“Las invenciones de lo desconocido requieren formas nuevas”; palabras más, palabras menos, eso escribió Arthur Rimbaud en Carta del Vidente.
Siguiéndole la rima me pregunto: ¿cómo indagar lo invisible y oír lo inaudito? Ese poeta de 17 años parece insistir en una suerte de reset poético.
“El primer vidente”, dijo Rimbaud acerca de Baudelaire. “El rey de los poetas, un auténtico Dios”; palabras más, palabras menos, eso consignó; las versiones que leí difieren. ¿Pero qué podría yo reprocharles a las citas anteriores?
En tinta negra sobre una página blanca, Baudelaire nos legó estos versos para un porvenir en el que yo, sin saberlo, participaría.
Yo amo el recuerdo de esas épocas desnudas,
En que Febo se complacía en dorar las estatuas,
Cuando el hombre y la mujer en su agilidad
Gozaban sin mentira y sin ansiedad,
Y, el cielo amoroso acariciándoles el lomo,
Desplegaban la salud de su noble máquina.
El resto del poema V (Yo amo el recuerdo…), que forma parte de Las flores del mal, no interesa aquí, ahora.
Ahora, aquí, he elegido conectar con una época desnuda dejada atrás. Una vida anterior al año y medio de mis días a toda velocidad y (casi) sin protección alguna en Miami Beach.
Era esa época desnuda el 2023, Cojímar. Andaba sumergido en una soledad fecunda con el mar embistiendo el mugriento roquedal a pocos metros de la ventana del que fue mi cuarto.
Mi esposa esperaba por mí en Miami. Y yo aguardaba con inaudita calma el visado, ese extraño sosiego del que se sabe en medio de un campo de batalla. Mi WhatsApp hacía expedito el cruce virtual del estrecho de Florida; en las videollamadas el cielo del poema de Baudelaire nos acariciaba el lomo.
Un año tardó la confirmación del visado. El aviso llegó en una llamada telefónica. Me preguntaron si todavía deseaba viajar. Sin tartamudear dije sí, que además tenía como plan matricular en un programa de maestría, y rematé mi respuesta argumentando un proyecto de investigación sobre arte y literatura para una novela en proceso.
Bajo el influjo del disco Reunión, con Paquito D´Rivera y Arturo Sandoval, más un par de líneas de un Havana Club que tenía siempre en el congelador, tras la llamada fui hasta el cesto de la ropa sucia. Era mejor así: pensar lo menos posible.
La ropa daba vueltas en la Ocean como mismo giraba en mi cabeza el recuerdo de los trámites para obtener el visado, el efecto de los viajes a la consultoría jurídica y el pago por la obtención y certificación de los documentos que avalaban mi título universitario, y la amarga sensación que estallaría en el instante de abrazar a mi padre y luego a mi madre, en ese orden, y a cada uno por separado, el día de la despedida.
El tema Latin American Suite fue el remanso con el que conseguí aquel día sosiego. El preámbulo de la supuesta felicidad. Si tu mal no tiene cura, ¿para qué te apuras? Y si tiene cura, ¿para qué te apuras?
Me serví más ron. El mañana no es hoy, me dije cual maestro zen, porque debía sortear en enero del año siguiente la entrevista con el funcionario de inmigración en el aeropuerto José Martí, también los imprevistos que podían tener reservados para mí los oficiales de aduana.
Nunca me negaron la salida del país, pero me vi ante situaciones inverosímiles. Me apartaban de la fila y me obligaban a esperar por un oficial de inmigración de mayor rango. Me decían que mi pasaporte tenía problemas y debía esperar por un especialista. Me decían en español que lo referido en inglés no se ajustaba a lo que yo les traducía en español y, sin perder la calma les preguntaba si sabían inglés, y si podían comprobar en una traducción simultánea lo que yo en español les explicaba.
Una aduanera fue a por mí al baño de los hombres, entró:
—Vine a buscarte. Tu hermano me dijo que estabas aquí.
—¿Mi hermano…?
