Los dos litros de mate que tomé esa tarde hicieron su trabajo y me dejaron despierta justo la noche en que habías planeadomarcharte. Mi insomnio te lo impidió y te quedaste aquí, amargándome la vida.
Claro, no siempre fue así. El juramento de amor que expresaste frente a mis padres, con el ramillete de las flores favoritasde mamá en tu mano, fue el de amarme y respetarme hasta el final de tus días. ¡Cuántas veces me vi tentada a vaciar el gotero entero de la tintura de valeriana en tu café! Acelerar ese momento inminente al que todos los seres vivos vamos, unos con calma, otros con la premura de regresar a la tranquilidad prometida del paraíso y de vivir la vida eterna.
Nunca me animé. Opté, en cambio, por vaciar mis instintos asesinos en las copas de vino que me empinaba en cuanto el solde las cinco de la tarde se asomaba por la ventanilla del fregadero y se burlaba de las recientes llagas que decoraban mi cuello.
Quería olvidar el estúpido momento en que acepté, después de un año de insistencias, que me acompañaras al trabajo para dizque cuidarme de los maleantes. Llevaba cinco años haciendo el mismo recorrido yo sola desde que los senos empezaron a escaparse de mi cuerpo y nunca se presentó alguien que al menos me dijera: “¡Mamacita!” o “¿A qué hora vas por el pan?”.
Nadie. Era invisible para los hombres, menos para ti.
Desde ahí debí haber sospechado que no eras uno de ellos, sino una especie de caricatura sacada de alguna tira cómica.Pero no creas que estabas en la categoría del ánime proveniente de Japón, en donde el tormento de las almas de los trazos animados se compensa con esas figuras delgadas de cabello abundante, ojos enormes, penetrantes, cuyos contornosequilibran el perfil perfecto e inexpresivo de su atractiva virilidad. No. Eras solo una línea desdibujada y sin estructura,como lo era tu patética y aburrida vida a la que me invitaste a pasar y en la que caí como un gusano perdido entre las telarañas de un ático abandonado.
Creí que podría saciar los revoloteos de mi alma confundida. Esos cinco bastos largos que se me presentaban en las constantes tiradas de tarot mostrándome la lucha enferma por ejercer poder dentro de un matrimonio alimentado por silencios, frustraciones y desencantos. Golpeteos altisonantes, en constante lucha por escapar, por salir de este lugarinmundo disfrazado de ciudad, en el que la mejor virtud de una mujer es casarse y servirle a su marido, tal y como lo he hecho contigo.
Por eso, cuando supe que te habías liado con Carmela, la españoleta que llegó del brazo del mejor amigo de papá, veinteaños más joven que él y diez menos que tú, empecé a ir a la iglesia con tal devoción para pedir al altísimo con toda su corte celestial que les diera el valor y se escaparan, dejándome viuda sin necesidad de convertirme en asesina.
Lo tenía todo planeado en mi cabeza. En el momento en que se marcharan, me vestiría de negro. La gente sentiríacompasión por mí y aceptaría la excentricidad de creerte muerto en lugar de aceptar que me habías dejado. El plan eraperfecto.
Desde ese momento, el golpeteo estridente de los tambores internos de mi alma silenció la furia cada vez más amarga de mis antorchas encendidas. Las peleas que oscilaban en el aire de la casa dejaron de ser intimidantes. Mi espalda empezó a sanar, aunque de vez en cuando extrañara el sorpresivo impacto de la escoba. ¡Era tan extraño no tenerte miedo! Estabas enamorado y yo amaba tu falta de interés hacia mi cuerpo.
