Ernesto Hernández Busto: Tres tristes prosas

Un sueño

Dos veces esta semana. La misma sensación al terminar, aunque solo del último recuerdo detalles. Un sueño inquieto, trama sin importancia: vagabundeos, un río, una ruta entre piedras y meandros; un edificio de apartamentos del que se ven los buzones de la correspondencia, desguazados, con plantas parásitas y yedra, como un jardín vertical a medio hacer. Todo el tiempo tengo la certeza (esas certezas inexplicables y escurridizas de lo onírico) de seguirme a mí mismo, de estar en la piel de ese que recorre lugares mustios, casi sin iluminación, en esta ciudad en ruinas de la que todos han huido por causas no explicadas. De pronto, “mi personaje” empieza a hablar con otro, una mujer mayor y desgreñada. Están sentados fuera, sobre la yerba, o más bien en lo que queda de esta: un espacio ralo. Y cuando él habla, irritado, me doy cuenta de que se refiere a mí como su enemigo. No consigo precisar lo que dice, pero distingo con claridad (en el sueño las palabras, más que oírlas, las vemos) que me odia por algo que le hice o simplemente por existir en su mundo paralelo, en su particular historia. La mujer asiente, en silencio: las palabras brotan de la boca torva de quien creí ser yo. Rota esa alianza, la escena y el paisaje se disuelven en un mismo malestar; despierto con la certeza de haber sido advertido. Voy hasta la cocina, bebo un poco de agua, me quedo mirando por la ventana la sangre yerta del amanecer.

Las clavadistas

Algunas tardes me paro a verlas frente a la piscina. Son dos, y por el parecido se diría que hermanas. Ensayan desde el mástil de cemento, una y otra vez, en ascenso. Ajenas al clima: puede ser un día radiante o uno de esos, tormentosos, en que el cielo se cubre de unas nubes extáticas y amenazantes que parecen sacadas de un cuadro de Poussin. La caída perfecta es el rito sagrado de esta pareja de criaturas de sangre fría. Monótonos preparativos antes del temblor de unos segundos en los que también yo, a distancia, contengo la respiración. Cuerpos robustos, germánicos, donde la potencia ha domado la gracilidad, si es que alguna vez existió. Muslos musculosos, que habrán sido acariciables en una adolescencia sacrificada demasiado aprisa. Pero a las clavadistas no parece interesarles demasiado su aspecto: son sacerdotisas de una secta, seres que comunican elementos incompatibles para los no iniciados: surcar el aire, hundirse en el agua. Otra belleza, ahora, consagrada a otros dioses. Dos, tres, cuatro horas en lo mismo: preparación, impulso, salto, pirueta, desplome, escalerillas… Ya al caer la tarde salen cargando sus mochilas inmensas, con el pelo aún medio mojado (rubias con las marcas reconocibles de muchos años de trato con el cloro), los ojos esquivos, también amarillentos, semicerrados, y esa distancia definitiva del mundo: cierto desconsuelo, una tristeza inexpugnable, como de niños de circo o animales abandonados.

Nada que ver

No es lo mismo el instante preciso que el preciso instante. No son intercambiables, quiero decir. El instante preciso nos habla de un trozo de tiempo desplegado suavemente, como una figura o un pedazo de papel al que quisimos darle forma. Es un descubrimiento, fotografía perfecta que permanece agazapada hasta saltar, luego, a la vista de todos. Estuvo y estará: la hermosa insinuación del doblez en cualquier hoja. El preciso instante, en cambio, vive antes de todo eso; es algo más presente que el presente, digamos. Uno le adivina el fantasma del “este”, colgándole como un andrajo inútil, o como la cuerda sobre la túnica marrón del franciscano. Es un tiempo con menos espacio que el instante preciso, todo potencia. Más puntual, pero también más sorpresivo y pleno, como una llamarada en medio de la oscuridad. Su resplandor tiene otra consistencia, casi líquida. Es luz pero sin ser volátil, bronce crepuscular que nos induce a aceptar un estado de cosas y el mundo: un río salvaje, dos nubes pasajeras o tres rufianes suabos arrastrados por la serpiente negra de una marejada imprevista. El preciso instante es más tramposo, evidente pero irreal, como ese verde excesivo que a veces nos esconde al árbol, drama de hojas. Se me parece más, supongo, mientras que tú, en cambio, eres puro instante preciso, flor sin fruto. Siempre la misma tara, la embarazosa, casi vergonzante condición de algo no compartido, bola indivisible de papel arrugado. Tú: brillo de ágata, refulgor; yo: oleaje verdeazul de unos pinos, forma de lo elusivo, rostro volteado. Instante preciso, preciso instante: nada que ver.