¿Volveremos a Cartago, amor?

No aúlla el lobo de esta manera
cuando es herido de muerte y cae
ni tiene el viento rumor igual
a este que traigo como una ofrenda.
Robert Ganzó


Volví para encontrarme con el pasado. Pasado y futuro. Al surcar la frontera, después de tanto tiempo, pienso en las infinitas veces que he transitado este camino de cruces con destino hacia la nada. Nos toca atravesar la trocha y el río abunda. Los de abajo han improvisado andamios con estacas y trozos podridos de su propia miseria. No sé cuán confiable será esta trampa de tablas que crujen bajo nuestros pasos, pero estoy segura de que la estructura, apenas sostenida por clavos chuecos y oxidados, aguantará un rato.

Se cayó en el charco un viajero que no quiso pagar el paso, de esa gente que se resiste sin darse cuenta de que este recorrido tiene lo suyo y hace falta experiencia para franquearlo sin tantas dificultades. Su maleta hizo un giro brusco antes de hundirse. Nadie se dispuso a ayudarlo, muchos pensaban que merecía los insultos por estorbar en mitad del sendero. Mira que permanecer embobado, sin reaccionar, cuando los trocheros van y vienen al mismo tiempo sobre ese hilo de maderas mal puestas, con 60 kilos de mercancías variopintas encima de la cabeza o sujetos a las costillas, a la espalda, a la propia vida.

Traje un equipaje pequeño, algo que pudiera cargar por mí misma. Ya tengo bastante con el peso de este viaje que me apuñala entre dudas. Sin embargo, sé que estoy en mi territorio. Soy hija de estos pasadizos en la espesura, del largo transitar entre fantasmas. Siempre lo he sabido: soy ciudadana del puente.

Cada vez que llego a la mitad del río Táchira se me ocurre pensar en la abuela Flor. Cruzo con el agua hasta las rodillas y, en ocasiones, más arriba de la cintura, entre remolinos de barro o sobre balsas hechas con pimpinas de gasolina. La nona y toda su familia recorrieron estos mismos pasajes hace décadas; huyeron de Colombia y entraron en Venezuela. Si la abuela supiese que sus nietos ahora vamos en dirección opuesta…

La última vez que estuve en Cúcuta, tres años atrás, regresé a Venezuela poseída, como si un trance antiguo se hubiera apoderado de mi cuerpo crispado y tembloroso. Todas esas personas respiraban tan cerca de mí. Llevábamos miedo e incertidumbre porque el Gobierno colombiano acababa de decretar la emergencia sanitaria por la pandemia y había anunciado el cierre de la frontera terrestre y fluvial con Venezuela. Entendí que, a partir de ese momento, la vida nos cambiaría para siempre.

Hoy, de vuelta a las andanzas, a los viajes, al ir y venir por los caminos verdes de la frontera, Cúcuta no era mi destino final. Necesitaba trasladarme rápido al aeropuerto internacional Camilo Daza porque el vuelo salía temprano. Afortunadamente nos alzamos al aire sin contratiempos, partimos hacia el norte de Colombia, rumbo al mar. Llegué a esta ciudad que me ayuda a responder quién soy, de dónde vengo y por qué el amor nunca termina de concretarse.

Toda la vida he sentido una predestinación, una fuerza superior que toma las riendas de mi historia. En unos días empieza el Congreso Internacional sobre Filosofía de las Matemáticas y este año será presencial, como la última vez que asistí antes de la pandemia. Actualizaré mi especialidad de ingeniería: cada vez hay más profesionales capacitados compitiendo por menos puestos de trabajo, y no puedo correr el riesgo de perder clientes ahora que los sectores científicos están al día con las curvas de aprendizaje y el desarrollo exponencial en los distintos ámbitos de las ciencias.

Deambulo por las calles y me persiguen los recuerdos de amor, de él y del mar. También pienso en Dido, aunque estoy a miles de kilómetros de su entrañable Cartago. Ella, al igual que yo, migró de su tierra natal. En Cartagena de Indias siento su historia viva, de nuevo, a mi lado.

Leo para apaciguar tanta ansiedad. Aunque mi trabajo está orientado a la aplicación de disciplinas exactas y el conocimiento racional, voy a la literatura antigua, a la mitología y a la filosofía para intentar interpretar la psique y las emociones. Leer La Eneida me da contexto; regreso a las letras de Virgilio, igual que hace tres años y en este mismo café al lado del mar. A veces encuentras, justo en un libro, la trama argumental de tu vida. Virgilio lo sabía. Por eso, en su lecho fúnebre, pidió quemar La Eneida. Él entendió, en las luces de la muerte, que su poema épico no alcanzaría la perfección que buscaba. Algo sacrificó en la obra y esa idea llenó de profundo dolor su último aliento.