—Sí, el muchacho que viaja contigo.
Sonreí ante su saya tan corta y sus piernas tan largas enfundadas en unas medias pantys tejidas. Ella gesticulaba sin garbo, sin tacha, sin miedo.
—¿Pero tú lo viste bien? Él es rubio —Jorge Enrique Lage y yo habíamos sido invitados por Rafael Rojas a participar, junto a otros escritores cubanos residentes en el extranjero y escritores mexicanos, al evento Poéticas del Presente: Narrar a Cuba, 1956-2015.
—Me dijo que era tu hermano —gesticulaba y sonreía—. Mira, fuiste elegido para una inspección sorpresa. No es cosa de nosotros, es un asunto de la aerolínea… Te repito, fue la aerolínea. Si tú quieres no la haces, pero no vas a volar…
—Vamos, no tengo nada que esconder.
—Ok, avísale a tu hermano, está medio nervioso.
Me obligaron a vaciar la mochila. Me obligaron a pasar descalzo por un escáner. Me hicieron pruebas para detectar sustancias sospechosas. Y, cuando ya me quedaba media fila para abordar el avión, volvieron a llamarme y la misma aduanera dijo que se trataba de un error.
Miré a la Ocean. Y cual severo maestro zen puse mentalmente a un lado cuanto entonces me preocupaba. Nada mejor que practicar la autotomía. “Cortar de cuajo” la cabeza, luego emprender la fuga a como diera lugar. Irse y reinventarse lejos de La Habana: las invenciones de lo desconocido requieren formas nuevas.
Mientras colgaba la ropa llegué al fondo del vaso. Me daría una ducha. Serviría la mesa. Comería de cara a un cartel de la UFC en la laptop o pondría otro CD.
Advertí que no tendría sueño tras rebasar la medianoche. Elegiría una película, una serie o un libro, porque el insomnio es muy persistente. O traería de vuelta a Esperanza Gómez en su rol protagónico en un video de BangBros.
Esperancita. Tacones de aguja, concha y chamamé a una playmate colombiana.
Mujer madurita. Playmate eternizada en la lozanía de la juventud dentro de las paredes de mi cabeza y en un par de videos. La desterritorialización de la lengua o el extrañamiento del lenguaje en una industria del porno casi siempre hablado en lengua inglesa dentro de mi laptop.
Esperanza, Esperanza Gómez, Esperanza mi Telesita madura, soy yo, soy Ahmel.
Esperancita mía, ciento setenta centímetros de altura, cincuentaicinco kilogramos, músculos curtidos en el gym. Tetas enormes, cinturita estrecha. Podada la crin lacia del pubis y aquel organillo sobredimensionado que los labios de su concha no podían ocultar y donde estaban contenidos el alba y la tarde, o todo el universo sin reducción de tamaño.
Ella y un negro angloparlante hacían de las suyas en un apartamento bien distante de los dominios de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Ese negro podía ser yo. Con una operación mental, en mi cuarto ejecutaba la fusión mientras el mar chocaba leve contra el arrecife y a la par las ratas rescataban del recalo las ofrendas lanzadas al agua en las ceremonias religiosas.
La camiseta blanca de aquel negro se convirtió en mi pulóver blanco con el eslogan de la Casa de las Américas: Mi Casa es tu Casa. Sus bluejeans se transformaron en mi Levi Strauss cortado a medio muslo. Sus chancletas en mis Crocs. El proceso demandó mucha concentración y no poca energía.
En aquel apartamento en Miami Beach donde fue grabado el porno, y donde nunca se escuchó hablar de Marulanda, Fidel Castro, Timochenko, Humberto Lacalle, Juan Manuel Santos, Iván Márquez o Rodrigo Granda, el negro y yo fuimos una unidad: antes de ponerle las manos encima a mi Esperancita, el negro y yo nos quitamos las gafas de sol Emporio Armani y la cadena de un millón de quilates tan gruesa como un látigo. Y fuimos desvistiendo lentamente a nuestra playmate de saya corta y medias largas.
