San Juan de Patmos camina por La Habana

Nada se agota tan deprisa como la improbable misericordia de Dios.
Jérôme Ferrari, El sermón de la caída de Roma.

Uno. Me dijeron que a ellos les atrae lo apocalíptico a más no poder, de lo cual infiero que ambos conservan, en diagonal, una idea del fin del mundo como obra de arte. Una idea estetizante y bien visible del fin del mundo. Porque, si no hay receptor, nada se sabrá. Y ellos anhelan ser testificados. Esse est percipi.

Dos. El Apocalipsis tiene momentos de silencio total. La trivia ignota de ese documento incoativo revela unos trechos de calma en los que toda voz es ocluida por el silencio de Dios.

Tres. Estoy en La Habana. No hallo hotel barato. Entro en un cine abandonado y me acomodo en el suelo de un pasillo que da al lunetario principal. En medio de la noche, un hombre sin camisa se me acerca con una linterna de queroseno y me alumbra. No serás un difunto, ¿verdad?, dice como para sí. Abro los ojos. ¿Difunto?, exclamo. Ah, ya sabía yo, susurra. No sé si se trata de una expresión de alivio o de desilusión. Hallé este lugar para pasar la noche, explico. No te preocupes, es que ya no puedo distinguir a los vivos de los muertos, señala y sopla la llama de la linterna.

Cuatro. El robot-poeta, el artesano de maderos y la psicóloga rampante. Son tres personajes cuyos nombres, curiosamente, empiezan con la letra G. Respectivamente: G.A.R.R-6001, Gominus Parnasus y Gaela. Esta es hija de una de las niñas que trajeron a La Habana a curarse cuando el accidente de Chernóbil.

Cinco. De cierto modo se trata, además, del cuento de un hombre que va en un automóvil, de día, por una carretera interestatal, y va encontrando cosas siniestras (levemente siniestras) que lo inducen a pensar en el hecho de que, en algún episodio que no logra recordar, perdió la vida.

Seis. Hemos fracasado tanto aquí, ¿verdad?, dice Crespito Dorado. País en ruinas y de la ruina metafísica, contesto. Se nos acabó la vida, o casi, añade ella. La insignificancia de la vida humana, en contraste con la vastedad del universo y el tiempo, indica que la conciencia es pura creación, y que esa vida es tan sólo vida material, porque hay otros tipos de vida que ya serían, supongo, inmateriales, digo un tanto doctoral y esperanzado. Y empiezo a rascarme los huevos. He sudado mucho. Además, ayer se nos terminó el agua del depósito y no pude bañarme.

Siete. G.A.R.R-6001 alza su testa de vidrio azul y me observa. Estoy aquí para cuidar de ti y vigilar tus pasos, declara armoniosamente. Habla, creo, en Fa sostenido menor. No puedo creer que, a estas alturas, ocurra algo semejante. Si no quieres que te aplaste a garrotazos, vete y diles a tus amos que ni pinga, exclamo sin alzar la voz.

Ocho. Civil War, de Alex Garland.

Nueve. Ellos han pasado a la clandestinidad, apunta Crespito Dorado. Pues que sigan ahí, comento por lo bajo. Y continúan hablando de la Revolución… ahora la llaman Revolución Metamórfica, sigue diciendo. Odiosos y ridículos que son, murmuro.

Diez. Me gusta tener sexo con embarazadas entre 7 y 9 meses. Lo he confirmado ya. Así que no me resinguen más con esa pregunta.

Once. ¿Cuántos fueron los ángeles caídos? ¿Hay un grigori o vigilante preso aún y bajo custodia? ¿En la “jaula cuántica” que dicen que está debajo la Biblioteca Apostólica Vaticana?

Doce. Como no hay casi nada para calmar la gripe, el señor de enfrente, hijo de Obbatalá, me consiguió unas hojitas de salvia que puse en cruz en el fondo de una taza donde vertí café caliente. Bebí con fe y casi me curé.

Trece. Debo repasar Los furores heroicos, de Bruno, y las Conversaciones con Goethe, de Eckermann. Cualquier conocimiento verdadero tiene un origen profundamente trágico. Como la seguridad alimentaria, uno de los camelos más aberrantes.

Catorce. Tengo, desde hace años, una edición especial de La pasión de Juana de Arco, la célebre película de Carl T. Dreyer, y recuerdo que, al saber que Antonin Artaud interpretaba un papel en ella (él es, allí, el monje Massieu), corrí a verla por segunda o tercera vez. Tras engolosinarme con varias escenas, volví a repasar la obra hasta el final, cuando, a la doncella francesa, acusada de tantas cosas (vestir como un varón no era la menor de sus herejías), la queman viva, a los 19 años, en la Plaza del Mercado Viejo de Rouen.