El Amor, según Hesíodo, fue la primera fuerza después del Caos y, aunque los diferentes mitos atribuyan a Cupido orígenes diversos, se sabe que en ese instante llega un relámpago y, desde el cielo, fusila a los amantes atravesándolos con su lengua de oro. Amar es la tormenta donde despierta el pulso de la piedra. Así late fuerte, haciendo grietas en el mármol, el tibio corazón de Dido, la escultura tallada por Claude-Augustin Cayot en 1711, que ahora descansa en el Musée du Louvre, muchos siglos después de escribirse La Eneida. En la estatua, Dido, reina de Cartago, empuña la espada de Eneas como una continuación del brazo amado y al abrirse el pecho con la hoja afilada, el metal consuma la entrega de amor en el misterioso orgasmo de la noche: acero y carne cierran el pacto.



Llegué al hotel bastante tarde. El restaurante ya estaba cerrado, me dispuse a comer las sobras de mi almuerzo y a continuar la lectura orientada por la voz de Virgilio. Eneas, líder de los dárdanos y defensor de Troya, ya había aparecido en La Ilíada, donde combatía junto a los defensores de la ciudad. Virgilio, poeta oficial de Augusto, conocía el mito al dedillo y, al tomar prestado al héroe vencido, bebió de fuentes griegas para cumplir el encargo de Augusto: componer La Eneida como un proyecto de reescritura de la epopeya homérica.

El poeta se amparó en la guerra de Ilión. Allí recreó el escenario inaugural de la obra. Cantó las aventuras de Eneas en el largo periplo por el Mediterráneo hasta llegar a Italia. El fin era narrar la fundación de Roma, aderezar la proeza con recursos de la mítica griega y glorificar el origen del emperador Augusto. Así, en La Eneida, quedaron enlazados dos grandes hitos de la Antigüedad latina: la caída de Troya y la fundación de Roma.

Al huir Eneas, llevaba en hombros a su padre herido, el príncipe dardanio Anquises, y con una mano sujetaba la de su hijo Ascanio. Los tres quedaron desterrados, obligados a vagar lejos de sus tierras para poder salvar la vida. Pero, ¿qué es la vida si nos quedamos sin casa y sin recuerdos?

Los migrantes perdemos todo, somos extranjeros atravesados por una insufrible herida de nostalgia. Y cuando a las desdichas del desarraigo se agrega también la persecución, solo quedan, en la trágica realidad, dos escapatorias igualmente aciagas: el suicidio o la fuga. Dejas atrás cuanto conoces para hacer del corazón un puño de hierro. Irse es la forma involuntaria del verdadero exilio.

El viaje del héroe exige sufrimiento y sacrificio. Eneas, junto con su familia y otros fugitivos, dirigía la expedición en busca de un lugar seguro. Abandonaron Tracia y, en Creta, enfrentaron una peste que diezmó a la tripulación. Entonces, los dioses troyanos se pronunciaron en los sueños de Eneas y le ordenaron continuar el viaje hacia Italia. En la ruta, resistieron tormentas; las harpías les robaron la comida y los atacaron con ferocidad; después fueron perseguidos en la isla de los cíclopes, donde estuvieron a punto de ser aplastados por las enormes rocas que Polifemo lanzó contra ellos. Todavía faltaba lo peor, el mar revuelto así lo presagiaba.

Me entretuve demasiado en la lectura, olvidé la hora. La Eneida se me parece tanto a otras historias contemporáneas. El aire rancio de destierro que impregna la huida de tantos pueblos parece heroico, pero encarnarse en él resulta una pesadilla.

Hasta octubre de 2022, se contaban más de siete millones de migrantes de Venezuela regados por el planeta. La mayoría ha encontrado acogida en países de América Latina, el Caribe y otras regiones. Varias organizaciones no gubernamentales internacionales (ONG) trabajan para apoyar la inclusión de las personas sometidas a migración forzosa —por razones políticas, religiosas, dogmáticas, económicas o de otra índole— y también para promover la sensibilización de las sociedades de acogida. Ambos grupos sociales, obligados a relacionarse en dinámicas muy complejas, podrían experimentar nocivas prácticas de exclusión por desconocimiento, miedo o desconfianza entre los muchos factores que ponen en riesgo la construcción de un futuro colectivo basado en la alteridad, la tolerancia mutua y la convivencia.

