¿Se ha visto frente a un espejo cuando la vida comienza a ladrarle? Si se ha visto, comprende usted, entonces, los rigores de una capitulación. La vida ata sus hilos y, en un santiamén, te pone en la cola de los más débiles. Justo ahí estaba yo cuando el gran suceso. En la escaleta de martirios, la vida me coló el insomnio; siempre llegaba precedido de una pesadilla.
La de este relato sigue ahí. En ella, mi ex cónyuge embestida por un búfalo. Todo estaría bien si no fuera porque me aíslo de las prescripciones psiquiátricas: “Para las crisis mayores, cambie el fármaco y tome esta”, dice el doctor.
Pero me gusta el flagelo, algo así como un hábito para que no se vuelva a repetir el ultraje. Azoto mis neuronas y se me revela todo el trajín. En el ensueño ella relincha y el búfalo brama, como debe ser fonéticamente. Búfalo y yegua no son compatibles, claro está; pero la mente abunda en felonías. Como los había cogido infraganti, se turba el cerebro y temo a una sobredosis de antidepresivos. Cuando el cansancio me vencía, dormía hasta dos horas; después, algún videíto halagüeño aliviaba mi patrón de hombre célibe.
Rodeado de sobrinos era más desenvuelto: “¡Un fuera de serie!”, juzgaban. Se hacían selfis con mis bíceps, contaban las divisiones en mi abdomen. Les demostraba mis destrezas a pesar de lo años. “Tío, estás a full”, decían. “Eres un campeón”, coreaban mientras les argumentaba sobre cómo tratar a sus novias.
No hay ternura en esta edad, solo espejismo. A veces, por ahí, daba comida a un perro callejero. Con cierta popularidad vagaba por el mundo. También por el otro, el de las redes, donde mi activismo comenzó bien tarde.
La noche en cuestión era una más. El día lo había pasado sin ímpetu, quiero decir, sin alcoholes. Mi dosis de brabucón en el mínimo, a puro nasobuco, cubrebocas o mascarilla, como se les ilumine en la dicción.
Sin vacilar, entré a las redes sociales, observé perfiles de gurúes que decían frases exactas en un auditórium donde todos estaban poseídos. Me alojé en Instagram. Di “me gusta” a unas cuantas chicas que prefieren ser reconocidas así, casi como vinieron al mundo. A veces recibía un guiño. La madrugada en cuestión no formaba parte de aquella estadística.
—¿Te atreves a ser leyenda? —preguntó la joven por Telegram.
“¿Ser leyenda?”, cuestioné sin asombro. Quedé serio, presto a contentarla, servir de laboratorio itinerante a sus tropelías.
La muchacha pasaba de los veinte. Trigueña, pelo crespo, frente amplia, cejas arqueadas, ojos color miel. Varios pulsos rodeaban sus muñecas. Moderados tatuajes en cada mano, una media luna en la derecha y un nombre sobre el símbolo de infinito en el mismo lugar de la izquierda. Gustaba anunciarse el piercing que atravesaba su lengua. Sus labios carnosos daban mayor intensidad al posible diluvio. Un cuadro de dos mujeres con los ojos vendados, un espejo, televisor y ropas regadas por la habitación se podían percibir cuando alejaba su rostro de la pantalla.
Al instante estábamos frente a nuestras laptops en el chat de WhatsApp.
—¿La tienes grande?
En nada me ruborizó su pregunta.
—Bueno, es un hecho —contesté de puro goce.
En el juego de probabilidades, cualquier humano promedio le hubiese hecho el favor, yo me negué. Decidí ir por más, cerciorarme de hasta dónde llegaría la jactancia de la chica. Para garantizar el timo, mi experiencia.
Se quitó el sostén y descotó la blusa sin develar pezones. Antes del gesto, ya estaba favorecida mi inquietud dentro del short. Predije que el humo llegaría bien alto. Pedí permiso, me paré, fui al freezer, tomé agua y regresé con una copa de vino.
—¿Grande cuántos centímetros? —seguía enfática la curiosa.
No me encabroné ni pregunté edad. Se activó el fuselaje, pero contuve a la caballería.
—Nunca la he medido—respondí.
Siempre imaginé los aspavientos de una milenial, mas nunca había conocido el milagro del manoseo online y menos caer en la jactancia de un morbo. Mis donaires no pasaban de un emoji con mejillas sonrosadas y… adiós, seguir de largo.
