Notas de un videograma
(Reinaldo en el Repudio)

El mitin de repudio al periodista, columnista y opositor al gobierno cubano, Reinaldo Escobar Casas, tuvo lugar en la esquina de 23 y G, hace justo trece años. Ese día, gracias a la magia de la cinematografía, se encuentran en la imagen los ojos del repudiado, podemos imaginar lo que vio. Ese día, Reinaldo podía ser cualquier cubano, víctima de grupos de “pueblo”.

El 20 de noviembre de 2009, Reinaldo Escobar citó al agresor de su esposa Yoani Sánchez, el (agente) oficial operativo Rodney del Departamento de Seguridad del Estado del Ministerio del Interior cubano, para un diálogo público. Lo acompañaban pocas personas; más bien, parece solo en esa esquina. A su lado, dos o tres que podían estar con él; otros pocos, parecen ser prensa extranjera. Alrededor, se va tejiendo un “mar de pueblo” que lo mira, lo observa, lo espera. Reinaldo espera, mientras también lo esperan y esperan con él. Ese día de noviembre, solamente podía ser gris.

En lo que sería un primer plano, se ve la imagen de un Reinaldo que tiene ojos excitados, brillantes. El camarógrafo —probablemente de prensa extranjera— lo encuadra rodeado de civiles. Tres segundos pasan, Reinaldo mira su reloj, luego a su derecha. No está solo, ni por sus amigos ni por sus no amigos. Esta expectativa es extraña. En el fondo, a lo lejos, acercándose, se escucha una conga.

Alrededor, se va tejiendo un “mar de pueblo” que lo mira, lo observa, lo espera.

En ese primer plano, la conga, casi indescifrable, no sonaba a música, sino a consigna; como aquellas de los estadios de pelota que se hacen con una cazuela y dos tumbadoras para abuchear al contrario. La conga venía para devorar el sonido, para opacar y anestesiar el otro ritmo, la otra voz: la voz de Reinaldo.

En una espera de angustia, en otro plano, se oye a Reinaldo: “Bueno, yo estoy aquí como un ciudadano…”. Detiene su discurso, baja la cabeza rápidamente y agrega: “…en la esquina de Avenida de los Presidentes y calle 23”

Y esa pausa repentina es símbolo de la tensión del momento. Reinaldo tiene que bajar la cabeza para mirar el mojón y poder ubicarse en el espacio, necesita una información extra. Probablemente, porque sabía —sentía— al animal represor mugir ya cerca de su cuello y estuviese en un estado segundo. “Con la única intención de esperar a una persona a la que he citado aquí para tener un debate; a partir de que esa persona participó en una golpiza que recibió mi esposa Yoani Sánchez. Voy a esperar hasta las seis de la tarde, como prometí, porque tengo una voluntad de diálogo muy amplia”.

Justo después, mi rush se corta y aparece un plano totalmente diferente. ¿Qué tan amplia podría ser su voluntad de diálogo? Un hombre con la palabra se enfrenta a la matraca. Esta es también la historia de la Revolución cubana, siempre jalando matraca.

Necesita una información extra, probablemente porque sabía —sentía— al animal represor mugir ya cerca de su cuello.

El archivo siguiente, un plano en semipicada, tiene un cuadro filmado desde la izquierda.[1] Un Reinaldo tomado por los hombros, por uno de sus amigos o alguien bien cercano a él, protegiéndolo. Los dos planos me mostraban la misma imagen: gente, civiles muy cerca de Reinaldo, gesticulando y gritando, gritando mucho: “¡Fidel! ¡Fidel!”. 

Gente en furia que lo rodea, que desde el principio lo estaba rodeando. Sin embargo, no parecía un “pueblo enfurecido”. Un pueblo así no tiene control de sí mismo y ese grupo grande de gente alterada no tocaba, aún, a Reinaldo. Se controlaban en su misma furia, lo miraban y gritaban “¡Fidel!”; como si ese nombre fuese una ofensa para Reinaldo, como si ese grito fuese la misma fuerza de Fidel con la que lo atacaban, lo ofendían.

