Michael H. Miranda: Cuba diluida (algunas notas)

El sentido actual de Cuba está regido por el monstruo de la enfermedad. La idea de cómo leer Cuba deberá desplazarse entre esos márgenes.

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Legna Rodríguez Iglesias, en (al menos) un libro anterior, describía con cierto nivel de detalle un caso de leucemia, dos personajes establecían un nexo a partir de una enfermedad terminal.

Esto es: La enfermedad como nomos, un ente al margen de, digamos, toda moral.

La enfermedad como la roca inexplorada del joyceano mar de la murmuria.

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En Mi novia preferida fue un bulldog francés, Cuba, como las patrias hace un tiempo, amanece diluida: está enferma. Nadie va a hablar hoy de literatura en términos de diagnóstico de una realidad específica. No es eso la literatura a no ser que se quiera hacer arqueología.

En el caso de las patrias (ese “sistema de egoísmo organizado”, dijo alguien), lo que habíamos leído en Berlin, ya caducó o va camino de ello. Habrá entonces que “desandar lo andado”, diría un personaje de Cela, pues vuelven, con matices, a ponerse de moda. Incluso por omisión, por vacío.

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Sin embargo, hay mucho de invisibilidad en esa región transparente desde donde escribe Legna Rodríguez Iglesias. ¿No está allí la misma zona de silencio que asignamos a ciertas patologías, a cierta relación que asimilamos con un cuerpo enfermo?

El universo simbólico que aporta el tema de la enfermedad no deja fuera desde luego la posibilidad de una visión pesimista sobre la realidad y la sociedad cubanas. La incapacidad de regeneración y salvación ante la enfermedad es análoga al cuerpo enfermo de una nación condenada a no evolucionar, a no despegar.

La narración asume la voz de un colectivo que ha marchado en silencio y sin rebelarse hacia el vacío histórico, hacia un tiempo de espera en el que ya la historia no tiene nada que aportar. Ahí es donde la enfermedad viene a sustituir un suicidio colectivo que de otra manera no tendría forma de ocurrir.

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La ausencia de ira es la di-solución/anulación de Cuba.

Legna Rodríguez Iglesias se inventa una lengua a la que es imposible marginar, prohibir.

Si Cuba no es más un graznido, el libro entonces se asume como re-construcción y adquisición de una lengua franca donde se dice sostén en lugar de ajustador, bus en lugar de guagua, donde junto a Puerto Príncipe están Tokio, Jerusalén, otra vez Moscú, otra vez México y Miami con sus Wynwood y Books & Books.

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El libro comienza con la narración de un hombre muerto, su título es “Política”. Aquí principia una construcción claustrofóbica del discurso narrativo que fue una de las marcas de la narrativa de la década anterior. Ahora una niña se asoma al cristal de un ataúd. ¿Es su abuelo quien yace y narra? No lo sabremos. Esa niña será quien cuenta la historia de un vacío, la historia que no es contada nunca.

Las primeras señales de un país enfermo aparecen.

Pero es un país/elipsis que termina sepultado con la artificiosidad de la voz de un bulldog francés que suplanta a la narradora.

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No es posible ya escribir (de) Cuba desde la claustrofobia: las vías de escape se han diseminado, la ira está microlocalizada. Legna Rodríguez Iglesias no nos permite leer Cuba de la misma forma, ya no existe un dominio colectivo llamado así, es imposible una homogeneización de aquello que ha sido difuminado por la historia.

Lo que hay ahora en sus narraciones es una forma de anticipación hacia otros territorios, no necesariamente desconocidos, aunque sí bastante extraños de la individualidad en un contexto tan específico como el cubano actual.

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Uno de los cuentos más conocidos de los noventa cubanos era aquel de Alejandro Robles que se desarrollaba casi por completo en la funeraria de Calzada y K. Lo que les decía de la claustrofobia. Allí tenía lugar un trasiego de nombres de muertos para poder acceder a pasar la noche dentro del edificio de la funeraria. La historia incluía a personas que pernoctaban porque tenían al otro día una entrevista en la Oficina de Intereses de Estados Unidos.

Tal vez esta haya sido, hasta ese entonces, la única aparición de ese entorno (el parquecito, la funeraria; la garita de seguridad, nuestro particular Checkpoint Charlie habanero; los accesos a aquella oficina) tan opresivamente cargado en la narrativa cubana editada en la Isla.

Los aeropuertos, las entrevistas, las solicitudes de visa: lógicas de una necesidad, la del viaje, que da sentido a la vida en las islas.