Tenía guardado en el fondo de mi cajón, en un compartimento secreto debajo de un falso tablón, el amuleto que la brujaConstanza me hizo para aplacar tu mediocridad y falta de hombría; esa, de la que tanto carecías cuando llegabas a casa con las manos vacías, sin la promoción que tanto prometías desde que estábamos de novios y presumiste frente a mis padres. Debía usarlo cuando te me acercaras con ese cuerpo flaco, escurrido, pero, al final de cuentas, masculino, y ejercieras las pocas fuerzas que tenías para ceñir mi cuello y apretarlo, mientras te bajaras la bragueta y, sin ni siquiera quitarme lasbragas, poseerme con fuerza hasta arrebatarme el conocimiento. Ya no sería necesario porque Myrnita, la secretaria y amante de tu jefe, me había confesado que planeabas irte esa noche de agosto. Se lo dijiste al que asegurabas que era tuamigo del alma, después del cuarto trago de Tom Collins que tomabas, nada más de pura pose.
Esa semana los nervios no me dejaron tranquila. Fui a la iglesia en la mañana, en la tarde y en la noche, para asegurarmede que el Todopoderoso les ayudara y no les aguadara las ganas de irse a tierras españolas a vivir su historia de amor. Pero elhumor es la carcajada siniestra del diablo y quiso esperarme en la puerta de mi casa en forma de hierba. Mi madre, que habíaviajado semanas antes a Buenos Aires, me trajo un hermoso matero para que mejor tomara esa endemoniada planta en lugar de café. Y ahí estoy yo, de bruta, tomándome el mate pensando que era como un té de manzanilla.
Myrnita había confundido la fecha, no te ibas el sábado, como había dicho, sino el jueves, el día en que el mate me provocó el insomnio. Debí haberlo sospechado porque estabas cariñoso y nervioso al mismo tiempo. Pensaste que Carmela te esperaría, pero lo que deseaba era largarse de aquí y lo haría contigo o sin ti. Lo hizo sin ti.
Ese fue el primer momento en que estuve a punto de saborear mi libertad. Pensé que tendría una segunda oportunidad cuando agarraste el palo de escoba y empezaste a usar mi cuerpo como piñata. Como pude llegué al cajón del buró y me hice del amuleto de la bruja Constanza: un cuernito de cabra que debía clavar en un muñequito que tenía tu formamaltrecha y escurrida, pero salió volando cuando zurraste mi cara con la paja desgreñada de la escobilla. En un movimiento desesperado por no perder la conciencia, mi mano recobró el cuerno y fue a dar a tu entrepierna, ¿te acuerdas?
Chillaste como un puerco en el matadero. El bendito talismán se coló hasta tus huevos, arrancándotelos de tajo. ¡Quién ibaa decir que estaría tan filoso! La sorpresa y el dolor te hicieron retroceder y te apoyaste contra la ventana. Lo siento.No pude desaprovechar la oportunidad. Me levanté y te empujé con fuerza para que cayeras, pero ni así me convertí en asesina.
Parapléjico te quedaste y seguiste amargándome la existencia. Pensé que, teniéndote como un bulto, sería más fácil deshacerme de ti. ¡Qué equivocada estaba! El párroco de la iglesia, que creía ver en mí a la cristiana abnegada, entregada ala voluntad de Dios, organizó una colecta para ayudar a la pobre mujer que, de buenas a primeras, se había quedado con un marido incapaz de cuidarla. ¿Quién iba a decir que el padrecito lograría recolectar la cantidad de dinero que tú nunca lograste juntar ni con horas extras, aguinaldo y prestaciones?
La gente metiche, a la que le encanta el protagonismo, de inmediato propagó la historia de la pobre mujer en desgracia. El relato exagerado llegó a los oídos de un reportero amarillista que vino a tomarte las peores fotos para que provocarascompasión. No le costó mucho trabajo; te veías más flaco, amolado y asqueroso que de costumbre.
La edición de esa revista, en la que salió el reportaje de tu heroísmo y sacrificio por salvar la honradez y la vida de tu mujer, llegó a los ojos del productor más pesado de uno de esos programas de televisión que nada más buscan desgracias para subir el índice de audiencia.