Olvidado de aquel negro, en un falso inglés le dije barbaridades a Esperancita. Impúdica sonreía. Con una maravillosa y desvergonzada vergüenza, me respondía. Ella, tan alta y fibrosa sobre los tacones.
En el mismo Miami Beach donde un año después yo viviría, en una cama personal nos revolcamos como perros Esperanza y yo.
Esperancita: mi Telesita tan aficionada a la danza de los cuerpos que se van desnudando, y tan poco parecida a Telésfora Castillo o Telésfora Santillán.
Esperanza Gómez: mi falsa novia mía digital nacida en Belalcázar.
En mis manos tuve no solo la ropa medio húmeda tras el centrifugado en la Ocean, así de húmeda también estaba la blusa de mi Telesita ilusoria. Húmeda de sudor.
Enmudecí a Sandoval y a Paquito para que Esperanza me dijera “ay, chucha, qué caliente estoy, qué caliente estás. ¿Sabes que me gustan los hombres con gafitas, esos hombrecitos medio nerd?”
Su parlamento fue algo más que una lisonja. Por mi parte, supe que no podía titubear, trastocar definiciones y conceptos. No debía decirle “me gustan las mujeres como tú”. Además de genérico, se instauraría cual insulto.
Esperanza: mi kōan.
Según ella, mi pene era una verga cada vez menos fláccida donde la doña se detuvo una y otra vez. La cálida sensación se multiplicó. Indetenible. Viral.
Acomodado en la butaca de oficina donde escribí varias versiones de la novela Los perros, que luego enviraría como proyecto tres años seguidos a la beca que anualmente otorga la Cintas Foundation, de cara a la laptop y al video de BangBros, me imaginé de pie sobre una alfombra, las manos a la cintura y las piernas levemente separadas.
Puedo evocarlo como si estuviera aconteciendo ahora y aquí, tres años después, a la altura de mi segundo año en un programa de maestría en la Universidad de Connecticut.
Sentado en la butaca y a la vez de pie, tras pedírselo amablemente con una breve y hosca orden acompañada de una sonrisa, tuve a la Telesita Gómez hincada de rodillas ante mí, sobre la alfombra. La dejé hacer.
Ella sabía y sabe lo suyo. Sí, la maravilla de la lengua, el lenguaje de sus labios y la saliva en una insuperable pieza de oratoria donde el glande y el resto de mi hierro fue el centro del discurso. Su discurso.
Los píxeles de mi pingaverga desaparecían dentro del carnoso y rosado anillo de su boca. Luego volvían a la realidad pringados de su baba y de la que yo le ponía, para lubricar y que resbalara, cómoda, en el férreo anillo de mis dedos mientras acariciaba y empujaba hacia mí su cabeza.
La cabeza de Esperancita entre mis manos y mi hierro en su boca. Su pelo suelto y lacio recogido por mí en una súbita coleta. Cola de yegua anudada por mi puño a la altura de la nuca, de la que me aferré y de la que tiré imitando cierta violencia patriarcal, políticamente incorrecta, y de la que Esperancita, ladina, participaba mientras me iba guiando violentamente suave, y que a ninguno de los dos parecía quedarnos mal.
“Levántate”, le dije en un falso inglés. Ella respondió con un gesto de negación. Baudelaire, de nosotros, hubiera dicho:
Y, el cielo amoroso acariciándoles el lomo,
Desplegaban la salud de su noble máquina.
Ella sabe bien por qué le pedí levantarse. Sonrió irónica. Me guiñó un ojo. Entonces la tomé del brazo. ¿Obedeció?
A diferencia del negro, en sus manos fui un follador aficionado. Se relamía y lamía, zalamera, con ese salero que tiene. Mírala, pero no la toques.
Tumbado en la butaca ilusoria que todavía amo recordar, imaginé que, de pie, la ponía contra la pared para obligarla a levantar los brazos. Con un par de pataditas en los tobillos, le ordené abrir las piernas. Ella, pura fibra e implantes en las tetas, medio sudadita por el calor de junio en Cojímar, tan similar al de Willimantic o Miami Beach; esa mujer tenía el aroma bronco de un juramento indecoroso.
