Gilberto Padilla Cárdenas: Las oficinas secretas

Los chicos de El Estornudo —una “revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba”— han descubierto una verdad inquietante: hay que dejar de pensar en infiltrarse en el poder y tomarlo. Eso ya no funciona. Punto. El último de nuestros mohicanos fue Carlos Velazco.

No hay que ser clandestinos sino autónomos, y esa también es una tarea de los críticos literarios cubanos. Hay que inventar otro espacio, un cuarto propio, y abandonar la idea de meternos en el riñón de La Siempreviva, Unión o la Gaceta para hacer hemodiálisis. Sabemos de sobra cómo acaban nuestros infiltrados. O les pegan un puñetazo en el Teatro Martí o terminan copados con la promesa de viajar a la Feria del Libro de Caracas para hacerle una entrevista de quince minutos a Luis Britto García. En el mejor de los casos. Hay que inventar un sistema paralelo, un mundo, una vida, una sociedad, una comunidad disidente. Es algo que pienso tanto en el campo de la cultura como en el de la política. (Que la palabra “disidente” haya sido arrebatada de los diccionarios made in Cuba y se ofrezca ahora, maldita y acotada, como sinónimo de “contrarrevolución”, no es problema mío). Hay que inventar otra red, una wi-fi donde los objetos culturales complejos, exigentes, incómodos, los que más necesitan del suplemento de la crítica, puedan tener un hábitat, reproducirse y estallar. Una especie de punk libresco. Tenemos que aspirar a eso, y tratar, por supuesto, de que la dinámica interna de esa red le impida convertirse en una réplica del mundo “oficial”, reproducir su metabolismo, sus estructuras dominantes, sus callos. Toda la energía que se emplea en “infiltrarse” en los grandes medios para subvertirlos, dinamitarlos, o utilizarlos como plataforma, hay que invertirla ahora en concebir esa especie de “comunidad imaginada”, donde las cosas puedan ser como las deseamos. O, al menos, se nos parezcan. Para eso están El Estornudo, El Oficio, Periodismo de Barrio: proyectos cubanos en primera persona. Gaviotas cargadas de armas químicas.

Que la palabra “disidente” haya sido arrebatada de los diccionarios made in Cuba y se ofrezca ahora, maldita y acotada, como sinónimo de “contrarrevolución”, no es problema mío.

Porque más allá de la calidad de lo que se escriba, es el gesto lo que para mí es totalmente necesario. Romper con ese lugar de enunciación sindical, burocrático y administrativo de nuestras publicaciones periódicas. Lo digo en serio: el paisaje institucional cubano es, por un lado, un puñado de burócratas que calientan sillas en una oficina; y por otro lado una nómina de intelectuales temerosos, asalariados, con la única brújula estética de la comodidad. Y la pandilla de burócratas diciendo “esto está bien”, “esto está mal”, “esto cinco puntos”, “esto cuatro”, y a eso le llaman “política cultural”. (Mientras escribo esto, releo una entrevista donde Benjamin H. D. Buchloh, cascarrabias y crítico de arte norteamericano, no tiene ningún reparo en admitir que la crítica ha perdido totalmente su función. “Los historiadores al menos enseñan”, confiesa Buchloh en una reciente edición de El País, “contribuyen a la construcción de la memoria histórica de los estudiantes. Un crítico, en cambio, está envuelto en el mercado, pero sin influencia sobre él. Puedo escribir 10 artículos contra Jeff Koons y aún sería el artista mejor vendido”. En el caso cubano, donde aparece el sintagma “el mercado”, coloquen “la institución”, y donde dice Jeff Koons, lean Alexis Leyva, Kcho).

Si alguien me preguntara qué es lo más relevante de la sociedad cubana contemporánea, tendría que responder, con toda sinceridad, que el cuentapropismo; sobre todo en relación con el surgimiento de nuevas publicaciones. Me parece que hay una simultaneidad, una cooperación más o menos espontánea, más o menos deliberada, entre la multiplicación de revistas, proyectos culturales autónomos, etc. y la proliferación de relatos y maneras de narrar la nación. Es una hipótesis que no hay que doblar mucho para que funcione. Hasta hace muy poco, el único narrador nacional —el Rey del ISSN— era el Estado. El país estaba desdibujado en un par de periódicos de cuatro páginas. Sin píxeles. Nuestras noticias eran prácticamente haikus.

