Todo es muerte, vejez, caducidad, signos del abandono, formas de incomprensión. Un terremoto, otro amor que se acaba, eclipse escurridizo, lámpara que se funde: hechos equivalentes en la escala de este verano atroz. Todo es pérdida, todo quiere gritar “cayó” o “fulmíname”. El hijo incuba la semilla de un rencor inútil. La ruleta reafirma su ceguera genética mientras los padres ensayamos una pantomima. Las mujeres corren a estrenar sus joyas digitales, los hombres parlotean y gritan ante pelotas de distintos tamaños. En el refri hay pegadas unas frases absurdas; en la boca, aún vibrantes, otras palabras: aquellas que no debiste pronunciar. En la mente, el sabor marchito que nos deja el intento de curar una vulgaridad crónica con remedios caseros.
Trataste de explicar los signos cardinales del amor o la política a toda esa gente que no sabe nada del potlach. La lógica que un día fulminó al atildado Franz Boas: cómo las apariencias esconden su opuesto, cómo un tesoro de miles de mantas se transforma en escudo de bronce que su dueño prefiere romper en público.
Así vas, rompiendo cosas para ostentar razones, un poco profesor cascarrabias, un poco Job y Diógenes de pueblo. El pobre Franz empezó discurriendo sobre el color del mar, y acabó descubriendo que los jefes kwakiutl quemaban mantas para humillar al vecino, o rompían sus escudos bruñidos frente a la asamblea, no por locura sino por método —la destrucción como un intento de lenguaje, sintaxis bruta del prestigio. Quien más quema también ordena el mundo, quien más regala hereda el trono de ceniza.
Aquí las mantas están de rebaja (es verano) y el cobre escasea (una mafia se roba los cables ferroviarios para revenderlos al peso en estaciones de reciclaje). A cambio tenemos historias que incendian cada noche una pantalla, bodas convertidas en cámara ardiente para cuatro mil desconocidos, un prójimo que destruye su nombre en catorce segundos por el aplauso intermitente de un vidrio, una mujer que escupe a su marido en directo y lo llama contenido. Todo se quema en público porque ese público es el único banco que nos queda, bóveda donde el gesto ya vale más que el oro.
Rompemos la intimidad para probar que existimos. El teléfono es el nuevo bastón de mando, negro cetro partido en dos. Todas las noches alguien anuncia con orgullo funerario que ha renunciado a algo que nunca tuvo, comprado algo que no necesitó, sufrido en público lo que debía llorar a solas. Frívolo despilfarro que se disfraza de espontaneidad, cálculo presentado como impulso, fuego ceremonial sin jefe ni tribu; ninguna alianza, ningún don que regrese. Aquello al menos algo nos devolvía: el honor, una deuda, un parentesco; ahora no hay más que likes y notificaciones. Aprendan que no toda destrucción es sacrificio. Muchas veces es miedo disfrazado de fiesta.
Lo sabían los antiguos: cuando Sirio arde, los perros enloquecen y los hombres dicen verdades sin querer; por algo a los días de la canícula los llamaban “el tiempo en que la sangre hierve y delata”.
Job no perdió su techo en invierno. El verano no es la sonrisa del año, sino su prueba infernal, la temporada en que hasta el amor debe mostrar el recibo de todo lo que prometió y no entregó. Vagamos entre ruinas fotogénicas. El calor se enrosca en persianas inmóviles y los teléfonos maúllan sobre las mesas, impacientes, esperando su ocasión para el hastío puntual de la siesta.
He visto envejecer este verano. ¿Me atreveré a decir que todo es pérdida?
No soy Job. Soy apenas alguien que anota frases y las encuentra, de pronto, insoportables. El verano no nos pregunta si estamos listos: mide, con su calor de eterna sala de espera, todo lo que fingimos no haber roto.