El no hacer un trabajo investigativo, ni completo, ni profundo, me deja solo con pedazos del evento. Para un análisis puramente cinematográfico, las imágenes pueden ser suficientes; pero para un texto como este, debo fabular o suponer ciertas posibilidades, aunque el orden, la realidad y la verdad de los eventos es discernible.

Esta es también la historia de la Revolución cubana, siempre jalando matraca.

Con la próxima imagen, creo perder al menos 10 minutos. Pero el tiempo no tiene representación en un mitin de repudio de tal envergadura. Reinaldo, luego de esperar en la esquina de Avenida de los Presidentes y calle 23, ya no esperó más. Era entonces la espera de “parir un corazón”.

Archivo siguiente: un plano general, filmado por una mujer que, desde lo lejos, grita también “¡Fidel!, ¡Fidel!”. Muestra la comparsa, la conga, ya llegando a la esquina de G y calle 23. La comparsa y los guaracheros con vestimenta de blanco y rojo, con banderolas y faroles, como si estuviesen animando el Carnaval. 

La calidad pésima de la imagen, reducida para Internet, no me permite visualizar el nombre de la comparsa. Pero, casi por un milagro funesto, veo que es “Al” o “El”, y una palabra que empieza con R y termina con “do” o “dio”; lo que me hace pensar que se llamaba “El Repudio” o “Al Repudio”. De cualquier manera, representaba sonoramente lo que, en ese momento, en esa esquina, estaba aconteciendo.


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La señora hace zoom in y zoom out sobre la conga y el tumulto, mientras se altera y grita “¡Fidel! ¡Fidel! ¡Cojone!” Ella y su cámara sentían más que un placer cinematográfico cualquiera; como la turba, la señora era también la rabia. Vuelve a hacer zoom in y va avanzando de a poco, acercándose, al acecho de una imagen que solo ella quisiera tener. Mientras más se acerca la imagen, “más caliente se pone” la conga, los cuerpos se mueven aparece el sudor de un frío noviembre habanero, también el jadeo. La conga sigue subiendo el nivel.

Se escucha la conga en primer plano; la voz de la señora, en segundo; y los gritos de los que rodeaban a Reinaldo, en tercero. Él ya no se escucha. La voz de la señora que grita llena todo el sonido en la imagen, cada “¡Fidel!” es un roce clitoridiano, grita, y grita más y más. Ya la imagen está en la turba, ya está cerca de Reinaldo.

Corte.

Aprovecho el corte para cambiar de plano y regresar unos minutos en el tiempo. Para descubrir a Reinaldo, otra vez.

La voz de la señora que grita llena todo el sonido en la imagen, cada “¡Fidel!” es un roce clitoridiano.

El corte del video no me deja verlo ya, la masa a su alrededor se mueve y lo mueve, llevándolo casi a la señora de la cámara. Antes de bajar la esquina y pisar la calle 23, Reinaldo recibe los primeros manotazos de la Revolución. Parte de la turba se le viene encima y lanzan sus manos abiertas contra la cabeza de Reinaldo; aunque la calidad del archivo y la rapidez y organización de los gestos me hacen perderlo de vista. Pero está ahí, bajo esas manos, dentro de ese grupo.

El cuadro de esa imagen está bien nublado, desenfocado, pixelado. Las personas —mayormente hombres— que rodean a Reinaldo parecen sombras coloridas. Cuadro a cuadro, debo analizar la imagen y las particularidades de algunos de sus personajes, como una pintura de Paul Cézanne. Debo observar con “sensaciones coloridas”.

Imagen por imagen, tengo el gesto de un hombre, de pelo gris y camiseta verde, que en un movimiento de 10 imágenes de duración golpea la cabeza de Reinaldo, lo tira del pelo y lo suelta, como quien no ha hecho nada. El golpe sin golpear, una técnica de asco de la Seguridad del Estado cubana. Es eso, lo que por el momento le hacían: empujones, golpes fuertes en el centro de la cabeza y tirones de pelo. Desorientar, dañar, desestabilizar.

El golpe sin golpear, una técnica de asco de la Seguridad del Estado cubana. 