Pero, a la vez que esto ocurre, comienza a saberse de la existencia de medios que narran otra realidad. Revistas que trabajan sobre el punto exacto donde la crítica cultural y la sospecha se intersectan con el periodismo. Proyectos donde el Estado —su aparatosa colección de tabúes— es algo tan insignificante como el pedo de un colibrí. Básicamente, cuando hablo de “proyectos culturales autónomos”, me refiero a El Estornudo, El Oficio, Periodismo de Barrio, Cachivache Media, Vistar, etc. (Entiendo que empresas como OnCuba o —la difunta y próximamente reencarnada— Cuba Contemporánea, pertenecen todavía a una primera generación de corporaciones demasiado cercanas al útero y la permisibilidad estatal). Pero creo que más que una revista u otra, lo que este movimiento de publicaciones reintrodujo en el campo cultural cubano —como una carrera de perros siguiendo una liebre mecánica— es algo que estaba ausente desde hacía décadas: la posibilidad de sintonizar el paisaje con nosotros mismos. Suena ridículo, pero es posiblemente la primera vez desde 1959, que se fundan revistas por cuentapropia en la Isla y verdaderamente funcionan —en su gestión de contenidos, posicionamiento, finanzas y remuneración— al margen de la arteria femoral estatal. Es una tierra nueva.

Si alguien me preguntara qué es lo más relevante de la sociedad cubana contemporánea, tendría que responder, con toda sinceridad, que el cuentapropismo

Por lo menos ahora la mediocridad institucional cubana queda en evidencia cuando se confronta con esa especie de segunda dimensión, una dimensión paralela, que aparece con el mundo “independiente”, donde la relación entre la crítica y la realidad, o entre el pensamiento y la cotidianidad, tiene características distintas. Yo diría que es una relación de necesidad: el contexto cubano necesita ser narrado desde sus propios bordes o excesos; romper su monologismo. “A una idea no la enriquece ni la expansión ni la multiplicación (los clones)”, escribió César Aira en El congreso de literatura, “sino el pasaje a otro cerebro”. Eso. Necesitamos otros cronistas. Otra prosodia. Los viejos medios antiinflamatorios siguen ahí, pero ya casi nadie tiene memoria de ellos. No interesan. Alguien dijo una vez que el diario de ayer sirve hoy para envolver pescados.

Se sabe: mientras que el periodismo y ciertos proyectos culturales de la década pasada caminaron en puntas de pie a la hora de enfrentarse a la realidad nacional, confundiendo la crítica con la disidencia, el consenso con el miedo, y al eufemismo con las elipsis; a muchos de nosotros ese canon asustadizo, hecho a media voz, hoy nos parece fútil. O sea —o en mi caso— mientras más leo Periodismo de Barrio (una “organización periodística sin fines de lucro centrada en la cobertura de las afectaciones provocadas por desastres naturales en barrios cubanos”), menos ganas me quedan de celebrar los supuestos logros informativos de nuestra prensa oficial.

Y si la literatura no tiene nada que ver con la corrección política, entonces ¿por qué nuestras instituciones operan como si hubiera un muro de Berlín que dividiera a los lectores?

Pero volviendo al tema de las revistas independientes cubanas: los que actualizan el Registro Nacional de Publicaciones Seriadas deberían examinar el “Seudomanifiesto” de El Oficio para sacarse tanta azúcar institucional del cuerpo: “Una marca, ni tan angustiosa ni tan desagradable, pesa ya sobre este proyecto que hemos convenido en llamar revista: la parcial censura. Ciertamente El Oficio a los ojos de la academia y el poder oficial no es en absoluto una revista (así no los hizo saber un intelectual sin tacha). No lo es en el sentido legítimo del término, en la medida en que contraviene la normatividad y el dogmatismo intelectual que impone ser una revista en nuestro ámbito cultural —al parecer todo se reduce al ISBN (sic)”.

Porque ya sabemos que, en Cuba, una revista no es una plaza donde se pone en boga tal o cual escritor y se predica el evangelio crítico de la temporada, sino un tema de debate político. Autorizar o no un ISSN (International Standard Serial Number) no es soplar y hacer botellas. Lo que se pelea ahí, es el problema de cómo la literatura nacional contemporánea se acomoda al presente y cómo se encarga de arreglar o desarreglar el cutis del Estado.

Y si la literatura no tiene nada que ver con la corrección política, entonces ¿por qué nuestras instituciones operan como si hubiera un muro de Berlín que dividiera a los lectores?

Los cubanos —sobra decirlo— somos capaces de leer saltando los alambres de púas o derribando muros.