En las canteras de San Lázaro: la espiral de la ‘opción cero’

A todos los cubanos y presos políticos
que se han sentido dentro de esas canteras… 


Tus vísceras las sembraron cerca de Dos Ríos, en Remanganaguas. Y cientos de jóvenes hemos pasado por allí. Detrás de tus vestigios. Algunos hemos puesto el oído en la tierra para escuchar los latidos de tu corazón. Con esa magia y amor que nos imbuiste por la patria que es humanidad. 

Es la cantera extenso espacio de ciento y más varas de profundidad. Fórmonla elevados y numerosos montones, ya de piedras de distintas clases; ya de cocó, ya de cal, que hacíamos en los hornos, y al cual subíamos, con más cantidad de las que podía contener el ancho cajón, por cuestas y escaleras muy pendientes, que, unidas, hacían una altura de ciento noventa varas.

—¡Ay, Pepe!, viejo, ¡estos testimonios tuyos sobre El presidio político en Cuba, cuando realizabas trabajos forzosos en las canteras de San Lázaro…!

Entonces vienen con una paradoja tras otra. La parodia andante. El cinismo de estos dirigentes nuestros: 

—Con dieciséis años un presidio modelo, injustamente encarcelado por defender convicciones —dijo Díaz Canel en la comparecencia el 5 de febrero de 2026 en televisión nacional por el canal Caribe. 

Nos preguntamos la gran mayoría:

—¿Y los cubanos que continúan sufriendo prisión política injustamente por defender sus convicciones? 

Dentro de su propio gobierno. Cubanos contra cubanos. Un caso bien fresco es el de los jóvenes creadores del proyecto audiovisual alternativo “El 4rtico” (un espacio disidente dentro de Cuba), Kamil Zayas Pérez y Ernesto Ricardo Medina, detenidos por la Seguridad del Estado cubana por debatir sin máscaras, expresarse libremente y con denuedo ante la autoridad, desde un campechano rincón de su domicilio de Piedra Blanca, un barrio suburbano de la ciudad de Holguín. 

—¿Y entonces?

Más hambre. Más miseria. Más control. Más represión. 

—Resistencia creativa —nos piden a nosotros, los del pueblo. 

Aguantar. En el silencio.

La historia macabra se repite en doble nueve y cerrao. De un siglo a otro y otro.

—Bueno, Pepe. ¿Cómo has quedado tú, que inmolaste cada trozo de ti por nuestra Cuba para los cubanos de a pie? Hasta perdiste un testículo por causa del roce constante del grillete, fijado en el tobillo de la pierna derecha, pegado a una cadena que bordeaba tu cintura, cuando la austeridad en el presidio era el comienzo de una reyerta que todavía no termina y pretendieron silenciarte poniéndote el número 113.

Mi hermano también fue otro número en Villa Marista. Por el intento de buscar una loable vida fuera de este país. Ni tus ideologías ni las de él deberían ser delitos. Pero cuando las dictaduras imponen, solo queda la opción del cepo. La espiral que se repite. 

Fui a verlo. Hice todo lo que pude para sacarlo de allí. Como lo hizo tu madre Leonor con las autoridades españolas. 

El fotógrafo de la cárcel, José Lorenzo Cabrera, te tomó un retrato que luego le dedicarías a ella. Estabas de pie, rapado, vistiendo el uniforme de preso, con el grillete y la cadena, el sombrero de ala ancha en tu mano izquierda, reclinada como sobre un podio:

Mírame madre y por tu amor no llores. Si esclavo de mi fe y mis doctrinas, tu mártir corazón llene de espinas, piensa que nacen, entre espinas, flores.

Yo también le dediqué un poema a mi pacífico hermano: 30/66.

El instructor lo trajo en cilicio. Le detuvieron en su rostro el sueño, la orilla. En mí se apiló el grito, la destemplanza, el abrazo no pudo aquietarnos. Hermano preguntó por los hijos que esperarían en lo precario, en el dolor de la partida del padre que no pensó caer en la pifia. 