Quince. Me pidió, tan hispánico, una fotopolla, y se la mandé. Corazón rojo bajo la imagen del ajolote embravecido. No me gusta la palabra fotopolla

Dieciséis. Ver el rostro de Artaud, dulcificado frente al seguro destino de Juana en el martirio del fuego, acaso equivale a comprender que esa juventud suya, entregada al pathos heroico de la poesía, deviene el envés irrecuperable de la fealdad del hombre quebrado en el sanatorio de Rodez. El hombre que la sociedad consideró, en general, tan peligroso y tan marginal que lo puso en manos de la clínica (mediante amigos y conocidos, ni más ni menos) y esta lo marcó con un rótulo: esquizofrénico.

Diecisiete. Todo el mundo se mete con el yo, como si dijéramos. Cuando el yo es transparente y no se oculta, ¿se vuelve indefenso, frágil, “agredible”?

Dieciocho. La entrega incondicional edifica un mundo oclusivo que viaja hacia todas partes. La entrega incondicional es una especie de libertad: la de elegir el sometimiento, pactarlo y devolverlo como gestos de fascinación. El corrimiento vertiginoso, centrífugo, de los límites de la libertad, genera sabiduría.

Diecinueve. Veo que te gusta que te explique qué voy a hacerte cuando estemos desnudos, digo. Me encanta oírte fantaseando y planificando con mi cuerpo, dice. ¡Ah!, digo. ¿En serio traerás a dos de tus amigos?, dice. Así será, digo. ¿Y vas a dejar que me cojan por todas partes?, dice. Por todos tus agujeros, digo. Voy a quedar como una perra sumisa zarandeada y sobrecogida, dice. Igual que en las fiestas galantes del Decadentismo, digo. Eres tan literario, dice.

Veinte. Erotizar el fascismo y, en particular, uno de sus emblemas: el uniforme nazi (en cuyo empaque se reúnen cierta belleza apolínea, exclusiva, y cierta noción de lo siniestro como energía destructiva androcéntrica). Representar el placer sexual allí, en el monstruoso y delirante espacio que esa articulación crea. Generar una incomodidad persistente. Porque, cuando se trata de pasión sexual, ¿los juicios morales quedan fuera? ¿En verdad todos los juicios morales quedan fuera? Es muy posible que sí. Es muy posible que todos queden fuera, en un espacio de tiempo breve, excepcional, y en circunstancias donde la magnitud del hechizo sexual genere un absoluto del cuerpo y de la mente. ¿Se diría que la coartación de todo juicio moral sería inevitable en el escenario de un placer que se aproxima, por la ferocidad de su vigor, a la devaluación de cualquier escrúpulo? Sí, eso se diría. Pero no absolutamente.

Veintiuno. La pasión de una asistente nazi de enfermería, de 28 años, por un jovencito polaco de 13. Este se apellida Lobzower. Sexo de ida y vuelta, frecuente, intenso, aderezado por facilidades que a él le salvan la vida. La asistente había participado en un experimento donde la madre de Lobzower había muerto. Lobzower lo sabe.

Veintidós. Habitación 417. Clínica Ruber. Madrid. Paciente con severos problemas respiratorios y renales, y con los pulmones destrozados. Infarto masivo. 28 de abril de 1992. Francis Bacon. En la que se considera su última pintura hay un toro moviéndose entre dos espacios presumibles: el de la vida y el de la muerte (o la imagen de la muerte) como vago espacio de sombras. Murió en un hospital católico, aseguran algunos. No sé qué cosa extraña podría ser eso: un hospital católico. Su amante español no estaba allí en ese instante. Lo rodeaban unas monjas que, obviamente, sabían más de Jesucristo que de él.

Veinticuatro. Los helicópteros traen agua y paquetes de comida. Como en las películas.

Veinticinco. Estoy regresando al acogedor cine abandonado. El hombre de la linterna de queroseno ocupa un sitio apartado del escenario. Antes de dormirme, voy a verlo y le pregunto si le quedan baterías en su aparato para recargar dispositivos. Me pregunta, incrédulo, si quiero recargar mi teléfono. Claro que no, ¿para qué necesitaría un teléfono ahora?, contesto. Me enseña el aparato, que usa 12 baterías. Aquí tienes, dice. Es para mi Ipad… necesito leer un poco, ahí guardo mis libros, le explico. ¡Libros! Muy bien, exclama y sonríe. Entonces suspira, se acuesta y me da la espalda.