Por eso la historia de Virgilio se repite para quienes andamos perdidos en el mundo, con esa ciega esperanza que Prometeo clavó en el corazón de los seres humanos al robar el fuego de los dioses. Para no correr el riesgo de llegar tarde al congreso, cerré el libro y me fui a dormir.



Lo conocí durante las jornadas. Su intervención sobre platonismo y la existencia matemática me dejó impactada. En el living, aproveché para hablarle sobre Dido y su ingenio para ampliar el reino. Conversamos apasionadamente sobre los problemas isoperimétricos y cómo la reina supo hallar la curva que permitía maximizar el área encerrada por un perímetro dado.

Aprendimos a amar esa tarde de inmensos goterones en el palacio colonial de la Universidad de Bellas Artes y Ciencias en la ciudad amurallada. Recién había terminado el congreso y nadie imaginaba ver el sol oculto entre nubes negras. Las atronadoras centellas anunciaban un diluvio de dientes hambrientos. El castañeteo frenético cumplía el rito de invocación sobre nuestros cuerpos poseídos por el lejano espíritu del mar ese 27 de octubre de 2019.

El Caribe incita al amor y no hace falta pensar en el sacrificio posterior a las aguas. Antes de interpretar en nuestras mentes la profundidad de algún mensaje nos miramos a través del espejo líquido. En la ropa escurría la travesura de niños grandes y con los brazos extendidos en medio de un baile que simulaba el impacto de las gotas contra el suelo de arcilla; hicimos rondas y celebramos la dulce cascada que caía por el rostro. Ondulaciones marinas resonaban en nuestros gestos, incluso con el mar lejos. Estábamos a varias cuadras de la playa en aquel patio colonial. En el aire percibimos la inquieta marea alta que nos hacía brincar de gozo.

Por primera vez sentí frío. Empezó por los pies y ascendió como la savia recorre las venas del árbol. Era pegajoso y, como una capa de sudor que perlaba la piel, hacía vibrar mi humanidad. Aunque reíamos en el círculo de amigos, cómplices de los juegos acuáticos, no entendía el temblor en sí mismo. Hasta que descubrí, con taquicardia, el origen de la sensación: él me estaba mirando. Saboreé la satisfacción del juego, no estaba segura de si me miraba a mí, pero lo adivinaba en el cuerpo. El viento susurraba acertijos, me armé de valor, respiré profundo y giré hacia mi destino. Un sexto sentido activó las señales de alerta; el foco en rojo medía la temperatura de esa línea recta entre sus ojos y los míos. 

En ese momento vino la flecha:

Sed, fisura
entre la boca y el agua.

                 Me flecharon tus ojos.

Padezco el abismo.

Lo había leído en tantos libros, la fons et origo, la sacudida, un tsunami con la frecuencia exacta del dardo de Cupido. La mirada puede atravesar cualquier horda en medio de quienes se miran; la realidad palidece mientras estamos conectados. Nos sabíamos rendidos a la herida.

En el universo virgiliano, los viajeros sufrían el asedio de Juno, deidad de la Tríada Capitolina, hermana y consorte de Júpiter. La diosa se vengaba por el mismo motivo por el que odiaba a Troya. Había sido un troyano, Paris, quien eligió a Venus como la más hermosa entre las divinidades, después de que Discordia arrojara la manzana de oro que desencadenó la disputa. Esto propició la implacable ira de Juno, herida en su orgullo.

Eneas, además de ser aliado de los troyanos, era hijo de Venus y del príncipe Anquises. Por su origen y lealtad, fue condenado al desprecio y a la persecución de Juno, que vio desde el Olimpo a la flota cuando salía de Sicilia. Convenció al dios de los vientos, Eolo, para hacer zozobrar las embarcaciones. En la fuerte tempestad, las naves estaban condenadas a destruirse, pero en un acto de piedad, el dios Neptuno, rey de los mares, intervino y reprendió a Eolo por entrometerse en sus dominios y retiró los fuertes vientos del océano con el vigor de su tridente.

