Fue una visión o un sueño despierto?
Ha huido esa música, ¿estoy dormido o despierto?
John Keats
Hay muertes indisolublemente ligadas a la fragilidad física y a la resistencia del espíritu. Esto puede parecer contradictorio. Sin embargo, contiene una solidez que asusta. La mayoría de las muertes infortunadas asociadas a un artista provienen de almas que permanecieron un tiempo fugaz en la tierra, y aún así, se adhirieron a la carne y a la mente de los más sensibles, en aquellos en que el dolor enquistó sentimientos y dudas.
A John Keats la muerte no le fue ajena. Primero murió su padre, cuando él aún era un niño. Luego, su madre y su hermano. Ambos de tuberculosis. Finalmente, la misma enfermedad lo siguió y lo hizo suyo. Un muerto de 25 años, ausente de Inglaterra y de los brazos de Fanny Brawne, la novia intocada, la virgen que le guardó luto y fidelidad por años. Azrael siempre voló sobre su cabeza y el poeta lo sabía.
Para los que lo amamos, sigue habitando en la solitaria torre. Desde la altura, observa. Nos observa a los que tratamos, en las horas del día y de la noche, de proveernos de la hermosura (sin obviar lo horrendo), de atrapar lo que morirá en breve y, probablemente, sin compensación alguna.
Acaso podríamos fantasear con esta imagen de Keats.
John, entre los árboles del bosque, examina con cuidado los nidos en las ramas. Como un peregrino perdido, silencioso, moja sus pies en el agua zigzagueante de un arroyo. En sus manos, piedrecitas, ramilletes de prímulas entibiadas por el sol. Luego, se sienta entre cortinas de aulagas, saca su libreta y escribe (su propia frase): “¡Qué maravillosas son las flores solitarias!”.
¿Habrá un juego en el tiempo? ¿Le habrá conocido Bach y ocultado en su clavicémbalo para componer melodías con sus versos? Tal vez Shakespeare fue su guía espiritual en aquella Tempestad constante, que nunca tocó costa alguna, ni encontró el mar en perfecta calma. Invariablemente, olas inmensas azotaron su rostro, evitando el descanso en su desesperado corazón.
No vacilaba en sentir, exprimir la vida, de eso se trataba. Los apetitos estaban ahí, intactos: disfrutaba del olor y el sabor de una fruta. Feliz con las cenas organizadas por sus amigos y admiradores, donde había vino y postres. Por las noches, le invitaban para asistir a una función teatral. Otra vivencia que le fascinaba.
La experiencia de los viajes no solo sería descriptiva. En sus cartas habría detalles pintorescos, referencias a la soledad. Un río, no significaba solamente una corriente, sino el consuelo de avanzar. La flor, el candor que muere pronto. El ruiseñor, la eternidad.
“No sé nada, no he leído nada”. Así se expresaba de sí mismo este joven autodidacta, sin noble cuna, que se formó con lecturas de la mitología griega, las que inspiraron algunos de sus textos, entre ellos Endymión y Oda a una urna griega. También se acercó a temas medievales en su tercer y último poemario: Lamia, Isabella, la víspera de Santa Inés.
Keats no disponía de dinero. Nunca la fama fue su aliada, no lo complació. Tampoco lo celebraron con laureles ni halagos.
Por el contrario, a los grandes los desprecian los pequeños. Habitualmente, los arropados y necios triunfan. “Sé que después de muerto estaré entre los poetas ingleses”, expresa en una carta a su hermano George.
No obstante, gozó de la suerte de almas devotas, las cuales se encargaron de sostenerlo para que pudiese trabajar. Imagino que si alguien metía la mano en el bolsillo de su abrigo encontraba un profundo agujero. Tal hecho no concordaba con esa millonaria esencia que emanaba en cada uno de sus cuadernos. ¡Pobre poeta, vestido de ternura y andrajos!
A veces, como todo creador, se sentía inseguro, deprimido. Trastabillaba como un sonámbulo para luego, indefectiblemente, alzarse en pasión, hallando una verdad para celebrar la existencia, la grandeza de lo terrenal.
