El río que se niega a enfriar otro centro de datos. Foto del autor.
Leo a Enrique Dussel en la mesa de la cocina, el PDF en la pantalla, en la página donde habla de los que no entran en el censo. Afuera el agua cae con la insistencia de siempre y mis dedos, curtidos por el trabajo en el patio, dejan una huella de suciedad en el teclado plástico. Alguien tose en la casa de al lado y yo no miro hacia allá, sigo la línea oscura que baja por la mancha de humedad en la pared, detrás de la silla que fabricó el tío Joe, como si esa mancha dijera más que cualquier tesis.
Los servidores de ChatGPT y los barrios del sur de San Juan beben del mismo goteo, ese goteo mínimo y terco que siempre me devuelve a lo mismo: la forma en que aprendimos a aceptar lo que se rompe. El agua que enfría las máquinas y la que falta en las casas es la misma, repartida por una tubería que nadie ve y cuyo origen nadie pregunta.
No sé si la infraestructura que esta ley aspira a atraer va a beber del agua que ya falta en los barrios del sur. Nadie se lo ha preguntado. El Proyecto del Senado 769, aprobado en mayo de 2026 y vetado el 2 de junio por incompatibilidad con el Plan Fiscal, proponía crear un Instituto de IA con diez millones anuales. La medida recibió el respaldo, en vistas públicas, de representantes de Microsoft. Sin estudios de impacto hídrico vinculantes ni veto comunitario.
El papel está limpio, pero el agua no corre a un lugar incierto: corre al mismo sitio de siempre, al que puede pagarla. La pregunta que no se hizo en 1924, cuando las fábricas de aguja celebraban su sistema de enfriamiento para propósitos industriales, tampoco se está haciendo ahora.
He pasado meses leyendo periódicos puertorriqueños de 1923 a 1925, digitalizados, con las páginas abriéndose como si guardaran un pasado que se deshace en el PDF. Busco entender algo que me inquieta: cómo una isla con crisis hídrica estructural legisla para convertirse en un centro de inteligencia artificial sin que nadie pregunte por el agua. El silencio es lo que más pesa, un silencio que no pregunta por el agua que beberían los servidores ajenos.
Dussel hablaba de los que no entran en el censo, de los que no aparecen en la cuenta, y yo buscaba sus nombres en periódicos viejos, en esas páginas amarillentas que se deshacen al menor descuido. Esa zona donde no se entra en la cuenta no es solo un concepto: es el tiempo suspendido de la factura que no se pudo pagar, la que sigue ahí al día siguiente, multiplicándose.
Pienso en Eusebio García, campesino de Coamo, que en 1939 le escribió al director de la PRRA en Washington para reclamar el cincuenta por ciento de un reajuste por un tabaco que había sembrado con sus manos. La carta existe, está en un archivo. Pero García no está en el censo, ni en la historia que se cuenta.
En 1979, un informe de la AAA citado por El Mundo ya advertía que la extracción no controlada del agua se había convertido en “minería de agua”: se extraía más de lo que se recargaba y en algunos casos el agua de mar se filtraba hasta los pozos. El informe recomendaba cobrar cinco centavos por metro cúbico a las industrias. La misma nota aclaraba que las que habían llegado con incentivos no pagaban por el agua de sus pozos.
La tarifa nunca se impuso. Dos años antes, en octubre de 1977, el mismo periódico publicaba una guía para que las familias ahorren agua: cerrar la llave mientras se cepillan los dientes, no usar el inodoro como basurero. La preocupación por la escasez no era nueva y la solución que se ofrecía tampoco: el individuo debía disciplinarse.
Nueve años después, en diciembre de 1986, El Mundo publicaba un debate sobre si el agua que tomamos estaba contaminada. El Colegio de Químicos documentaba que los trihalometanos en Bayamón habían subido a 148.6 ppb, por encima del límite federal de 100 ppb, y que la AAA no había comenzado a cumplir con la reglamentación desde 1983.
La AAA respondía que el agua era potable y que los trihalometanos eran un subproducto inherente de la cloración. En ninguna de las dos columnas se mencionaba la extracción industrial del acuífero ni la tarifa de cinco centavos que nunca se impuso. La escasez y la contaminación se administraban en dos direcciones: disciplina para el individuo, silencio para la industria.
Esa es la frase que me persigue. Que la disciplina sea para las personas y el silencio para la industria. La escasez no se resuelve; se administra. Y se administra de modo que el ciudadano común cargue con la culpa de lo que no decide.
Karl Marx dijo “trabajo vivo” como quien toca una llaga que no ha cerrado: el obrero y la obrera no son cifras en una tabla, son cuerpos con hambre de verdad. Tienen hijos cuyos nombres no aparecen en El Capital; los míos, dos niños que duermen en una cama armada con lo que había mientras su padre discute conceptos que no los incluyen y el abanico del cuarto se queda quieto, como si el aire también esperara.
Copio a Dussel en una libreta desgastada por el sudor de mis manos. Aquí no hay proletariado puro. Y la letra se hace más grande, más torcida, a medida que la mano se cansa. Miro hacia la ventana donde las gallinas se acomodan en el rancho como para no mojarse más y pienso en que el obrero fabril es una minoría que se mitifica porque conviene, porque la mayoría son campesinos sin tierra y mujeres que se mueven entre trabajos informales como quien salta un charco en la acera.
En los periódicos de los años veinte ese mecanismo no llegó como amenaza sino como estilo, un “cuerpo vigoroso” y blanco que entraba por la estética y no por el miedo. A veces, en esas fotos pixeladas, la piel brillaba con un sudor que parecía barniz, como si la disciplina fuera también una pose.
