Sobre raza y poesía

I have fought against white domination, and I have fought against black domination. 
I have cherished the ideal of a democratic and free society 
in which all persons will live together in harmony and with equal opportunities.
Nelson Mandela


Mi piel es pálida, demasiado sensible al sol del trópico, que la enrojece y hace arder con facilidad; mi pelo alguna vez fue rubio, ahora ha adquirido un tono más oscuro, castaño, y comienza ya a encanecer. Son cualidades de mi cuerpo, evidentes a la vista e irrelevantes, vacías de una significación esencial. No siento orgullo ni humillación por ellas, dicen poco de mí —si algo— y creo que jamás hubiese escrito al respecto si no fuera porque alguien me ha pedido un comentario sobre los problemas raciales en la poesía.

¿Raza y poesía? Es una mezcla insólita de conceptos, una mezcla como de ácidos nítrico y sulfúrico con glicerina: un reto explosivo.

Tendré que decir aquí, me temo, algunas verdades obvias, aunque —lamentablemente— no del todo innecesarias y tal vez, para algunos, difíciles de aceptar. Tendré que contar experiencias personales, y ya se sabe: las experiencias de uno no son siempre las de otro.

Pero, más que sobre las experiencias, tendremos que pensar en el modo como la asimilación de esas experiencias conforma nuestras actitudes. Pues sucede que interpretar un hecho es a veces más relevante que el hecho mismo.



Experiencias e interpretaciones

Una tarde hace ya muchos años, caminaba de regreso a casa con un amigo escritor, veníamos conversando sobre las relaciones interraciales, sobre amor, sexo y mestizaje.

En otras ocasiones, mi amigo había demostrado ser una persona inteligente y sensible. Sin embargo, ese día dijo: “Si Dios hubiese querido que fuésemos iguales, nos habría hecho iguales; pero por alguna razón nos hizo diferentes, ¿y quiénes somos nosotros para cambiar eso?”

No alcé la vista para no tropezar en aquella calle plagada de baches y charcos malolientes. No sé cuál era la expresión de su rostro. Pero sus palabras daban voz a un odio antiguo, mucho más antiguo que mi amigo de escasos veinte años. Eran una serie de falacias que él había escuchado de otros y que empezaba a convertir en argumentos propios, admitidos por una torcida interpretación de quién sabe qué desagradables vivencias suyas.

“Dios nos hizo diferentes por alguna razón —le concedí—, y por alguna razón nos hizo similares. Pero es difícil saber con qué propósito. Creo que somos demasiado pequeños para escrutar y conocer sus designios”.

Caminamos en silencio un rato más. Estaba pensando ya en despedirme y tomar otro rumbo cuando mi amigo murmuró: “Gracias”. Fue solo una palabra, creo que sincera, al menos a mí me resultó esperanzadora.

Algún tiempo después, otro amigo escritor me pidió que lo acompañara a visitar a una joven estadounidense que había venido a La Habana para hacer su tesis. “Yo no hablo inglés, ni ella español”, explicó él y accedí a servirles de intérprete.

A través de un pasillo estrecho entramos a una oscura habitación en una laberíntica cuartería de El Vedado. Yo había vivido en cuarterías cuando niño. Recordaba el hacinamiento, las pendencias entre vecinos, el silencio tenso siempre a punto de quebrarse en improperios y enseres lanzados, ese olor tan característico de las casas húmedas y poco ventiladas. Recordaba mi infancia y, a pesar de la pobreza del lugar, me sentía de buen ánimo, transportado a un tiempo mítico, a otra vida.

Una muchacha afroamericana nos recibió con obvia desconfianza. Pero en la medida que avanzamos en la conversación y el reconocimiento mutuo, las barreras iniciales cedieron. “I’d never been in the same room with a white before”, me confesó al fin, entre avergonzada y contenta. Yo era el único White allí y aunque, en otras circunstancias esa frase hubiese podido hacerme sentir incómodo, su sonrisa, bella y transparente, no daba ocasión para el malestar.