En una carta a sus hermanos George y Tom, les habla de la “Capacidad negativa”: “I mean, Negative Capability”. Que no es más que la aceptación para no evaluar una cosa, o a alguien, por lo que se ve, sino permanecer en la incertidumbre. Y más tarde, continuar analizando para llegar a una comprensión. La capacidad la tomó de Shakespeare, que en sus obras es dado a misterios y mascaradas. A mi entender, es la humildad para aprender (aprehender) algo, evitando un juicio superficial.
Las influencias de Milton y Wordsworth fueron importantes, pero quiso alejarse de ellos, demostrando una condición diferente: la tendencia a narrar. Sus versos son reflexivos, a modo filosófico, impregnados de absoluta humanidad. La poesía debería ser grande y discreta, algo que penetra en nuestra alma y que no la sorprende o sobrecoge por sí misma, sino por su tema.
Era un romántico puro, no satanizado, como sus coetáneos Lord Byron y Percy B. Shelley, cuyas vidas fueron irreverentes y explosivas. En él prevaleció la armonía, las emociones entretejidas dialogando a través de la naturaleza.
Ha quedado constancia de la apasionada relación que sostuvo con Fanny Brawne, la joven que lo elevó en la inspiración de sus poemas. Las cartas que le dirigía estaban permeadas de un lenguaje amoroso intenso, muchas veces directo y otras con alusiones poéticas.
Nunca se sabrá si aquello fue solamente uno de esos amores sin placer corporal. Quizá sí llegaron a tocarse y, en algún rincón de la casa de ella (donde estuvo alojado un mes), levantó su falda y le acarició el sexo. O tal vez, en una noche oscura, Fanny lo llevó hasta el jardín, se desabrochó la blusa y colocó su mano en el seno palpitante.
Al leer las odas de Keats, se descubre una sensualidad descrita con una delicadeza inusual. Se suceden estados anímicos, flotantes y lúcidos. Es posible vibrar con sus frases, transgredir la barrera entre el lector y la voz parlante. La ensoñación se transforma y desordena el pensamiento. Devenimos en el sujeto, inmersos en su propia experiencia lírica.
Su Oda a un ruiseñor comienza así:
Me duele el corazón y aqueja un soñoliento
torpor a mis sentidos, cual si hubiera bebido
cicuta o apurado algún fuerte narcótico
ahora mismo, y me hundiese en el Leteo:
no porque sienta envidia de tu sino feliz,
sino por excesiva ventura en tu ventura,
tú que, Dríada alada de los árboles,
en alguna maraña melodiosa
de los verdes hayales y las sombras sin cuento,
a plena voz le cantas al estío.
Mientras que Oda a la melancolía comienza así:
No vayas al Leteo ni exprimas el morado
acónito buscando su vino embriagador;
no dejes que tu pálida frente sea besada
por la noche, violácea uva de Proserpina.
No hagas tu rosario con los frutos del tejo
ni dejes que polilla o escarabajo sean
tu alma plañidera, ni que el búho nocturno
contemple los misterios de tu honda tristeza.
Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,
y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.
En el primera, Oda a un ruiseñor, se celebra la inmortalidad. Mientras que Oda a la melancolía es quizás un discurso sobre el desamparo y la consolación. Ambos poemas son representativos de la Belleza, en el sentido estético, pero para Keats este concepto es la unión de todo. Es una cura contra el miedo, la vejez, la enfermedad y la ordinariez. Es la permanencia de lo bellos ante lo efímero. La alegría y lo funesto, el goce penetrante de los sentidos. El asombro, lo secreto, lo silencioso, lo que fenece.
¿Es posible que la ternura, la tragedia y la exaltación sean solo cosas que nos perturben? ¿O es que hay almas que nos traspasan y se quedan muy adentro de nosotros?
¿Qué pasará en el futuro con la poesía? ¿Alguien podría decir para qué o para quién se escribe? ¿Cuál es el fin, la utilidad? ¿Le servirá a alguien, lo comprenderán algunos? ¿Habrá un Dios que juzgue a los que se exponen ante los demás?
¿Por qué dejar un legado que se va a disolver como el humo y que, irremediablemente, se va a destruir, a olvidar, a medida que arribe la mediocridad y el mundo sea más material y absurdo?
El dilema es una bestia atroz que acecha. Pero, a pesar de todo, el que escribe se rebela (revela), coloca palabras, más palabras, encima de tan lapidario pensamiento.