—¿Por qué nunca la has medido? —dijo. Rozó con la lengua el borde del labio superior. Ineludible el piercing.
No logró ecos la pregunta. Especulé con el halo de la beba. Repasé por ominosos segundos sus etapas quemadas y, sin importar inocencia, fabriqué un villano.
Una mujer adulta —creí que fuera algún familiar— fijó su vista en la pantalla; sin conocerme, saludó como si fuese una hermana que acabada de compartir unas cervezas. Dijo: “Ándate”, se miró en el espejo, recogió un par de sandalias y se despidió con un bye. Si era la madre, debía haberla tenido, por su jovial frescura, a los catorce años.
Sabía que no era el único en el chateo, le vi una sonrisa que nada tenía que ver con su curiosidad. Ahorré preguntas. Mi diligencia oficiaba fuera de laboratorios psicoanalíticos. Noté pericia en el manejo de las teclas de su computador y un conducirse no acorde a la supuesta edad.
—¿La mides o no?
Se echó para atrás en su silla y se estiró. Su blusa dejó entrever el borde inferior de los senos. Soy un curioso del fascinante mundo de lo que está detrás, lo que se guarda, lo que arde en deseos de exponerse, pero con mesura; de lo que rebota en el casi, pero se abstiene, no llega a ser, da vueltas de trescientos sesenta grados, te eriza los pelos, pondera las ganas y tuerce y retuerce las fuerzas bajo mi short.
Dos veces lo hizo y las dos veces me postergué, no me confundí. Su ombligo se parecía al de una prima de mi infancia, los pequeños lunares alrededor me trajeron de vuelta la niñez. Me satisfacía contarlos, eran pequeños y perfectos en la piel trigueña de mi prima.
Un buen día, en el conteo, sentí un éxtasis, comenzó a torcerse un nudo en la garganta, las frases se dislocaron y el rostro se puso al rojo vivo. No sabía lo que pasaba ni mi prima tampoco. En la búsqueda humilde que uno hace, ¡a todo niño le gusta descubrir!, nos sorprendieron en la faena.
Del agravamiento nadie me aclaró el porqué. Las visitas fueron menos esporádicas y un día se la llevaron del país. Al regreso nada más nos miramos seriamente. Ahora, de adulto, y después de haber vivido una vida, comprendí por qué se formaba otra vez la trabazón en mi garganta.
—¡Anímate, please! —me rogó.
“Para las crisis mayores, cambie el fármaco y tome esta”, recordé las prescripciones del facultativo. En verdad, no sé por qué recordé, a esa hora no estaba yo ni para todos los antidepresivos más eficaces del planeta. Pero recordar hizo un efecto búmeran.
La vi allí, a mi ex cónyuge, coño, sin nasobuco, cubrebocas o mascarilla, como se ilumine en la dicción, avasallada por el búfalo, en posición cuatro puntos, alejada de la ética del matrimonio, sin pensar en dos hijos, las plantas del jardín, ni en la Covid cobrándose vidas. Asida fuertemente por unas manos negras, callosas, sabrá el destino si a lo mejor nunca se jactaron de coger un lápiz.
La vi relinchando como no lo hizo en los buenos tiempos con este escribidor. Jadeaba. Pedía más y el moreno la compensaba con un bramido que se adhería a la praxis del verbo coger. Resumí toda la historia africana en las dimensiones de aquel falo, el desquite por sacarlos de su continente para esclavizarlos en otros mundos.
La vi insaciable hasta que, con cautela, decidí abandonar el escondite e irme por hombría, dejarlos a merced de los ojos del Señor para que, en su justo momento, pagaran sus pecados, los cuales el Señor postergó y eligió compensar la afrenta con un divorcio, división de bienes, de hijos, señales de infarto, chupitos de tequilas, visitas a juntas de alcohólicos y el asociado trastorno: flirtear con bebas lunáticas.
—¡Please! ¡Please! ¡Please! —dijo, suplicante.
Capté su enjundia. Quería el metraje, la dimensión. Bebí el vino. Tornó los ojos y su mirada desató un estado lujurioso de plenitud. Ella podía apreciar cómo el miembro desafiaba la ley de gravedad. Para entonces, tenía una cinta medidora justo a mi lado, pero me enojé cuando decidí tomarla, porque se reía muy disimuladamente, sin desmarcarse de otra cosa, en otro chat, con otro tipo o con par de ellos, quizás con manos callosas y piel cetrina y órganos viriles con mayor dimensión que el moribundo dentro de mi short.
