Joe García: “¿Continuidad de qué, de la miseria?”



Me recibe en su casa, un apartamento de los años cincuenta en Miami Beach. Al fondo, a través del balcón, se abre una vista impresionante del mar. Es un apartamento cubano, aunque no de la Cuba de Centro Habana o del Fanguito, tampoco de Siboney o del Laguito: más bien de Miramar o del Vedado. Hay algo que recuerda a La Habana, y no es Fabelo ni Mendive colgados en sus paredes; es otra cosa, un aire, un espíritu.

El Joe que me recibe no es el de hace doce años, cuando desde OnCuba lo entrevisté por primera vez en casa de Hugo Cancio, siendo él representante al Congreso por el Distrito 26 de La Florida. No sé si son los años o el hecho de que ya no sea congresista, pero el Joe de hoy no me recuerda al de aquella época. Aquel se apareció en traje y con tirantes, delgado, con el pelo aún oscuro y muy serio, casi molesto.

El que ahora me abre la puerta está descalzo, con un pantalón blanco de hilo y una guayabera de un amarillo pálido. En el bolsillo izquierdo, un puro, no sé si habano. Ha ganado peso, ha ganado canas y ha ganado sonrisa. Más que Joe, hoy entrevisto a José Antonio, el hijo del chófer de la ruta 7.

Para una casa tan cubana no me ofrece café, sino una Diet Coke que acepto. Regresa de la cocina con dos latas y le comento: 

¿Te das cuenta de que bebemos lo mismo que Donald Trump?

Estamos en un momento único en la historia de Cuba, tan único como cuando en la Guerra de Independencia se llega al final del juego: los cubanos habían puesto toda la sangre y el sudor para derrotar a los españoles y se llevan el protagonismo los norteamericanos. En muchos sentidos, los libertadores quedaron en segunda página y las ideas de Martí casi desaparecen del pensamiento cubano.

Este es un momento aún más interesante.

El exilio, este grupo de cubanos que fueron expulsados de su país generación tras generación, que tuvieron que abandonar su vida por razones políticas, económicas o artísticas, buscando libertad, poco a poco y con mucho trabajo adquirió poder aquí, poder político. En un principio hubo muchas acciones de guerra, pero Jorge Mas Canosa se da cuenta de que no podemos imitar al Granma, que eso no funciona. Él entiende que, si nos hacemos con el poder en Miami, una ciudad del país más poderoso del mundo, podremos llegar a Cuba.

Cuando Mas Canosa empezó esa estrategia, Marco Rubio era un niño. Es descendiente de un revolucionario frustrado. Su padre vivía en los Estados Unidos, la Revolución triunfa y él regresa para abrazarla. Pero esa misma Revolución no tenía espacio para un mesero, un bartender, y tuvo que irse otra vez. Las autoridades de acá lo rechazan por haber ido a la Cuba de Fidel, y ese señor pudo legalizarse gracias a la Ley de Ajuste Cubano. Una historia épica, sin duda…

Marco Rubio es tan cubano como Díaz-Canel. Posiblemente el presidente cubano tenga un concepto muy diferente de lo que es ser cubano, pero indiscutiblemente somos del mismo grupo étnico. Esta es una oportunidad para definir cómo pudiera ser el futuro de Cuba y hay que entender que Marco Rubio no es el oponente de Cuba, igual que Díaz-Canel no es el oponente de los Estados Unidos. Tenemos que darnos cuenta de que esto es una oportunidad para crear una Cuba más próspera, a 90 millas de los Estados Unidos, no en el Mediterráneo.

Yo me he sentado con las autoridades cubanas y les he dicho que su problema no es con los Estados Unidos. Es con nosotros, con los exiliados. Les he dicho que hasta que no tengamos una reconciliación como pueblo no habrá solución. La respuesta es siempre la misma: “Nosotros somos gobierno, no hablamos con ustedes porque ustedes no son gobierno”.

Y entonces viene Dios y los castiga: les da precisamente lo que piden. 