Ya con las aguas en calma, la escuadra llegó a costas norteafricanas y los troyanos lograron aproximarse a Cartago. Al arribar, Eneas dirigió a los sobrevivientes un discurso colmado de esperanza y fe en los dioses, con el propósito de tranquilizarlos y devolverles el ánimo. Entretanto, en el Olimpo, Venus suplicaba a Júpiter que intercediera en favor de su hijo. El dios del rayo reconoció la urgencia de poner orden y envió a su mensajero Mercurio hasta Cartago para que la expedición fuese recibida con cortesía en su nombre, invocando la ley de la hospitalidad. Eneas examinó el lugar donde desembarcaron. Venus, disfrazada de cazadora, se mostró ante su hijo. Recomendó no temer, pues los cartagineses, en especial su reina Dido, le brindarían el refugio merecido después de tantos inconvenientes.



Hace tres años, una mujer y un hombre llegaron a Cartagena de Indias desde orígenes distintos, con diferentes tonos de piel, otro color de ojos y distinto acento. La arena burbujeaba entre los charcos mientras la lluvia persistía, y yo intentaba resistirme al dueño de aquella mirada. Un hombre y una mujer sedujeron la amplitud del mismo idioma cuando el viento aderezaba la lengua de las gaviotas.

Las redes del pescador expandieron el porvenir abriéndose a toda flor en el repicar de las olas. Caminamos por el filo de la tarde cuando las fronteras del silencio llenaban la vista de la playa. Fuimos al mar con los amigos partícipes del chapoteo en el patio de Bellas Artes. Juntos y revueltos, entre chistes y canciones, exprimíamos los licores del último domingo de aquel octubre.

Seguía lloviendo. ¿Por qué habrían apagado el sol de Cartagena precisamente cuando nos quedaban tan pocos días de aventura? No podíamos ver la manzana enrojecida ni sentir su temperatura. 

Acomodé el bañador de dos piezas lo mejor posible para cubrir mis esponjosidades. Tramaba lo que le diría a aquel hombre cuando volviéramos a conversar. Pero ¿qué podía decirle a un extraño, por muy profesor que fuera, si apenas me había mirado durante aquel rato de juego —o eso creía— y ahora ni siquiera estaba segura de que siguiera en la playa o… 

A veces sucede que mi cuerpo se suspende y una mano de hombre me toma por la cintura para ceñirme a su abrazo. Enmudeció mi pensamiento como si bailáramos entre sombras y salitre; me acercó a su piel en la ausencia de eco. Ahí quedé rendida: envuelta en la caricia de la tarde marina.



La princesa fenicia Elisa de Tiro perteneció a la tradición fundacional de Cartago. Según algunos relatos mitográficos de la Antigüedad, fue testigo y víctima de la ambición de su hermano, el heredero Pigmalión, al fallecer su padre, el rey Muto. Tras la muerte de su esposo, Siqueo, rico sacerdote del templo de Hércules, asesinado por su hermano, para satisfacer el macabro deseo de amasar sus riquezas. En un sueño, el fantasma de su marido se le apareció a la viuda para advertirle del crimen. 

Elisa, junto con su pequeña hermana Ana, rescató la fortuna de Siqueo y huyó de Tiro con un séquito de nobles en una flotilla de embarcaciones. Por el mar navegaron las riquezas pretendidas por el mezquino Pigmalión; por el mar desertaron las dos hermanas.

La flota avanzó sin detenerse en ningún asentamiento fenicio del Mediterráneo, pues querían establecerse en un lugar remoto. Llegaron a la zona costera del norte de África, región poblada por los gétulos, una tribu libia. Elisa pidió al rey Jarbas un territorio en el cual establecerse. El monarca, burlando la solicitud, le ofreció únicamente la extensión que pudiera abarcar con una piel de buey. Ella aceptó el reto. Engalanó su ingenio y cortó la piel del animal en una tira muy delgada, casi invisible, que convirtió en una larga cuerda. Apuntaló los extremos en dos puntos de la costa para rodear, con el artificio, la mayor cantidad de terreno posible. Así, la costa, por sí misma, actuaría como borde complementario del espacio que se pretendía acordonar en el perímetro geométrico. 

Si suponemos (como hipótesis ideal de un ejercicio matemático) que la costa es una línea recta perfecta y que la tira de piel tiene una longitud ficticia de 1 km, la cuerda constituiría únicamente el arco, porque el diámetro coincidiría con la orilla y, por lo tanto, no forma parte de la longitud que debe modelar la piel. La solución que encierra la mayor área posible, dadas estas circunstancias, es dibujar un semicírculo sobre el terreno.