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Dos décadas después de aquel cuento, ya no es necesario traficar con nombres funerarios. Ahora existe toda una logística: el parquecito está lleno de cámaras de vigilancia, hay puntos de venta de alimentos en pesos convertibles, hay un apartamento enfrente donde dejar los teléfonos. Desde hace algún tiempo los escritores pueden tramitar sus viajes por un organismo estatal, sea la Unión de Escritores o el Ministerio de Cultura.

Es la Cuba de “Monstruo”, la historia de una entrevista en la ahora embajada de Estados Unidos. La narradora lo asume como un proceso burocrático más; a otros les fue la vida en ello, a ella ya no. Si no es aprobada, no pasa nada, la vida continúa, seguirá esperando. Su mayor preocupación es no perder su teléfono ni los objetos triviales que guarda en la cartera. Aquí hay no solo una percepción distinta del viaje —el libro en su totalidad es la preparación de un viaje—, sino del entorno mismo de lo privado dentro de una sociedad que abolió la semántica de esa palabra, y que además vio a varios cientos de miles de personas escapar en balsas de sus costas, fugarse de misiones (“Dios”), asilarse, cruzar fronteras centroamericanas, hacerse de una ciudadanía española.

La sensación también es de automatismo, de frío aséptico. Ya no hay, al decir del peor Cintio Vitier, “un pueblo marchando junto al mar”, sino “un desfile de hombres de organismo” que van en busca de su visa hacia ese “infierno del vacío”, como le llamó Vitier a Estados Unidos en aquel no-poema/sí-panfleto en los tiempos de la hoy al parecer olvidada “batalla de ideas”.

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¿Qué supone abandonar el país de origen?, preguntan desde la contratapa.

No han entendido bien, pues se trata justamente de otra cosa. Se trata de que lo que habíamos leído hasta hoy como/sobre abandono del país ha sufrido aquí un viraje.

Enfermedad y preparación del viaje, he aquí el sentido de estas narraciones.

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La editorial Alfaguara, de siempre tan reacia a publicar a autores cubanos (excluyan a los dos ganadores de su premio de novela), se decidió por dos obras entre finales de 2016 y principios de 2017. Una es 33 revoluciones, de Canek Sánchez Guevara, diríase un auténtico “libro cubano”, con historias de seres que se mueven entre carencias y apagones, pero que escasamente escapa de un eslogan por el estilo de “miren lo que escribía el nieto del Che Guevara”.

La otra es esta de Legna Rodríguez Iglesias, donde una Cuba que habíamos conocido se diluye, se nos hace enferma, pero también donde la escritura de Rodríguez Iglesias retorna a una zona templada, una legibilidad que está en el reverso de otros libros suyos, como su obra de teatro Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta. Es de suponer que Alfaguara no la publicará nunca.

Alfaguara es un tipo específico de lector. Habrá de todos modos quien quiera especular sobre el por qué de tanta demora en mirar a los narradores cubanos (a los de cualquier orilla). Puede que alguien diga que han llegado cuando menos “cubanos” son. Habrá quien explique que tiene que ver menos con un riguroso prurito estético, que también, y más con ciertas recurrencias, un tipo de literatura (eso, ¿cuál tipo?) que escasamente despertaba algún atractivo fuera de fronteras.

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En el fondo, lo que estuvimos pidiéndole por años a la narrativa cubana puede que por fin haya llegado: la invisibilidad del país, la anulación de un estatus ominoso. Pero no tomemos ese riesgo: Cuba está aquí de una clínica manera, se lee como enfermedad digna de extinguirse, nosotros con ella.

En “Dios”, el viaje de la madre para cumplir una misión revela los miedos de la narradora, que somete a examen su relación con la figura del comandante, siempre con minúsculas, a quien desprecia, pero ante quien trasluce su temor, su fragilidad.

Qué se le va a hacer, hay una fatalidad de isla, la Isla-destino, la Isla-encrucijada vitieriana, al cabo seudoteología, que se reafirma más como nación-carcelaria con una mala salud de hierro, pero ahora los modos de relacionarse con ella son otros, estamos en 2017, algo habrá tenido que cambiar para que algo siga ahí, igual de imperturbable.

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“No sé qué le reprochamos a Cuba. Esta isla fue el mero corazón de nuestro tiempo. Pornografía y revoluciones fallidas: eso es todo lo que el siglo XX pudo darle al mundo”, dice Julián Herbert en una de sus novelas.

Desde luego, lo que vamos a buscar son siempre las sombras. Ser contemporáneo es eso.