En Marco Rubio está todo: gobierno de los Estados Unidos e hijo del exilio, un cubano que representa ambos mundos. Es el hijo de un bartender negociando como una de las familias herederas de los Bacardí, porque los Espín aún tienen acciones en dicha compañía. Es un momento único, que reúne a la clase alta cubana, a los que hicieron la Revolución y a los que desde el exilio han ascendido a lo más alto desde orígenes muy humildes.

Para todo cubano debería ser un orgullo. Imagina si el canciller norteamericano fuera argentino: toda Argentina se regocijaría. Sin embargo, a Cuba le molesta Marco Rubio, le molesta que un cubanoamericano haya llegado hasta ese puesto. Y molesta mucho, sobre todo acá, que esté hablando con el nieto de uno de los fundadores de aquella Revolución.

Nadie que viva en Cuba, si no fuera por la represión interna, puede decir que la Revolución es un éxito en este momento. Que tengamos casi una cuarta parte de la nación viviendo fuera del país es precisamente el símbolo de esa derrota.

El discurso de Díaz-Canel que vimos el otro día es un discurso desgastado, con una apertura muy pequeña, muy apretada y con mucho miedo. Al mismo tiempo, desde acá, Marco Rubio, quien tenía las credenciales de la retórica más conservadora del exilio, da un primer paso y dice: lo que hace falta es un cambio económico, empecemos por ahí. Es una oferta del país más rico del mundo al país más pobre del hemisferio.

El gobierno cubano siempre pone la soberanía como elemento fundamental, pero, a fin de cuentas, si estás hablando de soberanía, el embargo es el que gobierna en Cuba. Si los líderes cubanos hacen un parque infantil, te dicen que sería mucho más grande si no fuera por el embargo. Las calles estarían limpias si no hubiera embargo. Es el embargo quien manda. Yo entiendo que el embargo es un estorbo, pero, ¿por qué no lo han resuelto?

La pregunta esencial para todo político es: cuál es el problema y cómo lo resuelvo. 

La solución de Díaz-Canel es pagarlo con tu sangre, inmolarse para salvar no sé qué grandes logros de la Revolución, cuando todo está en colapso. Ojalá que curen el Alzheimer con la vacuna que anuncian, pero eso no va a salvar a Cuba. Lo que veo es que somos como una pareja que baila y no puede soltarse. Es más, si levantamos el embargo petrolero todo seguirá igual: Cuba no tiene dinero ni para pagar el petróleo.

Te voy a contar algo que me sirve para explicar esto. La familia mía no es rica, ni de alta clase; somos del Cotorro, una ciudad industrial de La Habana. Mi abuelo era guagüero y garrotero. Cuando triunfó la Revolución, perdió todo, porque Fidel ordenó que no se le pagara. El hermano menor de mi abuelo era jugador profesional y al llegar aquí montaron su juego de dominó los domingos: la gente pagaba para jugar, se vendían cervezas y había dinero en varias mesas.

Un día, Pepe, el viejo mío, se sienta a jugar con su tío y la esposa de este, gana tres partidos seguidos y empieza a lucirse: “ustedes son guajiros, yo soy de La Habana”. Lo mira la tía abuela y le dice: “Pepe, tú ganas porque nosotros te dejamos ganar. Todas las fichas en este juego nos las sabemos sin verlas. Aquí todo el mundo se divierte, pero el dinero es nuestro”.

En el juego cubano, la persona a quien le van a tumbar el dinero se llama la paloma. Y en muchos sentidos lo que no se da cuenta Cuba es que aquí ellos son la paloma y los americanos se saben todas las fichas.

Joe se me escapa, va a su ritmo. Le pregunté por el momento en el que estamos y el papel del exilio, pero todo político obedece a sus líneas de mensaje y él siempre será un político. Quiero entender a un Joe García que siempre ha estado alejado del ideario del lobby cubanoamericano y que hoy defiende abiertamente a Marco Rubio, con quien ha tenido no pocos enfrentamientos. Le pregunto directamente. Le recuerdo sus discrepancias con Lincoln y Mario Díaz-Balart, con una Ileana Ros-Lehtinen muy activa en el tema cubano e, incluso, con el propio Marco Rubio.

