Los pasos sobre el asfalto


Es ritual leer con poca ropa, sin blúmer, acostada en la cama con sábanas blancas. No importa la temática del libro, en ocasiones siento deseos de masturbarme. Ahora hago catarsis con la lectura de Los pasos en la hierba y recuerdo mis tardes, de lunes a viernes, cuando camino hacia el gimnasio.

En Carlos III, casi siempre están las mismas personas, la mayoría son de la tercera edad. Venden dulces caseros, confituras o te encuentras vendedores ambulantes. 

—¡Tamales calienticos, acabaditos de hacer! ¡Embúllate! ¡Con un tamal resuelves la comida de hoy!

No he vuelto a ver a la señora flaca, temblorosa, con dos tenedores en la mano y otras cosas al lado puestas en el piso. Llamó mi atención la súplica en sus ojos que se hacía dolorosa; por eso cuando puedo saco dinero del monedero y se lo doy. 

Él salió corriendo sobre el fango sin darme apenas tiempo a levantarme. Corrí detrás de su sombra que se movía con rapidez. Agarré el fusil con las dos manos. Una nueva bengala fue disparada a la derecha y el tiroteo se hizo más intenso.

Pongo el libro a un costado. Imagino que dirijo el pelotón de hombres uniformados, sudados, hambrientos de sexo, de cambiar el olor a pólvora por el de esta perra en celo. 

—Acérquense —les ordeno—. Pongan sus manos cruzadas en sus espaldas. Como si esperaran a ser esposados. Un reporte al que me toque aquí. Ahora yo soy su metralleta, límpienla con sus lenguas. 

Voy sintiendo dos, cinco. Una nueva bengala y el tiroteo más intenso, muy cerca los disparos de mi sexo. Encharcado. Avanzando tres, con la misma velocidad. Exploto como una granada, incontenible, veo muchas luces de bengala.

Mis pasos sobre el asfalto desbordado de residuos de alguna cloaca. Regatean ropa corroída, cuanto tareco al parecer sacan de los basureros. En sus rostros, la crisis de un país en decadencia. El hambre acumulada

—¡Barrita de guayaba!

—Oye, muchacho, ¿en cuánto la vendes? —le pregunto al vendedor ambulante.

—A 200 pesos para ti, mami rica.

Siento impotencia cuando el tipo responde y no le compro ni pinga

El hedor a orine. A mierda de gente, que se mezcla con la de los perros callejeros. Por momentos, tranco la respiración. Observo La Habana, que es una novia triste convertida en un baño público. Teme abrir las piernas. Infectarse. Infectable. Es algo que aspira olvidar. 

—¡Masarreal para que te engorde más esa papaya de cuarenta libras…!

Finjo que no lo escuché.

La cara de un país como un basurero interminable. Me duele verla así. ¡Coño! ¿Acaso tuvo opción? 

En la medida de mis pasos, los rostros lánguidos como La Habana se multiplican en el silencio que es un pedazo de escombro.

—¡Tírate al suelo! —gritó.

El fusil se me cayó de las manos. Lo levanté del fango y me arrastré. Escuché voces. El capitán hablaba con dos hombres que señalaban hacia un cayo de monte. 

Aunque la lectura insista en arrastrarme a otra sintonía, pienso que los hombres señalan hacia mí y los espero. Se van acercando, me subo la blusa y vienen como dos terneritos, pegados a mis tetas blancas. Presiono duro sus cabezas.

—Muerdan suavecito —les ordeno—. No se busquen un reporte —agarrándoles el cuello y mi boca en sus bocas, sus lenguas dentro, peleándose en el campo de batalla—. Mátenme con un chupón que me desangre la entrepierna.

Arrugo estas sábanas blancas y miro entre los postigos de la persiana.

—No he podido tomar las pastillas que me alivian el dolor de la cadera. Están en falta en la farmacia.

—Creo que tengo un blíster, si la memoria no me falla. Ahorita voy a revisar.

—Por las noches los dolores son irresistibles y esta subidera de escalera me ha puesto peor.

Sentadas en la entrada de un edificio en derrumbe, conversan otras dos señoras. Entre ambass, varios paquetes de Café Hola y unas cajas de cigarros. 

—Caballeroj, si nos cogen aquí no vamoj a salir del tanque en un méj.

—¡Ah, no jodas, negro! —dijo Víctor—. ¿Quién te va a preguntar ahora que van a fusilar a un cabrón?

Nos quedamos callados, esperando. 

El negro me miró y se mordió su labio inferior. Enseguida estábamos los dos solos en una emboscada. Me levantó en peso para que no pisara la trampa del enemigo. Entonces sentí el tamaño de su fusil. Disparaba en ráfagas y yo con el valor de un soldado resistiendo el combate. De nuevo las bengalas. El tiroteo.

Suena la alarma, casi las cuatro de la tarde. 

Busco la ropa deportiva que cuelga del toallero en el baño. Saco los tenis debajo de la cama. No quisiera repetir la misma catarsis.


© Imagen de interior y portada: Keyla Noda.






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