Podría componerle un chamamé a la imagen de esta mujer que cabalgó sobre mí vistiendo solo un par de tacones de aguja. Esos tacones acentúan todavía más la invitación, el desafío, el deleite, la fiesta y el delito cuando caminaba en la habitación. O cuando se dejaba poner en penitencia contra la pared.
Dejo constancia que es el año 2026 y Esperanza Gómez anda ya por los 46 años, pero es mucho más joven en los archivos atesorados en mi disco duro, cual videos incunables. Eternamente joven. Medio sudada. De espaldas a mí y con los brazos en alto volvía, su cabeza para mirarme.
Podría componerle un lindo chamamé a esta colombiana que, siendo una niña, un 13 de septiembre de 1985 debió haber visto en la TV la erupción del Nevado del Ruiz y los ríos de lodo que asolaron a todo un municipio. Un chamamé en cuyo centro hay un volcán de corona nevada, en erupción, la nieve fundiéndose por el calor. Debajo del lodo, un municipio llamado Armero y miles de almas sepultadas.
Ese volcán podría ser yo, que lo fui aquel 2023 en la fecunda soledad de mi antiguo cuarto en Cojímar. Pero la única víctima, si acaso, fui y soy yo. Nevado del Ruiz c´est moi.
En el inicio del punto de giro de este recuento, hay una niña que quiso ser modelo y luego estudiar Agronomía. He querido conocerla, saber qué hace Esperanza cuando no está con un negro frente a una cámara en Miami Beach. Aunque no sé si será el mejor momento, el 30 de octubre de 2025 murió de cáncer su esposo y puede que a Esperanza todavía le dure la pena.
El 24 de mayo de 2026 contó en una entrevista que, desde la muerte del marido, sueña con él casi a diario: “Me dice que está conmigo, que no me ha abandonado, porque nos hicimos esa promesa antes de que él muriera, de que en el más allá seguiríamos juntos”.
Pero lavar en una Ocean mientras se bebe Havana Club helado y se escucha latín jazz tiene sus ventajas. Aquel día en Habana del Este, casi junto al mar, Esperanza Gómez me dijo: “Mi vida cotidiana es como la de cualquier otra ama de casa”, todavía era posible el diálogo, antes de que la temperatura de la Telesita colombiana y la mía empezaran dramáticamente a subir.
“Mi vida es tan hogareña que no tiene nada de excitante; limpio, hago la comida, riego mis plantas”, se dio la vuelta. Sentóse sobre mí, de espaldas, se ajustó en la carne abierta entre sus piernas mi carne rígida y pringada con su baba y la mía. Y me miró por encima del hombro, como si fuera verosímil hablar y hacer sentadillas machihembrada en mí, o conmigo.
Jadeaba, se le notaba el esfuerzo. Y decidió tumbarse en mi cama. Desde allí me llamó.
Casi como en combustión espontánea, en mi cabeza hirviente en modo Nevado del Ruiz se estructuraron los primeros versos del chamamé. Palabras como piedras fundidas. Del marrón al rojo vivo. Humeantes. Y todo lo densas que el delirio les permitía.
Fue en la segunda estrofa donde versifiqué el puro exotismo de su entrepierna.
Ella fue a un mismo tiempo desvergüenza y recato, cual kōan, mientras abría todavía más las ancas. Se miraba y me miraba. El tacón del pie izquierdo arañaba la pared del cuarto, dejaba un extraño trazo junto a una hermosa obra de Cirenaica Moreira: Dèja-vú, de la serie Piel de vaca (2006-2009).
Ladina, sonreía.
Palabras más, palabras menos, citemos aquí a Rimbaud: “Ni broma ni paradoja. La razón me inspira más certezas sobre este asunto…: estamos en casa y tenemos tiempo”.