Te acepto la premisa, pero no quiero abrazarla para no hacerle daño a Marco Rubio. El poder, o la política, es el arte de lo posible, y parte del problema es que en Cuba no existen políticos y en el exilio carecemos de buenos políticos porque, al igual que ellos, hemos terminado atrapados en la ideología. 

Estamos tan acostumbrados a luchar que no nos damos cuenta cuando tenemos victorias. ¿Qué no hubiera dado Mas Canosa por ver diez mil mipymes independientes en Cuba? Era impensable. Sin embargo, están ahí. Los cubanos pudiendo salir de Cuba sin necesitar una Tarjeta Blanca: eso también se logró. A veces ganamos y no nos damos cuenta, porque seguimos en la batalla.

Lo que yo veo en Marco es a un practicante del arte de lo posible.

El presidente Nixon podía ir a China y negociar con los comunistas, porque nadie podía acusarlo de serlo. Joe García, un demócrata, va a Cuba y me linchan en la calle. Entonces llega un Marco Rubio que tiene poder, que puede ir a Cuba sin que nadie lo acuse de castrista, y espero que continúe, no solo con una retórica sino con una actitud sostenida.

Pienso que Marco Rubio es posiblemente el mejor político de mi generación y lo admiro. Yo defiendo las mipymes en Cuba y me atacan por todas partes. Sin embargo, Marco Rubio habla de incentivar la economía cubana y, ¿quién va a cuestionar a Marco Rubio?

Lo que espero es que el gobierno de Cuba responda, en vez de ser “más militante que nunca, más continuidad”. ¿Continuidad de qué, de la miseria?

Las dos últimas veces que me dejaron ir a Cuba se fue la luz mientras estaba en el aeropuerto. Vas por la carretera mirando un desastre. Llegas a Centro Habana y parece que estás en el Líbano después del conflicto. Y entonces te sientas con un dirigente cubano vestido con una guayabera pendeja, en una oficina húmeda y apestosa porque ponen el aire acondicionado al mínimo, y empieza a hablarte de la victoria de la Revolución. Esa “victoria” ha tenido un precio horrendo.

Y, sin embargo, ese dirigente cubano no ve que, cada vez que nos dan a los emigrados una rendijita por donde podamos participar, lo hacemos. El exilio ha dado a Cuba más dinero que el que dieron los norteamericanos para rehacer Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial. De esta ciudad salen unos veinte vuelos todos los días y cada vuelo significa un cuarto de millón de dólares para familias, amigos o pequeños negocios.

Es muy loco. De todo lo que no sea oficial podemos hablar, podemos ser parte, y son los elementos más retrógrados, en ambos lados, los que quieren cerrar esas vías, condenar a las familias, quitar las pocas oportunidades que existen. Tenemos ya una enorme masa de cooperación y, en lugar de ocupar el espacio político para favorecerla, lo entorpecemos.

El exilio muchas veces reproduce la actitud de los comunistas y yo, lo admito, he sido responsable de leyes que imitan lo que nos hicieron en Cuba. Ellos no nos dejaban regresar. Ahora somos nosotros los que impedimos que vayamos. Allá, durante mucho tiempo, el cubano no podía ir a hoteles, y somos nosotros los que pasamos una ley para que los americanos no puedan alojarse en hoteles de ellos. En ese empeño de intentar siempre ganar no nos damos cuenta de cuánto se ha logrado. Los perdedores piensan que ganaron y los ganadores piensan que perdieron.

En lugar de ver a Marco Rubio como un enemigo, el gobierno cubano tiene que preguntarse dónde está parado. Cuba lleva más de diez años intentando reformar su economía y no ha podido. Marco le está ofreciendo abrir las puertas del reino con más dinero del mundo. ¿Cómo no van a tomar esa oportunidad?

¿Por qué Díaz-Canel en esa entrevista no dijo: “Esta es mi carta; si levantan el embargo, yo renuncio”? No, él pone la muerte por delante: “Estamos dispuestos a morir”. No me imagino un país de ocho millones de habitantes que quiera fajarse con otro de 350 millones. Es una epopeya absurda.

