Apagón programado

Amadeus, 1984

Milos Forman hizo resurgir por un instante el mito, el ala que permanecía adormilada echó a volar y nos tocó. Amadeus, acercamiento a la grandeza, a la humildad del genio y a la ceguera de la gente también. Aquellos años transcurrían con inocencia. En el perfume, aún la llama secreta, cálida, adormecedora. Solícitos con los amigos, frescos en el rocío de la amistad, solíamos festejar de noche, en las calles, bailar con los fantasmas. Mientras otro mundo disponía sus piezas. 

Pero las horas esperaron un poco más. No había límites, montes con atajos para subir, visibles, no se escondían de los ojos. Nunca sospechamos lo que vendría. La calle se tornó un gran escenario de extrañezas, vidrieras absurdas nos cegaron. Entonces las manos se quedaron confusas, ajenas al milagro de la abundancia alquilada, y la gente fue encerrada en ese juego de muerte. 

Los amigos se fueron. Unos con el mar, otros con las ventoleras. Y quedamos así, desnudos, sin abrazos. En los parques algo moría.



Los tres once (11/11/11)

Un amigo tuvo suerte: le publicaron su artículo en una revista y se lo pagaron bien. Yo me senté a mirar cómo mi casa se resquebrajaba, cómo caían los pedazos y los juegos echaban a volar. Derribaron el árbol que me acompañó en mis silenciosas travesías. La ventana y el azul del cielo temblaron en el último estertor. Ruinas y polvo se aferran aún a la otra existencia.

Los tres once fue una lotería que no pedí. El azar dejó una masa deforme para la memoria, un aleteo doloroso en medio de lo que un día fue un hogar, donde hubo niños que se escondían con sus juegos inocentes, tríptico funesto de muñecas desnudas, fotografías (condenadas a la oscuridad), trenes y otras ausencias, que quedarán colgados en el hilo de la araña, en esa pared que va a morir.

Ya no seré la niña, la joven de aquella ventana abierta. Mis ojos se cierran en otro mundo, permanecen allí. Bajo una fosa.



Un niño 

Una vez le pregunté a alguien de qué color tendría los ojos el niño que había muerto en el hospital. Pero no era un niño que había padecido una larga enfermedad, sino ese que no formó parte de una idea, que ni siquiera llegó a ser el deseo concreto de una anunciación. El miedo a verlo correr, alejarse, constituyó todo un plan para excluirlo de los días, como los vicios y las palabras que alimentamos y luego escondemos debajo de la cama, cuando sentimos vergüenza de su vacuidad. Como la basura, que la noche anterior fue una cena exquisita.

El niño se había posesionado de nosotros, estábamos encerrados dentro de él, vivíamos rogándole una migaja de libertad. No podíamos hacer otra cosa que asesinarlo. Nos asfixiaba con sus vuelos a medianoche, con su factura de ángel impagable. 



El pintor y los colores

Después de tomar el café en las mañanas, reservaba un poco de esa gota oscura para su pincel. Las figuras, los rostros, los cuerpos, las ondulaciones de todos sus paisajes tenían ese borde negro. Se hundían allí, luego de sortear el aire, envueltas en otros colores. 

El pintor dormía junto a las acuarelas: el azul, el verde, el naranja, el rojo y el amarillo se metían en su piel, cambiándose por la gota de café.



Generación rota de los sesenta

A mi hermana la pusieron bajo la tutela de los narcóticos. Primero, fue la llave del gas. El tufillo a mermelada ácida alertó a la gente de los bajos. Luego, probó la menta del Parkisonil y vio cuatro elefantes rosados bailando sobre la tela de una araña.

Salvador, su novio, profesor de Física y Astronomía, fue condenado a cinco años de prisión por haberle disparado a su hermana (con siete meses de embarazo). Nunca antes, las drogas y el alcohol le provocaron las ganas de matar, aunque no lo consiguió del todo. 