Meses más tarde, sin embargo, comencé a notar algo raro en mi amigo: una especie de despotismo en su forma de solicitar mi ayuda y una mal disimulada apatía si no me necesitaba. Una vez llegó hasta la puerta de mi casa para decirme algo y cuando lo invité a entrar, dijo en tono hostil: “Yo estoy acostumbrado a cierta comodidad, vivo en una casa grande y cuando visito a alguien me gusta que me reciban en la sala y que me atiendan como a una persona”.

Fue un golpe inesperado. Ese amigo mío vivía en una casa grande desde que se había casado. Pero antes vivió —como tantos en Cuba— en un apartamento pequeño junto a sus padres, varios hermanos y sobrinos; lo había visitado allí y no me había sentido mal tratado. Por otra parte, en esa época todavía yo vivía con mis padres y el único espacio propio de que podía disponer era mi dormitorio, que hacía las veces también de comedor, cocina y sala.

Traté de pasar por sobre ese amargo suceso y días después decidí ir a verlo. Toqué el timbre y esperé. Una pegatina en la puerta rezaba: “Somos iguales / somos diferentes”, era un recuadro blanco con letras negras junto a un recuadro negro con letras blancas. Él abrió la puerta, me miró con cara de sorpresa y dijo: “Eh, blanquito, ¿qué tú haces por aquí?”

Nunca antes había sido “blanquito” para él. Quizás por eso sentí que con esa forma de saludar estaba desconociendo algo más que mi nombre. Fue la última vez que hablamos.

“Ser cultos es el único modo de ser libres”. Esta frase podía leerse a la entrada de la escuela, en un pedestal de concreto encalado que servía de base al busto bronceado de José Martí. Todos mis contemporáneos la leyeron, unos más, otros menos. En el aula nos sentábamos juntos, escuchábamos lecciones sobre la esclavitud y la sangrienta lucha de los cubanos por el derecho a ser tratados con justicia, dibujábamos con acuarela china y pinceles rusos un futuro de comunismo multiétnico y feliz.

Pero en la calle se hablaba en otros códigos.

Ser culto en un barrio obrero era casi un sinónimo de burgués, de afeminado; y ser libre era hacer lo que a uno le diera la gana, golpear a quien se opusiera, denigrar al diferente. Éramos, en cierta medida, todavía, bestias alfabetizadas. Indios y blancos y negros y chinos, todos mezclados, sí, pero bestias, a fin de cuentas, con una larga tradición de intolerancia y agresividad. Éramos —y acaso lo somos aún— juguetes de una frustración heredada que nos hacía —y nos hace— bravucones, pendencieros, alardosos. Eran los años setenta. Intentábamos a paso acelerado arar el porvenir con aquellos viejos bueyes, ocultando de nuestra propia vista, ingenuos, la huella del tiempo en los hábitos.

Una cadena de oro colgada al cuello, aunque brille, no deja de ser una cadena;[1] una navaja en la mano, aunque letal, no te hace más fuerte. Pero al salir de la escuela, el niño negro puso su navaja en el cuello de la niña blanca, la arrastró fuera del camino, le arrancó su cadenita dorada y la obligó a mamarle la pinga.

“Blanquita sucia”, le dijo al eyacular, como quien suspira.

Un doctorado en la universidad no te hace más libre, un baño con las flores blancas de Obatalá no limpia por sí mismo. Por eso, cuando la niña llegó a su casa, el policía blanco recién bañado con flores agarró ciego de ira su pistola y salió a matar al niño negro, lo alcanzó a la entrada del edificio y disparó todas sus balas.

“Negro de mierda”, gritó ante la mirada atónita del padre universitario; y quizás lo habría matado también a él si Changó le hubiese dado unas pocas municiones más.

Solo unos días antes, el domingo, los dos hombres sudaban juntos en el trabajo voluntario.

Hace unas semanas pasaron una película en la televisión. Era una historia de amor, una bella historia de amor y sacrificio cuyo propósito parecía ser el enaltecimiento del espíritu humano; una película estadounidense de los noventa, donde todos los personajes eran caracterizados por actores afrodescendientes, incluidos los extras. “Es como si viviésemos en dos mundos paralelos”, me dije, pensando en las cadenas de oro, en los muros abstractos, y en los absurdos argumentos con que alarga su tiempo la segregación.