Tenemos que darnos cuenta de una vez de que el proceso de cambio es día a día. Establecer una democracia es algo de todos los días. Un ejemplo son las mipymes: hace cuatro años, cuando empezaron, las atacaban con inspecciones a diario, inspector tras inspector. Tres años después, el inspector, la mujer del inspector y la familia del inspector trabajan para la mipyme, que funciona y además cumple con la ley. Hasta un miembro del Partido Comunista, como Miguel Interián, jefe de una cooperativa, dice: ¡gracias a Dios por las mipymes!

Tenemos que tomar ventaja de las oportunidades que existen.

Lo interrumpo. Joe es resbaladizo. Le digo que con una elegancia y habilidad tremendas me ha evadido la pregunta y, pasando de puntillas sobre Marco Rubio y las diferencias políticas sobre las que expresamente le pregunté, me ha impuesto otra vez su narrativa. Quiero conocer la impresión de un político sobre otro político. Me resulta muy curioso cómo Marco ha dado un paso que pudiera ser considerado traición por el exilio cubano: darle la posibilidad al régimen de hacer reformas económicas tuteladas por nosotros, sin exigir cambios políticos, admitiendo que los cambios serían lentos, y todo eso sin tocar a la familia Castro. Joe se ríe; sabe que lo he descubierto.

El poder crea responsabilidad. Una cosa es pararse frente al Versailles y hablar boberías, y otra es la política de verdad. Marco Rubio es un practicante del arte de lo posible y tiene el poder. Voy más lejos: Marco Rubio y Donald Trump son las primeras personas que ocupan el poder en este país que pueden levantar el embargo. Es muy simple: el Presidente puede ir al Congreso y decir que de ahora en adelante todas las sanciones contra Cuba quedan sin efecto. Lo pasa la Cámara, lo pasa el Senado y él lo firma: se acabó el embargo.

Yo añadiría otra oración en la que se le diera a Cuba estatus preferencial para comerciar con Estados Unidos, sin aranceles ni impuestos. Con esa ley de dos líneas se salva la agricultura y la economía de Cuba en dos años, y el Presidente puede hacerlo. Entonces, en vez de que Díaz-Canel llame a la guerra, debería decir: “Si Marco Rubio hace eso, yo dimito, y me llevo a Marrero conmigo a vivir con Raúl cazando venados”.

Esa solución sería buena para todos, pero parte de nuestro problema es que los dos lados tenemos posiciones que se han vuelto estáticas, y esa tensión no deja espacio para encontrar soluciones, para liberar a los presos políticos, para una salida política, para que ese país se mueva.

Lo interrumpo, le digo que ya hablaremos del embargo, que no se precipite. Este hombre sabe cómo dejar de responder la pregunta y dejar la sensación de haberla contestado. Reviso la cámara y la grabadora; en realidad trato de ganar tiempo para reestructurar un cuestionario que me ha destrozado.

Joe aprovecha y lleva su lata vacía de Diet Coke a la cocina; en la mía aún queda poco menos de la mitad. Desde el balcón entra una luz suave, del más bello Miami, y ese mar que lleva lejos. Me comenta que, cuando terminemos, bajará con su esposa un rato a sentarse en la arena.

Le recuerdo que fue Director Ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana y que es, políticamente, un hijo de Mas Canosa. Cuando siento que me escucha aprovecho y le pregunto directamente: Los cubanos que llegaron recientemente bajo el Parole humanitario, y en especial los portadores del formulario I-220A, son los que salieron el 11 de julio de 2021 a gritar libertad en las calles de Cuba, los que pudieron huir y evitar el presidio político. ¿Cómo valora que nuestros representantes electos, María Elvira Salazar, Carlos Giménez y Mario Díaz-Balart no tengan una actitud generosa para con ellos?