La longitud del arco de un semicírculo, L, es la mitad de la circunferencia de un círculo completo:



Dado que la cuerda de Elisa mide 1000 m, tenemos entonces:



De donde:



El área de un círculo es



y, como solo se necesita la mitad, el área delimitada es:



Sustituimos el radio: 



Sabemos que una hectárea equivale a 10 000 



Así concluimos que, bajo esta premisa, una tira de piel de 1 km delimitaría cerca de 15,92 hectáreas. La leyenda de Elisa condensa, en forma mitológica, una intuición geométrica que ya había sido estudiada por matemáticos griegos. Zenodoro, en el siglo II a. C., ensayó problemas similares y entre los siglos XVIII y XIX d. C., el desarrollo del cálculo de variaciones permitió el abordaje mediante herramientas analíticas —en circunstancias reales, distintas a las simuladas aquí— con ecuaciones diferenciales para determinar las curvas que optimizan el área bajo determinadas condiciones de frontera.

Este relato pertenece al imaginario etiológico sobre el origen legendario de Cartago y se relaciona con Byrsa, nombre que posteriormente se asoció con la expresión “piel de buey”; sin embargo, no forma parte de La Eneida. El nombre púnico, “Qart-ḥadašt”, significa “ciudad nueva”, denominación que corresponde a la identidad propia de la colonia fenicia. La leyenda de la piel de buey, en cambio, explica de manera mítica la adquisición del territorio. Cartago llegó a ser una gran potencia que compitió con Roma por la supremacía del Mediterráneo. La Eneida comienza cuando Elisa, en adelante conocida como Dido, ya es la reina de Cartago.



En la cama me miraba con picardía. Analizaba todas las pequeñas imperfecciones de mi cuerpo desnudo y sonreía alargando las caricias. Saboreaba con deleite algunos residuos de guanábana en mis dedos; nunca había probado esa fruta antes de venir a América y ahora le encantaba. Con frenesí jugábamos a la ruleta rusa.

Nos amamos del mismo modo en que triunfa una avalancha: arrasando la piel herida de la tierra sin dejar de estremecerse. Se nace al fuego en el amor, se nace culpable en el desgobierno que provoca y, aunque no conocemos la poción mágica probada por tantos amantes desde el principio de los tiempos, sin duda alguna debe saber a guanábana o a mar.

Me creía una diosa precolombina. Mi cabello rizado, negra espuma desparramada sobre la almohada, dibujaba una corona de azabache. Mi amante, tan blanco en la piel, tan tibio y varonil, me alzó nuevamente a sus besos. Llevábamos tres días de amores encerrados en su habitación de hotel, agotábamos juntos las últimas horas.

Pero también sucede que llega la despedida y en los aeropuertos caen lágrimas sobre los fantasmas de papel. Tratamos de descubrir cómo las palomas o las botellas arrojadas al agua llevan los mensajes a destino. Quizá era preferible el vino de los tristes, tres gotas de sangre cayendo en una vasija, cuando la música de los astros eleva el vuelo hacia la vastedad de otro continente.



Cuando observo el mar desde la ventana de mi habitación, pienso en ella, en Dido, precursora de mi propio arquetipo. En el libro IV de La Eneida, Eneas llega a la ciudad después de sobrevivir a la devastación de Troya y de realizar sus posteriores peregrinaciones. Imagino la impresión que debió de causarle aquella Cartago recién fundada. Apenas se alzaban las monumentales murallas y nacía la poderosa ciudadela cuando la reina, rindiendo honores a los dioses, hospedó a los viajeros con esmerado cuidado.

Venus, temerosa por la suerte de su hijo, trazó un plan para protegerlo. Ordenó a Cupido que adoptara la apariencia de Ascanio, el hijo de Eneas. Engañado por el ardid, el héroe llevó al niño cargado de regalos para la anfitriona. Era la ocasión propicia para que el poderoso arquero alado cumpliera su cometido: lanzó la flecha en llamas al corazón de Dido, que quedó rendida a las mieles del amor. Así germinó entre ella y Eneas una profunda pasión, que habría de perdurar en las artes y las fábulas a lo largo de los siglos. Durante una cacería, una tormenta —otra artimaña de los dioses— obligó a ambos a refugiarse en una cueva. Allí la reina ofrendó su alma, la vida entera y su reino: quería fundir sus pueblos y sus linajes. 