El bullicio es enorme, una conga en tercer plano; poseídos los planos anteriores por el nombre gritado del tirano: “¡Fidel! ¡Fidel!”. Ya en el medio de la calle 23, se podía percibir un poco más detallada la organización del “aparato”.

Reinaldo estaba con pocos conocidos. Alrededor, un círculo bien estrecho de lo que, por su conducta, se suponen oficiales operativos del Ministerio del Interior (destacamentos de precisión). Luego, otro grupo de menor cantidad de hombres, ubicado en un cierto medio, tal vez de rango mayor. Estaban entre el grupo estricto “que movía” directamente a Reinaldo y a sus colegas y el otro grupo, aún mayor, que funcionaba como “pueblo”. Este, intermediario, daba instrucciones, por sus movimientos en la escena y sus gestos a mano alzada.

En ese medio de calle, “el pueblo” se va de manos, los jalones son más fuertes y con la cabeza. El cuerpo de Reinaldo sigue hacia la izquierda. Se oyen gritos de “¡No!”, pero a alguien se le va la mano. 

¿Cuántos de hoy, rostros modernos disidentes, no habrán cruzado esa calle ese día “cultural” sin percibir el hoyo del horror castrista?

Desde la izquierda entra uno de estos “intermedios”, camiseta violeta, calvo. En 23 imágenes avanza medio metro y levanta su mano derecha hasta la imagen 38, donde tiene el brazo en alto para decir “alto”. Las otras manos bajan. El cuerpo de Reinaldo sigue siendo llevado tumultuosamente hacia adelante.

Corte.

El término en edición, en francés, para lo que hago, es dérusher: deshacer los rushes, no tipo picadillo, sino más bien un desmenuce, hilo por hilo, imagen por imagen. Ese trabajo me llevó a un plano filmado por alguien con un ojo universal, un ojo extraño e inocente que contó todo, pero no vio nada. Filmaba —como algunos— desde afuera y sin ver a Reinaldo. 

Durante todo un plano-secuencia, sentí la pérdida, el desquicie del momento. ¿Cuántos no habrán pasado, extraños, por ahí aquel día, sin saber del ejercer de la dictadura en el cuerpo de Reinaldo? ¿Cuántos de hoy, rostros modernos disidentes, no habrán cruzado esa calle ese día “cultural” sin percibir el hoyo del horror castrista?


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Ahí estaban las hordas, entrenadas y enajenadas por el efecto Revolución-en-el-poder. La experiencia de vida (de Reinaldo) de tal experimento es profundamente sensible.

El otro video de aquella señora que también gritaba, empieza con Reinaldo en primer plano. A la imagen 25, a un segundo de haber comenzado el plano, Reinaldo gira su rostro para comentarle algo a quien estaba a su lado. Es esa, tal vez, la grandeza de su espíritu y de su mente: frente al terror, piensa y habla, como un ser humano puro. 

Cuatro segundos y cinco imágenes después, la proximidad casi enferma de la señora al rostro de Reinaldo me permite observarlo. Su mirar es hacia el frente. Mira lo que le aguarda adelante, sin temor. En sus ojos está la determinación, el compromiso, sus ideas; en su rostro, una fuerza desconocida, contra lo desconocido. Continúa la histeria de la señora y la cámara, extensión de su brazo, choca a Reinaldo.

La Revolución es violenta con toda herramienta, pues el amor es todo a la Revolución o nada. 

Corte.

Retoma el plano enseguida. Pero antes, en uno más alargado, la vemos llegar y, lo que suponía su voz, se descubre cierto: una mujer enloquecida por la ideología revolucionaria. En 4 segundos la señora logra golpear a Reinaldo con su cámara. No con un golpe de gesto, sino de empuje. Le va colocando la cámara cerca, hasta que su rostro toca la cámara y el brazo de esta mujer-repudio empuja con furia su cabeza. 

Reinaldo parece confuso. ¿Cómo no estarlo? ¿Con una cámara? ¡Con lo que fuera! La Revolución es violenta con toda herramienta, pues el amor es todo a la Revolución o nada. Reinaldo consigue evitar más dolor moviendo la cabeza.