Me quieres tirar en la caldera. Pienso que han sido inconscientes y no lo reconocen. Mi carrera política empezó de la mano de Jorge Mas Canosa y Pepe Hernández. Me dieron la tarea de ir a terceros países a traer cubanos para acá, a costo de esta comunidad, no del contribuyente americano. Recaudamos fondos y trajimos a esa gente. Fui a 17 países diferentes; fue el mejor trabajo que he tenido en mi vida.

Yo, que era de una familia humilde, pude viajar el mundo con los fondos de la fundación. Estaba salvando cubanos. Traje a diez mil cubanos de 17 países.

Parte de lo que ha pasado es que nos olvidamos de uno de los conceptos centrales de Mas Canosa: usar el sistema político norteamericano a nuestro beneficio. Eso lo imitó de la comunidad hebrea en Estados Unidos, porque la fundación es una copia del American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), uno de los grupos de lobby más influyentes del país en temas de política exterior relacionados con Israel. 

La idea era que tú siempre tenías tus temas, a Cuba, por encima de todo. Puedes tener opinión sobre lo demás, pero cuando hablas con un político no vas a hablar de la economía ni del precio de la gasolina: vas a hablar de Cuba, igual que los de la AIPAC solo hablaban del tema judío.

En la comunidad cubana, el esquema de prioridades ha cambiado: primero, ser republicano; segundo, norteamericano; y tercero está Cuba. Y Cuba se usa para convencer a la gente de ser republicano y votar por los republicanos. Eso es lo contrario de lo que hacía Mas Canosa. Yo lo vi muchas veces: cuando la posición era inganable y venía un demócrata, él no se callaba, porque era consecuente con el poder de ese demócrata y lo convencía.

Eso era lo que distinguía a Mas Canosa: sabía cómo lograr resultados. Cuando quiso pasar la Ley Torricelli, los republicanos se oponían porque venía de un demócrata. Él se reunió con Bill Clinton, Clinton dijo que estaba de acuerdo con la ley y eso puso a correr a republicanos y demócratas por igual. Se aprobó la Ley Torricelli. Era el concepto de responsabilidad con su tema, con Cuba.

Vamos a estar claros: en la última elección vimos un alto nivel de irresponsabilidad. No ha habido un presidente más generoso con el cubano de a pie que Joe Biden: dejó entrar a un millón de cubanos, lo que supera a todas las demás migraciones juntas. Y entonces llegas a este punto donde la gente que pone trabas viene a decirle a los recién llegados que no merecen estar aquí. Esa gente tuvo que vivir en Cuba en los momentos más difíciles. ¿Cómo vamos a tener envidia o rencor contra ellos, si son iguales a nosotros?

Lo que es insólito es que nosotros, la comunidad que ha sido más bienvenida y recibida con más generosidad en la historia de Norteamérica, nos paremos ahora del lado de los que no quieren que estemos aquí. Esta ciudad casi fue a la guerra cuando deportaron a Elián para estar con su padre. Entre cubanos lo entendíamos: ese padre vive en una cárcel, ¿cómo mandas a un hijo a una cárcel? 

Sin embargo, ahora guardamos silencio ante la deportación masiva de medio millón de cubanos hacia esa misma cárcel. Y no solo silencio: vamos a un campo de concentración levantado en el medio de nuestra ciudad, donde maltratan a nuestra propia gente, y lo defendemos.

Ver a Carlos Giménez decir que la comida está bastante buena, que tienen aire acondicionado, que los dejan hacer ejercicio… Casi sonaba a que estaba anunciando un Hilton en vez de un campo de concentración. O María Elvira diciendo “la jaula”. Jaula es donde metes animales. Son jaulas y adentro están nuestros familiares.

Lo que tenemos que hacer, en vez de todo eso, es tomarnos un momento y decir: somos una comunidad tan poderosa que hemos forzado, por primera vez en 67 años, una mesa de negociación donde está sentado Marco Rubio, hijo de esta comunidad. 

Yo hubiera escogido a otra persona, pero ahí está, y no pienso que sea menos cubano que yo. Discrepo de su ideología, pero ahí está. Y esta es una oportunidad de decir: señores, vamos a arreglar esto entre nosotros. El que lleva ventaja aquí son los americanos, no los cubanos.

