Carlos Velazco: Desnudo de una actriz

Por la Quinta Benéfica veía caminar a un paciente al que llamaban el Bucanero. Hombre alto, de bigote ancho. Cada vez que escapaba del hospital, iba a parar a la costa. Aseguraba esperar un barco que vendría a buscarlo. Siempre que el Bucanero desaparecía, alguien de la junta de médicos pedía a mi padre que interrumpiera su trabajo de enfermero, y lo encontrara, pues además, mi padre conseguía convencerlo de dejar de mirar al mar y hacerlo regresar.

A mis ocho años, tal vez menos, me fascinaba pasear por aquellos amplios pabellones y jardines con fuentes de la Quinta Benéfica de la mano del Bucanero. En el transcurso de mi vida, después de hacerme espiritista, comprendí que aquel hombre cargaba con algún muerto que de seguro había sido un bucanero. Se puede también enloquecer al no trabajar los espíritus que nos llegan, los cuales en verdad están para cuidarnos.

Me he determinado a contar de mí porque algo tengo que dejar. Varios conocidos me insisten en que soy un mito de la cultura cubana. Nunca les pregunto por qué. Sabe Dios. Un signo en mi santo dice que suelo dejar los asuntos a la mitad. Mucha gente me tilda de loca. Pero loca, no. Al menos, hasta cierto punto, no.

De escribir yo mis memorias todo terminaría siendo ficción, tiendo a idealizarme. Un día llevé un relato a Vicente Revuelta y él, tras leerlo, me dijo: «Eres como una gran heroína en tus cuentos. Y además, te presentas de víctima». Pero no soy víctima de nada. Puedo haber sido víctima, pero también he sido una gran sinvergüenza. No se pueden hacer obras solo con anécdotas. Comenzar de atrás hacia adelante resultaría carpentereano. Lo normal sería que el principio coincidiera con el 4 de febrero de 1942.

*

A punto de salir del vientre de mi madre, la llevan a ella —y a mí dentro— al hospital Hijas de Galicia. ¿Pero dónde estaba su director José Antonio Clark y Pasetti? En una fiesta de sociedad en medio de la cual se apareció mi abuelo: «Ya, está pariendo Eva».

El médico reconoció a la gestante y comprobó que el parto se presentaba mal. «Viejo, escoge: tu hija o la criatura», dijo a su primo. No sé de dónde sacó fuerzas mi abuelo —quizás era el espiritista de la familia que venía desde los ancestros—: «O las salvas a las dos o te mato». En casa éramos evangélicos, pero mi abuelo siempre fue espiritista. El primo me trajo al mundo con la bata de médico encima del esmoquin. Con fórceps, pero me sacaron.

Mi recuerdo más antiguo es la angustia de no poder volver a ver a un perrito. Mis padres solían ir al cine, y como no tenían quién me cuidara, cargaban conmigo. Esa vez dejaron al cachorro en el patio. Cuando regresamos, quise buscarlo y no me lo permitieron. Al parecer un gato lo había matado. Fue mi primer contacto con la Gran Catástrofe.

Otra de mis primeras imágenes grabadas es abrir los ojos en medio de una gran oscuridad, virar la cara hacia una fuente de luz, y ver unos enormes rostros bellísimos. De pequeña, llevada de aquí para allá, me dormía en cualquier lugar, pero en esa ocasión me desperté. Y relacionado con el cine, los dos extremos: abrir los ojos y ahí estar la luminosa pantalla, la vitalidad; pero también regresar de un cine y descubrir que los seres dejaban de existir.

Mi padre hubiera sido un tenor fabuloso. Él y mi madre cantaban en el coro de la iglesia. Todo eso se les perdió, quedó en la nada. Vivíamos en una casa grande en Luyanó, pero él tuvo líos con mi abuelo paterno, que dejó de ayudarlo económicamente, y debió alquilar un lugar más pequeño en el mismo barrio, y trabajar las madrugadas.

Descubrí entonces que mi madre se entusiasmó con un amante. Amante que era un cubano de esquina, el opuesto de su esposo. Tal vez el divorcio de mis abuelos influyó en el desparpajo de mi madre. Mi abuelo había enfermado de gravedad y se le descubre una querida en Regla, de la cual sabían el primo José Antonio Clark, que lo venía a ver todas las tardes, y mi padre, que lo atendía como enfermero. Fue la debacle.

Cuando el divorcio de mis padres, yo tenía ocho años. Mi madre, su amante y yo fuimos a parar a casa de mi abuela, de donde ya mi abuelo se había ido. Incluso mi tía Patria, para la cual, de tan católica, el adulterio no tenía cabida, se peleó de su padre y de su hermana, y no volvió a verlos. A las únicas que trataba era a mi abuela y a mí.

