‘With love to Marquito’ (carta abierta a Marco Rubio)

Nantes, abril 2026. 

A Marco Antonio Rubio García, 

Querido Marquito, 

Me permito escribirte y tutearte. No te conozco. O sea, no nos conocemos personalmente, pero yo sí te conozco un poco a ti. ¡Qué lindo eres! Perdona que sea tan explícito, pero creo que los hombres, de vez en vez, deberían reconocer lo bueno en ellos, pero yo sé, “los cubanos no andamo’ en eso”. 

No sé ni por qué te escribo, pero sí sé que te escribo como cubano. Tienes mucho de tus padres. Eres de esa generación de cubanos que nacieron y crecieron fuera de Cuba, pero de los primeros. De los primeros luego de que nos robaran el país, quise decir. Tus padres conocieron Cuba y tuvieron que dejarla. ¡Cuánta tristeza, Marco! ¿Qué te habrán contado? Ellos probablemente sí conocieron la verdadera Plaza de Cuatro Caminos, pero tuvieron que salir: ¿te contaron sobre eso? 

Imagino que tuvieron que despegar en uno de esos avioncitos, de los chiquitos, de los que también se robaron los Castros y que hoy los utilizan para mover dineros y robos. ¿Y luego qué pasó cuando llegaron, Marco, a ese país que no era el suyo, con un idioma “cachicambiao”, sin poder regresar a su tierra? 

Deben haber llorado un poco. Tus padres fueron una parte importante del exilio. Tus padres eran el exilio, nuestro exilio. Sin esos padres no hubiese habido “causa cubana”. Aquellos que se fueron y no regresaron, los primeros, incluso antes, que abandonaron todo. Dios los hizo salir volando, ¡qué dicha desgraciada!

De seguro, “se partieron el lomo” para crecer en aquel país ajeno. Todo porque unos ladrones llegaron a matar y a saquear, ¡qué lástima, Marco! ¡Cuánto lo siento!

Tú naciste en 1971, casi una década antes de 1980. Como tú eras pequeño y estabas creciendo en libertad, tus padres no te llevaron a Cuba luego de aquel primer viaje vergonzoso y perverso a finales de los setenta, donde Fidel Castro se reía en la cara de los que se habían ido huyendo y ahora regresaban nostálgicos, pensando qué…, extrañando a quién… Una de esas personas fue la querida Ana Mendieta, joven y boba. Cayó tanto en aquel Ministerio de Cultura que, años después, lastimosamente terminó también cayendo, como si un mal se hubiese amparado de su entorno: ¿el mal castrista?

He visto fotos tuyas de cuando era niño. Te pareces mucho a tu papá. Ustedes tienen orejas grandes, muy cubanas. Mi abuelo también las tenía así. Y Álvarez Guedes, los que, bueno, hasta en los trazos pudieron impregnarte la cubanía, Marco, ¡tan necesaria! 

Fue tan positivo que tuvieses una vida americana donde en la casa solo hablabas español. Seguro escuchaste en las voces de tus padres la tristeza y el dolor que nunca tal vez pudieron quitarse, porque ellos vieron el peligro, pero, ¿cómo salvarte a ti? 

El que hayas nacido y crecido fuera de Cuba está entre sus mayores logros, Marco. Espero lo sepas. No hay cubano que quiera que sus hijos nazcan en Cuba después de 1959. Solo aquellos que no quieren, sino que tienen.

Años después de haber nacido, tus padres decidieron mudarse y hacerte americano totalmente, en Nevada, lejos de aquel Miami que comenzaba a llenarse de agentes. Sin embargo, a tu adolescencia regresaron a Florida y allí, de jovencito, ya comenzaste a ser un cubanito. Uno de aquellos que comenzó a ver el rostro del horror de todos aquellos marielitos que inundaron las calles estadounidenses, con la violencia en las costillas y en el quehacer de veinte años de Revolución.

Hiciste tus estudios lejos igualmente. Nos representaste en el American football. Nos mostraste que un cubano en libertad era mucha maravilla. Hasta que te graduaste en Derecho y un destino incierto mostraba que, tal vez, rescatar esa Cuba perdida de tus padres sería tu misión. Y por ahí empezaste…

Como City Commissioner de West Miami pudiste empaparte de los cubanos que llegaban en los años noventa. Tu familia debió mostrarte con el dedo el resultado de no haber crecido en la Cuba-Castro. Desde tu cargo, tuviste tal vez que rozar con la revolucionaridad disfrazada de cubanía y combatir a los carneros escondidos en Miami.

Yo recuerdo tu nombre siendo niño, recuerdo cuánto insultaba el noticiero de la Isla a tu persona, cuando lograste ser el primer cubano-americano presidente de la Cámara de Representantes de Florida, y que no estuvieras de acuerdo en el llamado “intercambio cultural”. 

Recuerdo por flashes cuán clara y firme era tu posición y cómo la voz se te entrecortaba cuando defendías la Cuba robada de tus padres. Nadie podía contra ti, Marquito. 

Hacer tu historia política aquí sería innecesario. Leí tu libro. Lo escuché más bien, leído por ti: An American Son. Me encantó, sobre todo el escuchar a un americano totalmente cubanizado y a un cubano que comprende los matices de la cubanidad y los desatinos de la revolucionaridad. Realmente, escucharte pronunciar “papi” o “tía Olguita” fue escuchar un cuerpo también cubano por el cual el castrismo no pasó. Un cuerpo y un alma que rechazan el castrismo como una enfermedad contamina y destruye rápido. 