Un día llegaron unas camionetas blancas llenas de gente. La casa se vio invadida por diseñadores, carpinteros y decoradores. Me preguntaron cómo habían sido los acontecimientos para hacer una dramatización. Fingí falsa modestia y dije que no quería que grabaran mi humilde hogar, pero me dijeron que se encargarían de que todos los lugares donde ocurrió el altercado se vieran presentables. Entonces me llegó la inspiración, vete a saber de dónde. Tal vez sí tuviera madera de cuentera, como decía mi madre cada que llegaba a casa con alguna historia exagerada de la escuela. Habrá sido eso, la gracia divina o el sereno, pero el relato me salió digno de un Óscar.
Les expliqué con lujo de detalle que los atacantes habían entrado por la cocina. Me sometieron y me violaron en la mesa y luego sobre la estufa. Después me arrastraron a la sala en donde se disponían a metérmela por el culo cuando mi marido, mivaliente e imperturbable esposo, los encontró en el acto al entrar por la puerta y recorrer el pasillo alarmado por mis gritos de auxilio.
Por desgracia, los atacantes eran cuatro (en la versión del reportero de la revista habían sido dos, pero nadie se dio cuenta de que se duplicaron) y sometieron sin problemas a mi pobre hombre. Lo amarraron y quisieron obligarlo a ver lo que los desgraciados estaban a punto de hacerme antes de ser interrumpidos, pero la voluntad de mi amado fue tan grande que pudozafarse de sus ataduras y me pidió que escapara.
Uno de los maleantes se interpuso en el camino impidiéndome salir, por lo que subí las escaleras en donde fui brutalmentegolpeada. Pensaron que había perdido la conciencia, pero yo fingí. A esta parte del relato le puse mucha candela, puesto que sabía de lo que hablaba. Tenía experiencia en hacerme la muerta cuando te ensañabas conmigo y yo me desconectaba para bajarte la excitación que te provocaban mis gritos.
Total, escapé. Fui al baño y agarré el tubo de la cortina de la regadera para defenderte. Cuando salí, me encontré con que los bandidos estaban en nuestra recámara obligándote a darles las pocas joyas que teníamos (en realidad no había ni una sola, pero eso haría más creíble la historia, si no, ¿quién en su sano juicio da tanta pelea por solo violar a una mujer fea ydesgraciada como yo sin llevarse la recompensa de un botín?).
Entré y golpeé a los hombres con todas mis fuerzas hasta liberarte, pero no te fuiste. Iniciaste una batalla cuerpo a cuerpo al ver a tu mujer en peligro. Uno de ellos sacó un cuchillo que te enterró en la entrepierna y, por desgracia, se llevó tu hombría. Te siguieron golpeando y, por la inercia de la pelea, acabaste al filo de la ventana. Antes de que te dieran elúltimo golpe que te haría caer hacia el abismo, proferiste tus últimas palabras: “Corre, princesa, ¡sálvate!”.
Mi relato, por supuesto, quiso abarcar toda la casa para que los encargados de arte del equipo de producción del programa les dijeran a sus carpinteros que remodelaran aquí y allá. Así fue como este lugar pasó de ser un mísero cuchitril, producto de tu mediocridad, a un palacio en medio de un barrio popular. Y lo hice yo, con una imaginación y visión emprendedoraque nunca, ni en tus más preciados sueños, hubieras sido capaz de construir.
¡El programa fue un exitazo! Todo el mundo quería donar para la recuperación del amante guapo (¿guapo?) y valeroso que se había sacrificado por su mujer. Múltiples asociaciones aportaron equipo, fármacos y atención médica para que tuvieras lo mejor. Diario teníamos aquí a las de la Unión de Damas Católicas rezándote los misterios del rosario.