Mira que se lo dije, hay otras maneras de huir de un país. El mar lo vio azorado sin escuchar la turbulencia arrimándose y las preguntas servidas en la mesa de los hijos. Hermano, eructó el hambre, la escasa libertad y quise inventarle un orificio, salvarlo de lo triste. 

Era un número, una rasgadura dentro, muy dentro de mí. Es protocolo hollarlo, mantener su equilibrio en ascuas, dijo el instructor y fingió no ser de los que picotean la carroña. Nos ahorró las palabras que le parecieron ilícitas. Hizo compases con el tiempo que se tragó el aire, viendo a hermano borrarse por una puerta hacia lo inhóspito, con las manos atadas y el peligro creciéndole por la espalda.

—¡Ay, Pepe!

Esto y la carrera vertiginosa de cincuenta hombres, pálidos, demacrados, rápidos a pesar de su demacración, hostigados, agitados por los palos, aturdidos por los gritos; y el ruido de cincuenta cadenas, cruzando algunas de ellas tres veces el cuerpo del penado; y el continuo chasquido del palo en las carnes, y las blasfemias de los apaleadores, y el silencio terrible de los apaleados, y todo repetido incansablemente un día y otro día, una hora y otra hora, y doce horas cada día: he ahí pálida y débil la pintura de las canteras.

—Tú. Que no languideciste un instante por esa libertad e independencia y prosperidad. Y ahora en este siglo XXI solo nos queda la “opción cero”. 

—¿Se acuerdan las directivas del comandante en jefe para el “período especial” de aquello que le llamábamos “opción cero”?. Están contempladas también y actualizadas, porque hay otras situaciones diferentes —dijo Díaz Canel en la misma comparecencia del día 5.  

Y en una entrevista a Fidel Castro en 1993, en Cartagena, la periodista le preguntaba:

—¿Qué es la “opción cero”? ¿Cuándo viene? ¿Por qué viene? ¿Qué es la “opción cero”?

—¿Qué es “opción cero”? Quiero que me expliquen ustedes —respondió con un tono sarcástico que parecía mofarse—. Es que yo no sé qué es la “opción cero”. ¿“Opción cero”?

En su rostro el gesto de alguien que tiene la posesión. Era como una mirada tiránica.

—La opción cero es lo que se menciona como que ya no va a haber más comida, más ehhh…

—No, eso no es cierto. Siempre quedará algo por ahí. La opción cero es el cementerio.

Con una soez sonrisa Fidel miró a la periodista.

Pero a mí se me da fatal lo de ser analítica en cuestiones de política. Trato de extender el eco de las noticias y las opiniones de la gente que continúa dentro de la Isla y también los exiliados:

—¿Por fin, habrá intervención militar o todo seguirá en las mismas?

—¿Se cae o no se cae esto? —cuestionan otros. 

Y la “opción cero” ya muestra atisbos. Después del 3 de enero, en Venezuela, con la captura de Maduro. 

El gobierno de los Estados Unidos orientó la mira al sistema fallido y designó la serie de restricciones: la entrada de petróleo al país, las remesas, envíos y otros servicios de primeras necesidades. Se ha agravado la cosa. Y así provocarles el colapso total. 

¡Coño! Pero desde la perspectiva del pueblo que no tiene la soga en la mano… O por lo menos no esa soga con la que juegan. El pueblo es un simple espectador. Que observa, sufre y calla, como dos regimientos halan de un lado y para el otro. Y la soga que revienta lento.

Y el silencio terrible de los apaleados, y todo repetido incansablemente un día y otro día, una hora y otra hora.

—No hay mal que dure cien años.

—Si es para que tumben esto de una vez y por todas, aguantamos un poco más —dicen.

Ninguna pluma que se inspire en el bien puede pintar en todo su horror el frenesí del mal. Todo tiene su término en la monotonía. Hasta el crimen es monótono, que monótono se ha hecho ya el crimen del horrendo cementerio de San Lázaro.