro mientras analiza mis palabras. Pestañea un poco. Tiene cara de árabe esforzado. ¿Cuánto puede pagar?, pregunta. Y le digo. Con ese dinero y un libro suyo arreglamos todo, resuelve. Siéntate y dame un momento, indico. Y voy a mi estudio y regreso con un ejemplar de Marea baja, mi más reciente novela. Ahora me queda solo un ejemplar. Él se queda mirando el libro. Achica los ojos. La escena tiene un incontestable viso de irrealidad, pero juro que es real. Toma, extiendo el libro. Y saco los billetes y cuento la cifra pactada. Se ve que esto lo publicaron afuera, hojea la novela, acaricia la tapa. Exceptuando a dos o tres, los escritores cubanos vivimos del periodismo, de dar algunas clases si hay oportunidad… O de vender fritas, por así decir, declaro. Bueno, póngale una firma y ya, me invita el jovencito árabe. Y le dedico el libro. Trato de que mi apellido no sea reconocible. Pero él sabe más de lo que le han enseñado. Ahora voy a donde está mi novia y le digo que lo conocí a usted y ella va a querer venir, pero usted no va a estar de acuerdo, me cuenta y ríe. No me pongas a prueba, respondo. Se llama Dennys. Y le doy mi número formalmente.
Nueve. Cuando me asomo al balcón, después que el jovencito sube el tanque y lo deja en mitad de la sala, noto que los escalones de la carnicería están desiertos. El hijo de mi vecina hace rato golpea las latas, escachándolas con energía de inicio de semana. Vuelvo a preguntar por el viejito cantor. Finjo que no sé nada porque acaso soy consciente a medias de los hechos. El hijo de mi vecina tuerce el cuello y se me queda mirando, incrédulo. ¿Usted no sabía que lo encontraron hace tres días?, dice. De momento, no entiendo porque suponía que había muerto en su cama. Entonces se murió de verdad, grito. Estaba tirado ahí —apunta, impaciente, hacia la carnicería—, pensaban que dormía porque otras veces se quedaba así, recostado a la columna… Nadie se dio cuenta hasta que empezó a caer la noche y alguien lo llamó y él ahí, tieso, detalló sin dejar de aplastar las latas.
Diez. En la ciudad de Basilea hay una extraña pintura, sobre madera de tilo, de Holbein El Joven: Cristo muerto en la tumba. Sus insólitas dimensiones —30 cm x 200 cm— producen una singular sensación de claustrofobia. Un largo nicho excavado en la piedra, una sábana y, encima, el cadáver. Nunca he visto una mano derecha pintada así. La mano contraída a medias de un muerto. Un amigo que se dedica a la crítica de cine me aseguró que solamente esa mano equivaldría a toda la obra de Andy Warhol. Se trata de una boutade y, aun así, quizás tenga razón. Además, el rostro del Cristo, con esos ojos entrecerrados que la muerte impone y la boca semiabierta, es único y transtemporal. Viene a ser la cara de un hombre joven y martirizado, pero también la de un anciano flaco, azotado por la destrucción física y el dolor extremo. Se cuenta que Dostoievski visitó la pintura y, entre el desconcierto y el pánico, empezó a llorar. No era un Cristo resplandeciente y triunfal, sino un joven envejecido (o un viejito joven) a quien han azotado y hecho sangrar. Carne corruptible, como si dijéramos.
Once. El agua viene ahora a ratos, igual que la electricidad. El viejito cantor ya no cantará más. La termoeléctrica Antonio Guiteras ha salido del sistema. Se rompió la caldera. O no hay combustible. O ambas cosas. Cristo se reparte de diversas maneras, pero no hay quien lo pinte, al inicio de la muerte, como Holbein. Este tenía veintipoquitos años cuando terminó el cuadro. Igual que Dennys, que en cualquier momento se aparece en mi WhatsApp preguntándome, no sin entusiasmo, cuándo puede venir a visitarme con su novia.








