Ha habido tantas interpretaciones
de la historia que no voy a decidirme.
Elige la tuya.
William Golding
—Hoy. Dios y la Virgen de la Caridad, les encomiendo mi día. Permítanme una buena venta y cuida mucho a mi hija —implora Ada apenas se levanta todos los días, a las cinco y algo de la mañana, para preparar ramos de flores—. Con las secuelas del virus que anda por toda Cuba, que no se sabe qué coño es, me ha ido mal. Tengo las manos y los codos inflamados. Y me cuesta armar los ramos, por el dolor en las articulaciones.
Desde las ocho hasta las doce y media se posiciona para venderlos. Además de velas moradas, amarillas, blancas. En una esquina de su cuadra en el Barrio Chino, Centro Habana. Con una vista panorámica de dos mipymes a los laterales, ofertando confituras, bebidas, cigarros. Un vertedero, un edificio en ruinas, una charca de aguas residuales.
La iglesia de la Caridad, hace poco restaurada y pintada de amarillo encendido, marca el contraste del entorno. Transeúntes en autos, bicitaxis, motocicletas, a pie. De un lado a otro, como bestias sin leyes del tránsito, atropellando los segundos con el mascullar de las palabras ilícitas: singao, hambre, dictadura.
Están todos como calados en una canción de Carlos Varela: a ratos sueño con irme de aquí, pero hay tanta sequía sembrada en mi alma…
Somos la isla de William Golding. De náufragos, supervivientes y moscas rondando por todas partes. Cuya historia y conflictos están homologados.
—Ada, ponme dos velitas moradas para esperar al viejito Lázaro —le dice una clienta.
Escarban en la fe. En la maleza, un lugar seguro. Arrancándose cuidadosamente las espinas de los pies para seguir con indolentes pasos. Mientras esperan el milagro.
—Yo le hago sus cositas todos los 16, en víspera del 17. Vestida con una prenda morada. Para que me dé salud y un poco de comida para no acostarme con el estómago vacío. Eso es lo que más falta hace. Ada, dame ese ramo —señala otra clienta.
Siempre que escribo, recuerdo algo afín sobre mi abuela, Mami Cuca
—No te acuestes con el estómago vacío. Hazte un agua con azúcar, al menos, mija.
Ella, además, creía en las deidades. Hacía sus ritos, a veces sin planearlo, cuando le venía la inspiración del más allá. Yo notaba el trance o posesión porque ella cruzaba las piernas, en pose que inicia la danza yoruba.
Decía cosas como: “Hay que ponerles una cinta roja en una pata a los toros de tu abuelo. Búscame unos gajos de abre-camino, vencedor y yo-puedo-más-que-tú”.
La aprensión corroía en mí. Esas prácticas solían afectarme y, que ella las ejerciera, peor aún. Sobre todo, desde que se enfermó de cáncer en los huesos. Temía que se lastimara.
—Mami Cuca, ¿te acuerdas del muerto que se te montaba y hacías piruetas como una avioneta? Jejeje —después que ella dejó esas costumbres atrás, en ocasiones yo le bromeaba.
La controversia de las cosas es que hay felicidades que se pueden esperar aquí, en el mundo. Creo que hay que trabajar en aquello que nos deleita. Una placidez que pueden tener tanto los grandes artistas, como los mayoristas o minoristas. También las cocineras o carpinteros y las floristas. Precisamente este último es el caso de Ada:
—Me gusta mi trabajo. Amo las flores y también de eso vivo. Ahora no te puedo especificar el tiempo, pero llevo varios años en esto.
Y es que esta resiliente mujer, después de casi una vida entre el bálsamo de girasoles y margaritas al servicio de una familia, busca su lira diaria como si fuera la primera vez que emprendió de ayudante y luego dueña del negocio.
—La venta tiene días buenos, otros regulares y algunos pésimos. ¡Bueno, hay que echar pa´lante…! Pero siempre estoy fajada con los proveedores. El otro día le dije a uno de ellos: “Ven acá, fulano. ¿Y si la cuenta es tanto, por qué me estás cobrando de más?” “Porque el girasol subió…”, me dijo. “Coño, ¿y no eres capaz de decírmelo con tiempo? ¡Me cobras y después me dices que subió!”.
—El día de Santa Bárbara le dije a mi esposo, si este tipo viene a decirme que las rosas ahora están más caras, verás que se irá con todas sus flores. Te lo juro por mi madre que se lo voy a dejar bien claro; ¡que se vaya con sus flores a la mierda! Aunque no pueda trabajar…
—Chica, en las fechas específicas las suben, pero después continúan con el mismo precio y no te lo vuelven a rebajar. No da la cuenta. Luego cuando intento vender y pido un poquitico más, los clientes se quejan y no quieren comprarlos. Obviamente, con sus razones.
Sobrevivir en la decadencia moral del día a día. En la falta de ternura, compasión y respeto. En el deseo de poder de unos y el salvajismo de otros. Sobrevivir en medio del caos, el mal. Con la penetrante cicatriz que muestra la selva. La maleza. Donde no solo perecen los ancianos. Aquí estamos condenados casi todos. Obligados a sobrevivir en condiciones infrahumanas, en grupos de recolectores y cazadores.
—¡Sálvese quien pueda! —se escucha muy a menudo.
Y muchas, muchas moscas por todas partes.
Dos, siete, setenta veces siete, todos asidos en la misma canción: hay quien por el dinero le cuesta sonreír. Ya lo dijo un amigo que se fue de La Habana: hay gente que se muere de ganas de vivir.
—Claro que me afecta estar tan cerca del basurero y la peste de la cloaca que se bota todo el tiempo. Es infeccioso, pero no tengo más lugar donde ponerme. Ese virus debe de ser por la cochambre que hay en cada esquina. Valga que cuando llego a casa, mi marido tiene adelantado los quehaceres y la materia prima que necesito para el día siguiente armar los ramos, porque no me recupero de las secuelas.
Su voz se alzó bajo el negro humo, ante las ruinas de la Isla, y los otros muchachos, contagiados por los mismos sentimientos, comenzaron a sollozar también. Y en medio de ellos, con el cuerpo sucio, el pelo enmarañado y la nariz goteando, Ralph lloró…
El oficial, rodeado de tal expresión de dolor, se conmovió algo incómodo. Se dio la vuelta para darles tiempo de recobrarse y esperó, dirigiendo la mirada hacia el espléndido crucero, a lo lejos.
Así termina el libro de William Wolding. Nosotros, los cubanos dentro de la Isla, también miramos los cruceros, a lo lejos. Fantaseamos un poco mientras las moscas no nos interrumpan.










