Cuba: Turismo cultural y promoción de valores iliberales

El pasado mes de junio Cuba fue galardonada por cuarta vez consecutiva, según World Travel Awards (WTA), como Mejor Destino Cultural del Caribe, premio único en su tipo para la industria turística internacional. De esta manera, queda como referente principal respecto a otros destinos como Barbados, Jamaica, Martinica, Puerto Rico, St. Kitts y Nieves, y Trinidad. Entre las categorías a tomar en cuenta, como alojamiento y ofertas recreativas, WTA destacó el conjunto de sitios patrimoniales, así como “la cantidad de instituciones culturales existentes en el país que gozan de un elevado prestigio a nivel mundial”.



Imagen publicitaria de la nominación al World Travel Awards (2024) / Foto: Cubaplusmagazine.


Paradójicamente, tras la recesión económica internacional pospandemia y la profundización de la crisis multifactorial en la Isla, el sector turístico no ha conseguido recuperar los estimados de años como 2018 y 2019, que alcanzaron alrededor de 4,5 millones de visitantes. Por el contrario, el año pasado se contabilizó menos de la mitad de esa cifra. 

A este desplome contribuyen, como elementos a considerar para el extranjero, tanto el retroceso de la calidad en los servicios como la visible pobreza y represión presente en las calles cubanas, ambas informadas por BBC, Deutsche Welle y El País, entre otros medios internacionales. Sin embargo, a pesar de estas advertencias, existe un público internacional curioso por lo que aún se interpreta en varios círculos como la antesala museológica del socialismo tropical, los últimos vestigios del experimento “revolucionario”. 



Turismo cultural como promoción iliberal

La metanarrativa mitológica de la Revolución cubana ha mostrado quiebres fundamentales, sobre todo desde la jornada de protestas ciudadanas del 11 de julio de 2021 y tras el colapso de garantías y servicios sociales paladines del proceso político. Ante el olvido de carismas y afectos políticos de antaño que permitieron este reciclaje por décadas, el Gobierno cubano ha debido recurrir a otros canales de legitimación y promoción, en este caso la cultura, en su sentido más descarnado y neopatrimonialista.

En los últimos dos años, y en medio de la profunda crisis alimentaria y energética que sufren los cubanos, viajan a Cuba chefs y foodie lovers que, en connivencia con las instituciones culturales, graban programas para audiencias internacionales sobre “comida típica cubana”. En 2023 visitó La Habana el equipo del show alemán “Herr Raue reist! So schmeckt die Welt”; en junio de este año un nuevo capítulo de “Gordon Raamsay: Uncharted”, producido por National Geographic, fue grabado en los jardines del Hotel Nacional. Ambos buscaron los sabores auténticos de una Isla sumida en la miseria.



El chef Gordon Ramsey en Cuba (2024) / Foto: Instagram / National Geographic.


El turismo cultural centrado en eventos gastronómicos, a pesar de su arbitrariedad, no sorprende demasiado. La persona que más ha pujado por festivales turísticos de esta naturaleza ha sido Lis Cuesta, esposa del mandatario cubano Miguel Díaz-Canel y actual directora de Eventos del Ministerio de Cultura. Cuesta, quien anteriormente fuera presidenta de la Agencia de Turismo Cultural Paradiso, dependencia del mismo ministerio, ha gestionado otros eventos polémicos como el festival culinario Cuba Sabe y el festival musical San Remo Cuba. 



Lis Cuesta rodeada de varios chefs en la edición de Cuba Sabe (2019) / Foto: Facebook / GastroCult Cuba.


El turismo cultural en Cuba no se desarrolla solamente a partir de las carencias de los cubanos, sino sobre el peso de un capitalismo de Estado depredador y extractivista que no permite mayor autonomía para el sector privado, que utiliza la violencia penalista en forma de topes y decretos para regular cualquier actividad que le haga sombra, y que limita los permisos comerciales fuera de los contratos establecidos por figuras en el poder y por sus socios contractuales “de confianza”. 