El archivo no es origen sino espejo. El mecanismo no es nuevo: ya se ensayó con las manos que cosían en las fábricas de aguja y con el agua que aún las farmacéuticas se llevan del carso cuando todavía parecía infinita. Y cada vez la pregunta por el líquido quedó para después, como si el río pudiera esperar.
Esa pregunta por el líquido que quedó para después en los años veinte es la misma que hoy nadie hace en la cocina, en la mesa donde el café se enfría mientras alguien suelta que lo que hace falta es mano dura, porque el mecanismo que entró por la estética se volvió lengua cotidiana y la lengua se volvió la forma en que aprendimos a no preguntar de dónde viene el agua.
Esas frases que escuchamos con frecuencia —“mano dura”, “el pobre es pobre porque quiere”— no las dicen fascistas convencidos sino personas cansadas y precarizadas a quienes alguien les dijo que el culpable está más cerca del suelo que de la oficina. Lo creyeron porque es más fácil odiar al que está al lado que entender el sistema que los aplasta a todos, como si el cansancio fuera una marea que sube sin que nadie la vea venir.
Esos cansados que culpan al de al lado son los mismos que no entran en la foto oficial, los que cargan el agua cuando la tubería no llega, y su contradicción se juega en el cuerpo porque el silencio sobre el líquido no es una idea: es la válvula que gotea en la calle y nadie cierra, es la factura que llega y no se puede pagar.
El pueblo no es masa amorfa sino el bloque de los que no entran en la foto oficial, los que ensucian la estadística. Sus contradicciones no caben en jerarquías de escritorio porque se juegan, en ese segundo en que el aire se tensa, un cambio que siempre llega sin aviso, como cuando te salta el corazón por un soplo.
Leo a Antonio Gramsci en la misma mesa donde leí a Dussel, con los dedos todavía manchados, y me detengo en una frase que habla de cómo el control se ensaya desde abajo, en la familia, en el silencio que aprendimos a llamar respeto. La autoridad se vuelve costumbre; nadie la impone desde arriba, pero tampoco nadie pregunta.
Afuera alguien estornuda y me percato de que la mancha de humedad ha crecido un centímetro más y pienso en la válvula que gotea y en cómo nadie la cierra porque nadie cree que cerrar una válvula sea asunto suyo. Gramsci diría que ese proceso responde a crisis económicas y a la necesidad de la burguesía de mantener el control, pero lo diría como quien describe el tiempo: algo que está ahí, que se respira, pero que no te puedes sacar de encima.
La página está marcada con una nota en la esquina de la AAA que tengo que pagar y al centro de la página leo “fuerza viva”, y le doy un golpe a la mesa con la palma de la mano, no con el puño, después de una respiración larga que sostiene el gesto. El café, ya frío, deja un anillo en la madera y la frase queda suspendida en el comedor como si buscara dónde caer.
Esa fuerza se enfrenta hoy a un disfraz de progreso. En 1950 el representante Vito Marcantonio advirtió en el Congreso que las industrias podían abandonar la Isla cuando les plazca, dejando a los puertorriqueños con todos los gastos. Setenta y seis años después, la advertencia sigue vigente: los centros de datos también pueden irse y dejar el agua contaminada y las comunidades con sed.
El silencio sobre el agua no es olvido porque alguien lo decidió y alguien más se quedó quieto. Esa decisión solo es posible porque la obediencia ya hizo su trabajo: enseñarnos a no preguntar y a creer que el progreso tecnológico es inevitable. Mis pies siguen mojados, pero ya no sienten la temperatura del agua.
Leo a Dussel en el celular, en un PDF que se corta cada tres líneas. La técnica no es el demonio; el demonio es quien la posee. Y la pantalla se empaña con mi respiración, tengo que secarla con la camisa. Escribo en la libreta de cartón, con el lápiz de carbón de mi hijo, una nota que no se guarda: que la técnica deje de ser instrumento de apropiación y que deje de esconder la mano que aprieta.
Nos enseñaron a sentir alivio cuando alguien manda, pero lo de decidir juntos no nos lo enseñaron. Hay que dialogar con la sabiduría ecológica de quienes nunca escribieron tratados: manos que conocen la tierra por cómo respira y por el peso que la dobla. Si la historia sigue siendo una línea que empieza en Grecia y se estrella contra Wall Street, no hemos entendido nada. Esa línea necesita doblarse y mojarse hasta que la orilla deje de ser un lugar y se vuelva un verbo.
Cierro la lectura y la contraportada se queda frizada, pixelada. La memoria del celular ya no alcanza. Cruzar el río sin puente, decía Dussel en la página anterior. Lo leí, no lo vi: las tablas mojadas, el golpe seco de los pies contra el fango. El marxismo no es testamento de piedra del siglo XIX sino herramienta que se oxida si no se la empuña con las manos de ahora, esas manos que conocen el óxido real en las planchas de zinc y no se reparan fácil.
Dejo el celular sobre la mesa con la pantalla encendida y salgo al batey. Bajo el techo del rancho que hizo el tío Joe, la lluvia me moja por los agujeros de las planchas. La silla cruje cuando cambio de peso. Ese ruido es la objeción, la pequeña interrupción que no necesita argumento para ser escuchada. La mancha de humedad se queda pegada a la pared, como si escuchara. El debate sigue.
Al caer la tarde, un camión de la AAA pasó frente a mi calle dejando un olor a diésel que se mezclaba con el polvo. El agua goteaba desde una válvula mal cerrada, un hilo mínimo que nadie atendía. Pensé en lo que ese hilo esconde: décadas de políticas que vaciaron la corporación, lagos sin dragar, tuberías que pierden más de la mitad del agua potable antes de llegar a las casas.
No es solo sequía, aunque también. Lo que hay es deterioro. Y es a propósito.
La válvula siguió goteando. Nadie la cerró.