El día anterior habían pasado otra película, también estadounidense, también sobre el racismo en ese país. Y en la Mesa Redonda habían hablado —largamente— sobre la igualdad racial en Cuba, sobre lo que se ha avanzado y lo que falta aún por lograr, sobre la buena voluntad del Estado y sus leyes.

Por aquellos días, algunos cubanos cuestionaban, dentro y fuera de esta Isla nuestra, esa supuesta igualdad. Se debatía al respecto en foros televisados y algunos intelectuales negros contaban sus experiencias amargas, sus esperanzas frustradas. Recién había sido electo Barack Obama como presidente de los Estados Unidos y, según la lógica discursiva del gobierno cubano, el enemigo manipulaba la ingenuidad de algunos de nuestros compatriotas e intentaba crear un estado de opinión para desprestigiar a Cuba.

Ahora, pensé, aparecerán por un tiempo más negros en los medios masivos: negros felices, negros agradecidos, negros ejemplos de “lo que la Revolución hace por su pueblo”. 

Lo mismo ha sucedido con las mujeres, lo mismo acaso suceda pronto con los homosexuales o con cualquier otro grupo humano tradicionalmente marginado aquí y en otros sitios. Pantallas para seguir ocultando de nuestra propia vista —¿ingenuamente?— la huella del tiempo, para no reconocernos, que es apenas el primer paso necesario para cambiar.

Me pregunté entonces: ¿Si una persona se atreve a contar hoy su experiencia de ser humillado en Cuba por el color de su piel, es acaso un enemigo por eso? 

Me pregunté, sabiendo que la política tiene mucho de manipulación circunstancial: ¿Es necesario ocultar nuestras experiencias para que el Estado no pierda su prestigio? ¿Y qué prestigio puede tener un Estado si necesita de nuestro silencio ―de nuestra complicidad― ante la injusticia?

En efecto, muchas personas negras ―hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, también niños― pasaron por los medios cubanos durante aquellos días. Todos eran negros, todos decían estar agradecidos y felices, todos con pasión, con enfática elocuencia agradeciendo ante las cámaras a esa revolución “que los hizo gente”, todos ocultando ―cómplices― algunas de sus peores experiencias.

Después volvieron a pasar en la televisión las películas de siempre, donde los héroes y la belleza suelen ser blancos, mientras los villanos son siempre feos: árabes, latinos, negros.

Ayer una amiga poeta me pidió que escribiera algo a propósito del año mundial de los afrodescendientes, algo relacionado con la poesía que escriben los negros en Cuba. Le expliqué que yo trataba de mirar a las personas por encima de las diferencias raciales. 

Ella insistió, mencionó los nombres de varios poetas negros, buenos poetas que escriben sobre sus dolores y alegrías, sobre verdades y angustias que no son exclusivas de una raza o una época. Son poetas que he leído con gusto, como he leído a Li Po, a Omar Khayyam, a Rabindranath Tagore, a William Blake…, sin detenerme a pensar en el color de su piel; le dije.

“Yo tengo mi cañandonga y tú tienes tu lirio”, respondió ella a manera de conclusión.

Sonreí, no quería que el tema del racismo lastrase nuestra amistad. Tampoco quería, empero, que el significado añadido por ella ―y por otros antes que ella― a esas flores nos impidiese ―a ella, a mí, a otros después de nosotros― percibir la belleza, la armonía de esas plantas que conviven en nuestro entorno ajenas al significado con que se las reviste para hacer de ellas símbolos de una disputa ajena a su naturaleza ―una disputa ajena también, pienso yo, a nuestra naturaleza.

“Tu cañandonga es mía y mi lirio es tuyo también”, argüí sin mucho énfasis.

Pero ella negó con la cabeza y añadió: “No es igual”.



Un muro o un puente

Quizás no sea igual. Quizás el lirio, que no es mío, pero integra mi paisaje y adquiere significado ante mis ojos, no significa lo mismo para ella. Tal vez esa cañandonga que crece en mi calle, sus flores que cubren en primavera el suelo por donde camino, no significan lo mismo para mí. 