Si no fuera suficientemente reprobable la celebración de este premio en medio de las carencias que sufren los cubanos y la realidad paralela que promueve e invisibiliza la agonía de un país entero, también es pertinente recordar que ocurre en el momento de mayor represión cultural. El sector artístico e intelectual independiente permanece custodiado y obstaculizado, y decenas de creadores cumplen largas condenas en prisión por hacer uso de su libertad de expresión, como el artista plástico Luis Manuel Otero Alcántara y el músico Maykel Osorbo. Otra buena parte ha sido expulsada de territorio nacional mediante exilio asistido, como los casos de la escritora Katherine Bisquet y el artista visual Hamlet Lavastida; otros no pueden regresar, como la artivista Tania Bruguera y las intelectuales Anamely Ramos y Omara Ruiz Urquiola. La misma Cuesta ha criminalizado a cineastas independientes a los que catalogó de “poco creativos” e “infelices” a raíz del IV Festival de Cine Instar.



Maykel “Osorbo” y Luis Manuel Otero Alcántara / Imagen: CUBALEX (2022).



Turismo cultural en autocracias

Ciertamente, la convergencia entre el turismo y el arte, así como el creciente interés de los visitantes por las experiencias culturales, brindan oportunidades únicas en la promoción del patrimonio artístico, arqueológico y cultural de las naciones; de igual modo en su protección y la transferencia de responsabilidades a las futuras generaciones. Sin embargo, este no suele ser el caso en contextos autoritarios. 

En las autocracias, más en aquellas que explotan su actuar “híbrido” a través de la cultura o el turismo para camuflar la depauperación de otros sectores, esta convergencia asegura la limpieza de la imagen represiva y la promoción de similares valores iliberales. Esto no representa más que una negación en sí misma, escudado en una reinvención de la izquierda socialista, y en tropos orgánicos como el feminismo o la sostenibilidad. Es así que el Gobierno cubano ofrece experiencias turísticas con emprendedores y activistas de la sociedad civil oficialista, mientras dilata una ley integral contra la violencia de género, obstaculiza visitas independientes de académicos en favor de recorridos guiados y custodiados, además de asfixiar iniciativas y experiencias autónomas locales o basadas en la comunidad.

La propaganda a conveniencia de aspectos socioculturales en autocracias llega a ser tan bizarra dentro del turismo cultural, que gobiernos con amplio historial represivo como el chino, tras años de persecución a la etnia uigur, ha logrado convertir muy exitosamente a la ciudad de Xinjiang en un centro turístico concurrido, en lo que los propios activistas anti-establishment clasifican como “genocidio cultural”.



Los turistas pueden usar vestimenta tradicional para poses frente a las mezquitas (2023) /Foto: David Lipson/ABCNews.


El Observatorio de Derechos Culturales toma esta reflexión para alertar sobre las nefastas consecuencias de este nuevo rebranding del Gobierno cubano de la mano del turismo cultural. La preeminencia de esta actividad económica para la absorción de divisas no solamente fortalece a un estamento político enquistado por décadas, sino que explota la mercantilización y fetichización de la cultura cubana mientras que las vivencias de los cubanos, los verdaderos artífices de la sociedad, son degradadas y trivializadas. El ODC advierte sobre la gentrificación que este nuevo avance del capitalismo de Estado puede significar, sobre estas experiencias “escenificadas” que no representan la Cuba verdadera, a la par que exige autonomía para sus ciudadanos en la creación y divulgación de sus propias experiencias culturales.





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“Metáforas adquiridas de generación en generación”: celebrando a tres poetas cubanas

Por Ileana Medina Hernández

Odette Alonso Yodú, Gleyvis Coro Montanet y Legna Rodríguez Iglesias. Tres mujeres. Cubanas. Poetas. Emigradas. Grandes. Sabias”.



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