Ya no habría peleas por la mejor habitación de la casa. No sé si tuvo alguna vez remordimientos. Ahora, en las mañanas, una negra fuerte pasea a la inválida en su silla de ruedas. Su hijito se quedó con la abuela paterna. En esos tiempos se lo traían todos los sábados para que lo viera un rato y jugara con él.

Carlitos, mi amigo de retozos y otras maldades infantiles, murió el jueves de cirrosis. Todavía recuerdo cuando lanzábamos huevos al balcón de la chismosa de la esquina. El primer huevo lo tiraba él. Luego, yo tiraba el segundo con más fuerza.

A Jesús, el chico lindo y con más swing del barrio, el que conseguía todos los discos de los Beatles, le diagnosticaron cáncer pulmonar. Apenas conservaba la gracia y belleza de antes, solo sus grandes ojos negros emitían raros destellos. Como un reclamo silencioso.

Caridad, la flaca larguirucha y desinhibida, la que en una noche de fiesta me quitó un novio, se casó con un negro retinto al que le faltan los dientes delanteros. Su hermana Aurora se fue hace más de veinte años para los Estados Unidos. Ahora limpia casas y le envía remesas regularmente. Aquí no le gustaba trabajar, pero se graduó en la universidad.

Los otros tomaron diferentes caminos: Frank, el delincuente que nos robaba discos y los vendía, trabaja hoy en la construcción. Parece un ciudadano modelo. A veces lo veo jugando con su nieto en el parque G.

Miguel, el gay, trabaja limpiando en un hospital. Todavía vive con madre. Su hermano José, el mecánico de autos, se casó con Eliza y tienen cuatro hijos. Ella también cuida niños ajenos. Primero vivieron en Miami. Luego, se mudaron a Las Vegas. 



En la cama duermen dos viejos

Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive 
y se parece a la eternidad.
Jorge Luis Borges

Posiciones yertas, frutos arrugados que tuvieron aroma y sabor en alguna estación de la memoria, despojos. Insulto a la llamada belleza, la que solo aprecian los creadores de ese taller de almas, artistas modernos que no probaron la verdadera manzana, el viciado aliento de una calle infestada por la plaga de la peste (donde se disuelven los buenos sabores y olores). Allí donde la sabia Carroñera se apropia del aire y de las nubes. En la cama duermen dos viejos. Se calientan el frío que los amarra y los nutre. Lápida que se vuelve pesada con los días.



La puerta

Los suicidas tienen un lenguaje especial.
Anne Sexton

La empujo. La golpeo con rabia. A patadas. Detrás, ha quedado un plato vacío, un cubierto sin usar. Abierta es otra percepción, una ventana donde se puede ver más de lo normal. ¿Será la puerta una salida a todos los problemas? ¿O sería mejor cerrarla? 

Así pretenden morir todos los suicidas. Empuñan el revólver, abren la llave del gas, se arrojan al vacío o simplemente, duermen en la bañera con las venas rotas en medio de un desperdicio de sangre y agua.

Mi puerta también está podrida, el comején la desgasta por las cuatro esquinas.



Ciudad desconectada

Desde las siete de la mañana, la ciudad permanece inmóvil. No hay fluido eléctrico (apagón programado). En las oficinas se escucha la plática banal, acompañada de sorbos de café. La obligada tertulia para aliviar el hastío. Las palabras sustituyen al trabajo y el trabajo deja de ser el miedo. En algunos edificios el silencio alcanza para morir.

Los constructores, los enterradores sospechan que no han ganado ese tímido descanso. Tampoco los panaderos dejan de amasar el pan. Para algunos la ciudad continua en perfecto estado de orden, se olvidan de su propia humanidad convaleciente.

Mejor explorar las playas, subirse a un árbol, reír como los locos o los payasos, con esa risa casi obscena: las máscaras dejan de gruñir por un momento. Se permite decir en voz alta unas cuantas malas palabras, sin que nos recriminen por la molestia. Destapar una botella de vino imaginario, brindar con el enemigo.

En la cama, las sábanas. Indolentes, desgreñadas. Memoria imperfecta de cuanto se erigió y no es. 

La ciudad está desconectada. Solo nosotros la evocamos.