Pero el destino de Eneas no era permanecer en Cartago. Júpiter envió a Mercurio para recordarle que debía continuar su periplo hacia Italia y cumplir el compromiso que le había sido encomendado: llegar a la tierra donde habría de establecerse la estirpe destinada a fundar el poder romano. Eneas obedeció con dolor la voluntad del padre de los dioses, buscó a sus hombres y preparó en secreto su partida, renunciando así al amor de la reina. 



Redacto cartas de amor y ejerzo el oficio de escriba; la profesión de las palabras dadas en préstamo. Escribo mensajes francos, pragmáticos, distraídos y conmovedores; según se necesite. Unos nacen a primera luz de las delicias, otros fascinan con mágica irrealidad; todos salen de mi puño.

En la espiral de un caracol susurré en secreto su nombre. Ese día él regresaría a España. Me dijo con ternura: “No llores, nos volveremos a ver”. Desde que se fue, escribíamos por WhatsApp, usando los 4096 caracteres permitidos en cada mensaje. Nos extrañábamos tanto. En una de las primeras notas me contó que todavía no había dormido tras despedirnos en Cartagena y que, al irse a la cama y cerrar los ojos, me echaría de menos. Me pidió que fuera a visitarlo pronto, y yo soñaba con ver en su pueblo la primera nevada o la cencellada sobre los árboles que él me mostraba a través de la cámara del celular. Me fascinaba aquel fenómeno, parecido a la escarcha, en el que la humedad de la niebla se solidificaba sobre las ramas hasta convertirlas en blancas plumas y agujas de hielo y ocurría cuando el punto de rocío estaba por debajo del punto de congelación. Me encantaba imaginar aquel paisaje; yo no conocía el invierno ni el otoño y quería coleccionar hojas amarillas y rojas tanto como copos de nieve.

Hablábamos a lo largo del día y decidíamos juntos el color de las paredes de su casa. Videollamábamos hasta que los móviles se quedaban sin batería. Anhelábamos el contacto más allá de la pantalla porque en el cuerpo nos latía la vida y queríamos al otro por entero, en esas promesas febriles murmuradas al límite del ahogo, cuando los disparos del sol caen en alas de gorriones y asientan el nido para encender, en nuestra luna, la memoria. 

A mi historia personal llegó aquel Eneas de pecho amplio. Un hombre febril y tierno que me besó por primera vez en la playa de Marbella para después volar al Viejo Continente.



“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”, así lo sentenció F. Scott Fitzgerald, y en esta historia no había excepción. Dido presintió el abandono de Eneas antes de que él pudiera confesarlo y comprendió que el vínculo que para ella significaba la promesa de una vida compartida no era tal cosa. La reina destrozada decidió la muerte. Su último lamento, en la imaginación virgiliana, se desgarró en amargura. Así lo recrea Dido and Æneas, ópera barroca del compositor inglés Henry Purcell, basada en el libro IV de La Eneida. El aria final, conocida como «Lamento de Dido», conserva toda su exquisitez y potencia expresiva tres siglos después de su creación. También se la conoce por su primer verso, “When I am laid in earth” (“Cuando yazga en la tierra”), y dice: 

Cuando yazga en la tierra,
que mis errores no causen
cuitas en tu pecho:
recuérdame, pero,
¡ay!, olvida mi destino.

En ese mismo libro de La Eneida, la soberana construye una pira con los objetos dejados por Eneas, como un inmenso altar de sacrificios. Sobre la hoguera encendida, se clava en el pecho la espada que le había regalado su amante, apuntando al corazón. Antes de morir, maldijo a la descendencia del traidor:

Luego vosotros, tirios, perseguid con odio a su estirpe
y a la raza que venga, y dedicad este presente
a mis cenizas. No haya ni amor ni pactos entre los pueblos.
Y que surja algún vengador de mis huesos
que persiga a hierro y fuego a los colonos dardanios
ahora o más tarde, cuando se presenten las fuerzas.
Costas enfrentadas a sus costas, olas contra sus aguas,
imploro, armas contra sus armas: peleen ellos mismos y sus nietos.