Debajo del manto ideológico, duermen y roen las ratas que mantienen el poder en pie. Ese día, Reinaldo cae en una hoya de ratas famélicas, sin madriguera; solo con hambre de disidencia, hambre de lo contrario.

Un dolor expuesto en su rostro con la misma sinceridad y convicción que lo hace no gritar, seguir, no quebrarse.

La señora no ha llegado sola. En ese preciso momento, entra una parte de la masa en el plano. Personas que llegaron gritando y saltando, pero con las miradas fijas y las expresiones cerradas, sin un entusiasmo real, simulaban estarlo. Todas alrededor de Reinaldo. 

La persona que filma este plano ve a la mujer, quien la ve a su vez. En 20 imágenes se escapa del plano y parece como si esta mujer estuviera viendo algo a espaldas de quien filma. Mientras, en la misma temporalidad de casi un segundo, a Reinaldo le atrapan el pelo por detrás, fuertemente, de un tirón. En tan solo 12 imágenes, su rostro varía de la incomprensión al dolor.

Ese plano, aunque no haya sido la intención del autor, deviene un trávelin de ángulo, casi un paneo, un plano semipanorámico por la fuerza del batuqueo. El plano es comprensible cuando se observa a menos de 25 imágenes por segundo. Ya en la imagen 50, dos personajes entran en el plano a gritar y a saltar delante de Reinaldo. Si él no avanza, ellos tampoco. Se mueven en función del objeto trabajado: el cuerpo de Reinaldo. 

Un nombre es ideología, es placer y terror al mismo tiempo.

El hombre que salta esta vez tiene una camiseta roja de cuello redondo; la mujer, una blusa blanca de escote. En la imagen 86, mientras a Reinaldo lo vuelven a tirar del cabello, el hombre de la camiseta roja gira 180° y, con un gesto, como de quien solo ha saltado y girado, golpea la cara del colega de Reinaldo.

En una duración de ocho imágenes, la cabeza de Reinaldo es otra vez fuertemente tirada. El brazo de un pseudofotógrafo bloquea el plano y el “camarógrafo”, al moverse el cuadro, es otro. La cabeza de Reinaldo parte con violencia hacia atrás. El cuadro es obstruido por un brazo perturbador. No vemos lo que pasa hasta que, quien filma, se va moviendo hacia la derecha.

Cuadro a cuadro vemos entonces la cabeza de Reinaldo retornar de nuevo a su sitio. Su expresión es de dolor; pero un dolor expuesto en su rostro con la misma sinceridad y convicción que lo hace no gritar, seguir, no quebrarse.


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Siguiendo el movimiento de la cámara —hacia la derecha—, un hombre con camiseta verde se mueve en el mismo sentido, detrás de Reinaldo. El brazo sigue su cabeza. Un tirón de 25 imágenes y, en la siguiente, un manotazo en el centro de la cabeza. En 30 imágenes, varias manos atrapan a Reinaldo; incluso, el primero en golpearlo se empeña en patearlo por la cintura, agarrándole la cabeza, como un verdugo disciplinado en la violencia. Otro, con camiseta roja, se le suma y lo tiran más fuerte a la derecha, lo hacen casi caminar por los pelos. Todo, bajo los gritos de “¡Fidel! ¡Fidel!”, el dictador de piedra. 

Cuando la imagen de este largo plano se acerca a un Reinaldo tirado por el cabello, llegan de la nada los intermediarios. Las masas arrolladoras detienen su violencia. Queda entonces, a la derecha del plano, entre el tumulto, el rostro jadeante de un gritón de camiseta roja. Su mano expuesta en evidencia, con los cabellos de Reinaldo en ella. Ahí, en primer plano, el trazo directo del castrismo: la “mano fuerte” en la cabeza atrapada y desprovista de todo un pueblo; una cabeza que primero sufre y luego, si puede, piensa.

Cuando todo para, Reinaldo consigue sacar la cabeza. Los intermediarios lo miran de reojo y lo empujan. Aún no termina la tortura: milicias disfrazadas de pueblo contra el pueblo vestido de persona.

Corte.

Sus risas, más que alegría, transmiten pugna y dolor.