—Ni te enojes ni te des por vencido. Batalla, revívela y mide —asumió con autoridad.
Regresó la misma persona. Su incursión me dejó anonadado. Solo la cubría un hilo dental. Dio la espalda como si yo fuese el ente de un lienzo. Tomó un spray y, antes de aplicárselo en boca, miró el espejo: “Yes”, dijo.
No prestó el mínimo interés a la beba que me llenaba de guiños. Puso un beso en la frente y se persignó. Otra vez soltó el “ándate”. Vi apetito en sus ojos saltones. “Loqui: mi tía preferida”, dijo la beba. “Loquita tú”, respondió al tiempo que hizo distinguir, ante la pantalla, el dedo del medio de la mano derecha. Esclarecida la identidad de la intrusa, me conduje con mayor libertad.
—Vamos, man, lo necesito. Quiero dormir feliz —suplicó.
Cobró confianza mi cerebro y repartió dosis de endorfina a raudales. Los conductos de mis cavas sanguíneas se pertrecharon. Olvidé el agravio con el estímulo de la tía. La loquita se concentró.
Vi lealtad a través de sus ojitos color miel. Vi los movimientos de los pulsos en su mano derecha e imaginé una fusta, un toque siniestro, lo prefiguré en mi mente, pero absorbió mi pujanza la imagen de mi ex. Nada pude con el bramido de la bestia.
—¡Cobarde, mírame, dale! ¡Mídela ya!
Medir o no medir, esa era mi cuestión.
Cogí la cinta, me deslicé el short. Me asaltaron las imágenes de mis nietas gemelas. Vergüenza sentí con Liumbriqueli y Laumbriqueli. No sé por qué las recuerdo en situaciones límites. Bloqueé el remolino de las “queli” y volví al lugar. Estaba completamente desnudo frente a una chica de al menos veinticinco años.
Me observé y me sentí de quince: abdomen, bíceps, tríceps, pero maullado de dolores que aparecen de la nada y quedan unos días, de viejas con pánico, noticias del colesterol, la impiedad de la hipertensión, diuréticos, embestida de antibióticos, consultas geriátricas y recuerdos de búfalos.
“No importa”, dije con austeridad ante el desafío de la beba. Solo restaba pararme, medirla y que el río sonara. Al pararme, la chica acercó su rostro al computador. Sentí su vibra, me sonrió, quedó lela. Mi órgano se vio poseído. Golpeé el táctil con el objeto, tomé la cinta métrica y medí. Volví a medir a petición de ella y estuve midiendo hasta que comenzó a reírse y dijo:
—Viejo infeliz, te agradezco, gané una apuesta.
Sacó su lengua, vi el reluciente piercing. Entonces salieron chicas y chicos de su edad, que estaban tras la mesa de su computador. Abrieron una botella de champán. Celebraban. Le daban besos por haber sido la ganadora absoluta de alguna estúpida apuesta.
—¡Ay!, Se parece al abuelo de Tutankamón, ¿eh? —oí la voz de una chica en lo que me recobraba del bochorno.
Entre los consejos del psiquiatra: olvidar la afrenta, no hacer casos a perfiles ominosos. En última instancia, dejar por un tiempo las redes sociales.
A veces, otra pesadilla, me devuelve el momento en que medí, pero las imágenes se van deteriorando, vuelven a su lugar las del búfalo y su asonada. He decidido corregirme, socializar con las nietas, sacar las mascotas y beber té en las tardes.
—Son aguijones de los tiempos modernos, crecen y hacen el amor antes de rozar la pubertad. Tienen lengua, pero no la utilizan, la desparraman, creando su propio dialecto para evadir culpas, sentirse el centro del mundo, concitar el interés de todo y, en treinta segundos, olvidar el enjambre de conspiraciones ficticias —terminó consolándome, medio burlón, el psiquiatra en la última consulta.
Me aislé del deporte. Ya no soy fan de los sobrinos. La garganta se reseca, el estómago duele. Establecen su puesto de mando la migraña, los zumbidos, la sordera.
Comienzo a padecer el síndrome del recodo: esquina, margen, curva. Todo a lo que se debe ceñir un aguafiestas cuando ladran los años.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.