Probablemente, el loto que florece en el estanque no susurre el mismo canto en los oídos de Lao Tsé que en los de Confucio, y la ayahuasca de la selva amazónica no hable el mismo idioma para el ashaninka que para el virakocha.

Hay diferencias, grandes —a veces inmensas— diferencias entre lo que una persona percibe y lo que percibe otra; diferencias que nacen de la educación que hemos recibido, de las tradiciones que asumimos, de nuestra capacidad para trascender o acatar los dogmas de la tradición. Hay diferencias, pero en nuestras manos está hacer de ellas un muro o un puente.

Así lo creo, y supongo que quizás así lo creía también la poeta y activista afroestadounidense Alice Walker cuando escribió aquel admirable poema titulado “¿Recuerdas?”, del que traduzco un fragmento:

Soy la mujer: Oscura,
reparada, curada
que te escucha.
Solo daría
a la raza humana
esperanza.
Soy la mujer
que ofrece dos flores
cuyas raíces
son gemelas
Justicia y Esperanza
Comencemos.
[2]

La poesía, la verdadera poesía, no es de ningún color, de ningún país, de ningún tiempo, y es de todos: de todos los colores, de todos los pueblos, de todos los tiempos. La poesía es universal, porque mira allende las apariencias y da voz a la esencia humana, al espíritu humano. Es una verdad tan obvia que da vergüenza tener que decirla.

¿Qué más podría decir?

He visto demasiadas barricadas alzarse entre las personas, he escuchado demasiadas mentiras dichas en nombre de la verdad, he sufrido y visto a otros sufrir demasiadas injusticias en nombre de la justicia. 

No quiero jugar al juego del odio, no quiero hablar de la nobleza ni de la vileza de una u otra raza. Porque hay vileza en cualquier pecho, vileza y mezquindad; pero hay también bondad en todos los pechos, o —al menos— en cualquier pecho puede nacer la bondad. Porque las razas son una falacia, una trampa que lejos de enfocar lo que nos eleva hacia la sabiduría y el amor, alimenta la aprensión y la distancia entre quienes no alcanzan a advertir sino apariencias.

Todas las razas son, en el mejor de los casos, un espejismo, una ilusión; y en el peor, una cárcel de barrotes ideológicos.

No es pues cuestión de razas, sino de hombres y mujeres aferrados por miedo o conveniencia, o por una costumbre irreflexiva, a muy antiguas tradiciones, tradiciones en que se funden los anhelos más o menos nobles y mezquinos de la humanidad en su lento y azaroso devenir. 

Somos solo humanos —demasiado humanos, diría Nietzsche—, nos queda mucho por crecer. Y en este crecimiento gradual y tortuoso, cada dolor, cada injusticia, cada agonía vivida, debe servir para purificarnos; no enquistarse en nosotros como una sed de predominio o venganza.

Las diferencias no han de ser motivo para seguir tiranizando al otro, quienquiera sea, sino para maravillarse ante la amplitud de posibilidades que tiene el ser humano en su realización, y para aprender de ese otro sus mejores soluciones ante el reto común de la existencia.

La poesía juega aquí un papel irrenunciable, porque poesía es trascender, es poner la luz y la bondad como guías para descubrir y cultivar la grandeza que nos habita, que nos habita a todos.






Notas:
[1] “Donde hay oro / hay una cadena, lo sabes, / y si tu cadena / es el oro, / mucho peor / para ti”; escribió la poeta norteamericana Alice Walker: “Wherever there is gold / there is a chain, you know, / and if your chain / is gold / so much the worse / for you”. Alice Walker, “We alone”Horses Make a Landscape Look More Beautiful, Harcourt Brace Jovanovich Publishers, San Diego, 1984, p. 12.
[2] “I am the woman: Dark, / repaired, healed / Listening to you. // I would give / to the human race / only hope. // I am the woman / offering two flowers / whose roots / are twin // Justice and Hope // Let us begin”. Alice Walker, “Remember?”, Ob. cit., p. 2.