Algunos minutos antes, cuando comenzaran a golpear a Reinaldo, en el medio de la calle 23 y G, en el plano de aquella filmación que cuenta sin ver nada, solo se ve al grupo de gente y se escuchan el sonido de la conga y el nombre del tirano una y otra vez. Es remarcable cómo un nombre es ideología, es placer y terror al mismo tiempo. Como “bajando a un muerto”, la gente gritaba, llamando a la Muerte o al muerto. Luego de pararse la masa, la filmación continúa reflejando los gritos y la comparsa que baja por la Avenida de los Presidentes.

Esta persona, a pesar de estar filmando, no se acerca al evento. Sabe cuán oscura es la experiencia y prefiere seguir la conga. Sigue ese horror con la lente y la mente, pero lleva el cuerpo y la cámara hacia otra dirección; audiovisual disidente y psicoanalítico, tal vez. 

Una conga de esta envergadura debería llevar consigo un pueblo arrollador, que nunca estuvo ahí. Solo algunas gentes coordinadas en una danza decorativa, un baile sin armonía. Resulta un fenómeno muy extraño ver una comparsa por la Avenida de los Presidentes y la calle 23. Pero aquello no era siquiera una conga; era una fanfarria revolucionara.

Eso es tal vez una victoria para él y para toda disidencia: entregar solo el cuerpo, nunca la mente ni el alma.

La música queda de fondo y quien filma decide bajar por la izquierda del parque. Sin prestar atención a su cuadro cinematográfico, muestra un cielo, con cabezas de personas en el borde inferior, las luces del parque en el centro, carteles colocados en los postes de electricidad, con imágenes de Fidel y Raúl, y por supuesto, la Revolución. Era ese el decorado. 

Entrando por el medio del parque, la comparsa queda de fondo y, en el frente, no tan lejos, las voz de un hombre y un megáfono: “¡Y ahí está la comparsa de la FEU[2] reafirmando los principios de esta Revolución! ¡Viva la Revolución cubana! ¡Viva Fidel! ¡Viva Raúl! ¡Patria o Muerte!” “¡Son unos vende Patria! ¡Esta calle es de Fidel! ¡Esta calle es de Fidel!”. La voz de un incitador que llenaba el espacio con sus gritos y los de aquellos que hacían eco: “¡Viva! ¡Viva! ¡Venceremos! ¡Venceremos!”.

Un incitador que miraba el mitin y a Reinaldo, y se agitaba más, buscando la atención de algunos despistados que miraban la cabeza de Reinaldo ser golpeada. A su alrededor, otro grupo quitaba sillas de plástico —tal vez ahí para otro acto simulado—. La masa, en nombre de Fidel, se venía encima de cualquiera y de cualquier cosa. El espectáculo era impresionantemente oscuro. 

Un cuerpo vivido por su edad y por los años de soportar la Revolución.

Entre sillas y pueblo, hace espacio y se sube en uno de los bancos de hierro y madera para comenzar de nuevo a gritar: “¡Pin pon fuera! ¡Abajo la gusanera! ¡Pin pon fuera! ¡Abajo la gusanera! ¡Con este pueblo no podrán jamás! ¡Fuera de aquí vendidos! ¡Vende Patria!” “¡Viva Fidel! ¡Viva Raúl! ¡Viva la Revolución cubana! ¡Que se vayan pa’ su guarida! ¡Viva la Revolución cubana!”.

La comparsa aparece como un ente acorde a los gritos, bajando con melodía y odio por la calle 23. Los bailarines y músicos no sienten la molestia del tumulto, el asco en esa avenida. Los congueros arrollaban cual animales de rebaño. En la comparsa hay quien sabe y quien no quiere saber; gente pobre de barrio y alma. Sus risas, más que alegría, transmiten pugna y dolor.

A lo lejos, el grupo de gente parte delante de la conga. Reinaldo no se ve, pero todos saben que está allí. El grupo va de nuevo en dirección de la calle, fuera del parque. Quien filma sale también a la calle; la masa y Reinaldo están lejos, y la continuación de este plano no lo encontrará.