Hay aspectos que se me escapan del entorno social de aquella niña. Una parte de mí, inculcada por mi papá, fue muy fantasiosa. Parece que por su aspiración de realizarse a través de su hija. En verdad mi madre nunca me soportó, yo me parecía mucho a él. A pesar de que mi abuelo era el que había sido actor —actor intuitivo, de joven intervino en muchos dramas españoles en la compañía de José López Ruiz—, era al sitio que me condujera mi papá donde yo veía la suerte, la posibilidad de realizarse los sueños, me sentía elevada.

No me pasaba con más nadie. Que se organizara una feria en el patio inmenso de mi escuela y él trajera a Mandrake, el mago más famoso de la república. Mandrake llegó hasta donde yo estaba y empezó a sacar de mis orejas monedas de chocolate envueltas en papel dorado que, sin embargo, sonaban, sonaban, sonaban. Llevarme mi padre de ahí a las casetas numeradas con los curielitos de carrera, y decirme: «Apuesta a tal número», y ganar todos los premios. Tras el divorcio se alejó, pero reapareció con muchos libros, entre ellos La Edad de Oro de José Martí, la colección El Tesoro de la Juventud y una Biblia. Y yo sentada en el portal, leyendo como mi papá.

¿Qué heredo de mi padre? Su sensibilidad. Quizás también su maldición para el dinero: gastaba más de lo que tenía. Igual yo atravieso siempre ese «no me alcanza». Igual voy, por un lado, buscando al hombre que se le parece, y por otro, buscando al prototipo de mi primer padrastro. Polos opuestos. Tuve por mucho tiempo la percepción de venir al mundo en medio de un grupo de personas que, tras nacer yo, se separó. Otra catástrofe. Un poco me culpé: «Esto está pasando por causa mía».

Entonces empecé a tratarlos a todos: a la amante de mi abuelo, a mi madrastra Delia, a mi padrastro. No es que perdonara: acepté. Ahí empieza a cambiar mi sentido de la moral. La cama es lo que define las situaciones de la vida. ¿Qué si no hace que la gente se una, se separe y se junte con otros?: la definición está horizontalmente.

Tampoco tomé partido por nadie porque —por lo seguido que me enfermaba, la familia extendida se percató de que eran mis nervios—, todos se propusieron que me sintiera bien, y no faltaban los cuidados, los regalos, los paseos. Y como me fui volviendo importante para ellos, no había por qué cogerla con este o con aquel.

Mi madre y su amante nunca se casaron. Él lo mismo se perdía tres días que no venía, y mi madre entregándole dinero, pues empezó a planchar para mantenernos. Ella aguantó hasta la hora en que tiró sus pertenencias a la calle, en un escándalo que el barrio presenció. Empezó a hacerse persona otra vez, a acompañarme en mis salidas a mis trece o catorce años. Paseábamos un grupo de muchachos que éramos contemporáneos, en el que figuraba un joven mayor que el resto. Este siempre se aburría porque las muchachas no bailábamos con él por ser el más viejo, y entonces comenzó a bailar con mi madre, que le llevaba unos quince años. Ambos terminaron enamorándose, tuvieron su ceremonia de matrimonio y fue mi segundo padrastro.

Mi bisabuela María Mascaró y sus tres hermanas perdieron a inicios del siglo xx la casa de su padre en Mallorca por no tener posibilidades de reclamo. Mi tatarabuelo había prosperado durante la centuria anterior en el negocio de la trata negrera, partiendo de la costa mallorquina a tierras africanas, y atravesando el Atlántico hasta Cuba. Tras enviudar, se estableció en La Habana junto a sus cuatro hijas, las cuales crecieron al cuidado de esclavas domésticas. Moriría en uno de sus frecuentes viajes a Mallorca, adonde pretendía regresar definitivamente algún día.

Su regalo de bodas a cada una de ellas había sido una cadena con un crucifijo, ambos de oro. Dos murieron jóvenes y fueron enterradas con la joya. Una tercera fue la madre del joven mambí José Andrés Clark y Mascaró, masón, abakuá y espiritista, cuya biografía se recoge en el Museo Municipal de Regla. La cuarta, María, unida a un obrero pobre, quedó muy pronto endeudada al morir el esposo, víctima de una epidemia en época de la guerra de independencia. Mi bisabuela entonces se vio impelida a vender su más preciado recuerdo.

Sus hijos varones, José y Jesús, comenzaron a trabajar siendo aún adolescentes para abrirse paso en ese gran rompecabezas que ha sido esta tierra convulsa entre sus frustraciones y tantos interesados en sacar partido a la locura. El parentesco con José Andrés Clark y Mascaró, posibilitó a mi abuelo José Herculano Rodríguez Mascaró desplazarse en diferentes trabajos: médico del puerto, actor, corredor de alquileres urbanos. Contraería matrimonio con Acela Úrsula Fresquet Perdomo, nacida en Matanzas pero radicada en Regla, y le nacerían dos hijas: Patria y Eva Rodríguez Fresquet, mi madre.

Mi abuelo, en su pacífica vejez, siempre me habló de la casa de Mallorca que la familia nunca pudo rescatar, ni siquiera volver a contemplar.

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