Para quienes no te conocen y simulan conocerte por lo publicado en The New York Post, deberían escucharte contar tu historia. ¡Qué grande puede ser Cuba! 

Tal vez, Marquito querido, tal vez ya encuentre el cuerpo de mi carta, el argumento, lo que te quiero decir. Y es simplemente esto: gracias

A la broma de “¿quién hizo lasaña?” y su respuesta de “Pancho Villa”, yo respondería hoy que es lasaña de Marco Rubio: la hazaña es tu hazaña, Marco.

Muchos no saben la cabeza pensante que estuvo en cada paso de la operación Absolute Resolve, aquel que, en aquella sala oscurecida por cortinas, a la escucha solamente, descifraba los cubanos que caían uno a uno en el círculo del dictador Maduro. Cuán excitante ver el resultado de meses de preparación. Porque sí, tu gira por LatAm no fue porque sí: tú ya sabías. 

Y luego de meses y días y más días “con todas las de la ley”, en menos de una hora extrajeron al dictador de Caracas: ¡bravo! 

Todo con absoluto secreto. Todo bajo el manto martiano de que “en silencio ha tenido que ser”. No hubo fugas. La Habana no se enteró: se cogieron el culo con la puerta

Recuerdo que meses antes, en una de esas muchas conferencias de prensa, en septiembre del 2025, estando tú en Ecuador, te echaban en cara las declaraciones de las Naciones Unidas y su preocupación con la posible intervención en Venezuela o las amenazas a Maduro. Recuerdo que ese día, tal vez por el cansancio de un largo viaje a Ecuador, se te expuso en la oralidad un trazo muy cubano, el habla de un cubano encabronao: “A mí no me impoltalo que digan las Naciones Unidas, a mí no me impolta.”

Y lo capturaron, Marquito, lo cogieron. Fueron a por él y ese fuiste tú.

Como los venezolanos libres, yo también te agradezco. Te agradezco además por la tenacidad y la insistencia. Eres como un mulo de montaña, que conoce lo difícil del subir, que se sabe fuerte en la cadencia e inteligente en la constancia. Crecer bajo la dictadura es una experiencia pesada y de miserias. Crecer contra la dictadura es extenuante y doloroso, yo lo sé. 

Encausarte por el tiempo tomado en el asunto Venezuela sería un error en el análisis. Pedirte que ejerzas de “hoy pa’ mañana” es subdesarrollado y por lo demás oportunista como statement

Solamente porque tú, Marco Rubio, eres Secretario de Estado de los Estados Unidos de América, the world le está dando la importancia y la relevancia necesaria a las dictaduras más profundamente criminales y longevas del hemisferio occidental. Nadie había tomado ese riesgo. Nadie había diseñado la forma y la manera, internacionalmente, para derribar, capturar, extraer y enjuiciar un mal de 27 o 28 años de duración. 

Hace precisamente 27 o 28 años tú empezabas tu carrera política. En 1998 fuiste elegido para la Cámara de Representantes por la ciudad de West Miami. Sería entonces poético y algo de consuelo pensar que, cuando la dictadura de Fidel Castro daba a luz al chavismo, corriente maligna y nuevo dolor latino, la “gusanera” de Miami traía al mundo al disidente que nos iba a salvar a todos, que nos iba a devolver lo nuestro, que iba a hacer que el día que venía llegando llegara de una vez. 

Así lo escribiste: In the early months of 1998 I discovered who I was. I was the heir to two generations of unfulfilled dreams. I was the end of their story.[1]

Sigue así, querido, no te detengas. Aunque desde nuestra trinchera te pinchen o te escupan, no los escuches. El revolucionarismo los traiciona. Recuerda que el Castro que llevamos dentro tú no lo llevas y tu enemigo es ese Castro: la dictadura, incluso la que muchos de nosotros aún llevamos dentro. 

Sigue combatiéndolos. Por favor, no esperes más para esa estocada final, no es justo. Yo sé que la lucha es más difícil por la cantidad de carneros y carneras que aún tiene el castrismo en el rebaño cubano y que, al final, ese pedazo de tierra en el Caribe ya no propone nada enriquecedor. Pero, precisamente por lo que no propone, es te pido que nos ayudes a que esa tierra proponga algo y que Cuba exponga a Cuba. 

Los que hemos venido de ese lugar, sabiendo entonces que no venimos de ningún lao’, te pedimos imperiosamente que les “metas mano”, que acabes con ellos. Porque sí, son unos cuantos. 

Voilà. 

No te tomo más tiempo con esta carta de agradecimiento anticastrista que también les leeré a mis hijas. Porque ellas ya te conocen, Marquito. Parafraseando tu libro, diría ahora: Ellas son las hijas de un inmigrante, unas francesas cuyas historias comienzan en otro lado y con un lugar especial para esa isla de sueños perdidos que su padre tuvo que dejar para que ellas no perdieran los suyos. 

Una vez más: gracias, señor Secretario de Estado.

Hasta una Cuba libre.

Cordialmente, 

Anthony Bubaire.






Nota:
[1] “En los primeros meses de 1998 descubrí quién yo era. Yo era el heredero de dos generaciones de sueños incumplidos. Yo era el final de la historia de ellos”. Traducción de ‘Hypermedia Magazine’.