Le comento que, aunque esta vez sí me ha respondido, es interesante cómo se apoya en un icono del exilio como Mas Canosa para evidenciar su discrepancia con los representantes actuales. Joe García vuelve a sonreír. A estas alturas sabe que yo sé, y que si no le repregunto es porque he aceptado las reglas: yo pregunto, él afirma su relato. Un pacto de cordialidad en el diálogo.

Joe García ha estado en el Congreso, ha participado en grupos de influencia, ha sido lobista. Su vida gira en torno a la política y conoce los entresijos del poder. Muchas veces el votante no sabe cuánto poder puede tener un representante, cuál es su margen de maniobra o cuánto puede influir en la toma de decisiones. Quiero saber cuánto poder real tienen nuestros representantes cubanoamericanos María Elvira Salazar, Carlos Giménez y Mario Díaz-Balart para, con su voto, presionar a la administración Trump en beneficio de la comunidad cubana.

Tienen mucho poder, particularmente con un Congreso tan cerrado. Si los tres hubieran decidido oponerse al proyecto Big Beautiful Bill, el presidente no lo hubiera pasado y habría tenido que negociar con ellos. Lo vimos cuando se anunció la licencia a Chevron para explotar el petróleo venezolano: ellos se opusieron y Trump dijo “está bien”.

Ellos anunciaron su victoria: Venezuela no podría vender petróleo. Pero dos meses después Trump permitía otra vez la explotación de Chevron. Aquí nadie los juzga y nos creemos lo que dice la prensa.

La realidad es que en un Congreso donde la mayoría es de dos votos, sus tres votos son decisivos. Ellos pueden parar, juntos, cualquier medida que afecte a la comunidad, pero eso requiere valentía, requiere un compromiso real.

En el Congreso americano existe algo que yo llamo el factor de autoridad moral sobre el tema propio. Tú eres un representante cubanoamericano, hay un problema en Cuba, y la gente te pregunta sobre eso porque te respeta como representante de ese dolor, del dolor del pueblo cubano. Ese poder, ese compromiso, también pesa. Lo que pasa es que alguno de estos tres es más republicano que cubano, más amigo de alguien que quiere deportar a su familia que de su propia familia.

Me fijo en los dos folios impresos con las preguntas que supuestamente haría. Le digo que esos papeles no me han servido para nada, que ha hecho lo que le ha dado la gana con mis preguntas. Pongo las dos cuartillas dentro de una libreta mientras en su sonrisa adivino la picardía del garrotero.

Ha cambiado mucho el Joe que conocí hace doce años. Aquel era muy evasivo, muy formal, muy metido en su papel de congresista y también muy precavido. Le comento que yo, alguna vez, lo he criticado muy duramente, he sido mordaz, casi ofensivo. Vuelve a sonreír y me comenta que entre cubanos lo que hay que hacer es hablar.

En aquella entrevista de 2014, le pregunté abiertamente sobre el embargo, y su respuesta fue política: “Mi posición es que el embargo es una ley vigente y por lo tanto lo apoyo hasta que existan las condiciones necesarias para cambiarlo. En este momento no existen los votos necesarios para quitarlo. La política es el arte de lo posible”. Y, a pesar de que intentó quemarme esta pregunta al inicio de la entrevista, insisto. Quiero saber qué piensa Joe hoy, doce años después.

Hoy, por primera vez en 67 años, el gobierno de los Estados Unidos puede levantar el embargo completamente. No es solo el embargo codificado en ley —la Helms-Burton o la Torricelli—, sino también las más de doscientas sanciones presidenciales que pueden quitarse con un plumazo.

Escribes un proyecto de ley con dos oraciones: “De ahora en adelante todas las sanciones contra Cuba son anuladas; de ahora en adelante Cuba tendrá estatus preferencial en el comercio con los Estados Unidos”.