Un día asomó una sensación extraña; algo apenas perceptible vertía una sombra sobre la fogosidad de las palabras, como si el silencio tocase el perfume guardado en esa camisa suya que yo abrazaba para poder dormir. La entrega del alma se trocaba en angustia ante el vacío mortal. Una llama afilada cayó a merced del viento y el soplo diminuto expiró en nuestros labios como la primera señal de desnudez. Sospeché con pena que el amor abandonaba mis orillas. A Dido, Eneas le dio tristeza, motivos para morir y también la espada. Yo heredé el afán de calcular, pero ya no el área necesaria para fundar un reino, sino el perímetro de la curva donde se enfriaba nuestro apasionamiento. 

La circunferencia de la Tierra mide cerca de cuarenta millones de metros. Para cubrir su perímetro —tomando como base la página de un libro de poesía de 21 cm × 15 cm— se necesitarían aproximadamente 266 666 667 páginas impresas. Este cálculo resulta de dividir los 40 000 000 m del perímetro terrestre entre los 0,15 m de ancho de cada página. Si asumimos un promedio de 49 páginas por libro, serían casi 5,5 millones de libros. 

Sin embargo, tomaré la licencia de Dido: cortaré en finas tiras cada página, con la altura precisa de los versos, para unir línea con línea en una cuerda y empapelar el contorno de la Tierra. En estas nuevas circunstancias, equivaldría más o menos a 20,2 millones de páginas, correspondientes a unos 412 286 libros:

Perímetro de la Tierra:



Para esta idealización, tomaremos como referencia la definición estadística de “libro” establecida por la UNESCO: una publicación no periódica de al menos 49 páginas, sin contar las páginas de cubierta.

Tenemos:

22 versos × 0,09 m/verso = 1,98 m/página.

Por tanto:



Si cada libro contiene 49 páginas:



Un solo ser humano jamás podría leer 412 286 libros, aunque quisiera. Pero, de seguro, son muchas más las cifras de libros, de páginas o de renglones de 9 cm, poetizados para escribir la historia de este amor repetido verso a verso desde la Antigüedad. Los amantes del mundo que han nacido o están por nacer traen consigo un hilo de fatalidad, una cuerda de piel o papel donde se detalla la periódica oscilación entre el amor y el desamor. Quizá exista un péndulo esférico invisible en cada pecho humano que se mece libremente, entrecortando el aliento de la vida y de la muerte mientras su plano de oscilación permanece invariable y el suelo gira debajo de él.

No sé si esta noche, frente al mar de Cartagena, después de una pandemia que nos imposibilitó amar, lloro por Elisa de Tiro, por Dido de Cartago o por mí y lo que no pudo ser. Quizá el llanto sea la misma incapacidad del poeta Virgilio para quemarse a sí mismo con La Eneida antes de que fuera demasiado tarde para la reina. ¿Será muy tarde para mí?

Los pasos se hunden en la arena húmeda mientras entro al mar. Esta vez ningún brazo me sostiene en la noche profunda. Intento descifrar el reflejo de neón puesto por los dioses sobre las aguas. Pienso en la imagen del ser, donde algún tipo de resina se desprende como lágrimas de un espeso recuerdo. ¡Estoy tan cansada de vagar en este exilio hacia ninguna parte!

Las reinas como Dido, extranjeras perpetuas, nos reencarnamos en cada arte en el que se nos invoca. Así será por siempre. Ahora que me especializo en el arte de perder, ofrendo a su majestad fenicia este poema, que es también mi despedida:

¿Vienes a mostrarme la divinidad perdida,
una palabra que beso entre corales?

¿Acaso este largo territorio
me rinde a sus banderas?
¿Acaso cantas mi renuncia
mientras me dejas?

¡Ah, limonero! Aguijonea de olvido
el viento a la campana cuando en silencio
sus pétalos de sal se descomponen.

Aquí está mi continente:
la región de la víbora,
lo salvaje y oscuro de las bestias sagradas.

Ya no temo al dolor desconocido,
he sobrevivido a los sueños de guerra
porque amor y duelo vienen de lo mismo:
un golpe seco en el tiempo, dos aves ciegas
que buscan sus sombras en el agua.

¿Y si el mar se equivoca,
para qué rezar sobre las olas?

¿Volveremos a Este relato pertenece al imaginario etiológico sobre el origen legendario de Cartago y se relaciona con Byrsa, nombre que posteriormente se asoció con la expresión “piel de buey”; sin embargo, no forma parte de La Eneida, amor?

¿Vendrás a salvarme del incendio?


Elisa de Cartagena, 2022.






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Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)

Por Antonio José Ponte

De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.






Ponte dentro del campo de exterminio

Por Néstor Díaz De Villegas

El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.

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