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Otro plano, de otra cámara, muestra brevemente el frente que no veíamos. Ahí está Reinaldo, aún envuelto entre sus colegas, rodeado por los agentes, atemorizado por los otros hombres y espantado por los gritos y el populacho de la Revolución y del castrismo. Gritan “¡Fidel!”, más y más alto, con violencia. Si cada Fidel fuese un golpe, el cuerpo de Reinaldo ya estaría muerto.

Mientras aquel incitador hablaba, fueron separando a Reinaldo de sus amigos; cada uno dejado atrás, con su propio mitin de repudio personalizado, cada uno golpeado con un palo fidelista. Así es como ejerce “el aparato”. Por eso la importancia siempre de contar, de denunciar y escribir; de disentir en cualquier postura ante toda manifestación engendrada por ese “gobierno” que no gobierna, solo dicta. El silencio, el minimizar, el bailar en los jardines de la Revolución, se vuelve total apatía frente a lo fabricado para Reinaldo y los suyos, para toda Cuba.

En lo que he alcanzado a desmembrar cinematográficamente, hay ciertos recortes que exponen el gran círculo en espiral que rodeaba a Reinaldo. Cambiaba por momentos, dependiendo del lugar y las acciones. En un momento, está solo rodeado por hombres, tal vez cincuenta. Hombres que —en toda naturalidad de los hechos— pertenecen de alguna forma —demostrable o no— al Ministerio del Interior y a las Fuerzas Armadas; y a las pequeñas organizaciones y grupos de élite y represión que actúan “de forma independiente” junto a la estructura de gobierno.

El Departamento de Seguridad del Estado cubano siempre está en la escena del crimen, con el crimen y desde el crimen.

Estos hombres, de toda raza y etnia, estaban probablemente organizados por códigos de color. Superficialmente, quienes dirigían —o al menos tenían mayor grado— vestían camisas y camisetas color caqui o beige. Luego, las brigadas de contención, eran personas negras en su mayoría, ocupándose de aguantar y aguantarse en la masa y con la masa, incluso con los propios agentes allí; no estaban ahí para diálogo ni instrucción alguna. 

Además, había un grupo bastante grande y diverso con camisetas amarillas, verdes y rojas, quienes golpeaban y generaban un ambiente violento y bien agitado, que pudiera confundirse con entusiasmo, pero que los descubría en realidad como esbirros.

Entre todos ellos, había entes individuales con camisas de todo tipo y camisetas azules y blancas o con colores combinados, que regían dentro del operativo y se hacían valer por sus gestos, sus gritos o su presencia. De manera casi síquica, “gestionaban” lo que le hacían a Reinaldo. Por momentos, a muchos de ellos se les puede ver con los celulares típicos de quien trabaja para el terror: Nokia 1208 y Nokia E51, por donde recibían las instrucciones de quien decidía la vida de Reinaldo. Dios no; pero sí, tal vez, el Diablo.

Como el reflejo de un Cristo redentor para los creyentes, aparece el Apóstol desde la Facultad de Periodismo.

No se aprecia en el rostro de Reinaldo ningún temor. Su rostro parece apagado, no en un sentido triste, sino eléctrico. No está ahí y eso es tal vez una victoria para él y para toda disidencia: entregar solo el cuerpo, nunca la mente ni el alma, aun cuando parezca que les estés dando todo. El cuerpo de Reinaldo era movido; pero en medio de esa turbulencia, su estado era de paz.

Reinaldo está en el parque, solo y mal acompañado. El grupo de hombres a su alrededor llega ahora a las cien personas, sin contar las jaurías en brigadas, gente desquiciada. En ese fragmento se observa, imagen por imagen, cierta organización: el grupo más cercano a Reinaldo ya de contención; afuera, un grupo más espeso hacía de masa, moviendo el grupo, gritando por veces e insultando otras tantas. Unos pocos, dentro de todos esos agentes sudados, dan señales directas a algunos en los otros grupos. 

Uno, con camiseta blanca y gorra, levanta su mano y manda a seguir, sin hablar; solo con el brazo en alto pasa la información al que está a 12 personas frente a él, con camiseta roja. Este último grita “¡Vamo’!”, y la masa se mueve y toma la Avenida de los Presidentes.