Antes de hacerme un guiño, mojó con saliva la punta del índice y jugó con cada píxel de su carnosa furnia, coronada por un pequeño islote de vellos muy cortos. Su dedo se hundía allí. Luego resurgía húmedo para solazarse, pícaro, en la pequeña testa de su clítoris tan grande y grueso como el penecillo de un bebé.
“Come on, ay, cómeme la concha”. Acaté la orden como un cachorro juguetón y hambriento.
Lengua impúdica la de Esperanza, que jugaba a desterritorializarse doblemente en un lugar que no existe. Físicamente no existe. No es Cuba ni la Noche, no es Cojímar ni Miami Beach.
Cual pésimo versificador y peor payador, mientras me imaginaba sobre la cama empalando a Esperancita, allá en la butaca frente a mi laptop me dije: “concha cálida, furnia tibia, sima blanda”.
Ese terrible versificador que fui, que soy, buscó retardar cuanto estaba por desatarse. Pude haberme imaginado en el aeropuerto José Martí frente a la casilla de inmigración, o en el baño de los hombres en el salón de abordaje, mientras hablaba con una aduanera vestida cual personaje de un video de BangBros: una mujer vestida para matar.
Al presionar imaginariamente el organillo de la Telesita Gómez, habría podido susurrar para ella y para mí: “raro y grande pedúnculo enhiesto, rosáceo cáliz tubular”.
En la pantalla y sobre mí, dramáticamente la playmate multiplicó por dos su ritmo y por diez su fogaje. Lo que siguió fue garcíamarquiano.
Esperanza se incendia. Arde y no me queman las lenguas de su fuego. “Come on. Ay, rájame”. Y muy hondo entré a ese fuego.
“Fuck me, fuck me, rájame la concha”. Violentos golpes de cadera. Calor, gemidos. La nieve a punto de fundirse.
“Cógeme más duro, mother fucker”. Ante mí esa carne a la brasa, abierta, y su organillo sobredimensionado cual extraña y húmeda flor que Linneo pudo haber nombrado Clitórea Esperanzae.
“Esto me es evidente: asisto a la eclosión de mi pensamiento: lo miro, lo escucho: lanzo un golpe de arco: la sinfonía se remueve hasta las profundidades, o viene de un salto sobre la escena”, palabras más, palabras menos, escribió Rimbaud en Carta del Vidente.
Ella que sudaba, que ardía, que gemía, que danzaba en un apartamento en Miami Beach, a pocos metros de una impúdica y calurosa noche en Cojímar, hasta que toda la narración, la descripción y los diálogos que fueron aconteciendo en mi cabeza se tornaron pura y súbita sensación.
Como anillos. Eléctricos. Luego ascendió incontrolada la onda líquido-espesa-senoidal.
“Ay, qué lindo ese chamamé que usted me escribió”, jadeaba antes de desvanecerse del todo en mi cabeza, también yo, en modo Nevado del Ruiz post-erupción. “Qué bello, what that fuck. Por eso me gustan tanto los hombres con gafitas, los hombrecitos medio nerd”.
La Telesita madura y yo, ardiendo, fundidos en mi puño apretado, en cuyo centro latía el verso último de un largo y bello chamamé.
Aquella vez traté de administrar mi preocupación y el desasosiego. Sí, como Baudelaire en Las flores del mal, porque yo amo el recuerdo, amo recordar, aunque resulte en ocasiones fatigoso. Tampoco puedo evitarlo, padezco hipermnesia.
Desde la ventana de mi cuarto, miraba en la noche el calmo espejo de agua, sal y detritos extendidos de costa a costa, en una playa que algunos confunden con la del poema del Apóstol Martí.
Detrás se levantaba la silueta de un pinar; cerrando el encuadre, el millar de apartamentos en los edificios de Alamar, ciudad-dormitorio, ciudad-cenotafio, ciudad de poetas suicidas.
En aquella nueva realidad, ¿me había vuelto una fuente inagotable de enigmas?

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
- VII Lionel Trilling: Atrincherar el yo
- El culto a la supervivencia
Por Samuel Moyn