Con esas dos líneas Cuba puede ir al Banco Interamericano de Desarrollo, al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional, cosa que no ha podido hacer en sesenta años. Y eso también trae controles, porque el Banco Mundial no te presta sin exigirte que reestructures tu deuda.

Por primera vez, Donald Trump tiene el poder político y el apoyo en esta comunidad para hacer algo concreto: exigir que Cuba libere a los presos políticos, abra la economía y convoque elecciones parlamentarias en cinco años. Con esa ley, Trump tiene el control sobre los cambios, porque todo lo que está en el embargo lo puedes poner de vuelta con otro plumazo. No es irreversible. Sin embargo, he oído cubanos que dicen que hay que mantener el embargo hasta que Cuba haga no sé qué cosa: es una locura.

Las condiciones para levantar el embargo están ahí. Están en manos de los cubanos en Cuba, en manos de los cubanoamericanos, pero más que nadie en manos de Donald Trump.

Te voy a decir algo que no le he dicho a nadie: yo hablé de Cuba con Donald Trump cuando estaba en el Congreso. Él no era político todavía, pero ya había intentado hacer negocios en Cuba once veces. Tiene patentado su nombre, Trump, allí. Lo que está claro es que hacer negocios en Cuba es casi imposible: los españoles han fracasado, los alemanes han fracasado, los chinos, que hacen negocios en la luna si les dan la oportunidad, ¡se fueron de Cuba!

Entonces, ver a Díaz-Canel anunciar que los rusos van a invertir en la industria privada es para echarse a llorar.

Lo que Cuba tiene que aceptar es algo muy simple: aprendes a llevarte con el grande o te destruyes. La abrumadora mayoría de esta comunidad está cansada de esta lucha. Pero no vamos a desistir, porque tenemos buena razón de estar molestos con nuestros países. El problema es que nuestros países tampoco han hecho nada para ganarnos.

Todo lo que hay que hacer es convencer a la mayoría de los cubanos americanos y el embargo desaparece mañana. Yo mismo me he gastado dinero para que se mantuviera el embargo, porque pensaba que era un eje de negociación. Uno malo, fíjate, pero que funcionó, en el sentido de que, si no funcionara, ellos no hablarían todo el tiempo de él. En vez de hablar de eso, tienen que tener una conversación seria con esta comunidad.

Llevamos hora y media hablando. En algún momento me habló de Luis Manuel Otero Alcántara, de los cientos de presos políticos, de que “los presos son seres humanos y no moneditas para ser usadas cada vez que quieran algo de nosotros”.

Recuerdo que hace doce años, al final de aquella entrevista, cuando miraba su reloj indicando que el tiempo se escapaba, tuve un par de segundos para hacerle una última pregunta. El José Antonio García de estos días no usa reloj, pero tengo la sensación de que el tiempo se acaba. No me deja terminar la pregunta y me interrumpe en cuanto menciono a los presos políticos:

Lo primero, Jorge, es liberar a todos los presos políticos. Para que haya petróleo en Cuba, para que Cuba tenga acceso al crédito y al sistema bancario, lo primero es liberar a todos los presos políticos. 

Díaz-Canel tiene que darse cuenta de que lleva diez años tratando de reestructurar la economía y no ha podido. Le acaban de abrir la puerta del país más poderoso del mundo y, ¿está preocupado por el trabajito de mierda que tiene como presidente de Cuba, en vez de pensar cómo encontrar una solución para todo el pueblo?

Una de las pocas cosas humanas que he oído de parte del gobierno de Cuba fue que exigieron que nadie fuera a buscar a Raúl Castro. El nieto de Raúl dijo: si hacen algo, por favor no vayan a buscar a mi abuelo. Por lo menos, eso entiendo: es humano.

Marco Rubio acumuló un poder que en sus sueños más alocados no se le hubiera ocurrido ni a Díaz-Canel ni a Fidel Castro. El hijo de ese bartender que huyó de Cuba llega a tener el poder real de poner fin a esta larga tragedia y lo que Díaz-Canel le ofrece a cambio es: estamos listos para fajarnos. 

Eso no es seriedad. Eso no es ser un líder.