La masa se mueve aplastante. Por el mirar de algunos y por el reír de otros, parecería que el movimiento de ese grupo compacto de hombres, entrelazados en brazos, fuese un ejercicio ensayado y puesto en marcha para ese día en particular, para Reinaldo.

Al salir a la calle, un grupo de cuatro hombres llevan a Reinaldo por las ropas y brazos, quien parece caminar tan rápido que planea sobre el concreto. Sigue sin estar allí; su mente no quiere saber y su cuerpo sigue solo con los empujones y la violencia de los agentes que lo sostienen. 

Milicias disfrazadas de pueblo contra el pueblo vestido de persona.

Detrás de ellos, un mar de hombres furiosos vocifera cualquier cosa. El ambiente es tan confuso que las cámaras de prensa extranjera se ven rezagadas, “tumulteadas”. Para esa banda de hombres-bestias, Reinaldo es una proa a la fuga.

Su cuerpo de repente despierta al cerebro y Reinaldo comprende que si no presta atención puede tropezar y caer. Llegando a la Facultad de Periodismo, parece reaccionar, pues lo dejan solo por un par de segundos. Su cuerpo se comprende libre, sus brazos se mueven y su cuerpo parece esquivar a alguien frente a él que trata de atraparlo. 

Reinaldo levanta los brazos, en señal de defensa, mira al hombre que está al frente y parece entonces regresar a su estado meditativo, pues sus brazos se distienden y se deja atrapar. “Llévenme”, parecía decir su cuerpo, “soy suyo otra vez”. 

Su mente escapa y su cuerpo es atrapado y empujado contra las rejas del parque de esa sede universitaria. Algunos pasantes, se quedan inmóviles, perdidos. El grupo que seguía a Reinaldo a gritos baja la velocidad y el círculo se arma de nuevo a su alrededor.

Corte.

El próximo plano, bien corto, muestra la cabeza de Reinaldo girando de un lado a otro, su cuerpo detenido por ese mar masculino. Su cabeza se movía buscando aire, pero sin mucho abrir la boca y sin mucho abrir los ojos; su cuerpo comenzaba a fatigarse. Un cuerpo vivido por su edad y por los años de soportar la Revolución.

La Revolución es, y solo es, un trauma, una enfermedad incurable, degenerativa y mortal para muchos.

Corte.

Poco tiempo le quedaba a Reinaldo en ese lugar. Los videos siguientes tienen muy poca duración. En uno de ellos, el que filma desde fuera permite ver, otra vez, la organización y colaboración del abrazo ejecutor revolucionario: un grupo de unos 15-20 hombres cogidos por los brazos, en un semicírculo grande, detenía a esa masa, deseosa de manipular violentamente el cuerpo de Reinaldo. 

Otro grupo, también de unos 20 hombres, creaba conflicto entre ellos a gritos de “¡Viva Fidel!” o “¡Cuba Socialista!”. Estos, gestionados por otros que parecían querer calmar aquello sin intención real alguna. Luego, había ya, bien pegado a Reinaldo, un grupo que le respiraba en la cara pero que ni siquiera lo miraba, lo aguantaba, lo exprimía esperando directivas. ¿Qué hacer con ese cuerpo muerto?

En el próximo plano se ve que, en esa misma acera, un grupo de dos personas lo empujan bruscamente, otro grupo de cuatro hombres fuertes intentan golpearlo por donde sea, mientras otros vigilantes corren detrás y un par filma para la constancia de “la presidencia”. 

Hay también uniformados del Ministerio del Interior que se ven pasar, quedando contentamente inmovilizados tenientes coroneles, mayores y coroneles, quienes fueran probablemente las mentes creadoras de eventos terroríficos como estos. El Departamento de Seguridad del Estado cubano siempre está en la escena del crimen, con el crimen y desde el crimen.

Corte.

De pronto, un manotazo apaga la cámara.

El plano de aquella persona que filmaba sin conciencia continúa desde bien fuera la extracción de Reinaldo. Se va moviendo hacia la izquierda y se ven los rostros de otros espectadores, que no miran, sino más bien vigilan, pues es su show y su propósito ese día. Se ven los uniformados y también, desde ese ángulo, la imagen de José Martí, de pie frente a un cañaveral, mirando, por encima de las cabezas. 