Al principio estaba encantada con tanta atención, pero el tiempo pasó y cada vez era más insoportable cuidarte. Quería irme. Soñaba con salir de esta mísera ciudad y gastarme el dinero que se iba acumulando debajo del colchón. Pero no. Ni así dejaste de desgraciarme. La constante vigilancia de los vecinos, las beatas, las asociaciones que me daban mes a mes el dinero para tus cuidados, los desfiles de los médicos que reportaban que ibas mejorando, hacían imposible que tematara.
Había alguien que sabía mi secreto: la bruja Constanza. Un día tocó a mi puerta y entró sin que la invitara. Se sirvió uncafé mientras decía que ella podría sacarme del embrollo en el que estaba metida. Dijo que podría deshacerse de ti sin que nadie sospechara, pero, por supuesto, me iba a costar. Habló de hierbas, pociones, sahumerios y hechizos.
Aunque su propuesta era atractiva, quería ser yo quien se robara tu último aliento. Le dije que le pagaría. Le daría una cantidad bastante jugosa si me enseñaba el arte de la brujería hasta aprender cómo hacer el trabajo con mis propias manos. Se la pensó un poco la vieja mezquina, pero después de escupir al piso, lamerse la palma y extenderme la mano, me dijoque haría el trato siempre y cuando hiciera todo cuanto me pidiera. Ese día empecé a aprender los misterios de la mujer.
Poco a poco todo se fue acomodando. Las fajas de dinero seguían creciendo, mientras las visitas de los médicos y los rosarios de las damas católicas disminuían. A la gente ya no le importaba el destino del caballero medieval salvador de la honra de su princesa; ahora seguían la vida de un grupo de personas que vivían en una casa y eran grabadas las veinticuatrohoras del día. La morbosidad es cabrona en este país.
Aunque ya no tengo la vigilancia constante de la gente, sigo sacando todo el dinero que pueda mientras sigas vivo. Por eso te he mantenido respirando durante todos estos años. ¡Cómo odio ver tu mirada perdida en esa cara desinflada! Lo único que me consuela es usar tu cuerpo endeble y putrefacto como muñeco de vudú, metiendo alfileres por cuánto orificio me encuentro.
¿Te acuerdas de cómo solías meterme el palo de escoba en la vagina por pura diversión? Ahora soy yo la que uso tu culo para sostener mi vibrador. Y tú que te las hacías de tan machito, ¡quién te viera ahora con los esfínteres desgarrados!
Acabo de regresar de decirle a la bruja que ya estoy lista para matarte. Esta mañana me levanté y, por primera vez, mesentí ligera. Vine a verte y no sentí nada por ti. Ni odio, ni amor, ni asco. Nada. Solo había vacío. Entonces supe que era el momento.
Salí de la casa tranquila y me fui al monte a capturar las serpientes que usaría para terminar contigo. ¡Qué orgulloso estarías de tu mujer! Ahora no me da miedo ningún animal. Quién iba a pensarlo cuando te burlabas llamándome vieja collona al gritar presa de pánico cuando veía a las cucarachas.
Antes de venir, pasé a donde la bruja Constanza para decirle, solo por puro trámite, que ya era hora de que dejaras estemundo. Por desgracia, ella no estuvo de acuerdo conmigo, así que no tuve más remedio que abrir la canasta donde traía las cobritas. Le dije que les había sacado el veneno, así que no se asustó cuando la agarraron a mordidas. Me di la media vuelta antes de que su cuerpo se retorciera y la espuma amarillenta saliera por su boca. No quise ver en su mirada el reproche del maestro al darse cuenta de la ingratitud de la alumna.
Ahora estoy aquí fumando el tabaco que tomé al salir de la casa de la ahora fallecida bruja. He llenado la matera de hierbapara estar despierta toda la noche. Quiero presenciar cómo la mezcla que hice de hongos alucinógenos, belladona y valeriana, que acabo de introducir en tu boca, te tortura con visiones terroríficas hacia una muerte desesperada; mientras que yo, sentada en el marco de la ventana, me voy convirtiendo por fin en tu asesina.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.