Como el reflejo de un Cristo redentor para los creyentes, aparece el Apóstol desde la Facultad de Periodismo para recordarme que las ideas, la verdad, y la libertad ante todo, poco importan al tirano. Desde la izquierda, en ese plano, se ven correr y llegar aquellos destinados a extraer a Reinaldo; aquellos que, durante todo aquel tiempo, probablemente, hubieran sido encuadrados y formateados para ejercer semejante labor: abrirse paso entre ese otro raterío y llevarse la presa en la boca.

Se sienten chillar unas gomas, que llevan un carro fuera de ahí, a toda velocidad. La persona sigue filmando, como perdida otra vez, y la música sigue, más y más violenta, comparsa que arrolla y no se mueve, los gritos invocando al tirano Fidel, la cara de los hombres que trabajan para el infierno. El filmante se mueve nervioso y no sabemos dónde mirar, ni qué. De pronto, un manotazo apaga la cámara.

Corte a negro.

No supe luego qué pasó. El cuerpo y la mente se paralizan al ver todas estas imágenes una y otra vez. Comprender lo sucedido ese día es una herida profunda en cualquier ser social que sea testigo de ello. La inflexión de esa ideología ardiente, de esa manera, es de nunca sanar. La sensibilidad no es aceptada en momentos como esos; en cualquier fisura sentimental, te atrapa el horror. La Revolución es, y solo es, un trauma, una enfermedad incurable, degenerativa y mortal para muchos. La instrucción fidelista es poderosamente peligrosa. 

Repudio: Rechazar algo, no aceptarlo. 

Mitin: Reunión donde el público escucha los discursos de algún personaje de relevancia política y social.[3]

Los mítines de repudio se han convertido en un acto banal dentro de la maquinaria represiva revolucionaria. Reinaldo ya hoy no está en aquel mitin, pero sigue viviendo en el repudio. En ese país, bajo la Revolución y el fidelismo, no tiene cabida nadie como él. No hay cómo defenderse del proceso revolucionario, pues siempre fue eso. 

Todas las personas que vivieron en Cuba bajo la Revolución y Fidel siempre se escondieron para hacer cualquier comentario que concerniera a la vida miserable que les tocaba, porque siempre ha habido y habrá miedo al repudio. Mientras no haya una Cuba sin Revolución, no habrá ni derechos, ni libertades, “ni mejorías”. 

Reinaldo ese día extrajo su mente y dejó su cuerpo. Su mente le permite no quedarse en silencio y sus ideas siguen denunciando. Voilà, un Humano que defiende el Derecho.




Notas:
[1] Tuve acceso a otro cuadro filmado desde la derecha, de apenas unos segundos. La imagen era la misma, también en picada.
[2] Este fragmento me permitió descubrir el linaje ideológico y cultural de la comparsa. La Federación Estudiantil Universitaria (FEU) fue robada por la ideología de Fidel Castro, convirtiéndose en otra de las organizaciones que responden al poder de la Revolución. Es obligatoria su pertenencia al ingresar los estudiantes a la Universidad. A inicios de la Revolución, esto solo era reservado para estudiantes de la Universidad de La Habana, pero luego se expandió al resto como método de control del Estado. A lo largo de los años, ha utilizado métodos represivos (expulsión, amenazas físicas, atentados morales, etc.) para combatir fuertemente pensamientos contrarios a la Revolución. La FEU forman también parte de la operación de brigadas de represión y Respuesta Rápida contra “actos contrarrevolucionarios”, con estudiantes captados en los cursos, para reprimir, con palos y piedras, a activistas por los derechos humanos, como las Damas de Blanco, por ejemplo. Los estudiantes que más se esmeren en dicha labor son agraciados con un buen aval de la organización, lo que les permite, al terminar los estudios, una “palanca” para su ascensión social en la Cuba revolucionaria. La comparsa de la FEU era, en ese suceso, música y represión, palo y melodía.
[3]   Diccionario de la Real Academia Española. 




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María Cristina Fernández

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